martes, 20 de septiembre de 2011

LEY DE EXTRANJERÍA

2. Extraña dedicación                                                                  
5 mayo 2011


Pero no tomemos el rábano por las hojas y vayamos al principio: desde mi más tierna infancia yo ya tenía decidido mi futuro. Cuando los otros niños se postulaban como médicos, bomberos o guindillas, ya me había propuesto ser extranjero en mi patria. Con harta extrañeza de mis progenitores, en cuyas mientes no cabía tan inédita dedicación. Este exilio interior me permitiría ver el mundo cercano desde la misma perspectiva extrañada y distante que aplicaría un sueco, un chino o un aborigen de la Guinea Papúa. Y los primeros pasos de mi infancia y mocedad por la urbe lorquina vinieron a confirmar las condiciones inmejorables para tan extraño oficio: entre mis colegas de estudio, yo era el único aborigen de una pedanía lejana frente a la condición urbanita de los demás, y era el único hijo de de campesino frente a los descendientes de tenderos, de empleados, de guardias civiles, de carpinteros, e incluso de notarios y de médicos, sin olvidar los de señoritos, condición, y no ocupación, entonces muy propia de nuestra tierra. Mis diversiones también eran poco normales: yo vivía las disparatadas hazañas de los héroes del cinematógrafo a través del relato atropellado de los compañeros en la clase de dibujo o de las dramatizaciones de las carreras de cuadrigas o de las refriegas en los saloones del lejano Far-West que se hacían en el patio durante el recreo. Además de comer pan de campo, cosa que dejaba a la vista mi pedrigrí rústico, nunca pertenecí a la OJE, por lo que no podía asistir a sus centros recreativos ni acudir a los campamentos de verano ni modelar mi conducta en el reflejo ejemplar de flechas, pelayos y jefes de centuria, ni aprender la filosofía última de la vida en los fuegos de campamento.
   Este pedigrí contra corriente me convenció de que la disyuntiva entre apocalípticos e integrados que por entonces formulaba un tal Humberto Eco no iba conmigo: yo nunca podría ser hombre ilustrado, ni abandonar la cría de cerdos para hacerme promotor inmobiliario, ni ser alcalde progresista ni presidente de una asociación para la recuperación de la memoria histórica, ni mucho menos director de la empresa municipal de la limpieza.
   Lo mío era la extranjería, el exilio interior: para ello sólo era necesario distanciarse y elevarse un poco, más allá de los cabecicos de Velillas, de las colinas de Cabezas Gordas, de la Peña del Aguila, del Barranco de la Láguena y de las cimas de la Mercejea para proyectar desde el más allá una mirada distante, pero asombrada, sobre el territorio. Y sin duda contaba con antecedentes literarios de enjundia, como el Magistral de la novela de Clarín que contemplaba la ciudad de Oviedo desde la torre de la catedral como si fuera su presa o el estrafalario extraterrestre que, de la mano de Eduardo Mendoza, vino a recorrer las calles de Barcelona. Pero yo iré un poco más allá: como el filósofo Anaxágoras, llegaré a la enajenación total colocando mi entendimiento agente en los cuernos de la luna para, desde allí, contemplar con cierta distancia los eventos que acaecen en la rúa. La de ustedes y la mía.