martes, 6 de diciembre de 2011

ACADEMIA DE LA LENGUA

17. Vocablos hinchados                                                                            
17 noviembre 2011

Hablar no es una tarea sencilla. Por eso, a algunos nos cuesta tanto, y otros que no se esfuerzan hablan mal. Pero el hablante tiene sus trucos para hacer más asequibles las cosas del decir. Y aunque no venga muy a cuento diré que uno de ellos es el callar –“Al buen callar llaman Sancho”- porque ya nos dijo Diógenes, hombre pobre pero rico en sabiduría, que “tenemos dos orejas y una sola lengua para que oigamos más y hablemos menos”; o en su defecto, el hablar de forma cuidadosa porque –palabra de Alejandro Dumas (padre)- “por muy bien que uno hable, si habla en demasía acabará diciendo alguna necedad”.
   Veamos en qué consisten algunas estratagemas concretas que aligeran las asperezas del hablar. Siguiendo el precepto de Cicerón de que “la concisión es el mayor mérito de la palabra hablada”, existe una ley no escrita que los hablantes inteligentes, sean muy cultos o analfabetos, tienden a aplicar, aun a riesgo de caer en la prevaricación y el vulgarismo. Se trata del principio de la economía del esfuerzo, del afán de simplificación en aras de la sencillez y la claridad, o, sencillamente, para salir con bien del compromiso de lidiar con el lenguaje en la tarea ímproba del expresarse. Esta tendencia al mínimo esfuerzo tiene mil manifestaciones, algunas muy originales y expresivas y otras un tanto mostrencas. Así surgen los modismos, las frases hechas, los clisés, que consisten en aplicar la misma receta expresiva a situaciones iguales o parecidas, e incluso muy diferentes, si las ganas o las capacidades del inventor son pocas. Sirvan de muestra “poner palos en las ruedas” o “marear la perdiz”, dos perlas del habla rústica degradadas y esterilizadas por el uso que de sus imágenes hacen sin ton ni son hablantes vulgares, aunque pretenciosos, como los gañanes de la política. Y también las frases inacabadas, las reticencias, las manifestaciones gestuales que sustituyen a los vocablos, etc.
   Este fenómeno domina también en el léxico: las palabras tienden a reducirse, a encogerse por un principio general, el de la ganancia que supone la brevedad –“más valen quintaesencias que fárragos”, decía Gracián-, que se concreta en numerosas finalidades expresivas que van desde la necesidad de eliminar dificultades articulatorias (otorrino[laringólogo]), a lo que se añade la poda afectiva de palabras largas y de mucho uso tal que cine(matógrafo), peli(cula), tele(visión) o bici(cleta) e hipocorísticos como (Fran)Cisco o Satur(nino), hasta llegar a la abreviación de términos que, además de largos, al hablante vulgar le parecen pretenciosos, como los que con mucho éxito redujeron Natividad, que quedó en Navidad, o masticar, que vino a ser mascar.
   Estas reducciones “económicas” son el fundamento de numerosísimas transformaciones históricas de vocablos que en un principio se consideraron como fenómenos vulgares que los desviaban de la norma culta: perdieron por aféresis elementos iniciales (emérita > Mérida) o por síncopa se deshicieron de fonemas interiores (collocare > colgar, recitare > rezar) o por apócope perdieron su parte final como rete > red.
   Pero, fuera de tanto preámbulo, de lo que queríamos hablar es de lo inaudito: de las pretensiones de alargar los vocablos, con el consiguiente esfuerzo articulatorio y, en general, expresivo, sin visos de ganar en eficacia y agilidad comunicativa, sino todo lo contrario. Como señala el profesor Aurelio Arteta, experto en la crítica de algunos de estos vicios; es “como si nos empináramos sobre algunos de estos hinchados vocablos para ganar estatura, como si la pobreza de conceptos se compensara mediante la exuberancia de los términos”.
   Esta hinchazón verbal tiene dos manifestaciones esenciales, coincidentes en el afán por estirar y engrosar la forma de las palabras, pero debidas a pretensiones y a circunstancias muy diferentes. Una de ellas son los incrementos vulgares, que en la mayoría de los casos son fruto del desconocimiento de la lengua y no tienen ninguna justificación, al no añadir ni un solo matiz significativo e ir en contra del principio de abreviación que caracteriza al habla popular. Así, son numerosos los casos de epéntesis, con una clara prevalencia del prefijo a-, desprovisto de significación y convertido en un postizo vacío que se aplica a voces tradicionales (afijarse, aciprés, aluego, arrascarse, asentarse) o a términos modernos que designan a elementos nuevos (afoto, amoto, arradio,). Incluso algunas cuentan con un doble incremento, como las formadas sobre el verbo juntar, que cuentan además con un pedigrí acreditado por la historia o el manejo actual: ajuntar, puesto ya en boca de Mio Cid cuando en la dolorosa despedida de su familia, camino del destierro, llora desconsoladamente por la incertidumbre del reencuentro –“Dios sabe el ajuntar”-, mientras que la versión actual, aún más incrementada, arrejuntar(se), describe con un guiño humorístico o despectivo la relación no legalizada de una pareja de hecho.
   Las formadas por el prefijo des-, como desagerado, descotado o desaminar, son ultracorrecciones con que se adornan los analfabetos con pretensiones, por semejanza con otros términos que sí llevan de manera adecuada esta prótesis como desacreditar o desaconsejar. Y la lista puede engrosarse con emprestar, emponderar, entodavía o estijeras.
   Estos alargamientos vulgares incluyen también la epéntesis, con la introducción de fonemas en medio de la palabra, desde el antiguo ansí a los que designan realidades actuales como aereopuerto o plantaforma, sin olvidar disgresión, enritar, mencha, muncho o toballa , junto a otras más extendidas pero que llaman menos la atención como expléndido o inflacción.
   Los incrementos también acrecientan las palabras por detrás con añadidos como los arcaicos asín y asina, los falsos plurales rodapiés y taxis y las ultracorrecciones tan celebradas de bacalado, Bilbado o gruda.
   El segundo tipo de vocablos engordados lo constituyen los llamados archisílabos, que utilizan las sectas analfabeticultas de altos funcionarios mediocres, periodistas pretenciosos, gañanes de la política o profesores desertores del arado para designar operaciones o procesos abstractos con los que pretenden dar un tono solemne y erudito a sus peroratas y “repalandorias”, con la intención de asombrar, si no de asustar, a sus sufridos receptores con una ruidosa parafernalia de palabras interminables que, en opinión de Chesterton, “nos pasan zumbando como los trenes largos”; y, sobre todo, distanciarnos y confundirnos con un discurso vacío en que los sones rimbombantes encubren la desolación de la nada mediante “términos hinchados y con los que buscamos hincharnos”, según dice el profesor Arteta.
   Sin duda estos “habladores de diluvios” que no escampan ni de día ni de noche -Quevedo dixit- desconocen el mandato de George Orwell que exhorta a que no se use una palabra larga donde se puede utilizar una corta. Y así, en vez de concretar, concretizan, y no por confusión sino por confusionismo, porque prefieren el secretismo al secreto, desprecian el contar para elegir la contabilización, aunque para ellos no existe la duración sino la durabilidad y piensan que no todo el mundo tiene accesibilidad a su jerga basada en un posicionamiento que no necesita contrastación; y más si está implementada en un interminable sumatorio, que no suma, y en un recopilatorio, y no recopilación, que nos lleva –valgan estos dos archisilabismos de mi propia cosecha- al hastiamiento y a la aburrimentación. Y mientras tanto, habrá que recomendarles una analítica de su capacidad de sintetización y de abreviamiento, a ver si solucionan su problemática.

