jueves, 13 de julio de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Manual de urbanidad (II): Cúbranse                                                    

Con esto del calentamiento global y demás calamidades climáticas que se nos vienen encima, predican los entendidos y augures que es aconsejable llevar la cabeza bien cubierta. Pero la cosa no queda ahí, porque el manual no escrito de las costumbres del progre, el famosete, el finodo, el friki, el alternativo y, en general, de todos los atacados de la modernidad, dice ahora que llevar sombrero o cualquier otra prenda para el casco crea tendencia y refuerza la propia imagen; como, yendo un poco más lejos, les ocurría a aquellos reaccionarios de antaño que se enorgullecían de llevar sombrero, aunque solo fuera para distinguirse de los rojos y pobres de solemnidad, tocados entonces con boinas y gorras.
Lo que ocurre es que los antiguos se cubrían la cabeza no solo para protegerla de los elementos u ocultar su calvicie, sino con la absurda pretensión de practicar la elegancia social de quitarse lo que en ella se habían puesto. Porque era de obligado cumplimiento para el caballero llevarse la mano al sombrero con el ademán de descubrirse al saludar a una dama o a un igual, y el despojarse de la gorra o de la boina para el humilde en presencia del señor o del señorito. Y nadie discutía entonces que en la casa propia o ajena, en una oficina o un lugar público o en cualquier ceremonia el buen gusto exigiera despojarse de la montera, aunque solo fuera para distinguirse del asno que va y entra a todas partes con las aguaderas puestas.
Pues bien, ahora lo fashion es no descubrirse de la prenda capital ni en misa. Distinguido se ve al deportista que da una rueda de prensa con una gorra deportiva de enorme y abovedada visera, casi siempre puesta al revés; famosos de rango asisten a celebraciones y entregas de premios con el bonete encasquetado; y casi todos entramos en la consulta del médico, a la clase magistral o la conferencia de postín con gorra, boina de diseño o sombrero de paja. Y quien tal no hace corre el riesgo seguro de no estar a tono con las circunstancias y de ser tachado de carca. Que los tiempos cambian y hay que adaptarse a ellos.
LA FERIA DEL MUNDO.
Manual de urbanidad (I): Yo (y los otros)                                            

Si usted considera que la persona debe ser sujeto de derechos pero también de deberes,  si usted cumple de buen grado las obligaciones y normas, si usted respeta a los demás sin esfuerzo, sepa que está en grave riesgo de exclusión social. Y más, si usted sigue anclado en costumbres ancestrales como saludar, no hablar a gritos, respetar las opiniones de los demás, no saltarse colas y escalafones, atender a las indicaciones de funcionarios y empleados de servicios y, sobre todo, reconocer sus errores y dar la razón a los demás, no le quepa duda de que usted es un individuo desorientado y enfermo, un bicho raro equiparable al más estrafalario de los personajes de Kafka.
Así que conviene que se someta a una reforma universal de sus costumbres que le ponga al día del manual de urbanidad de los nuevos tiempos. Tome como modelo a Caín y nunca a Abel, piense que todas las bondades y buenas razones están siempre de su parte y nunca en los demás, dirija usted sus dicterios y atropellos contra esto y aquello, contra unos y otros, e incluso contra la totalidad del género humano, y mátese con quien diga o haga lo contrario.
Si es usted padre, defienda las bondades deportivas de sus vástagos, insultando, apedreando y agrediendo a los árbitros, a los competidores e incluso a sus señoras madres,  y desacredite, denuncie y, si es menester, abofetee a los maestros que tuerzan su tierna voluntad; eche la culpa de sus accidentes de tráfico al firme de la carretera o a la máquina del tren; desautorice, apostrofe y agreda de palabra y de obra al funcionario de la ventanilla, al médico del ambulatorio, al mozo de estación, al conductor del autobús y a todo aquel que en la calle o a cubierto no siga sus dictados o le recrimine su comportamiento; y cuelgue siempre tan saludables ejemplos en las redes sociales. Y así nadie le reprochará nada y será usted bien considerado como modelo de inconformista, indignado y reformador de usos y costumbres. Ah, y en toda ocasión brame contra el gobierno causador de todos los recortes y males del mundo, que eso no cuesta dinero y siempre queda bien.

miércoles, 5 de abril de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (XII): Tonto del culo                                       

