sábado, 5 de noviembre de 2011

ACADEMIA DE LA LENGUA

13. Una de almóndigas                                                                         
22 octubre 2011

Dios Santo, cómo cambian las cosas. Y para muestra, un botón: toda mi vida esforzándome por hablar bien, despojándome de la vena rústica y vulgar que había mamado de las tetas de mi madre, y ahora resulta que todo mi esfuerzo ha sido en vano. Desde que supe que se puede decir lo mismo albóndiga que almóndiga no salgo de un asombro y una desorientación que me tienen pasmado. Los amigos –e incluso algunos que me miran mal-, conociendo mis presuntos conocimientos filológicos, me preguntan, siempre con la mala intención del que conoce la respuesta y quiere demostrarte que sabe más que tú, si es correcto el nombre almóndiga. Y ante la negativa, aduciendo, por el contrario, la denominación consagrada por el buen uso, te contestan, con la suficiencia del que te echa en cara tu desinformación, que en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, nada menos, aparece como almondiga. Y tú te quedas cortado y no sabes qué decir: recuerdas las veces que se burlaron de ti por decir almóndigas y rememoras cómo en tu entorno social y familiar sí que se utilizaba, y en otras ocasiones se obviaba –por si sí o por si no- la mención del nombrecito de la cosa, y se les llamaba genéricamente pelotas: pelotas de carne de pavo o de ternera con su correspondiente salsa o como complemento imprescindible de un buen cocido; pelotas de bacalao para el potaje; pelotas imprescindibles en las bodas del campo –“¡Dos pelotas para el cura!” “¡Unas peloticas para el abuelo!” “¡Almondiguicas para el zagal!”.
   Y ahora, con el afán de no herir la sensibilidad de nadie, de abolir normas y preceptos y, en definitiva, en aras de la libertad de expresión que nos permite llevar los perendengues al aire o gritar e insultar en plena calle a todo pulmón, también está  bien, e incluso mejor visto, decir almóndiga y no albóndiga, cocreta y no croqueta, y un largo etcétera de casos a cual más peregrino.
   Yo, que tanto me esforcé por desprenderme del pelo de la dehesa, por dejar de lado aquellas expresiones “rústicas, “vulgares”, “de mal gusto”, “inaceptables”, ahora me entero de que de que ya no se llaman así: ahora son “formas lingüísticas menos prestigiosas” e incluso “formas innovadoras”, con lo cual resulta más considerado andé que anduve, llegastes que llegaste, cónyugue que cónyuge, antonces que entonces, périto que perito, moniato que boniato...
   Y esta nueva moda de hablar cada uno como quiera o pueda es posible que dé lugar, no a dejar caer alguna de estas palabras camuflada en un discurso más o menos cuidado, sino a expresarse con un tanto muy elevado de estos términos “innovadores”, que parecen no escandalizar al común de la gente ni quitar prestigio al que los usa, sino todo lo contrario: lo elevan a la condición de licenciado en Letras, aunque sea por la quijotesca universidad de Osuna, donde se graduó el Bachiller Sansón Carrasco, o por la no menos laureada Universidad Católica de Murcia, donde se han graduado muchos más. Y entonces podremos oír monólogos tan llenos de expresividad y de encanto como este: “¿Onde estás? Grabiel, abájate de la gabina de la furboneta, que habemos aquí cuatro esperándote, que pa ti es como que no haiga nadie. Hazlo asina y no te arrasques la barriga, ni te tires al suelo ni te enrites. Que tú es que te crees que un gamello coge por el ojo de una abuja. ¿Andovás? No te vayas a refalar y te hinques las estijeras. ¿Cuálas? Las que te se han caído agora mismico del borsillo”.
   No sé, amable lector, si entiendes del todo este mi nuevo discurso. Si no, tócate el moniato. Perdona que te lo diga. Y tómate las almóndigas, que no te se enfríen.