domingo, 4 de diciembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

16. Olores y hedores                                                                             
15 noviembre 2011

Tú no necesitas recurrir a la utopía del mundo feliz que aprendiste con el mito de la Edad  de Oro en Ovidio, ni al bucolismo poético de las Geórgicas de Virgilio, ni tomar partido por la aldea frente a la corte como proponía fray Antonio de Guevara. A ti te basta con recordar el lejano solar de tu infancia y sus olores: te entra por todos los sentidos aquel amplio patio, llamado parador, de tu casa en Aguaderas, y notas la sensación del agua fresca del aljibe que salía borboteante del cubo, y las delicias del horno que aboca al patio su contenido de mil olores, que empezaban con los agrestes de las bojas, tomillos y romeros que servían de yesca para encenderlo y el aroma de las leñas de olivo o de almendro casi recién cortadas, y luego las delicias acariciadoras del pan bien hecho, de las llandas de empanada, de torta de chicharrones o de pimiento molido –esta, dulce, naturalmente, para combinar con el chocolate o con la gustosa longaniza o el oloroso morcón hecho de la misma masa-. Y en el poyo, en los peldaños de la escalera que subía a la cámara o en cualquier rincón, la vista y el perfume de macetas innumerables que extendían sus olores de galanes y fresarias, jazmines y donpedros, calas y siemprevivas, lirios y alhelíes, de la mañana a la noche.
   Y allí dentro estaban también las porchás y el corral que acogía al ganado de ovejas, de donde emanaban los olores variados de las ramas de tala de olivo, de las hojas de pala o de piteras cortadas en pequeños trozos o de la corteza seca de almendra con que en invierno se alimentaba, además del olor a lana sucia y mojada y a cagarruta lisa y redondita; y, a los lados, en unos reducidos cuchitriles habitaban los cerdos negros y chatos que se alimentaban con el sabroso berbajo hecho de harina y agua o con el amasijo de harina entreverada de variantes de alfalfa o verde, y de allí venía el olor y el calor de sus mullidas camas de paja; y sobre ellos las conejeras, de cuyas madrigueras surgía una temerosa tropa para saborear la hierba recién cortada -collejas, cerrajas, gallinera, ballueca, vallico, aberenjana…- con el movimiento risueño de sus pequeños dientes; y el gallinero, ruidoso y alborotado, con los cantares de los gallos, las baladronadas ruidosas de los pavos y el cacareo exultante de las gallinas que anunciaba la puesta. Y al otro lado, la cuadra donde residían burras y mulos, que se preparaban para su penosa labor con el pesebre lleno de paja crujiente, o de pastura o de “ingüerto” de paja y alfalfa, o de algarrobas en una cantidad moderada, rodeados de una atmósfera cálida y acogedora, que se extendía al pajar colindante de donde bajaba el olor pastoso y denso de la paja que, como si te acunara, invitaba al sueño y a la siesta.
   El patio era nuestro pequeño mundo, una mínima parte del locus amoenus que lo rodeaba, de donde llegaban los sones del campo y de la sierra, con el ruido de los carros, el tintinear de las esquilas del ganado o el pío pío variopinto y armonioso de los pájaros; y los olores de la flor del almendro, de la hierba húmeda, de los campos abonados con estiércol, de las crujientes mieses de la era. Y todo en él era natural y armonioso, con la convivencia de personas y animales, de olores y sabores contrapuestos, pero que en definitiva no eran más que la expresión del ciclo de la vida, siempre vivo, desde el estiércol que nutre la tierra al sabroso alimento que contribuirá, en la cadena sin fin, a producirlo. 
   Pero tú te fuiste a la ciudad para prosperar y allí estudiaste una carrera, y fuiste profesor o maestro, empresario, médico o promotor inmobiliario, y adquiriste una buena posición. Y pasados los años quisiste volver, y lo hiciste como los indianos que regresaban de hacer las Américas, con el deseo de ostentar tu buena vida y asombrar a los indígenas del lugar, tus antiguos convecinos o sus herederos. Te compraste un buen solar, de tres mil metros, y allí edificaste de forma ilegal -que luego se paga una multa y no pasa nada- una mansión de dos plantas con numerosas habitaciones, un torreón estudio y un sótano con garaje y bodega. Y la rodeaste de un amplio jardín, provisto de césped natural, con cenadores y muebles de ratán y poblado con enanos, elfos, náyades, tortugas, ranas, patos y aguilones de piedra artificial en torno a la piscina y al estanque, para que se notara tu gusto por el arte; y lo remataste con terrazas colgantes y escaleras de mármol con recias barandillas de mazacote blanco; lo has iluminado con más de cuarenta apliques, lámparas, fluorescentes y farolas; y lo has cercado de una formidable valla de forja erizada de remates puntiagudos, adornada con adherencias de latón dorado y rematada por un ancho portalón con videoportero y apertura automática. Y todo cubierto de unas llamativas pantallas de tirajos verdes que protejen la privacidad, al tiempo que sugieren el lujo del conjunto.
   Allí celebras, ya se sabe, fiestas de postín, a las que asiste quizá el alcalde y algunos concejales, promotores inmobiliarios, maestros y algún taxista, junto a otros fuerzas vivas de la ciudad que, mientras dan cuenta de las sabrosas viandas de la barbacoa, muestran su admiración por el lujo de detalles del palacio y el buen gusto de sus dueños.
   Pero como el diablo todo lo enreda para hacer que la felicidad nunca sea completa, te das cuenta de que hay un detalle terrible que no dominas: un invisible y sigiloso enemigo que asalta sin compasión los fuertes y fronteras de la mansión y se instalará en tu casa sin que tú puedas impedirlo ni deshacerte de él. Es la pestilencia y el hedor. Ya no son los olores naturales de la tierra que reflejan los distintos ciclos de la naturaleza y dan cuenta de las actividades de la fauna y la flora, sino el tufo acre del gasóleo de los tractores y los vapores agresivos de herbicidas, insecticidas y fertilizantes, que emana de la tierra como una amenaza cercana y constante.
   Pero lo realmente intolerable es el hedor de los corrales, y especialmente cebaderos de cerdos, que, como un enemigo invisible ataca a todas horas y desde los cuatro puntos cardinales con oleadas de intensidad y matices variados, venidas del establo cercano o desde instalaciones alejadas varios quilómetros, en un asedio incesante que Quevedo describiría como “sombra del sol y tósigo del viento”. Su causa es un estiércol maléfico, resultado de una alimentación intensiva de los animales en que lo natural se mezcla con lo químico y que se acumula y fermenta en balsas, charcas y derramadores al aire libre. A este generador inacabable de hedores, con una ironía cruel, se le denomina con el nombre inmaculado de purines. Tomen nota de la broma pesada.
   El hedor acaricia los patios, placetas y jardines de las casas humildes y de las elevadas mansiones, penetra en las habitaciones y cocinas, impregna ropas y ajuares, es invitado omnipresente en reuniones, comidas y banquetes. Y el que está sometido a esta dictadura del mal olor quisiera abominar de la ocurrencia de Italo Calvino de que “el mundo es la nariz, todo está en la nariz”. Y, como los protagonistas de algún cuento de Virgilio Piñera, quisiéramos arrancárnoslas para no sentir este tufo que nos atosiga –oh olorosas boñigas de las vacas, dulces cagajones de los cerdos, delicadas cagarrutas de cabras y ovejas que poblaban establos, campos y caminos de nuestra infancia-. Y a ti, hijo pródigo vuelto a sus antiguos lares, te parece que los tufos y hedores que se describen en El perfume de Patrick Süskind como “algo inconcebible para el hombre moderno” –“Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina… Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba igual bajo los puentes y en los palacios”- son una broma comparados con la sofisticación de estas pestes atosigantes que emanan de estercoleros con una capacidad, no sólo odorífica, sino letal, no fácil de describir.
   Pero veamos el comportamiento de los acosados por este enemigo invisible: en un principio protestaban, exigían a la administración que legislara sobre esta materia, denunciaban a instalaciones concretas y, en definitiva, mostraban una actitud combativa, que no sirvió para nada: se desarrolló alguna legislación, se hicieron normas y ordenanzas, se indicó que se perseguiría a los cebaderos ilegales y se exigiría el cuidado y el reciclado de los purines. Pero todo fue una mentira: se siguen construyendo instalaciones monumentales, con licencia o sin ella, que no se sabe lo que es peor, en zonas pobladas; se legalizan cientos y miles de explotaciones sin exigir que cumplan con un mínimo de de requisitos medioambientales. De manera que instalaciones que llevan más de cincuenta años torturando con sus hedores -sirva de ejemplo la ubicada en Purias, en el cruce del camino de Malvaloca con la carretera de Águilas, que alegra la vida a los vecinos y a los usuarios de la gasolinera cercana, aunque ustedes pueden añadir muchos más-, se mantienen sin ninguna medida de seguridad y sin que se pueda actuar contra ellas.
   Ante este imposible, resulta curiosa la actitud que ahora adoptan los afectados: ya no se quejan, sino que disimulan, dando la impresión de que el problema no existe, de que no se huele: celebran veladas nocturnas al aire libre, degustan sus comidas y cenas en la placeta o en jardín y refrescan sus casas con puertas y ventanas abiertas, siempre atosigados por una pestilencia que fingen no percibir; y encima publicitan la calidad de vida y el aire puro que se disfrutan en el campo. Por eso, a algunos no nos cabe duda de la capacidad de adaptación del género humano, que en un tiempo pasado se quejaba de las incomodidades del campo y denostaba sus efluvios naturales, y ahora bendice otros mucho peores, como si se tratara de refinadas fragancias y perfumes.
   Por eso creo que tú y yo estaremos de acuerdo en que a todos estos que disimulan y a las autoridades que miran para otros lado para no “oler” el problemas, convendría llevarlos de excursión a una balsa o aljibe de purines y aconsejarles que se asomaran allí y aspiraran sus efluvios. Y después que lo contaran, si acaso habían sobrevivido. No sé si te parece buena idea.

viernes, 2 de diciembre de 2011

ACADEMIA DE LA LENGUA

15. Palabras con alma                                                                                                   
11 noviembre 2011