“Confundir el culo con las témporas” es un dicho que pone en evidencia una equivocación en grado superlativo, que va más allá de mezclar lo blanco y lo negro, lo alto y lo bajo, lo bueno y lo malo, para llegar hasta la amalgama de la velocidad con el tocino, que es el extremo de la confusión.
   Algo semejante es lo que ocurre con “tonto del culo”, ese insulto arrojadizo que podemos decir de cualquiera, siempre que no sea de nosotros mismos, sin pararnos a pensar en su grado de adecuación a la verdad. Si tuviéramos esto en cuenta, sabríamos que, desde antiguo, médicos y filósofos entendieron que la inteligencia y la capacidad de raciocinio estaban en el cerebro y, por extensión, en la cabeza. Y la sabiduría popular insistió en ello llamando a esta caja del saber y de la memoria caletre, magín o sesera, dando por sabido que hay que calentársela para aprender y pensar. De la carencia de este fruto del cerebro daban noticia expresiones como “tener poca sal en la mollera”, “tener poco seso, “ser un cabeza hueca” o tener pájaros en el dicho magín. Y si queríamos que todo quedara más claro, podíamos decir del que estaba falto de luces que era tonto, tontaina, tontarria, tontucio, tontuesco, atontado o atontolinado, entre otras lindezas.
   La incoherencia se produce cuando añadimos al claro y rotundo calificativo un complemento nominal que resulta absurdo por redundante. De todos es sabido que lo que está por bajo de la cintura, sean anterioridades o posterioridades de nuestra corporal anatomía, carece de la capacidad de raciocinio, por lo que resulta absurdo trasladar a los antípodas, es decir al culo, la ausencia de lo que debe estar en la cabeza, instancia noble de la persona humana.
   Queda así sentado que llamar a alguien tonto del culo es una solemne confusión que podría conllevar como efecto colateral el que consideráramos tonto, y aún más, tonto del culo, a quien tal cosa dijere. Que ya dijo Gracián que los dichos no suelen ser la voz de Dios, es decir, de la sabiduría, sino de la ignorancia y la vulgaridad. Así que cuidado con las frases hechas, que a veces las carga el diablo y pueden dejar al que las dice con el culo al aire, como un  tonto del culo.

lunes, 20 de marzo de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (XI): A calzón quitado                                    

Decía Juan de Mairena que “no hay vestido sin desnudo”, y añadía que el vestido sirve “para asegurarnos, de la manera más firme, la posibilidad de desnudarnos”. A eso añadiremos que nuestra afición por el desnudo viene a ser un ejercicio de añoranza de aquellos felices tiempos en que Adán y Eva andaban en cueros por el Paraíso; y de todas las ensoñaciones adánicas que cifraban la felicidad en vivir como Dios nos trajo al mundo en una Edad de Oro sin envidias ni pesares.
   Pero deberemos ser recatados y pudendos porque el desnudo lo carga el diablo y luego ya se sabe… Se trata de guardar las formas por respeto a los demás. Porque nada malo hay en que don Quijote se diera dos zapatetas y dos tumbas con el culo al aire en la soledad de Sierra Morena, o en exhibir los pelendengues entre los miembros de la tribu de una playa nudista. Pero otra cosa es hablar o hacer tratos sobre asuntos serios, delante de todos, en pelota picada.
   Cuando oigo que los ejecutivos de unas empresas o los concejales del Ayuntamiento hablaron del asunto a calzón quitado, me temo lo peor, porque me imagino a los tales en cuereticos vivos enhebrando sus dimes y diretes sobre la cuestión; y me dicen que unas obras se están ejecutando a calzón quitado y me veo a los técnicos y obreros dándole al pico y a pala en tan embarazosa desnudez.
   Y entonces me pregunto si por razones de higiene y también de decoro, no sería conveniente llevar, no una gabardina ni un forro polar -como el exhibicionista para desnudarse ante sus víctimas-, pero sí algún capisayo o taparrabos que cubriera mínimamente las vergüenzas. Porque, instalados en esta libérrima condición del vestir, no es de extrañar que la gente hable y coma y gane dinero a pajera abierta –expresión que sugiere más que dice-; y lo que es peor, que ande por la calle, haga gestiones y mandados, reciba a personas y despache sus asuntos, vaya al cine o a un debate a pijo sacao, con el riesgo que eso entraña y el escándalo que produce.
   Dejemos, pues, que este ir a calzón quitao sea solo una aspiración, como lo es el volar para el pájaro encerrado en su jaula, como dijo el maestro Mairena. Pero nada más.

viernes, 3 de marzo de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (X): Más gandul que un trillo                        

He de decir que los amigos de la desocupación, que somos muchos, nunca tuvimos muy buena imagen. De mil maneras se buscó desacreditar nuestra entrega a tareas incompatibles con la vida trabajada que otros llevan, nuestra afición a no hacer nada: pasear calles, visitar bares y tabernas, entablar conversación con unos y con otros, estar despatarrados en el sofá, ver la tele y manejar con mimo y destreza las teclas del whatsapp son algunas de las ocupaciones que nos merecieron calificativos tan injustos como este gandul, de mucha tradición, junto a una lista interminable de improperios donde nuestros enemigos probados pueden elegir, desde los relativamente suaves como ocioso, apático, perezoso, indolente o desidioso, hasta los más crueles, como holgazán, haragán, vago, maula, zángano e inútil.
   No contentos con esto, los que no cejan en su enemiga contra nuestra feliz ociosidad, inventaron imágenes y comparaciones que resaltaran nuestra incompatiblidad con el trabajo, como llamarnos gandules de siete suelas o decir de nosotros que lo somos más que el suelo o que la chaqueta de un guardia; que a ver lo que tienen en común estos objetos con nosotros.
   Pero lo que los miembros de la cofradía de los vacantes no podemos tolerar es que se diga de nosotros que somos más gandules que un trillo, porque este símil tan arcaico y tan pasado de moda, como todas las faenas de la era, no es acorde con los aires de renovación y modernidad que todo el mundo sabe que nos caracterizan, dejando aparte que este exabrupto no sería entendido ni siquiera por aquellos que piensan y quieren decir mal de nosotros, y mucho menos por los que los escuchan.
   Vean la diferencia entre la imagen aldeana y terruñera del maldito trillo y muchos otros términos de comparación que nos darían un aire renovado y actual -como esquíes, monopatines, tablas de snowboard, de longboard o de windsurf-, sin desmerecer en nada nuestra dedicación más que probada al dolce far niente. Por poner un ejemplo, dirían que Quinito es más gandul que un monopatín, una tabla de surf o un kayakboard. Y nuestros críticos, también renovados y rejuvenecidos, entenderían a las mil maravillas cómo somos y lo poco que hacemos.

