martes, 1 de noviembre de 2011

LA FERIA DEL MUNDO 

10. Que viene el coco                                                                          
10 0ctubre 2011

La verdad es que los tiempos adelantan que es una barbaridad. Para verlo –y comprobar, además, que el mundo progresa al revés- basta comparar los métodos para atemorizar a la gente de hace un tiempo con los de ahora mismo. Por aquellos años del cuplé y de la cartilla de racionamiento, los destinatarios del miedo eran preferentemente los niños, a los que de manera reiterada, gratuita e inmisericorde se les contaban cuentos truculentos en los que monstruos, ogros, gigantes, duendes, brujas, madrastras y demás entes fantasmagóricos o de carne y hueso, pero todos encarnaciones del mal, perseguían, raptaban, maltrataban y hacían mil perrerías a caballeros bondadosos, doncellas ingenuas, abuelas impedidas y, sobre  todo, a niños indefensos, que no solo padecían el daño físico sino un terror psicológico desconsiderado y brutal. Y todo ello en castillos terroríficos o en mansiones encantadas con torreones, desvanes, escaleras de caracol y estancias de aspecto estremecedor; o en bosques, montañas y ríos que componían una geografía intrincada, opresiva y maléfica en la que el niño, o la doncella, o el joven príncipe, vivían presos, encantados o perseguidos por toda clase de males, personificados en presencias inquietantes, en monstruos de toda laya que les mantenían en vilo haciéndoles la vida imposible. Y no es menester decir que la angustia y el sinvivir de los protagonistas dentro del cuento eran compartidos y sentidos como propios por el niño indefenso e insomne destinatario de relatos infantiles como Pulgarcito, Blancanieves, Caperucita roja o Hansel y Gretel, casi siempre contados en noches oscuras, con los rigores del invierno rugiendo en la ventana.
   Y no digamos nada del terror a palo seco, sin cuento, que con cualquier motivo o -lo que es peor- sin él, ponía al niño en la disyuntiva del bien y del mal, de la elección entre la obediencia ciega al mandato o al capricho de los mayores o la entrega a las garras de oscuros y tremendos enemigos, siempre invisibles pero cuya presencia se presentía muy cercana e inapelable, ya desde las mantillas. Así, el coco estaba en acecho permanente alrededor de la cuna que mecía la madre cariñosa mientras cantaba aquella nana sombría y aterradora: “A la rorro mi nene, que viene el coco y se lleva a los niños que duermen poco”. Coco cuya presencia se proyectaba irracionalmente ante cualquier desconocido, como le ocurrió al niño Lazarillo de Tormes cuando, al ver por primera vez a su padrastro negro, se arrojó atemorizado en brazos de su madre gritando “¡Mamá, coco!” Y qué quiere usted que le diga del ogro Golón, cuya figura desmesurada y glotona se hacía presente, traída de la boca de la tía o de la abuela que nos daba de comer, como una competencia paralizadora que amenazaba con devorar al inocente que, oh paradoja, no quería comer. Recordemos también la pléyade de brujas -fueran pirujas, corujas o torujas- que poblaban cualquier estancia o rincón “prohibido” de la casa -“¡Que está ahí la bruja!”, nos decían; “¡Que te va a llevar la bruja!”, nos gritaban- armadas de todo un “look” retro, pero aterrador, con su nariz y barbilla prominentes, con su enorme verruga en el rostro y con la escoba reglamentaria, como una parafernalia que provocaba, no la risa, sino el terror del niño moderno, alejado de la familiaridad con estas encarnaciones del mal; cercanía y parentesco que sí tenía el niño Pablos, protagonista de El Buscón, que no sentía miedo ni se avergonzaba de contar cómo su madre entraba y salía de su casa por la chimenea, a lomos de una escoba, prueba evidente de su condición de maestra en las artes de la brujería.
    En fin, ya fuera de la casa, para qué hablar de los guardianes del territorio que convertían el mundo exterior en un cúmulo de peligros que limitaban, impedían y, en todo caso, convertían en un angustioso y sobresaltado sinvivir cualquier incursión o aventura en la calle o en el campo abierto: ir a la escuela o llevar un recado eran obligaciones que había que cumplir sin salirse un ápice del guion y de la ruta preestablecidos, mientras que jugar en la calle o en el descampado, y no digo ir al bosque o al río, entrañaban el riesgo seguro de ser devorado por el lobo feroz, o capturado por el tío camuñas, también llamado el hombre del saco o, aún peor, convertirse en materia prima para el tío sainero o el sacamantecas, quienes, tras despedazarnos, aplicarían nuestro saín o grasa corporal para curar su tisis, según noticias ciertas que así lo atestiguaban. ¡Menudo panorama el de nuestra infancia!
   Pero luego vino el descrédito de toda esta mitología del terror infantil. Los gurús del buenismo y de lo políticamente correcto emprendieron una cruzada para desmentir la crueldad y las maldades de estos monstruos de la tradición popular, que consistía en reescribir los relatos infantiles y “reeducar” a sus protagonistas para convertirlos en monigotes bondadosos e inofensivos que suscitan en los niños más la risa o la compasión que el terror: había una vez “un lobito bueno” y “una bruja hermosa”, predicaban los versos de José Agustín Goytisolo. Envalentonados por estas flaquezas del mundo adulto, los niños iniciaron su rebelión contra los mayores: se atrevieron a cuestionar sus mandatos categóricos, e incluso a desobedecerlos sin más para, finalmente, ser ellos los que mandaran e impusieran su criterio, con lo que produjeron el descrédito de los viejos instrumentos del terror –el ogro Golón, el lobo feroz, las brujas, el sacamantecas, fantasmas, duendes y trasgos…-, que finalmente fueron perseguidos y encerrados en un rincón oscuro del desván de los recuerdos, cubiertos por el polvo de la dejadez y el olvido. ¡Vivir para ver!