Antes del diluvio del laicismo zapateril, los buenos cristianos creíamos que la persona humana, llamada entonces “hombre”, se componía de cuerpo y de alma, elementos ambos transformables y cambiantes: un cuerpo corruptible que crece para luego degenerar y envejecer hasta la pudrición final de las postrimerías; mientras que el alma, con entendimiento, podía elegir el camino de perfección que la llevara a la pureza y la salvación o la senda del pecado y del mal que la entregaría a las penas del infierno, de manos de Satanás.
    Pues bien, el lenguaje y las palabras, como creación humana también tienen esa doble vertiente: la externa, la morfológica, la puramente física, que varía y se transforma con añadidos, amputaciones y confusiones de fonemas; y el significado, la representación conceptual de la realidad, como una especie de espíritu que también cambia, se transforma e incluso muere, en un continuo devenir. Pero como ocurría con el alma y el cuerpo, ambas caras de los vocablos no siempre sufren una evolución paralela. Y para demostrarlo, veamos algunos términos del habla lorquina que, habiendo sufrido un proceso de degeneración vulgar en su fonética y morfología, sin embargo han modificado su contenido semántico con un sentido nuevo y, a veces, muy expresivo.
   Ardil es una deformación vulgar de ardid, término que significa, artificio, estratagema, treta; de la misma raíz que el antiguo ardido, atrevido, esforzado, animoso, que dio lugar al epíteto épico ardida lanza con que se pondera el heroísmo de los caballeros en el Poema de Mio Cid. Pero el término vulgar usado en la comarca de Lorca se refiere a la diligencia, rapidez y celo con que se hacen las cosas, usado frecuentemente de forma ponderativa con tono exclamativo –“¡Qué ardil!”- o reforzado con un plural hiperbólico –“¡Vaya unos ardiles!”-, y de él deriva el adjetivo menos usado ardiloso, -a, con que se elogia a una persona.
   La forma de comportarse y los estados de ánimo constituyen el carácter de una persona, ingredientes que muchas veces se reflejan físicamente en el rostro, gestos y ademanes, hasta el punto de que en el teatro se suelen llamar caracteres a los personajes, porque sus figuras representan la forma de ser del enamorado, el celoso, el traidor, el santo, etc. Pues bien, el término lorquino caralte, deformación de carácter, lleva al extremo el reflejo físico de la psicología de una persona, ya que aúna el carácter y la cara, mediante la imagen, generalmente negativa, que de la forma de ser de esa persona refleja su gesto y, en general, su figura: “¡Qué mal caralte trae!” “No se me olvida su carlte!”” ¡Vaya un caralte!”.
   Clisarse es una aféresis o abreviación vulgar de eclipsarse, término del español cuidado derivado de eclipse (del lat. eclipsis), que significa literalmente “oscurecimiento de un astro por la interposición de otro”, pero que pronto adquirió el significado imaginario de evadirse, ausentarse, desaparecer. Sin embargo, el sentido metafóricio de la acepción murciana - “adormecerse”, “quedarse dormitando un tiempo breve”- aunaría la imagen astronómica con la del cerrar transitoriamente los ojos, llamados clisos en caló: si los ojos son como astros o soles cuando están abiertos, al ocultarse total o parcialmente por el cierre de los párpados, serían como la imagen de dos astros más o menos ocultos transitoriamente. Y de ahí la evocadora estampa que sugieren el quedarse clisado o el estar clisado.
   Cuando no primaba lo políticamente correcto y nadie pensaba en leyes de igualdad, una madre podía castigar a su hijo con un clujío o amedrentarlo con darle “una pasá de clujíos”. Y no crean ustedes que  trataba de cargarle los oídos con los ruidos desagradables que evoca la voz onomatopéyica crujido, sino de que el niño, mediante el azote, experimentara en sus propias carnes los golpes causantes de ese crujir o clujir, según indica el significado de esta voz vulgar de las tierras murcianas. Aunque en vez de clujío, podía dársele un vastugazo o amenazarle con molerlo a vastugazos”, dados naturalmente con el vastugo, vastuga o vastugica, aclimatación local del término vástago, con el que se designa el renuevo o rama tierna de un árbol –almendro, granado o, preferente olivo, por ser más flexible y pegadizo-, que podía utilizarse como flagelo dolorosísimo para caballerías y otros animales, e incluso para las personas.
   Si tenemos claro que interpretar es “comprender y aclarar ideas o hechos que se pueden entender de distinto modo”, nos asombraremos por el uso del verbo intrepetar, que en estas tierras, además del cambio vulgar del orden de los fonemas, llamado técnicamente metátesis, ha sufrido una transformación tan sorprendente de su significado que lo lleva a los antípodas del originario: viene a significar ”confundir(se)”, “equivocar(se)”, utilizado como transitivo –“Buen hombre, usted me ha intrepetao porque yo no soy esa”- o reflexivo –“Seguro que no es eso; usted se ha intrepetao”-, con lo que el testigo neutral quedará también “intrepetao” ante las veleidades y caprichos a que están sometidas las delicadas herramientas de la expresión.
   Vincular determinados asuntos o personas ya se sabe que es hacerlos depender unos de otros. Pero envincular, además del refuerzo inicial, sufre una modificación que la lleva a significar “ocupar un espacio o recipiente con algo generalmente innecesario o molesto”, de manera que la cocina puede estar envinculada con tanto cacharro o los cestos pueden envincularse con frutas en mal estado.
   Leyendo el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán uno se entera de que “todo está revuelto, todo apriesa, todo marañado”. Porque marañar significa “enredar los asuntos o las cosas”; pero en mi tierra marañar es un verbo de uso recíproco que indica que dos o más personas han tenido una discusión que ha entorpecido o roto su relación. En definitiva, que han reñido o se han peleado.
   Usted sabe muy bien que la palabra olfato se refiere al sentido con que percibimos los olores; pero si usted pasea por algún paraje de Aguaderas y oye el término fato, fácilmente concluirá que se trata de una abreviación del antedicho olfato, pero seguramente no caerá en la cuenta de la metonimia radical que en su significado se ha producido, porque ya no designa el sentido de la percepción olfativa sino una parte muy específica de lo que se puede percibir con él: el mal olor, la peste, que de una manera “fatídica” le llegará a usted de cebaderos, estercoleros e incluso de personas que cuidan poco su higiene. Y así acabará usted entendiendo expresiones tan rotundas como “Vaya un fato que echa!” o “Viene de allí un fato insoportable”.
   Estas palabras, y otras muchas, reflejaron el pensar y el sentir de mucha gente, que les dio vida, las reformó y deformó y las hizo decir lo que quería que dijeran. Luego las modas y las normas fueron por otro lado, y ellas han quedado ahí, en el olvido, como testimonio de una época en que el hablar era una creación de cada comunidad, sin el uniformismo gris que la globalización de las comunicaciones ha producido, con la repetición de clichés pobres de un hablar amorfo y sin alma, de poco sentido. Oigamos sus sones, aunque apenas entendamos lo que nos dicen: abonico, aglariao, acrespillao, burufalla, cerengue, chisclo, embijar, enfollinarse, enrevejío, ereza, esfarate, estruciante, fullirse, margarite, repitajo, remor, revirao, rilá, rolde, tentaruja, trespajazo, ventregá, visaje

jueves, 1 de diciembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

14. Campos de plástico                                                                                                 
7 noviembre 2011

