martes, 20 de septiembre de 2011

LEY DE EXTRANJERÍA

1. Los árboles y el bosque                                                                        
  1 mayo 2011


Cómo no abrir un repertorio de artículos de tanta enjundia con una cita de Ortega y (también) Gasset: “La realidad cósmica es tal, que solo puede ser vista desde una determinada perspectiva”. Y con la cita que el maestro filósofo trae, a su vez, de dos adagios populares europeos que insisten en la dificultad de ver lo que hay más allá de la apariencia: “La altura de las casas nos impide ver la ciudad” y “Los árboles no dejan ver el bosque”.
   Sin embargo, el distanciamiento nos permite traspasar la muralla de las apariencias en el intento de comprender lo que hay en nuestra circunstancia, para resaltar lo extraordinario o anormal en aquello en que estamos inmersos y que, por tanto, nos parece ordinario y normal. Se trata de adoptar “una perspectiva distinta de aquella en la que estamos instalados”, en palabras del profesor Baquero, una visión nueva y diferente de la que nos ofrece nuestra condición de indígenas inmersos en un mundo de ideas y costumbres que, por habituales, nos resultan sabidas y normales.
   En definitiva, se trata, oh prodigio, de convertirse en un ser diferente de los del mundo que uno ve y juzga: un animal, como los perros del Coloquio cervantino; un diablillo semejante al Cojuelo de Vélez de Guevara, que se entretenía levantando el “pastelón” de los tejados de Madrid para curiosear lo que ocurría debajo; un gigante o un liliputiense, como lo fue el trasformista Gulliver; pero también un visitante de una civilización lejana, utilísimo para resaltar lo chocante de las ideas y costumbres de los mismos que ven en él un bicho raro y exótico: el ingenuo y buen salvaje de Voltaire que observó y padeció con mirada asombrada las ideas y las costumbres de los refinados salones de la moda parisién; o aquellos corresponsales extranjeros escandalizados de las costumbres europeas, como el iraní de las Cartas persas de Montesquieu, o nuestros vecinos los magrebíes –entonces moros-  Ben Gazel y Ben Beley de las Cartas marruecas de Cadalso; o un ser de otro planeta, tal que Le Petit Prince de Saint-Exupery.
   Pero a mí mi propio nacimiento y carácter me ofrecerán otra variedad de extrañamiento: la del extranjero en su patria, el individuo que contempla la sociedad en que vive desde su periferia geográfica y mental, lo que provoca el asombro, la incomprensión o la ira ante unos comportamientos que no entiende o no quiere comprender. Desde los márgenes de las colinas de Aguaderas, me esforzaré por retratar el paisaje y el paisanaje del campo, la huerta y la ciudad tal como se ve desde allí, aspiraré los olores y sabores que por aquí y por allí se respiran y gustan, interpretaré las voces y rumores que llegan a mis oídos y buscaré el tacto y el contacto con la vida diaria, con un sentimiento de enajenación y distancia que ofrezca la perspectiva distinta, novedosa y a veces irritante del indígena que, pese a serlo, ve como un extranjero las cosas de su patria.
   Y una confesión final: mi meta es emular a Hildy Johnson, reportero del Chicago Examiner. Y para eso escribo. Palabra de Willy Wilder.