miércoles, 22 de febrero de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (IX): La justicia es ciega                                

Las minusvalías son carencias que merecen la comprensión y la ayuda a quien las padece. Pero si se trata de esa dama solemne a la que llaman Justicia, estas deficiencias pueden ser más feas y criticables.
   Así, dicen que la justicia es coja porque dedica demasiado tiempo a sus procesos y sentencias; tiempo de meses y años perdidos en el papeleo de cientos, o cientos de miles de folios de denuncias, declaraciones, instancias, oficios, recursos, apelaciones, citaciones, diligencias, comparecencias, edictos, exhortaciones, indagatorias, interrogatorios, moras, prórrogas, quejas, recursos, recusaciones, testimonios, reprobaciones, resoluciones y veredictos en procesos interminables. Procedimientos y papeleos que dan de comer a miles de funcionarios escalonados, desde el más alto magistrado al agente judicial; así como a otros tantos pertenecientes a profesiones liberales, como abogados, pasantes, procuradores, peritos, gestores, etc. Toda una casta de la que el demonio metido en el cuerpo del alguacil alguacilado de Quevedo dice que se alimenta generosamente el infierno: “De cada juez que sembramos recogemos diez procuradores, dos delatores, cuatro escribanos, cinco letrados y cinco mil negociantes”.
   Pero que la justicia sea ciega, carencia presentada como símbolo de su rectitud y equidad, muchos otros lo entienden como un cerrar los ojos y un no querer enterarse de aquello que no interesa a los que tutelan sus órganos rectores o se entrometen en ellos. Ceguera y arbitrariedad que no se enmendaría si fuera tuerta, porque a algunos de los que la imparten les haría mirar con el ojo bueno o con el malo, según conviniera: a desahucio de indigente, ojo sano; si apropiación indebida de banquero, ojo tuerto; si ratero menor, ojo avizor, si miembro de la judicatura, ojo perdido…
   Pero peor sería si magistrados, jueces y fiscales saciaran su sed en aquella fuente de los engaños, que, según Gracián, hace ver el mundo y las cosas  al revés, de manera que al salteador de bancos podrían verlo como un gran señor, al ladrón del erario público como un alma cándida, a los prevaricadores como seres justos y benéficos.
   Así que apañados estamos si seguimos con esta justicia ciega y antojicoja. Se habría de reformar el dicho para convertirlo en “la justicia es clarividente”, porque si lo ve todo, le será más fácil discernir entre el buen hacer y el delito. Si no, más nos valdría atender a la sentencia de Séneca que nos dice que “el que quiera vivir entre justos, que se retire al desierto”.

viernes, 27 de enero de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (VIII): Agua para todos                                 

No crean que el agua como elemento vivificador surgió ayer con el valcarceliano eslógan de “Agua para todos”, pues la condición redentora del líquido elemento es tan antigua como el propio mundo: ya el Génesis contaba que, cuando aún no había nada sobre la tierra, ”el espíritu de Dios alentaba ya sobre la superficie de las aguas”; el diluvio transformó el mundo a partir de la destrucción por el agua, mientras que el agua hace renacer a la nueva vida con el bautismo.
   El sueño inalcanzable de la felicidad tiene como símbolo el agua que fertiliza el “locus amoenus”, la tierra feraz bendecida por aguas fecundas e inagotables que ofrece graciosamente sus frutos a los que lo alcanzan: El Paraíso cristiano; los renacentistas Campos Elíseos, donde el Nemoroso garcilasiano invita a vivir a su amada Galatea; o el Jardín del Edén, poblado de ríos de agua, pero también de vino (sic) y miel, a cuyo goce convoca Mahoma a los creyentes estragados por la aridez del desierto.
   Un paraíso soñado, un oasis imaginado en medio de la sed del desierto, era lo que proponía el socorrido “Agua para todos”, que se prodigaba como dicho afortunado en rótulos, carteles y pancartas que poblaban manifestaciones y fachadas de ayuntamientos, e hinchaba declaraciones públicas y noticias de prensa.
   Pero todo ello fue una alucinación y un espejismo estratégicamente diseñado y programado para que durara lo que el zapateril gobierno, para luego ser descolgado de carteles y pancartas y olvidado en declaraciones y proclamas.
   Por eso, los espectadores y víctimas del desgraciado espectáculo proponemos que mandamases, presidentes y consejeros de esta aldea, alcaldes y alcaldables y demás fuerzas vivas creadoras del invento pongan del revés el espejismo de su “Agua para todos” para que resulte un claro y rotundo “Agua para nadie”, que se proclame en carteles y pancartas arrastrados por aviones o colgados en los edificios oficiales; pero sobre todo en las puertas de sus casas, de modo que todo el mundo sepa que donde dijeron el digo del “Agua para todos”, estaban pensando en un diego mentiroso, para desgracia de los que los creyeron. Entre tanto, pueden ir rellenando con el chorro de su orina, en un ejercicio sin fin, el vacío esquilmado e insondable del sinclinal de Calasparra y los canales y acequias que desecaron con sus falsas promesas.