Aunque no estábamos allí, el día que se inventaron los plásticos todos creímos que se iniciaba una nueva era para la humanidad, y comenzamos una interminable carrera de sustitución de objetos elaborados con los más diversos materiales por otros más ligeros y manejables fabricados con el nuevo hallazgo. Portear alimentos y otros materiales, ligeros o pesados, se hizo tarea cotidiana en bolsas y sacos de plástico, mientras se abandonaban las bolsas tradicionales, así como las talegas, cabeceras, barjas, morrales, zurrones y costales, ya fueran de papel, tela, esparto o yute. Así, nos estábamos convirtiendo en lo que luego se llamó “agentes de bolsa”, que acopian en dichos contenedores otros muchos recipientes, bandejas, fuentes o platos en que se envuelven carnes, pescados, quesos, salazones, o se embotellan aguas, vinos y refrescos, o se embalan electrodomésticos, cacerolas, zapatos o preservativos, en un interminable juego de cajas chinas, en las que envolturas de plásticos, abundantes y prolijas, abultan mucho más que la minucia de producto que a veces envuelven. Todo ello sin contar con el menaje del hogar, las piezas de automóviles y aviones y un etcétera interminable difícil de enumerar.
   Nuestros propios bolsos, bolsillos y faltriqueras pasaron a ser de plástico. Y, por si faltara algo, el contenido de estos bolsos y monederos se transmutó como por arte de alquimia en acreditaciones y en dinero de plástico que lo identificaban a uno y lo hacían cliente de un banco, pagano de un comercio o afiliado a una asociación de defensa canina. Pero nosotros éramos felices mientras hacíamos nuestra la sentencia de Andy Warhold: “Todo es plástico, pero amo el plástico. Quiero ser plástico”.
   Aunque muy pronto comprobamos cómo el material de todos estos recipientes y envoltorios, tocado por una vida dilatada de cientos de años, rayana en la inmortalidad, no se regenera ni desaparece, sino que comienza a invadir como una marea incontenible cajones, altillos, desvanes y trasteros con objetos inútiles y liotes que guardan no se sabe qué; y salimos a la calle y vimos sus esqueletos arrastrados por las ráfagas de viento, arrumbados en los rincones o saludándonos enganchados en vallas, alambradas y tendidos eléctricos, como testigos nerviosos y restallantes de una aventura que, en aras de la modernidad, podría ir ahogando poco a poco nuestra vida. Y nuestra vista nos iba delatando cómo los arcenes de las carreteras andaban sembrados de los cadáveres incorruptos de una inacabable turba de botes, botellas y envases varios así como de variopinta cantidad de bolsas y envolturas; y asistimos a las pesquerías de plásticos en ríos y mares, con el afán de acabar con esta fauna inerte que, lejos de disminuir, prolifera y se multiplica en una cadena sin fin. Y entonces empezamos a dudar de la elegancia del nuevo material y a rechazar de forma despectiva aquello que, a nuestro parecer, sabía a plástico.
   Pero a mí, como cronista agropecuario, me interesa sobre todo un uso y abuso del plástico que me toca muy de cerca, aunque en definitiva nos afecta a todos. Todo el mundo conoce las inmensas extensiones de invernaderos y de túneles de cultivo que pueblan casi en exclusiva determinadas zonas de España –véase el ejemplo paradigmático del suroeste de Almería-, campos de cultivo que se extienden también por la costa murciana y por algunos parajes del valle del Guadalentín, con su aspecto desolado, hosco e incluso agresivo, en que los plásticos no encuentran más compañía que postes, tirantes de acero, entramados de alambre y vallas de todo tipo; y los montones de desechos se acumulan acá y allá, en la orilla de los caminos y en los ribazos de ramblas y barrancos.
   Sin embargo, aun nos deben asustar más los cultivos de plástico a cielo abierto. Si usted pasea este seco otoño por parajes del campo de Lorca como los llanos de la Balsica, las estribaciones de Cabezas Gordas o de los cabecicos de Vellillas, las lomas del Hinojar, los antiguos saladares de la rambla Biznaga o la pedanías de Purias o el Esparragal, se verá envuelto en una atmósfera casi infernal: múltiples remolinos, tolvaneras y nubes enormes de polvo marrón que brotan de aquí y de allá cubriéndolo todo de una calima seca y atosigante. Son los tractores que roturan la tierra reseca con aperos sofisticados y, dirigidos por rayos laser, traillan y aplanan los bancales al milímetro. Y luego otros van extendiendo anchas franjas de plástico negro de gran resistencia que al mismo tiempo cubren, entre otra enorme polvareda, de una leve película de tierra que las mantendrá pegadas al suelo. Son los llamados cultivos acolchados, mediante los que la superficie de plástico que cubre la tierra sin fisuras, guarda la humedad y el tempero que alimentará a las plantas previamente clavadas con una plantadora manual o automática.
   Todo muy organizado; todo muy tecnificado; pero se trata de un proceso perverso en que el cultivo que crea la riqueza, va maltratando y empobreciendo la tierra de una manera irreversible. Dejemos aparte la fertilización y los tratamientos fitosanitarios con abonos químicos, herbicidas  e insecticidas de todas clases y vayamos a los efectos del plástico: una vez recolectados los cultivos, los enormes tractores, armados de  fresadoras, retovatores, discos y otros ingenios demoledores van removiendo la tierra y remoliendo todo lo que hay en ella: los restos de las plantas y el plástico que las protegía. El material sintético queda dividido en múltiples pedazos que se incorporan a la tierra, y así una cosecha tras otra, hasta tres al año, de manera que pasado el tiempo el suelo estará sembrado de estos restos, que formarán sobre ella festones y oropeles de plástico y por debajo la rellenarán como si se tratara de un colchón de la crujiente perfolla del maíz, convirtiéndola en una superficie degradada y estéril, además de peligrosa para los propios productos cultivados. Y esto no durará ni un año ni dos: tendrían que pasar siglos para regenerarla; aunque esto también será imposible, porque el cultivo y la explotación inmisericorde seguirá, alejando así toda ilusión de mejora.
   De esta manera, los defensores de la tierra y de su explotación comedida y razonable, así como los amantes de la naturaleza y el paisaje tendrán que batirse en retirada. La visión virgiliana del campo sembrado de pacientes bueyes que surcan la tierra y la consideración poética del terruño -“¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!”, como diría Rosalía de Castro- hace ya algún tiempo que ha cedido el paso a las ambiciones de rey Midas de los explotadores que tratan de convertir a todo trance en ganancia y en dinero el suelo que cultivan. Aunque en su propia ambición llevan el castigo, ya que todo lo que tocan se va convirtiendo en plástico que fluye, no por río de la leyenda mídica, sino que se arrastra por los márgenes de caminos, barrancos y ramblas y ocupa y ahoga toda la tierra, amenazando con cubrir de la odiosa materia el propio cuerpo de los que la manejan, como al mentado rey se le endurecieron y doraron los cabellos que peinaba.
   Luego, algún poeta elegíaco cantará a “Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado”. Y todo quedará en nada, como el tiempo que se va para no volver.

sábado, 5 de noviembre de 2011

ACADEMIA DE LA LENGUA

13. Una de almóndigas                                                                         
22 octubre 2011

Dios Santo, cómo cambian las cosas. Y para muestra, un botón: toda mi vida esforzándome por hablar bien, despojándome de la vena rústica y vulgar que había mamado de las tetas de mi madre, y ahora resulta que todo mi esfuerzo ha sido en vano. Desde que supe que se puede decir lo mismo albóndiga que almóndiga no salgo de un asombro y una desorientación que me tienen pasmado. Los amigos –e incluso algunos que me miran mal-, conociendo mis presuntos conocimientos filológicos, me preguntan, siempre con la mala intención del que conoce la respuesta y quiere demostrarte que sabe más que tú, si es correcto el nombre almóndiga. Y ante la negativa, aduciendo, por el contrario, la denominación consagrada por el buen uso, te contestan, con la suficiencia del que te echa en cara tu desinformación, que en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, nada menos, aparece como almondiga. Y tú te quedas cortado y no sabes qué decir: recuerdas las veces que se burlaron de ti por decir almóndigas y rememoras cómo en tu entorno social y familiar sí que se utilizaba, y en otras ocasiones se obviaba –por si sí o por si no- la mención del nombrecito de la cosa, y se les llamaba genéricamente pelotas: pelotas de carne de pavo o de ternera con su correspondiente salsa o como complemento imprescindible de un buen cocido; pelotas de bacalao para el potaje; pelotas imprescindibles en las bodas del campo –“¡Dos pelotas para el cura!” “¡Unas peloticas para el abuelo!” “¡Almondiguicas para el zagal!”.
   Y ahora, con el afán de no herir la sensibilidad de nadie, de abolir normas y preceptos y, en definitiva, en aras de la libertad de expresión que nos permite llevar los perendengues al aire o gritar e insultar en plena calle a todo pulmón, también está  bien, e incluso mejor visto, decir almóndiga y no albóndiga, cocreta y no croqueta, y un largo etcétera de casos a cual más peregrino.
   Yo, que tanto me esforcé por desprenderme del pelo de la dehesa, por dejar de lado aquellas expresiones “rústicas, “vulgares”, “de mal gusto”, “inaceptables”, ahora me entero de que de que ya no se llaman así: ahora son “formas lingüísticas menos prestigiosas” e incluso “formas innovadoras”, con lo cual resulta más considerado andé que anduve, llegastes que llegaste, cónyugue que cónyuge, antonces que entonces, périto que perito, moniato que boniato...
   Y esta nueva moda de hablar cada uno como quiera o pueda es posible que dé lugar, no a dejar caer alguna de estas palabras camuflada en un discurso más o menos cuidado, sino a expresarse con un tanto muy elevado de estos términos “innovadores”, que parecen no escandalizar al común de la gente ni quitar prestigio al que los usa, sino todo lo contrario: lo elevan a la condición de licenciado en Letras, aunque sea por la quijotesca universidad de Osuna, donde se graduó el Bachiller Sansón Carrasco, o por la no menos laureada Universidad Católica de Murcia, donde se han graduado muchos más. Y entonces podremos oír monólogos tan llenos de expresividad y de encanto como este: “¿Onde estás? Grabiel, abájate de la gabina de la furboneta, que habemos aquí cuatro esperándote, que pa ti es como que no haiga nadie. Hazlo asina y no te arrasques la barriga, ni te tires al suelo ni te enrites. Que tú es que te crees que un gamello coge por el ojo de una abuja. ¿Andovás? No te vayas a refalar y te hinques las estijeras. ¿Cuálas? Las que te se han caído agora mismico del borsillo”.
   No sé, amable lector, si entiendes del todo este mi nuevo discurso. Si no, tócate el moniato. Perdona que te lo diga. Y tómate las almóndigas, que no te se enfríen.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

