lunes, 3 de octubre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

6. Amores con el Consorcio                                                      
30 junio 2011


Que me perdonen mi mujer, el resto de mis deudos y la Santa Madre Iglesia, cada uno por la parte que le toca, pero he de confesarles que desde hace algún tiempo tengo relaciones extramatrimoniales con el Consorcio. Y la verdad es que no sé cómo describirles el objeto de mis desvelos, porque lo cierto es que hasta hoy no lo conocía mucho: nuestras relaciones eran más bien honestas y ni siquiera se reducían a un casto mirar, como le ocurría a don Quijote con Dulcinea, la princesa de sus sueños, a la que el caballero confiesa que había visto al menos unas tres o cuatro veces. Pues yo ni eso: más bien nuestros contactos habían sido a través de personas interpuestas –mi agente de seguros, el administrador o el Presidente de la Comunidad de Propietarios-, aunque algunas veces llegaron al atrevimiento de una llamada al teléfono móvil, e incluso a comunicaciones y, oh pasión arrebatada, a declaraciones documentales, pero eso sí, muy formales, ya que habéis de saber que se hicieron con copia autentificada y acuse de recibo, todo lo cual, ciertamente, les daba a nuestros tratos un tono más administrativo y burocrático que idealista y platónico.
   Pero vayamos al objeto de mi deseo: todos hablan de él y cuentan y no acaban, más que de la poesía de su gracia y hermosura, de la prosa de sus primas, de sus garantías y de sus riesgos, de manera que yo pudiera decir lo mismo que el alma de San Juan de la Cruz cuando confesaba la pasión que en ella suscitaban las noticias sobre Dios, al que amorosamente iba buscando entre las criaturas del mundo: “Y todos cuantos vagan / de ti me van mil gracias refiriendo, / y todos más me llagan / y déjame muriendo / un no sé qué que quedan balbuciendo”. Por eso, si pudiera, yo querría decirle, aunque sea mucho atrevimiento, que no quiera  “enviarme / (des)de hoy ya más mensajero, / que no saben decirme lo que quiero”.
   Sin embargo, he de confesar que poco a poco las cosas parecían irse aclarando en bien de nuestra relación: lo mismo que el misterio de la Santísima Trinidad se compone de tres personas y un solo Dios verdadero, en este caso el Consorcio propiamente dicho sólo es un espíritu puro, inmutable y etéreo, pero que se encarna es un ser que a mí, pese a quien pese, me parece un ser tangible, incluso de carne y hueso, que es su representante en la tierra, y en el mar, y en el conjunto de cada edificio, y en las viviendas particulares, como un ente omnipresente y ubicuo; aunque también rodeado de un halo de misterio que comienza con la ambigüedad de su propio nombre: yo creía a pies juntillas, en aras de mis pretensiones cultas, que tenía por nombre el Perito; pero, oh confusión, veo que aquí casi todos le llaman el Périto, apelativo que me remite a los prados y predios de mi infancia en Aguaderas, donde el Périto era toda una autoridad, como lo es también don Pedro el Périto en la novela de Miguel Delibes Los santos inocentes. Entonces en qué quedamos: puede tratarse de una mera variación prosódica fruto de la sabiduría popular, aplicada a un mismo nombre, que, haciendo esdrújula la palabra, la abreviaría al pronunciar muy relajada la sílaba posterior a la tónica; o puede deberse a una variante familiar: así como se dice mama o mamá, Jose o José, Francisco o Paco, pues también se pueden alternar el Perito y el Périto. Pero no quiero pensar si se tratara de una diferencia óntica -perdónenme el término pedante, pero así se califica en Aguaderas- porque en ese caso estaríamos en presencia de dos sujetos distintos, y entonces de mí no les digo nada, porque ustedes mismos habrán colegido mi situación de bigamia consorcial, añadida al previo desvío extramatrimonial. Eso sin hablar de la perversión y el crimen nefando que conllevan las relaciones entre individuos del mismo sexo.
   Tras este largo preámbulo, ardo en deseos de decirles que hemos llegado a un final feliz. Y es que esta mañana lo he visto (al consorcio, naturalmente), y me ha mirado, y yo a él, y me ha hecho mil preguntas, y yo le he contestado con pasión, y él ha inmortalizado nuestro encuentro con innumerables placas. Pero como el diablo todo lo añasca, he de confesarles que mi felicidad no es completa porque siguen las dudas y equívocos, no sé si justificados o sólo fruto de mi hervor emocional. La causa de mis alegrías, inquietudes y penas se tocaba de una larga melena, se adornaba de hermosos ojos azules, pero llevaba falda, lo cual me ha vuelto a sumir en los equívocos nominales: está claro que no se trataba del Périto o Perito, sino de… una Périta, o una Perita (en dulce o no), nombre este último cuya simple mención sin duda tiene connotaciones de chiste o piropo machista, perseguible de oficio. Pero esto no es lo peor: es que mi relación con esta encarnación femenina del Consorcio se desvía de los tratos amorosos sabidos y normales. Porque yo, a pesar de lo dicho hasta aquí, me llamo Ana, y estas aventuras lésbicas no van con mis principios. No sé si me explico. Y tampoco sé si ustedes me entienden. En fin, sea lo que Dios y el Consorcio quieran.