sábado, 21 de enero de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (VII): Más malo que el arsénico (molío)     

Si no tienen ahora nada que hacer, miren y vean al nene -el angelico de la casa estruciante y manifacero, que todo lo toca y lo trastea- cómo mete el dedo en los enchufes, revuelve la despensa derramando o mezclando azúcares, especias y legumbres, maltrata los rabos de perros y gatos, tira del pelo y araña a hermanos y amigos y no atiende a los dictados y sermones de sus mayores. Oigamos entonces al abuelo o a la abuela dictaminar, con la baba caída, que la criaturica  es más mala que el arsénico, no con afán de reprimirlo sino de celebrar sus estrucias y hazañas. Aunque ellos preferirían decir que es más malo que los mixtos clujieros, porque este símil tiene un tono más bien juguetón y festivo.
   Se trata de un dictamen que coincide formalmente con el de la madre, aunque el de esta no será tan cariñoso ni celebrativo, pues añadirá la especificación, para ponderar la maldad del infante,  de que el fatal veneno es molido, acompañando quizá el dicho con el hecho de un sonoro esclate o clujío.
   Pero, a pesar de lo visto y oído, digamos de oficio que no nos parece de recibo aplicar a la tierna infancia símiles como el del arsénico, mortal de necesidad y, además, con el agravante de ser molido, expresión que merecería la condena más rotunda por desconsideración y malos tratos a la infancia.
   Sin embargo, receta tan expeditiva podría ser de gran ayuda para describir caracteres y comportamientos más acordes con la malignidad del metaloide mortal. Desde ahora podríamos decir que es más malo que el arsénico, e incluso que el arsénico molido, ese representante político que representa sólo sus interés, que prevarica y malversa nuestros dineros como Pedro por su casa en gúrteles, púnicas y eres, que desvalija cajas de ahorros, que despilfarra en obras faraónicas, y que, encima, dice que nos gobierna con altura de miras y con total voluntad de servicio. Aunque de este, inmunizado contra los dimes y diretes de sus gobernados, huelga lo que digamos, que no hay arsénico ni mixtos clujieros  que estén, ni de lejos, a la altura de sus maldades. Así que de muy poco nos servirán tan rotundos dicterios.

sábado, 24 de diciembre de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (VI): Disfrutar más que un chino en un melonar

Ya de entrada, les diré que este malhadado dicho habría que desterrarlo de los diccionarios -si acaso estuviese en ellos-, de los palabreros indígenas, de nuestro buen hablar y, en general, de la faz de la tierra -igual que quiso hacer don Quijote con aquellos gigantes malsines que lo perseguían-, por equívoco, ofensivo y dañino para el ganado y también para el género humano.
   Porque a ver de qué chinos hablamos. Si se trata de los chinos de la propia China, aviados estaríamos si, además de tenerlos poblando las tiendas de todo a cien, de baratijas y quincalla, de ropa de quita y tira,  extendidos por restaurantes y tabernas de barrio, dueños de polígonos industriales y de chiringuitos financieros de dudosa transparencia, los viéramos también desparramados por nuestras huertas y bancales, triscando felices en nuestros melonares.
   Si hablamos de los otros, de los nuestros, de los comperdón chinos de la marranera, tendríamos que haber introducido como muestra de higiene y de respeto un “hablando conmigo solo” o un “hablando cortamente” a la hora de mentar el nombre de los de la vista baja que, sin perdón, así se llaman.
    Suponiendo que se tratara de estos últimos, resultaría un atraso alimentar a la cerdosa grey de una manera tan rudimentaria; y un desastre económico, porque destrozarían la cosecha de las cucurbitáceas; a todo esto, sin aclarar si se trata de melones de año o de melones de agua, ahora llamados estos últimos, inexplicablemente, sandías. Y no olviden que esto iría en contra de la ley de bienestar animal, de igualdad y de respeto a las minorías, porque ¿a quién se le ocurre sacar el chino, con perdón de los presentes, de sus cebaderos dotados de aire acondicionado, alimentación y limpieza automáticas y música de Mahler o de Bach, para que le piquen las moscas o sufra un golpe de calor? Item más, sin que hasta ahora ningún cerdo haya presumido de disfrutar como un tal en los melonares, que esto son más bien infundios de sus dueños.
   Parece que estamos locos. Y es que cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. O saca los comperdón chinos al melonar. Que viene a ser lo mismo; o algo parecido. 
LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (V): Brazo de gitano                                      