12. Fantasías urbanísticas                                                                    
20 octubre 2011

Si usted es un asiduo lector de Kant -cosa que no pongo en duda-, sabrá de seguro que los sueños son “un arte poética involuntaria”, lo que les da la pátina fantástica de la irreflexión y el misterio. Y no hace falta decir que todos tenemos sueños, aunque algunos no sean del todo confesables, como los eróticos. Pero no está tan clara la función poética de las pesadillas, como los sueños sobresaltados que, a veces, tenemos los lorquinos, los cuales no tienen mucho que ver con la poesía ni con la literatura, sino con la “re aedificatoria”, es decir, con la trama arquitectónica y urbanística de nuestra ciudad, que en estas fantasías oníricas se modifica o desaparece como por arte de magia.
   Algunas noches soñamos que el conjunto de calle y media con que cuenta la ciudad de Lorca –la una con los nombres de Juan Carlos I, Jerónimo Santa Fe y Carretera de Granada; y la media bajo los rótulos de Lope Gisbert, Alonso el Sabio y Óvalo de Santa Paula- sufre un drástico proceso de reducción y desvanecimiento: conforme avanzamos por Juan Carlos I, las aceras se estrechan y los edificios se van apretando, de manera que el maremágnum de automóviles y de peatones se empana como en una interminable baguete, que cada vez se angosta más, hasta que finalmente la pomposa avenida queda reducida a un fino hilo cuyos extremos se difuminan y se van convirtiendo en un pequeño reguero evanescente que la convierte “en polvo, en humo, en sombra, en nada”, como si de una fantasía barroca sobre la “vanitas” de la vida se tratara. Y entonces el cuerpo de la ciudad queda amputado: como el cojo que anda con una sola pierna, la urbe se queda solo en media calle; y los comercios, y los bares, y los domicilios quedan incomunicados, como en un mundo aparte, en una especie de limbo que todo el mudo recuerda, pero al que nadie puede acceder.
   Otra pesadilla, aún más inquietante, nos lleva de nuevo a Juan Carlos I, que se presenta, con palabras de Quevedo en su sueño El mundo por de dentro, como “calle que empieza con el mundo y se acaba con él, y no hay nadie casi que no tenga una casa, un cuarto o un aposento en ella”. Pues bien, como ocurre en La hora de todos, del propio Quevedo, relato en que los dioses del Olimpo hacen que durante una hora el mundo se comporte sin tapujos ni hipocresías, en nuestro discurrir por esta rúa vemos con angustia cómo de pronto la marea multicultural humana que discurre por sus estrechas aceras comienza a crecer incontenible con más ecuatorianos, y magrebíes, y subsaharianos, y algún que otro nativo, como si se tratara de una masa inquieta cuyo exceso de levadura le hiciera engordar desmesuradamente hasta derramarse de su recipiente. Entonces los peatones comienzan a rebasar las aceras y su magma indiferenciado y avasallador “acude, corre, vuela, ocupa el llano” de la calzada con un  ímpetu irrefrenable y dramático, al tiempo que aumenta el rumor sordo que emana de él, como si se tratara de una temible marabunta. Pero es que, al unísono, el río de automóviles que discurre imparable por el centro de la calle o se remansa en los márgenes de los aparcamientos, no deja de aumentar y, llevado de la necesidad, comienza  a invadir primero las zonas de carga y descarga, y luego las entradas a los garajes, y finalmente ocurre lo que tenía que ocurrir: desborda su cauce natural y discurre por la aceras, haciendo que se cumpla la verdad poética -valga la comparación algo vulgar- de la canción popular Vamos a contar mentiras cuando afirma que “por el mar corre la liebre, por el monte la sardina”.
   Verá, pues, desocupado lector, que ambos sueños son la quintaesencia del caos, la poesía de lo imposible, una versión disparatada y lírica que no tiene nada que envidiar a lo que ocurre en las urbes inverosímiles que describe Italo Calvino en su obra Las ciudades invisibles, y que acabará con el big bang de una desintegración apocalíptica que nos despeñará a los abismos de la nada. Y aquí paz y después gloria.
   Pero ni que decir tiene que cuando usted despierte de estos sueños, verá que la realidad imita al arte del sueño. Y, como a mí, se le encogerá el ánimo y se llenará de temor por no saber ya si vive o sueña este sinvivir.

martes, 1 de noviembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

11. Carretera lacustre                                                                                                    
17 octubre 2011

Si usted considera que las nuevas tecnologías son el fundamento del progreso de la humanidad, siento sacarle de su amable sueño. Porque no basta con la innovación técnica y el manejo de los modernos ingenios si estos quedan, peligrosamente, en manos de personas cuyas mentes permanecen ancladas en el pasado. Y en Lorca parece que el progreso técnico y los “cráneos previlegiados” que lo gobiernan no guardan siempre la necesaria armonía.

   Si se me requiere un ejemplo, fruto de mi experiencia de mozo de campo y huerta, lo daré con mucho gusto. Si han caído cuatro gotas del cielo y usted circula por la antigua carretera de Lorca a Águilas, se encontrará, oh sorpresa, con una zona lacustre en medio de la huerta que impide el paso o lo permite sólo a vehículos anfibios. Usted creerá que se trata de un incidente puntual; pero si vuelve a circular por ahí en los dos o tres días siguientes, verá que la situación sigue igual, hasta que el seno de la madre tierra y la caricia del padre sol –valga el arrebato cursi- vayan agotando el caudal estancado. Sin embargo, si usted es un viajero curtido por estos lares, sabrá que estas inundaciones periódicas se vienen produciendo desde hace más de cuarenta años, en una larga historia que se ha convertido en endémica: en un  principio, el brazal alto que corría por el margen izquierdo de la carretera se podía embozar en alguna ocasión con la broza arrastrada por una avenida, vertiendo un agua adensada y blanquecina del tarquín que se rebalsaba apenas, absorbida por la hondas y cuidadas cunetas que la llevaban hasta el puente El Vao para desaparecer en la rambla Biznaga. Pero cuando la desidia de la administración –oh nostalgia del MOPU y de sus esforzados peones camineros- fue permitiendo innumerables rampas de entrada a la carretera por encima del muro del brazal, que fueron cortando la cuneta de la izquierda, y la falta de mantenimiento hizo que la de la derecha se fuera aterrando y vistiendo de maleza, ya no hizo falta esperar a las avenidas: un chaparrón o una lluvia medianamente persistente hace que toda el agua que cae desde la gasolinera del Campillo hasta la alcantarilla del Santo, cinco quilómetros más abajo, se adormezca y se rebalse en un largo lago plagado de panzas irregulares según mandan los desniveles del terreno. Y durante estas décadas no se hizo nada para acabar con las inundaciones esporádicas y, sobre todo con el peligro permanente de las decenas de entradas que se descuelgan sobre la carretera, casi a plomo, desde los puentes tendidos sobre el brazal.

   No ha mucho, sin embargo, creímos que el sino de nuestra vía lacustre cambiaría: se iba desarrollando el plan de mejora de los regadíos de la huerta de Lorca, que suponía la supresión de acequias y la creación de una nueva red de distribución del agua a través de tuberías, con su automatización mediante conexiones individualizadas para cada propietario. La Comunidad de Regantes y sus más conspicuos prohombres vendieron el plan como un  hito en la gestión y el ahorro del agua que era la admiración  y hasta la envidia de España, de Europa y de otras zonas del universo, incluidos por supuesto los modernos sistemas de irrigación de la Baja California y de los kibutzs israelíes, cuyos expertos venían a tomar lección de tan avanzado portento. Santa palabra: ahora podría eliminarse el brazal que estrangulaba el costado izquierdo de la carretera y, soterrada la conducción del agua, las posibilidades de mejora de esta vía que, con un trazado rectilíneo surca la huerta y el campo de Lorca, serían numerosas: podría desdoblarse en dos carriles por sentido, adornarla con carriles bici o adosarle vías de servicio que eliminaran de golpe las múltiples y peligrosísimas entradas de las viviendas y caminos circundantes y, por supuesto, se acabarían los encharcamientos inacabables. Los prodigios tecnológicos del plan de regadíos, la eficacia de la Consejería de Obras Públicas, así como el interés que en ello debería de tomar el Ayuntamiento de Lorca, así lo presagiaban.

   Pero nuestro gozo cayó en el pozo de la ignorancia, la desidia y el malhacer, ya que no solo no resolvieron el problema sino que lo perpetuaron para siempre: la conducción del agua no se soterró sino que se elevó un metro o metro y medio por encima del nivel de la carretera, con una tubería vista, protegida por un ribazo de considerable pendiente que se derrumba sobre los inexistentes arcenes de la carretera e incluso la invade, y sobre él se despeñan todas las entradas a la carretera, ahora reforzadas e incluso asfaltadas. Estos accesos directos, así como la ocupación de su margen izquierdo por el terrero invalidan la eliminación de las aguas pluviales y cualquier atisbo de mejora y de seguridad de la ruta.