   Pero como el terror es un instrumento de dominación, no ha desaparecido, sino que cambió radicalmente sus medios y su campo de acción. Ahora los destinatarios de los cuentos de miedo y de las admoniciones de los que mandan no son los niños sino las personas mayores –los padres, tíos e incluso abuelos de aquellos-, personas adultas de toda clase y condición, que se sienten atraídos por unos relatos truculentos que les ponen los pelos de punta, que los sumen en la inquietud y la angustia, desazones que pueden desembocar en la depresión, la manía persecutoria y, en muchos casos, el suicidio.
   Los mediadores y voceros de estos cuentos ya no son la madre, el abuelo o el vecino imaginativo que disfrutaban contando sus historias una y otra vez al amor de la lumbre, la mesa de camilla o el brasero, sino los medios telemáticos, los ingenios digitales, las redes sociales y todos esos modernos charlatanes de cuyas tramas se prenden con inquietud y desasosiego ejecutivos, economistas, leguleyos, profesores y maestros, y un largo etcétera de carpinteros, comerciantes, agricultores o amas de casa, porque de sus historias dependen sus ilusiones de probos ahorradores, inversores en bolsa o en fondos estructurados de pensiones, de dueños de cuentas corrientes o de libretas de ahorro, de suscriptores de una hipoteca o consumidores de productos energéticos y de otros bienes y servicios.
   Pero lo verdaderamente novedoso son los ambientes y protagonistas de estos cuentos y consejas de terror. Nada de oscuridades ni de sombras; fuera lo tétrico: el bullicio de World Street, rascacielos gigantescos de Nueva York o de Dubai, espejeantes edificios de cristal de Londres o de Berlín, el parqué solitario de la bolsa de Madrid, despachos de profundidad inimaginable de atildados banqueros y cuchitriles funcionales de brookers y corredores inquietos, elegantes sedes de agencias y fondos de inversión;  y ejércitos de ejecutivos de camisa blanca, corbata y zapatillas de deporte, de vehículos de alto estanding, de carteras de piel de cocodrilo, de luces de neón y de largas e interminables pantallas digitales. Todo como parte de un decorado pulcro y aséptico en el que se agazapan las nuevas fuerzas del mal: personajes incoloros, inodoros e insípidos, pertenecientes a un mundo abstracto e inaprensible, que se siente como un vacío y, a la vez, como una presencia latente que inquieta y ahoga a sus víctimas.
   Este magma indiferenciado, este holograma fatídico, constituye  el ejército poderosísimo de los Mercados, que son el lobo feroz, el ogro Golón, el coco y el sacamantecas de la modernidad, con cuyo ataque incesante tiemblan los gobiernos, pueblos y toda clase de gentes, advertidos del peligro que corren las inocentes princesas de la deudas soberanas, de las pruebas de estrés que habrán de sufrir los príncipes valientes de la banca y de las calamidades y miserias que padecerán los niños crédulos y sus abuelitas indefensas, grandes y pequeños, hombres y mujeres que, como si se tratara de un castigo bíblico, verán caer sobre ellos la amenaza cierta de las siete plagas de la globalización en forma de subidas de precios de bienes y servicios, recortes de sueldos y pensiones, alargamiento interminable de la vida laboral, ejecución drástica de hipotecados y prestatarios, desahucios de viviendas, desequilibrios inquietantes del diferencial de la deuda, copagos varios, y mil otras calamidades que anuncian las postrimerías y el fin del mundo.
   En el fragor de esta amenaza cotidiana verá usted cómo nos aterrorizan con la continuada subida del índice del Euríbor, se quedará paralizado cuando abran su inmensa boca de bruja las Agencias de Rating y sus noches de insomnio se poblarán con el martilleo incesante de sus nombres –Moody´s, Standard & Poor´s, Fictch…- y sus oídos retumbarán con el ruido atronador del Fondo de Regulación Ordenada Bancaria que avanza incontenible y marcial con su atronador FROB, FROB, FROB.
   Y así un día y otro día, de sobresalto en sobresalto, en una angustia sin fin. Y entonces querrá ser usted como el niño que deseaba que acabara el cuento porque le consolaba la ilusión de un final feliz –“Colorín, colorado, este cuento se ha acabado”-; o, simplemente, de un final cualquiera para tanto terror. Pero su gozo quedará en un pozo porque usted no podrá acabar nunca con esta historia de nunca acabar, sencillamente porque no se trata de un cuento. Este cuento es la vida misma, y usted vivirá y sufrirá todos y cada uno de sus episodios mientras intenta huir como potro desbocado hacia ninguna parte, en tanto que  los Mercados, y el Euríbor, y el Íbex-35, y las Primas de Riesgo, y las Agencias de Rating, le meten un miedo –frob, frob, frob- que lo paraliza y le cala hasta los huesos, a la espera del Juicio final que quizá acabe con su suplicio. Así sea.