Por darles alguna noticia de mi humilde persona, les diré que una de mis muchas desocupaciones y vagancias consiste en vivaquear en los supermercados, donde zascandileo buena parte del día entretenido en descubrir los inacabables misterios y sorpresas del pulcro y geométrico laberinto de sus estantes, epítome del gozoso universo del consumo: secciones que de la noche a la mañana emigran enteras a los antípodas de donde estaban, productos de renombre que son devorados por la imparable marabunta de las marcas blancas, novedades en el ramo de la charcutería o de los encurtidos, y otros mil hallazgos de feliz recordación.
   Pero ninguna aventura tan sorprendente como la del suceso que me acaeció hace un tiempo en los expositores refrigerados de confitería del Mercadona. Ojeando las tartas, bizcochos, piononos y otras galguerías industriales que allí se exhiben, me saltó a la vista una situación increíble: en el fondo del expositor yacían los despojos de lo que fueron brazos de gitano, cruelmente amputados de su complemento nominal.
   Y entonces me puse a imaginar el llanto desconsolado del monje berciano de la Edad Media que, en su azarosa peregrinación por el mundo, descubrió y adoptó el que llamó brazo egipciano, luego bautizado por otros como brazo de gitano; y me pregunto yo qué pensarán ahora los de esta raza ante la expropiación nominal del moreno y entreverado rollo. Y rumío muy entre mí que daría un brazo, una pierna o cualquier otro miembro de mi corporal anatomía para que la propiedad de tan sabroso manjar fuera conocida con mi nombre, el de mi gente o el de mi país, como nos ocurre con la tortilla española. Y sueño cómo disfrutaría viendo los carteles, rótulos y etiquetas con el dicho nombre que me harían famoso en confiterías, supermercados y en casas particulares.
   Así que, por todo esto y más, habría que restituir al brazo el nombre de que hasta ahora había sido su dueño, siempre que no se considere un atentado contra los principios de la igualdad, el respeto a las minorías y la ley de transparencia. Porque esto no puede quedar así; y llamarlo brazo de payo podría considerarse  abuso de posición dominante y apropiación indebida. Que hay gente para todo.
LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (IV): Trabajar como un negro                       

“Ser un estajanovista” o “trabajar como un negro” son expresiones que no parece que vayan en desdoro de aquel Stajanov que multiplicaba día a día el rendimiento de su cuadrilla de mineros, por lo que fue convertido en modelo del sistema de producción socialista, ni supongan un menosprecio a la memoria de aquellos de raza negra que un día fueron esclavos.
   Pero en torno a este trabajar como un negro, o ser negro de alguien, se acumulan prejuicios de siglos, con el intento de abominar del término negro, como si muerto tal nombre se acabaran las desgracias de los así llamados, de manera que ya el padrastro de Lazarillo de Tormes, de un color negro que asustaba a su propio hijo, era conocido como moreno, calificativo que Quevedo tachó de hipócrita.
   Se iniciaba así un largo camino de ocultación de la caracterización por el color, mediante la sustitución del término prohibido por sucedáneos referidos al origen geográfico, como afroamericano o subsahariano. Tomando como referencia la campaña de los “afrodescendientes” uruguayos para eliminar del DRAE la expresión “trabajar como un  negro”, cabría preguntarse, si ellos ya no se reconocen como negros, a qué viene la indignación ante tal comparación expresiva. O tal vez quieran que se manipule el dicho afirmando que alguien trabaja como un afroamericano, subsahariano o afrodescendiente como ellos.
   Tampoco parece buena idea sustituir al negro por miembros de otra raza, porque trabajar como un amarillo soliviantaría a buena parte del continente asiático, hacerlo como un indio pondría en pie a las reservas de los tales y laborar como un blanco sería absurdo por redundante.
   También podríamos ir más allá diciendo que alguien trabaja como un Adán, basándonos en la maldición bíblica que condenó al primer hombre a ganarse el pan con el sudor de su frente; pero igual nos ganaríamos la enemiga de todo el género humano, descendiente de aquel desgraciado.

viernes, 9 de septiembre de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (III): Olivica comía, huesecico al suelo     