   Ante esto, a los viajeros ocasionales o a los habituales pasajeros indígenas no les cabrá duda de que ciertos problemas en esta ciudad, aunque parezcan de fácil solución, resultan insolubles, que las fuerzas vivas de la localidad parecen más bien muertas y que la talla de los gobernantes, sean altos y robustos o de baja estatura, es escasa; porque el Ayuntamiento de Lorca, sea del signo que sea, no se entera de la mitad de la misa, la Consejería de Obras Públicas, impasible el ademán, podría desempeñarla don Tancredo; y los rectores de la Comunidad de Regantes, aunque presumen de modernidad y de estar a la vanguardia de las nuevas tecnologías, parece que tienen todavía el entendimiento agente en el rabo del legón. No sé sí me explico, ni sé si ustedes me entienden.
LA FERIA DEL MUNDO 

10. Que viene el coco                                                                          
10 0ctubre 2011

La verdad es que los tiempos adelantan que es una barbaridad. Para verlo –y comprobar, además, que el mundo progresa al revés- basta comparar los métodos para atemorizar a la gente de hace un tiempo con los de ahora mismo. Por aquellos años del cuplé y de la cartilla de racionamiento, los destinatarios del miedo eran preferentemente los niños, a los que de manera reiterada, gratuita e inmisericorde se les contaban cuentos truculentos en los que monstruos, ogros, gigantes, duendes, brujas, madrastras y demás entes fantasmagóricos o de carne y hueso, pero todos encarnaciones del mal, perseguían, raptaban, maltrataban y hacían mil perrerías a caballeros bondadosos, doncellas ingenuas, abuelas impedidas y, sobre  todo, a niños indefensos, que no solo padecían el daño físico sino un terror psicológico desconsiderado y brutal. Y todo ello en castillos terroríficos o en mansiones encantadas con torreones, desvanes, escaleras de caracol y estancias de aspecto estremecedor; o en bosques, montañas y ríos que componían una geografía intrincada, opresiva y maléfica en la que el niño, o la doncella, o el joven príncipe, vivían presos, encantados o perseguidos por toda clase de males, personificados en presencias inquietantes, en monstruos de toda laya que les mantenían en vilo haciéndoles la vida imposible. Y no es menester decir que la angustia y el sinvivir de los protagonistas dentro del cuento eran compartidos y sentidos como propios por el niño indefenso e insomne destinatario de relatos infantiles como Pulgarcito, Blancanieves, Caperucita roja o Hansel y Gretel, casi siempre contados en noches oscuras, con los rigores del invierno rugiendo en la ventana.
   Y no digamos nada del terror a palo seco, sin cuento, que con cualquier motivo o -lo que es peor- sin él, ponía al niño en la disyuntiva del bien y del mal, de la elección entre la obediencia ciega al mandato o al capricho de los mayores o la entrega a las garras de oscuros y tremendos enemigos, siempre invisibles pero cuya presencia se presentía muy cercana e inapelable, ya desde las mantillas. Así, el coco estaba en acecho permanente alrededor de la cuna que mecía la madre cariñosa mientras cantaba aquella nana sombría y aterradora: “A la rorro mi nene, que viene el coco y se lleva a los niños que duermen poco”. Coco cuya presencia se proyectaba irracionalmente ante cualquier desconocido, como le ocurrió al niño Lazarillo de Tormes cuando, al ver por primera vez a su padrastro negro, se arrojó atemorizado en brazos de su madre gritando “¡Mamá, coco!” Y qué quiere usted que le diga del ogro Golón, cuya figura desmesurada y glotona se hacía presente, traída de la boca de la tía o de la abuela que nos daba de comer, como una competencia paralizadora que amenazaba con devorar al inocente que, oh paradoja, no quería comer. Recordemos también la pléyade de brujas -fueran pirujas, corujas o torujas- que poblaban cualquier estancia o rincón “prohibido” de la casa -“¡Que está ahí la bruja!”, nos decían; “¡Que te va a llevar la bruja!”, nos gritaban- armadas de todo un “look” retro, pero aterrador, con su nariz y barbilla prominentes, con su enorme verruga en el rostro y con la escoba reglamentaria, como una parafernalia que provocaba, no la risa, sino el terror del niño moderno, alejado de la familiaridad con estas encarnaciones del mal; cercanía y parentesco que sí tenía el niño Pablos, protagonista de El Buscón, que no sentía miedo ni se avergonzaba de contar cómo su madre entraba y salía de su casa por la chimenea, a lomos de una escoba, prueba evidente de su condición de maestra en las artes de la brujería.
    En fin, ya fuera de la casa, para qué hablar de los guardianes del territorio que convertían el mundo exterior en un cúmulo de peligros que limitaban, impedían y, en todo caso, convertían en un angustioso y sobresaltado sinvivir cualquier incursión o aventura en la calle o en el campo abierto: ir a la escuela o llevar un recado eran obligaciones que había que cumplir sin salirse un ápice del guion y de la ruta preestablecidos, mientras que jugar en la calle o en el descampado, y no digo ir al bosque o al río, entrañaban el riesgo seguro de ser devorado por el lobo feroz, o capturado por el tío camuñas, también llamado el hombre del saco o, aún peor, convertirse en materia prima para el tío sainero o el sacamantecas, quienes, tras despedazarnos, aplicarían nuestro saín o grasa corporal para curar su tisis, según noticias ciertas que así lo atestiguaban. ¡Menudo panorama el de nuestra infancia!
   Pero luego vino el descrédito de toda esta mitología del terror infantil. Los gurús del buenismo y de lo políticamente correcto emprendieron una cruzada para desmentir la crueldad y las maldades de estos monstruos de la tradición popular, que consistía en reescribir los relatos infantiles y “reeducar” a sus protagonistas para convertirlos en monigotes bondadosos e inofensivos que suscitan en los niños más la risa o la compasión que el terror: había una vez “un lobito bueno” y “una bruja hermosa”, predicaban los versos de José Agustín Goytisolo. Envalentonados por estas flaquezas del mundo adulto, los niños iniciaron su rebelión contra los mayores: se atrevieron a cuestionar sus mandatos categóricos, e incluso a desobedecerlos sin más para, finalmente, ser ellos los que mandaran e impusieran su criterio, con lo que produjeron el descrédito de los viejos instrumentos del terror –el ogro Golón, el lobo feroz, las brujas, el sacamantecas, fantasmas, duendes y trasgos…-, que finalmente fueron perseguidos y encerrados en un rincón oscuro del desván de los recuerdos, cubiertos por el polvo de la dejadez y el olvido. ¡Vivir para ver!
   Pero como el terror es un instrumento de dominación, no ha desaparecido, sino que cambió radicalmente sus medios y su campo de acción. Ahora los destinatarios de los cuentos de miedo y de las admoniciones de los que mandan no son los niños sino las personas mayores –los padres, tíos e incluso abuelos de aquellos-, personas adultas de toda clase y condición, que se sienten atraídos por unos relatos truculentos que les ponen los pelos de punta, que los sumen en la inquietud y la angustia, desazones que pueden desembocar en la depresión, la manía persecutoria y, en muchos casos, el suicidio.
   Los mediadores y voceros de estos cuentos ya no son la madre, el abuelo o el vecino imaginativo que disfrutaban contando sus historias una y otra vez al amor de la lumbre, la mesa de camilla o el brasero, sino los medios telemáticos, los ingenios digitales, las redes sociales y todos esos modernos charlatanes de cuyas tramas se prenden con inquietud y desasosiego ejecutivos, economistas, leguleyos, profesores y maestros, y un largo etcétera de carpinteros, comerciantes, agricultores o amas de casa, porque de sus historias dependen sus ilusiones de probos ahorradores, inversores en bolsa o en fondos estructurados de pensiones, de dueños de cuentas corrientes o de libretas de ahorro, de suscriptores de una hipoteca o consumidores de productos energéticos y de otros bienes y servicios.
   Pero lo verdaderamente novedoso son los ambientes y protagonistas de estos cuentos y consejas de terror. Nada de oscuridades ni de sombras; fuera lo tétrico: el bullicio de World Street, rascacielos gigantescos de Nueva York o de Dubai, espejeantes edificios de cristal de Londres o de Berlín, el parqué solitario de la bolsa de Madrid, despachos de profundidad inimaginable de atildados banqueros y cuchitriles funcionales de brookers y corredores inquietos, elegantes sedes de agencias y fondos de inversión;  y ejércitos de ejecutivos de camisa blanca, corbata y zapatillas de deporte, de vehículos de alto estanding, de carteras de piel de cocodrilo, de luces de neón y de largas e interminables pantallas digitales. Todo como parte de un decorado pulcro y aséptico en el que se agazapan las nuevas fuerzas del mal: personajes incoloros, inodoros e insípidos, pertenecientes a un mundo abstracto e inaprensible, que se siente como un vacío y, a la vez, como una presencia latente que inquieta y ahoga a sus víctimas.
   Este magma indiferenciado, este holograma fatídico, constituye  el ejército poderosísimo de los Mercados, que son el lobo feroz, el ogro Golón, el coco y el sacamantecas de la modernidad, con cuyo ataque incesante tiemblan los gobiernos, pueblos y toda clase de gentes, advertidos del peligro que corren las inocentes princesas de la deudas soberanas, de las pruebas de estrés que habrán de sufrir los príncipes valientes de la banca y de las calamidades y miserias que padecerán los niños crédulos y sus abuelitas indefensas, grandes y pequeños, hombres y mujeres que, como si se tratara de un castigo bíblico, verán caer sobre ellos la amenaza cierta de las siete plagas de la globalización en forma de subidas de precios de bienes y servicios, recortes de sueldos y pensiones, alargamiento interminable de la vida laboral, ejecución drástica de hipotecados y prestatarios, desahucios de viviendas, desequilibrios inquietantes del diferencial de la deuda, copagos varios, y mil otras calamidades que anuncian las postrimerías y el fin del mundo.
   En el fragor de esta amenaza cotidiana verá usted cómo nos aterrorizan con la continuada subida del índice del Euríbor, se quedará paralizado cuando abran su inmensa boca de bruja las Agencias de Rating y sus noches de insomnio se poblarán con el martilleo incesante de sus nombres –Moody´s, Standard & Poor´s, Fictch…- y sus oídos retumbarán con el ruido atronador del Fondo de Regulación Ordenada Bancaria que avanza incontenible y marcial con su atronador FROB, FROB, FROB.
   Y así un día y otro día, de sobresalto en sobresalto, en una angustia sin fin. Y entonces querrá ser usted como el niño que deseaba que acabara el cuento porque le consolaba la ilusión de un final feliz –“Colorín, colorado, este cuento se ha acabado”-; o, simplemente, de un final cualquiera para tanto terror. Pero su gozo quedará en un pozo porque usted no podrá acabar nunca con esta historia de nunca acabar, sencillamente porque no se trata de un cuento. Este cuento es la vida misma, y usted vivirá y sufrirá todos y cada uno de sus episodios mientras intenta huir como potro desbocado hacia ninguna parte, en tanto que  los Mercados, y el Euríbor, y el Íbex-35, y las Primas de Riesgo, y las Agencias de Rating, le meten un miedo –frob, frob, frob- que lo paraliza y le cala hasta los huesos, a la espera del Juicio final que quizá acabe con su suplicio. Así sea.

