miércoles, 2 de noviembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

12. Fantasías urbanísticas                                                                    
20 octubre 2011

Si usted es un asiduo lector de Kant -cosa que no pongo en duda-, sabrá de seguro que los sueños son “un arte poética involuntaria”, lo que les da la pátina fantástica de la irreflexión y el misterio. Y no hace falta decir que todos tenemos sueños, aunque algunos no sean del todo confesables, como los eróticos. Pero no está tan clara la función poética de las pesadillas, como los sueños sobresaltados que, a veces, tenemos los lorquinos, los cuales no tienen mucho que ver con la poesía ni con la literatura, sino con la “re aedificatoria”, es decir, con la trama arquitectónica y urbanística de nuestra ciudad, que en estas fantasías oníricas se modifica o desaparece como por arte de magia.
   Algunas noches soñamos que el conjunto de calle y media con que cuenta la ciudad de Lorca –la una con los nombres de Juan Carlos I, Jerónimo Santa Fe y Carretera de Granada; y la media bajo los rótulos de Lope Gisbert, Alonso el Sabio y Óvalo de Santa Paula- sufre un drástico proceso de reducción y desvanecimiento: conforme avanzamos por Juan Carlos I, las aceras se estrechan y los edificios se van apretando, de manera que el maremágnum de automóviles y de peatones se empana como en una interminable baguete, que cada vez se angosta más, hasta que finalmente la pomposa avenida queda reducida a un fino hilo cuyos extremos se difuminan y se van convirtiendo en un pequeño reguero evanescente que la convierte “en polvo, en humo, en sombra, en nada”, como si de una fantasía barroca sobre la “vanitas” de la vida se tratara. Y entonces el cuerpo de la ciudad queda amputado: como el cojo que anda con una sola pierna, la urbe se queda solo en media calle; y los comercios, y los bares, y los domicilios quedan incomunicados, como en un mundo aparte, en una especie de limbo que todo el mudo recuerda, pero al que nadie puede acceder.
   Otra pesadilla, aún más inquietante, nos lleva de nuevo a Juan Carlos I, que se presenta, con palabras de Quevedo en su sueño El mundo por de dentro, como “calle que empieza con el mundo y se acaba con él, y no hay nadie casi que no tenga una casa, un cuarto o un aposento en ella”. Pues bien, como ocurre en La hora de todos, del propio Quevedo, relato en que los dioses del Olimpo hacen que durante una hora el mundo se comporte sin tapujos ni hipocresías, en nuestro discurrir por esta rúa vemos con angustia cómo de pronto la marea multicultural humana que discurre por sus estrechas aceras comienza a crecer incontenible con más ecuatorianos, y magrebíes, y subsaharianos, y algún que otro nativo, como si se tratara de una masa inquieta cuyo exceso de levadura le hiciera engordar desmesuradamente hasta derramarse de su recipiente. Entonces los peatones comienzan a rebasar las aceras y su magma indiferenciado y avasallador “acude, corre, vuela, ocupa el llano” de la calzada con un  ímpetu irrefrenable y dramático, al tiempo que aumenta el rumor sordo que emana de él, como si se tratara de una temible marabunta. Pero es que, al unísono, el río de automóviles que discurre imparable por el centro de la calle o se remansa en los márgenes de los aparcamientos, no deja de aumentar y, llevado de la necesidad, comienza  a invadir primero las zonas de carga y descarga, y luego las entradas a los garajes, y finalmente ocurre lo que tenía que ocurrir: desborda su cauce natural y discurre por la aceras, haciendo que se cumpla la verdad poética -valga la comparación algo vulgar- de la canción popular Vamos a contar mentiras cuando afirma que “por el mar corre la liebre, por el monte la sardina”.
   Verá, pues, desocupado lector, que ambos sueños son la quintaesencia del caos, la poesía de lo imposible, una versión disparatada y lírica que no tiene nada que envidiar a lo que ocurre en las urbes inverosímiles que describe Italo Calvino en su obra Las ciudades invisibles, y que acabará con el big bang de una desintegración apocalíptica que nos despeñará a los abismos de la nada. Y aquí paz y después gloria.
   Pero ni que decir tiene que cuando usted despierte de estos sueños, verá que la realidad imita al arte del sueño. Y, como a mí, se le encogerá el ánimo y se llenará de temor por no saber ya si vive o sueña este sinvivir.