El marqués de Villena escribió un tratado sobre la utilización del cuchillo, titulado Arte cisoria, con la intención ilustrada y pedagógica del renacentista de contribuir a refinar las costumbres del buen cortesano, un tanto dejadas durante la Edad Media. Imaginen que este refinado gourmet del siglo XV hubiera escrito un tratado sobre el arte de comer olivas -ahora llamadas por casi todos aceitunas-, y admitan ya de entrada que no hubiera dado por buena la forma del dicho popular que comentamos, aunque su intención lo sea. ¡Cómo se va a propugnar que toda tarea se debe hacer con método y orden, por sus pasos contados, si se proclama con la imagen del malhacer y la desidia de tirar por el suelo los huesos de las olivas que comemos!
   Además de darnos cuenta de que el hecho es un atropello a las formas y a los buenos modales, deberíamos pensar en el riesgo de accidente que supone sembrar el suelo con los corazones duros de tal fruto, que actuarían como rodamientos sobre los que se deslizaría quien los pisara.
   Pero nuestras críticas no van por ahí, sino que tienen una sólida intención cultural. Sabido es que en  ferias y fiestas patronales y, sobre todo, en los festejos de verano, proliferan manifestaciones deportivo-culturales de gran arraigo en la tradición castiza del país. Me refiero a los concursos de habilidades: de rebuznos, de lanzamiento de azada o de legón y, sobre todo, de arrojar con la boca huesos de oliva, de dátil o de otros frutos, a la mayor distancia posible.
   A propósito de estos últimos, qué duda cabe que, durante las comidas, los huesos de oliva, lejos de tirarlos al suelo sin más, podrían ser lanzados, de un fuerte bufido por encima de la mesa, y de los asombrados comensales, y del aparador, hasta las profundidades del pasillo, como entrenamiento que vaya registrando nuestros progresos. Y ya puestos, podríamos colgar una bolsa en la pared de enfrente, en la que intentaríamos “encestar” nuestros dardos aceituneros que, bien guardados, luego nos servirían de munición para el evento. 
  Establecido así el interés cultural del lanzamiento de huesos de oliva, no quedaría más que reformar la desafortunada frase para que diera cuenta fidedigna de la modernización y saneamiento del hecho: “Olivica comía, hueso al vuelo”. O “al cesto”, según convenga.

jueves, 8 de septiembre de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (II): Tocarse la ****                                              

Esta expresión un tanto bronca y desapacible, surgida de las entrañas de la parla murciana, lejos de las torcidas interpretaciones de los malpensados, en muy pocos casos alude a lo que ellos malpiensan. De estas excepciones apenas hablaré por tratarse de acciones condenadas por obscenas por la Santa Madre Iglesia; aunque hay tratadistas, como Carmen de Triana, que dicen que tocarse la tal cosa “es muy sano”, a una o a dos manos. 
   Yo, comedido en mis juicios y ajeno a las polémicas, glosaré la utilización casi exclusiva de la dicha manifestación del toqueteo de la corporal anatomía en dos casos concretos. En uno, como arma arrojadiza contra los juicios y acciones de las demás, mandándoles en forma imperativa que se callen o, más bien, que se ocupen de sus asuntos. En otro, como recurso descriptivo que nos pinta a la destinataria dedicada al dolce far niente, a una desocupación que no es oficio ni da beneficio, como a aquellos otros y otras de quienes decimos que se están rascando la barriga o tocando la frente, las narices e incluso alguna de sus comperdón partes; toqueteo que es imagen viva de su entrega a tareas de ninguna utilidad. 
   Pero no descalificaré esta expresión por razones morales ni por atentatoria a la igualdad de género, ya que existen otras de igual o mayor rudeza dedicadas también a los hombres, o al género humano sin excepción, que se utilizan con especial descaro y profusión. Mi propuesta es abandonarla por razones exclusivamente filológicas, dado que el sustantivo seta ha sufrido un proceso de marginación y de olvido, que lo lleva inevitablemente a la desaparición. Vayan ustedes a la taberna de confianza y pidan el acostumbrado revuelto de setas y verán la cara de sorpresa del camarero. Y vean uno de los innumerables programas televisivos de cocina y escuchen cómo el cocinero, chef, masterchef o aprendiz de pinche nunca dirá la proscrita palabra. Unos y otros hablarán exclusivamente de revueltos, salsas y otros mil platos de boletus; pero no de setas. 
   Obligados a sustituir seta por boletus, comprueben cómo nuestra frase quedará tan redicha e incomprensible que solo provocará la risa. Por eso, lejos de proponer su reforma, abogamos por su olvido, que ya ncontraqremos otra que diga bien lo que queremos decir. Y si no, a tocarse el boletus.
LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (I): Moros en la costa                                            