lunes, 3 de octubre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

6. Amores con el Consorcio                                                      
30 junio 2011


Que me perdonen mi mujer, el resto de mis deudos y la Santa Madre Iglesia, cada uno por la parte que le toca, pero he de confesarles que desde hace algún tiempo tengo relaciones extramatrimoniales con el Consorcio. Y la verdad es que no sé cómo describirles el objeto de mis desvelos, porque lo cierto es que hasta hoy no lo conocía mucho: nuestras relaciones eran más bien honestas y ni siquiera se reducían a un casto mirar, como le ocurría a don Quijote con Dulcinea, la princesa de sus sueños, a la que el caballero confiesa que había visto al menos unas tres o cuatro veces. Pues yo ni eso: más bien nuestros contactos habían sido a través de personas interpuestas –mi agente de seguros, el administrador o el Presidente de la Comunidad de Propietarios-, aunque algunas veces llegaron al atrevimiento de una llamada al teléfono móvil, e incluso a comunicaciones y, oh pasión arrebatada, a declaraciones documentales, pero eso sí, muy formales, ya que habéis de saber que se hicieron con copia autentificada y acuse de recibo, todo lo cual, ciertamente, les daba a nuestros tratos un tono más administrativo y burocrático que idealista y platónico.
   Pero vayamos al objeto de mi deseo: todos hablan de él y cuentan y no acaban, más que de la poesía de su gracia y hermosura, de la prosa de sus primas, de sus garantías y de sus riesgos, de manera que yo pudiera decir lo mismo que el alma de San Juan de la Cruz cuando confesaba la pasión que en ella suscitaban las noticias sobre Dios, al que amorosamente iba buscando entre las criaturas del mundo: “Y todos cuantos vagan / de ti me van mil gracias refiriendo, / y todos más me llagan / y déjame muriendo / un no sé qué que quedan balbuciendo”. Por eso, si pudiera, yo querría decirle, aunque sea mucho atrevimiento, que no quiera  “enviarme / (des)de hoy ya más mensajero, / que no saben decirme lo que quiero”.
   Sin embargo, he de confesar que poco a poco las cosas parecían irse aclarando en bien de nuestra relación: lo mismo que el misterio de la Santísima Trinidad se compone de tres personas y un solo Dios verdadero, en este caso el Consorcio propiamente dicho sólo es un espíritu puro, inmutable y etéreo, pero que se encarna es un ser que a mí, pese a quien pese, me parece un ser tangible, incluso de carne y hueso, que es su representante en la tierra, y en el mar, y en el conjunto de cada edificio, y en las viviendas particulares, como un ente omnipresente y ubicuo; aunque también rodeado de un halo de misterio que comienza con la ambigüedad de su propio nombre: yo creía a pies juntillas, en aras de mis pretensiones cultas, que tenía por nombre el Perito; pero, oh confusión, veo que aquí casi todos le llaman el Périto, apelativo que me remite a los prados y predios de mi infancia en Aguaderas, donde el Périto era toda una autoridad, como lo es también don Pedro el Périto en la novela de Miguel Delibes Los santos inocentes. Entonces en qué quedamos: puede tratarse de una mera variación prosódica fruto de la sabiduría popular, aplicada a un mismo nombre, que, haciendo esdrújula la palabra, la abreviaría al pronunciar muy relajada la sílaba posterior a la tónica; o puede deberse a una variante familiar: así como se dice mama o mamá, Jose o José, Francisco o Paco, pues también se pueden alternar el Perito y el Périto. Pero no quiero pensar si se tratara de una diferencia óntica -perdónenme el término pedante, pero así se califica en Aguaderas- porque en ese caso estaríamos en presencia de dos sujetos distintos, y entonces de mí no les digo nada, porque ustedes mismos habrán colegido mi situación de bigamia consorcial, añadida al previo desvío extramatrimonial. Eso sin hablar de la perversión y el crimen nefando que conllevan las relaciones entre individuos del mismo sexo.
   Tras este largo preámbulo, ardo en deseos de decirles que hemos llegado a un final feliz. Y es que esta mañana lo he visto (al consorcio, naturalmente), y me ha mirado, y yo a él, y me ha hecho mil preguntas, y yo le he contestado con pasión, y él ha inmortalizado nuestro encuentro con innumerables placas. Pero como el diablo todo lo añasca, he de confesarles que mi felicidad no es completa porque siguen las dudas y equívocos, no sé si justificados o sólo fruto de mi hervor emocional. La causa de mis alegrías, inquietudes y penas se tocaba de una larga melena, se adornaba de hermosos ojos azules, pero llevaba falda, lo cual me ha vuelto a sumir en los equívocos nominales: está claro que no se trataba del Périto o Perito, sino de… una Périta, o una Perita (en dulce o no), nombre este último cuya simple mención sin duda tiene connotaciones de chiste o piropo machista, perseguible de oficio. Pero esto no es lo peor: es que mi relación con esta encarnación femenina del Consorcio se desvía de los tratos amorosos sabidos y normales. Porque yo, a pesar de lo dicho hasta aquí, me llamo Ana, y estas aventuras lésbicas no van con mis principios. No sé si me explico. Y tampoco sé si ustedes me entienden. En fin, sea lo que Dios y el Consorcio quieran.
NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

