lunes, 3 de octubre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

5. Aplausos de esquina                                                             
25 junio 2011


¡Menuda desgracia tenemos los ignorantes con no saber casi nada! Pero, en compensación, los necios gozamos del consuelo de conocer que si quisiéramos y, sobre todo, si pudiéramos, estaríamos en disposición de aprenderlo todo, con lo cual, como por arte de magia, estaríamos a la altura nada menos que del viejo y sabio filósofo que condensaba su ansia de sabiduría en su conocido aforismo “Sólo sé que no sé nada”. Y viene esta reflexión inicial a cuento de que nosotros –los necios, los ignorantes- creíamos que lo sabíamos todo acerca del arte de aplaudir, acto propio de los seres humanos que consiste en producir un sonido al juntar con más o menos fuerza las manos. No ignorábamos que este acto individual, pero sobre todo colectivo, tiene como fin expresar el reconocimiento a una persona o la alegría y el alborozo que nos produce un suceso del que somos partícipes o espectadores. Sabíamos de los distintos grados del aplauso, desde la ovación unánime, cerrada o atronadora, pasando por la gran ovación o las palmas, para llegar a las palmitas, que son una ovación de compromiso que puede degenerar en palmas de tango, que expresan más el desagrado que el elogio. Los que nunca hemos ido a los toros sabemos muy bien de todas estas variaciones del aplauso, que ganan en cantidad y duración –incluso más de media hora- si se trata de un concierto o de una representación de ópera, en los que la categoría de los aplaudidos y aplaudidores se mide en unidades de tiempo, como bien sabemos los que disfrutamos de palco en el Real.
   Pero como hay gustos para todo, vemos últimamente que se aplaude en lugares y ceremonias donde antes no se hacía en aras del recogimiento y el respeto, como en las misas, las bodas o los entierros, lo que, a nuestro parecer, entraña una cierta perversión del acto estentóreo y jaranero del aplauso.
   Más sorpresa nos produce a los ingenios legos comprobar que se extiende la costumbre de invertir la dirección y el objeto del aplauso, con lo que el acto de dar palmas se convierte en una acción reflexiva que recae sobre el propio sujeto que la produce, con lo que se convierte en un suceso del mismo valor social y gramatical que los de mirarse el ombligo, rascarse la barriga o que aquel casi inconfesable que se resume en el dicho lorquino “Válgame la que se ´escostilló´ por vérselo”. Y no digamos nada de los gobernantes que se aplauden a sí mismos y piden el reconocimiento y la ovación del respetable por haberle “ampliado sus derechos” cuando en realidad lo han dejado sin trabajo, sin vivienda y, a muchos, sin nada que llevarse a la boca. ¡Cosas veredes!
   Pero vayamos al meollo. Un buen ejemplo de autoaplauso es el del decano de los arquitectos de Murcia quien, en nombre propio y en el de la Junta de Colegios de arquitectos de España, y quizá de Europa, del mundo y del universo todo, acaba de aplaudirse a sí mismo y al colectivo al que dice representar al hacer “un balance positivo del comportamiento de los edificios de Lorca”, echándole la culpa exclusiva de la desgracia al muerto, es decir, al terremoto, acusándolo de “actuar con una celeridad y una superficialidad fuera de lo normal” (véase La Verdad, edición de Lorca, 7-06-11). La ovación cerrada y sin fisuras se produce, un mes después de la catástrofe, sin un atisbo de duda ni de autocrítica, de manera que, sin plantearse comprobar la calidad y la resistencia de los materiales empleados ni la bondad de las técnicas con que se ha edificado, concluye, lejos de buscar otras causas de lo ocurrido y sin sonrojo alguno, con una afirmación que viene a ser digno colofón a su atrevido ejercicio de autoaplauso: “Gracias a que las construcciones estaban sujetas a la norma antisísmica, podemos dar gracias a Dios de que no haya habido más víctimas”. Sin duda esta borrachera de autocomplacencia no le ha permitido leer en la misma noticia de La Verdad, y en la columna de al lado, que el Instituto de Tecnología de la Construcción, con más lógica y menos autobombo, indica sobre el asunto que “se ha tenido una etapa de letargo, en la que la cultura sismorresistente ha estado ausente o escasamente aplicada, especialmente en la edificación privada”.
   Pero volvamos a nuestra reflexión sobre el aplauso para confesar que nuestros pobres conocimientos sobre tan profunda materia no llegan a ninguna parte. Ahora resulta que los propios edificios pueden aplaudir o aplaudirse mediante el llamado “aplauso de esquina”, tan exaltado que el primer edificio derruido en el barrio de La Viña se vino abajo, según el sabio decano de los arquitectos, porque sus vigas, jácenas y pilares –los grandes y, sobre todo, los enanos-, así como los cerramientos, se vieron sacudidos, jaleados y estrujados por el aplauso de los edificios vecinos. Ante esto, sólo se me ocurre pensar en mi ignorancia que en este frenesí del aplauso arquitectónico, unos edificios palmearon más que otros y que algunos soportaron mejor los aplausos de esquinas que los demás. Pero parece que a esta autoridad de la re aedificatoria no le interesa distinguir entre edificios peor o mejor edificados ni entre arquitectos, promotores y constructores más o menos responsables.
   Por eso, nos tememos que a este paso acabaremos aplaudiendo y jaleando -con aplausos de esquina, naturalmente- a los que tal vez aplicaron de manera deficiente la “cultura sismorresistente” y reñiremos y abroncaremos a los promotores, constructores y arquitectos que han actuado responsablemente, y la prueba de ello es que sus edificios apenas han sufrido aplausos de esquina ni padecido daños estructurales ni cualquier otro colapso “plausible”. Y entonces los ignorantes llegaremos a pensar que el mundo está al revés, que nada es lo que parece, que lo negro aparenta ser blanco y lo malo se presenta como lo mejor. Todo ello fruto del “engaño a los ojos” que, según Gracián, hizo a todo el mundo ver, en la plaza de la Apariencia, cómo un charlatán transformaba a un miserable burro en el águila símbolo de Júpiter y contemplar un palacio que “por una parte parecía edificio y por otra ruina. Torres de viento sobre arena, soberbia máquina sin fundamento”. Y concluiremos con Quevedo en que estamos huérfanos de lo que las cosas son y ahítos de lo que parecen.
   Y para acabar, al decano del colegio de arquitectos le vamos a poner un piso. En La Viña, naturalmente, para que disfrute del aplauso de los vecinos del barrio que tanto le agradecen su actitud autocrítica, tan contentos por el buen comportamiento de sus edificios y de la madre que los hizo. Y a ver si tiene la suerte de ser objeto de los “aplausos de esquina” de los edificios colindantes, coro de palmeros que no le dejará oír cómo decenas de edificios han sufrido el colapso y la ruina, con o sin los susodichos aplausos de esquina. Que así sea.