Los que estuvimos en la guerra de Yugurta, según cuenta Salustio Crispo, tuvimos noticia fidedigna del reino de Mauretania, poblado de los mauretanos, llamados familiarmente mauros. Conocimos sus escaramuzas y alianzas con el Imperio, y luego supimos de su confusión con otros pueblos venidos de Oriente.
   Las leyendas y las crónicas cuentan que, llamados ya moros, con la ayuda del conde don Julián o sin ella, los mauretanos atravesaron el estrecho y, tras las batalla de Guadalete, se pasearon por España a pie o a caballo durante ocho siglos. Ahí los tenéis en Calatañazor, ante las huestes del Cid o en las Navas de Tolosa, dando motivos a los cristianos para la inacabable “guerra contra moros” que conocemos como Reconquista. De ahí seguramente surgió la idea, enemiga de la integración y la multiculturalidad, que, en una y otra parte, proclamaba que “Todos moros o todos cristianos”.
   Pasados los siglos, desarmado Boabdil y cautivo el ejército mahometano, siguieron llegando incursiones de la Mauretania que, detectadas desde torres vigía y almenaras, se convertían en una noticia alarmante resumida en el grito de defensa “¡Hay moros en la costa!”. El aviso permaneció en la memoria popular hasta hoy, destinado ahora a advertir de la presencia de testigos inoportunos o peligrosos para nuestros intereses.
   Sin embargo, la maurofilia, que desde el romancero fue creando la imagen del moro modelo de valentía, lealtad y galanura, unida al moderno concepto de igualdad y no discriminación por razón de raza o de religión y al creciente apostolado por la multiculturalidad han producido el milagro de que, aunque uno crea todo lo contrario, ya no haya moros en la costa. Lo que hay son magrebíes, a los que vemos no sólo en la costa del campo de Cartagena, Mazarrón o Ramonete sino que, venidos en patera a través del estrecho, como lo hicieron los también magrebíes Tarik y Muza, han ocupado además el interior. Así que si ustedes dicen que hay magrebíes en la costa no faltarán ni un punto a la verdad, al tiempo que adecuarán su lenguaje a lo políticamente correcto. Aunque, ¿de qué nos sirve la frase reformada si ya no es un aviso sobre la presencia de fisgones y gente de poco fiar?

martes, 2 de agosto de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XXVI): Crear nichos de empleo                                       

Señoras y señoros: Por si no lo saben, les diré que tengo un primo en el paro, información nada relevante habida cuenta de que comparte esta situación con otros cinco millones. Pero les confesaré que lo más preocupante no es el desempleo, sino que este parado mío es enemigo declarado del trabajo: sepan que desde la más tierna infancia consideraba tarea excesiva ir a la escuela o hacer cualquier mandado. Algunos pensaban que se trataba de un trastorno mental, una especie de fobia al trabajo, aunque el abuelo ya entonces dictaminó que el zagal era más gandul que un trillo y que por eso no le gustaba amagar el lomo.
   Sin embargo, pasados muchos años, aunque fuera por equivocación, tuvo un empleo, que las malas lenguas atribuyen a una estrategia sibilina que no tenía como fin trabajar, sino beneficiarse de la posterior prestación por desempleo. Así, en este dolce far niente del subsidio vivió algunos años, hasta agotar la ayuda de 426 euros y quedarse sin nada, viviendo a la sopa boba.
   A tanto ha llegado su gusto por la desocupación, que ahora afirma que no busca trabajo porque, si lo encuentra, perderá su antigüedad como desempleado, con los perjuicios que eso conlleva. Y así está, mano sobre mano, paseando de un lado para otro, mientras censura a los que encuentra trabajando la inutilidad de su esfuerzo, cuando se puede vivir sin hacerlo.
   Pero como todo puede ir a peor, o a mejor, según mi primo, resulta que viene oyendo que doña Fátima Báñez y otros arbitristas de la salida de la crisis se afanan en crear nichos de empleo, y desde entonces lo veo más ufano, más creído de la verdad de sus razones, pues ya no se trata de soportar ocupaciones fatigosas o trabajos basura, sino de algo mucho peor. Los citados nichos laborales le confirman algo que él ya sospechaba: que el trabajo es un “mataero” y una muerte, y los que nos ofrecen empleo no son más que nuestros taimados enterradores.
   Pensándolo bien, no le falta razón, porque los gurús de la política no paran de inventar términos que encubran la verdad de sus mentiras, sin darse cuenta de que, como en este caso, sus retorcimientos expresivos no arreglan, sino que empeoran las cosas. O al menos eso dice mi primo.
LA FERIA DEL MUNDO.


Dimes y diretes (XXV): Bajar los brazos                                                   

Oigo que el gobierno de Rajoy ha bajado los brazos ante la cuestión catalana y me imagino una instantánea de todo el ejecutivo durante una clase de Gimnasia –ahora llamada Educación Física-, justo en el momento de calentar subiendo y bajando los brazos. Y me cuentan que también la Unión Europea ha bajado dichas extremidades superiores en el conflicto de Ucrania, y entonces me resulta más difícil imaginarme al pedazo de continente personificado que, en calzón corto, se ejercita en estos menesteres atléticos.
   Pero es que en medio de esta confusión me llega el vocerío de la retransmisión deportiva de turno que dictamina con pesimismo que el equipo de casa, tras el segundo gol, ha bajado irremisiblemente los brazos, y me pongo a pensar si es que se juega peor al fútbol así; e incluso malpienso si hasta ese momento han competido con los brazos en alto, como si fueran víctimas de un atraco, en cuyo caso dudo que pudieran ir ganando.
   “O tempora, o mores!”, dijo Cicerón, y de ahí algunos que no entendían mucho de latín interpretarían libremente que no había que confundir el culo con las témporas. Que es lo que les debe pasar a los que confunden el pensamiento con la acción, la voluntad con los miembros que la ejecutan. Entonces es cuando, en un selfi imaginario, me tomo una imagen de mí mismo para comprobar dónde y cómo tengo los brazos: si en la cabeza, sobre la mesa o colgando junto a los ídem del sillón. Y me da por pensar que si bajar los brazos es abandonar una idea o un empeño, desistir de lo que estábamos haciendo y, en definitiva, no hacer nada, está claro que no podré ponerme los calcetines ni calzarme los zapatos, ni rascarme la pantorrilla o la entrepierna, ni, por extensión, coger flores, plantar cebollino, recoger la caca del perro, y un larguísimo etcétera.
   Y entonces me invade una sensación de parálisis e inutilidad que me lleva a ponerme las manos sobre la cabeza por si acaso todo esto que pienso fuera verdad. Y para que se sepa que yo no tiro la toalla, ni mucho menos bajo los brazos.