5. Aplausos de esquina                                                             
25 junio 2011


¡Menuda desgracia tenemos los ignorantes con no saber casi nada! Pero, en compensación, los necios gozamos del consuelo de conocer que si quisiéramos y, sobre todo, si pudiéramos, estaríamos en disposición de aprenderlo todo, con lo cual, como por arte de magia, estaríamos a la altura nada menos que del viejo y sabio filósofo que condensaba su ansia de sabiduría en su conocido aforismo “Sólo sé que no sé nada”. Y viene esta reflexión inicial a cuento de que nosotros –los necios, los ignorantes- creíamos que lo sabíamos todo acerca del arte de aplaudir, acto propio de los seres humanos que consiste en producir un sonido al juntar con más o menos fuerza las manos. No ignorábamos que este acto individual, pero sobre todo colectivo, tiene como fin expresar el reconocimiento a una persona o la alegría y el alborozo que nos produce un suceso del que somos partícipes o espectadores. Sabíamos de los distintos grados del aplauso, desde la ovación unánime, cerrada o atronadora, pasando por la gran ovación o las palmas, para llegar a las palmitas, que son una ovación de compromiso que puede degenerar en palmas de tango, que expresan más el desagrado que el elogio. Los que nunca hemos ido a los toros sabemos muy bien de todas estas variaciones del aplauso, que ganan en cantidad y duración –incluso más de media hora- si se trata de un concierto o de una representación de ópera, en los que la categoría de los aplaudidos y aplaudidores se mide en unidades de tiempo, como bien sabemos los que disfrutamos de palco en el Real.
   Pero como hay gustos para todo, vemos últimamente que se aplaude en lugares y ceremonias donde antes no se hacía en aras del recogimiento y el respeto, como en las misas, las bodas o los entierros, lo que, a nuestro parecer, entraña una cierta perversión del acto estentóreo y jaranero del aplauso.
   Más sorpresa nos produce a los ingenios legos comprobar que se extiende la costumbre de invertir la dirección y el objeto del aplauso, con lo que el acto de dar palmas se convierte en una acción reflexiva que recae sobre el propio sujeto que la produce, con lo que se convierte en un suceso del mismo valor social y gramatical que los de mirarse el ombligo, rascarse la barriga o que aquel casi inconfesable que se resume en el dicho lorquino “Válgame la que se ´escostilló´ por vérselo”. Y no digamos nada de los gobernantes que se aplauden a sí mismos y piden el reconocimiento y la ovación del respetable por haberle “ampliado sus derechos” cuando en realidad lo han dejado sin trabajo, sin vivienda y, a muchos, sin nada que llevarse a la boca. ¡Cosas veredes!
   Pero vayamos al meollo. Un buen ejemplo de autoaplauso es el del decano de los arquitectos de Murcia quien, en nombre propio y en el de la Junta de Colegios de arquitectos de España, y quizá de Europa, del mundo y del universo todo, acaba de aplaudirse a sí mismo y al colectivo al que dice representar al hacer “un balance positivo del comportamiento de los edificios de Lorca”, echándole la culpa exclusiva de la desgracia al muerto, es decir, al terremoto, acusándolo de “actuar con una celeridad y una superficialidad fuera de lo normal” (véase La Verdad, edición de Lorca, 7-06-11). La ovación cerrada y sin fisuras se produce, un mes después de la catástrofe, sin un atisbo de duda ni de autocrítica, de manera que, sin plantearse comprobar la calidad y la resistencia de los materiales empleados ni la bondad de las técnicas con que se ha edificado, concluye, lejos de buscar otras causas de lo ocurrido y sin sonrojo alguno, con una afirmación que viene a ser digno colofón a su atrevido ejercicio de autoaplauso: “Gracias a que las construcciones estaban sujetas a la norma antisísmica, podemos dar gracias a Dios de que no haya habido más víctimas”. Sin duda esta borrachera de autocomplacencia no le ha permitido leer en la misma noticia de La Verdad, y en la columna de al lado, que el Instituto de Tecnología de la Construcción, con más lógica y menos autobombo, indica sobre el asunto que “se ha tenido una etapa de letargo, en la que la cultura sismorresistente ha estado ausente o escasamente aplicada, especialmente en la edificación privada”.
   Pero volvamos a nuestra reflexión sobre el aplauso para confesar que nuestros pobres conocimientos sobre tan profunda materia no llegan a ninguna parte. Ahora resulta que los propios edificios pueden aplaudir o aplaudirse mediante el llamado “aplauso de esquina”, tan exaltado que el primer edificio derruido en el barrio de La Viña se vino abajo, según el sabio decano de los arquitectos, porque sus vigas, jácenas y pilares –los grandes y, sobre todo, los enanos-, así como los cerramientos, se vieron sacudidos, jaleados y estrujados por el aplauso de los edificios vecinos. Ante esto, sólo se me ocurre pensar en mi ignorancia que en este frenesí del aplauso arquitectónico, unos edificios palmearon más que otros y que algunos soportaron mejor los aplausos de esquinas que los demás. Pero parece que a esta autoridad de la re aedificatoria no le interesa distinguir entre edificios peor o mejor edificados ni entre arquitectos, promotores y constructores más o menos responsables.
   Por eso, nos tememos que a este paso acabaremos aplaudiendo y jaleando -con aplausos de esquina, naturalmente- a los que tal vez aplicaron de manera deficiente la “cultura sismorresistente” y reñiremos y abroncaremos a los promotores, constructores y arquitectos que han actuado responsablemente, y la prueba de ello es que sus edificios apenas han sufrido aplausos de esquina ni padecido daños estructurales ni cualquier otro colapso “plausible”. Y entonces los ignorantes llegaremos a pensar que el mundo está al revés, que nada es lo que parece, que lo negro aparenta ser blanco y lo malo se presenta como lo mejor. Todo ello fruto del “engaño a los ojos” que, según Gracián, hizo a todo el mundo ver, en la plaza de la Apariencia, cómo un charlatán transformaba a un miserable burro en el águila símbolo de Júpiter y contemplar un palacio que “por una parte parecía edificio y por otra ruina. Torres de viento sobre arena, soberbia máquina sin fundamento”. Y concluiremos con Quevedo en que estamos huérfanos de lo que las cosas son y ahítos de lo que parecen.
   Y para acabar, al decano del colegio de arquitectos le vamos a poner un piso. En La Viña, naturalmente, para que disfrute del aplauso de los vecinos del barrio que tanto le agradecen su actitud autocrítica, tan contentos por el buen comportamiento de sus edificios y de la madre que los hizo. Y a ver si tiene la suerte de ser objeto de los “aplausos de esquina” de los edificios colindantes, coro de palmeros que no le dejará oír cómo decenas de edificios han sufrido el colapso y la ruina, con o sin los susodichos aplausos de esquina. Que así sea.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

4. Desnudos de paredes                                                           
 11 junio 2011

Retirado en la paz de estos desiertos de Aguaderas, me viene a la memoria una de las fantasías de La hora de todos donde cuenta Quevedo cómo una casa “piedra por piedra y ladrillo por ladrillo se empezó a deshacer”, de manera que, finalmente, su dueño quedó “desnudo de paredes y huérfano de edificio”. Y así han quedado muchos habitantes de Lorca, que en un mal sueño de una tarde malhadada de primavera han perdido su casa o su negocio, y todo aquello que más querían. Porque no sólo se les han ido los tejados, y las ventanas, y las celosías, y la sala de estar, y el comedor, y la alcoba, y el cuarto de los niños, y el aparador, y los cuadros del salón, y las fotos amarillas del recuerdo, sino que se les han marchitado y se les han marchado para siempre los sudores y los sueños de toda una vida, la ilusión y el trabajo acumulado año a año, que se han esfumado para no volver.
   Podríamos culpar de este soplo maldito al más allá porque, como dice el propio Quevedo, las cosas pasan “cuando le place al del ojo grande, sin que necesite poner mojones de aviso ni llamar con campanillas”; podríamos achacarlo a la aceleración del seísmo, a las características arenosas del terreno y a muchos otros elementos de distinta naturaleza, por separado o todos juntos. Pero dejemos también que los vecinos de La Viña y de otros lugares de la ciudad puedan pensar que la codicia, la hidropesía del dinero, el afán de hacer negocio, aunque sea a costa de la seguridad de la gente, también hayan tenido parte en el suceso. Y dejemos que sientan que la catástrofe no necesariamente pudo ser fruto del azar y de una conjunción de circunstancias fatales, al comprobar cómo la fuerza telúrica, ciega y justiciera como la implacable diosa Fortuna, ha desnudado algunos edificios dejando en cueros las dimensiones, densidad, resistencia y calidad de pilares -los largos y, sobre todo, los cortos-, jácenas, vigas, redondos y demás elementos de hormigón y ferralla, como un daguerrotipo que retratara en primer plano las vergüenzas de su estructura y los despropósitos de los que, no hace tanto, los proyectaron, construyeron o supervisaron.
   Y déjenme  a mí que concluya con el antedicho Quevedo: “Hay soplos que matan lo que no mata un terremoto”. Y los que pudieron ser concausa de estos soplos haciendo mal las cosas, procuremos que con su pan se lo coman y allá se lo hayan; pero que en adelante no sea con el que les pudieran haber quitado a los que padecen el dolor de la desgracia. Así no tendremos que creer en la filosofía nihilista de Sartre, quien afirmaba que “el mundo podría existir sin la literatura, e incluso mejor sin el hombre”.
   P.D. El dueño de la casa del relato de Quevedo era un ladrón que quedó “desnudo de paredes y huérfano de edificio” porque los elementos constructivos y ornamentales de la mansión que había levantado robando a unos y otros, de una manera prodigiosa se fueron arrancando de su sitio parar ir a restituirse a sus dueños. Ni que decir tiene que en nuestra ciudad los habitantes de las casas no son los ladrones, sino los despojados y las víctimas. De los demás hablaremos otro día.
NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

3. Ceguera eléctrica                                                                    
8 mayo 2011

El Ayuntamiento de Lorca tiene problemas con la luz. Y en buena parte son debidos a que desde hace tiempo el gobierno municipal –éste y los anteriores- se ha entregado a un despilfarro ciego de millones de euros que alegremente se gastan en iluminar caminos, veredas y trochas de la huerta y del campo, sin pararse a pensar seriamente en su grado de necesidad. Si usted mira desde arriba el valle del Guadalentín, observará decenas y decenas de “serpientes” luminosas con centenares y miles de puntos de luz que se entrecruzan y se enredan en una malla sin fin. Pero si va por los caminos de la huerta, verá un entramado de postes, cables y transformadores en unos caminos, que no son necesariamente los principales, sino los del personaje o grupo que en algún momento goza de contactos con “las alturas”; y en otros, montañas de materiales y de operarios que se afanan en tejer la red luminosa hasta el infinito, sin comprobar si estas obras son imprescindibles, sin reparar en gastos, con una iluminación de más de 12 horas, sin ninguna restricción, ni siquiera de madrugada, sin entretenerse a evaluar los efectos negativos de esta agresión lumínica, muchas veces innecesaria; porque últimamente no se ha visto por allí, de noche, a ningún transeúnte que circule sin iluminación propia. Y es que en aras de una supuesta mejor calidad de vida, ha funcionado muy bien la demagogia de las fiestas con arroz y pavo y la iluminación a la carta, creando una falsa sensación de progreso y opulencia –véanse las casas de campo con 10, 20 o 40 puntos exteriores de luz-, que demuestra que no hemos asimilado bien el paso de la era del candil a la de la posmodernidad, cuando en las sociedades avanzadas -por ejemplo, Alemania y los países nórdicos-, que están ya de vuelta de esta fiebre, la graduación de la intensidad lumínica y los programas de ahorro energético son el principio del progreso y del bienestar, para hoy y, sobre todo, para mañana. Pero nosotros seguiremos, como siempre, sin demasiadas luces, pero con mucha luz. Eso, si no nos la cortan -la luz, claro.