martes, 1 de noviembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

11. Carretera lacustre                                                                                                    
17 octubre 2011

Si usted considera que las nuevas tecnologías son el fundamento del progreso de la humanidad, siento sacarle de su amable sueño. Porque no basta con la innovación técnica y el manejo de los modernos ingenios si estos quedan, peligrosamente, en manos de personas cuyas mentes permanecen ancladas en el pasado. Y en Lorca parece que el progreso técnico y los “cráneos previlegiados” que lo gobiernan no guardan siempre la necesaria armonía.

   Si se me requiere un ejemplo, fruto de mi experiencia de mozo de campo y huerta, lo daré con mucho gusto. Si han caído cuatro gotas del cielo y usted circula por la antigua carretera de Lorca a Águilas, se encontrará, oh sorpresa, con una zona lacustre en medio de la huerta que impide el paso o lo permite sólo a vehículos anfibios. Usted creerá que se trata de un incidente puntual; pero si vuelve a circular por ahí en los dos o tres días siguientes, verá que la situación sigue igual, hasta que el seno de la madre tierra y la caricia del padre sol –valga el arrebato cursi- vayan agotando el caudal estancado. Sin embargo, si usted es un viajero curtido por estos lares, sabrá que estas inundaciones periódicas se vienen produciendo desde hace más de cuarenta años, en una larga historia que se ha convertido en endémica: en un  principio, el brazal alto que corría por el margen izquierdo de la carretera se podía embozar en alguna ocasión con la broza arrastrada por una avenida, vertiendo un agua adensada y blanquecina del tarquín que se rebalsaba apenas, absorbida por la hondas y cuidadas cunetas que la llevaban hasta el puente El Vao para desaparecer en la rambla Biznaga. Pero cuando la desidia de la administración –oh nostalgia del MOPU y de sus esforzados peones camineros- fue permitiendo innumerables rampas de entrada a la carretera por encima del muro del brazal, que fueron cortando la cuneta de la izquierda, y la falta de mantenimiento hizo que la de la derecha se fuera aterrando y vistiendo de maleza, ya no hizo falta esperar a las avenidas: un chaparrón o una lluvia medianamente persistente hace que toda el agua que cae desde la gasolinera del Campillo hasta la alcantarilla del Santo, cinco quilómetros más abajo, se adormezca y se rebalse en un largo lago plagado de panzas irregulares según mandan los desniveles del terreno. Y durante estas décadas no se hizo nada para acabar con las inundaciones esporádicas y, sobre todo con el peligro permanente de las decenas de entradas que se descuelgan sobre la carretera, casi a plomo, desde los puentes tendidos sobre el brazal.

   No ha mucho, sin embargo, creímos que el sino de nuestra vía lacustre cambiaría: se iba desarrollando el plan de mejora de los regadíos de la huerta de Lorca, que suponía la supresión de acequias y la creación de una nueva red de distribución del agua a través de tuberías, con su automatización mediante conexiones individualizadas para cada propietario. La Comunidad de Regantes y sus más conspicuos prohombres vendieron el plan como un  hito en la gestión y el ahorro del agua que era la admiración  y hasta la envidia de España, de Europa y de otras zonas del universo, incluidos por supuesto los modernos sistemas de irrigación de la Baja California y de los kibutzs israelíes, cuyos expertos venían a tomar lección de tan avanzado portento. Santa palabra: ahora podría eliminarse el brazal que estrangulaba el costado izquierdo de la carretera y, soterrada la conducción del agua, las posibilidades de mejora de esta vía que, con un trazado rectilíneo surca la huerta y el campo de Lorca, serían numerosas: podría desdoblarse en dos carriles por sentido, adornarla con carriles bici o adosarle vías de servicio que eliminaran de golpe las múltiples y peligrosísimas entradas de las viviendas y caminos circundantes y, por supuesto, se acabarían los encharcamientos inacabables. Los prodigios tecnológicos del plan de regadíos, la eficacia de la Consejería de Obras Públicas, así como el interés que en ello debería de tomar el Ayuntamiento de Lorca, así lo presagiaban.

   Pero nuestro gozo cayó en el pozo de la ignorancia, la desidia y el malhacer, ya que no solo no resolvieron el problema sino que lo perpetuaron para siempre: la conducción del agua no se soterró sino que se elevó un metro o metro y medio por encima del nivel de la carretera, con una tubería vista, protegida por un ribazo de considerable pendiente que se derrumba sobre los inexistentes arcenes de la carretera e incluso la invade, y sobre él se despeñan todas las entradas a la carretera, ahora reforzadas e incluso asfaltadas. Estos accesos directos, así como la ocupación de su margen izquierdo por el terrero invalidan la eliminación de las aguas pluviales y cualquier atisbo de mejora y de seguridad de la ruta.

   Ante esto, a los viajeros ocasionales o a los habituales pasajeros indígenas no les cabrá duda de que ciertos problemas en esta ciudad, aunque parezcan de fácil solución, resultan insolubles, que las fuerzas vivas de la localidad parecen más bien muertas y que la talla de los gobernantes, sean altos y robustos o de baja estatura, es escasa; porque el Ayuntamiento de Lorca, sea del signo que sea, no se entera de la mitad de la misa, la Consejería de Obras Públicas, impasible el ademán, podría desempeñarla don Tancredo; y los rectores de la Comunidad de Regantes, aunque presumen de modernidad y de estar a la vanguardia de las nuevas tecnologías, parece que tienen todavía el entendimiento agente en el rabo del legón. No sé sí me explico, ni sé si ustedes me entienden.