miércoles, 6 de julio de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XXIV): Intercambio de cromos                                           

El emérito profesor y novelista Hidalgo Bayal llama, con un neologismo certero, “léxico pactoril” al relacionado con los cambalaches y trapicheos poselectorales, denominación inclusiva de algunos de los términos que aquí glosamos nosotros –trazar líneas rojas, marear la perdiz, poner palos en las ruedas, vender humo…-. Pero él añade uno que no tiene desperdicio como manifestación del juego en el que a veces se sorprenden los miembros de la casta política, siempre propensos a ver la informalidad ajena y no la ambición y la falta de principios propias.
   Acérquense  y vean a estos personajes que, en torno a una mesa, concentrados y cejijuntos, sacan papeles, los consultan y se los pasan a los que están sentados enfrente, en tanto que aquellos, tras estudiar esos y añadir otros, se los devuelven a los primeros en un toma y daca muy vistoso y entretenido. Si los despechados competidores que no han sido invitados fisgaran por el ojo de la cerradura o recibieran el chivatazo de lo que allí ocurre, dictaminarían inequívocamente que se trata de un juego muy propio del gusto de todos; pero solo confesable si se dice de los otros. Están, sin duda, en el intercambio de cromos: sillones, cargos, prebendas, liberados, asesores, delegaciones, como unidades de una baraja interminable de sinecuras. Pero entre ellos no encontraremos casi ninguno referido al cumplimiento de las promesas electorales, a la resolución de los problemas de los ciudadanos, a la lucha contra los abusos y las malas prácticas.
   Mientras, nosotros, los que estamos ajenos a tal juego, deberíamos pensar que estos representantes nuestros son como niños: como si el tiempo no hubiera pasado y los viéramos en pantalón corto, sentados en corro a la fresca sombra de la placeta, entregados al trueque con el precioso tesoro de unas estampas que compendiaban lo que entonces se podía saber sobre fauna, aeroplanos o estrellas del fútbol.
   Pero no se engañen: mejor sería estar prevenidos por si los envites de tal juego se hacen a costa de nuestros dineros. Y entre tanto, paciencia y barajar, amigo Sancho, que “pactores” tiene la Iglesia, como advierte el novelista extremeño.
LA FERIA DEL MUNDO.
Dimes y diretes (XXIII): Pena de telediario                                                    

Los débiles y los mansos, los cortos y encogidos, nunca alcanzaremos el éxito ni la notoriedad, ni para bien ni para mal. Aunque digan que hay igualdad de oportunidades, nunca llegaremos a ser empresarios de postín, presidentes de Cajas de ahorros, consejeros de grandes corporaciones, mandamases de la clase política ni estrellas de la prensa del corazón. Pero como no hay mal que por bien no venga, tampoco es probable que no deslicemos por la pendiente de la estafa, la prevaricación, el cohecho, la malversación u otras formas de corrupción que ahora tanto se llevan. De ahí que sea harto difícil que formemos parte de  las gruesas listas de  interrogados, investigados o imputados por la justicia, o como ahora quieran ellos llamarse. Ni muchos menos que recaigan sobre nosotros penas de reclusión mayor ni menor, inhabilitaciones y otras condenas ahora tan de moda. Y en todo caso, nuestros avatares no serán materia de grandes alardes informativos.
   Pero, pese a que a alguien le parezca una perversión, lo que más nos duele es que nunca podremos sufrir la mediática pena de telediario, como las infantas, blesas, ratos, crespos, pantojas y demás fauna del poder y de la fama. Y no entendemos de qué se quejan ellos, si es casi seguro que con este minuto de castigo, que los retrata saliendo esposados de su casa, empujados dentro de un coche policial o haciendo el paseíllo ante la sede judicial o la cárcel, a casi todos les será suficiente para redimir sus conductas abominables.
   Por eso, aunque no podamos estar en su lugar, como espectadores nos consuela que en un breve instante quedemos enterados de la catadura de tales personajes, sin necesidad de que pasen años y se escriban miles de folios sobre sus casos y sus causas. Porque les diré que esta instantánea televisiva es de más impacto que la visión de las largas películas y series que podrían rodarse sobre sus hazañas, juicios  e improbable vida carcelaria, como ocurrió con el Lute, los gánsteres de Chicago y los lobos de Wall Street.
   Y en cuanto a la justicia de tal pena televisiva, bueno es saber que menos es nada. Por eso, el que no se consuela es porque no puede.