jueves, 1 de diciembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

14. Campos de plástico                                                                                                 
7 noviembre 2011

Aunque no estábamos allí, el día que se inventaron los plásticos todos creímos que se iniciaba una nueva era para la humanidad, y comenzamos una interminable carrera de sustitución de objetos elaborados con los más diversos materiales por otros más ligeros y manejables fabricados con el nuevo hallazgo. Portear alimentos y otros materiales, ligeros o pesados, se hizo tarea cotidiana en bolsas y sacos de plástico, mientras se abandonaban las bolsas tradicionales, así como las talegas, cabeceras, barjas, morrales, zurrones y costales, ya fueran de papel, tela, esparto o yute. Así, nos estábamos convirtiendo en lo que luego se llamó “agentes de bolsa”, que acopian en dichos contenedores otros muchos recipientes, bandejas, fuentes o platos en que se envuelven carnes, pescados, quesos, salazones, o se embotellan aguas, vinos y refrescos, o se embalan electrodomésticos, cacerolas, zapatos o preservativos, en un interminable juego de cajas chinas, en las que envolturas de plásticos, abundantes y prolijas, abultan mucho más que la minucia de producto que a veces envuelven. Todo ello sin contar con el menaje del hogar, las piezas de automóviles y aviones y un etcétera interminable difícil de enumerar.
   Nuestros propios bolsos, bolsillos y faltriqueras pasaron a ser de plástico. Y, por si faltara algo, el contenido de estos bolsos y monederos se transmutó como por arte de alquimia en acreditaciones y en dinero de plástico que lo identificaban a uno y lo hacían cliente de un banco, pagano de un comercio o afiliado a una asociación de defensa canina. Pero nosotros éramos felices mientras hacíamos nuestra la sentencia de Andy Warhold: “Todo es plástico, pero amo el plástico. Quiero ser plástico”.
   Aunque muy pronto comprobamos cómo el material de todos estos recipientes y envoltorios, tocado por una vida dilatada de cientos de años, rayana en la inmortalidad, no se regenera ni desaparece, sino que comienza a invadir como una marea incontenible cajones, altillos, desvanes y trasteros con objetos inútiles y liotes que guardan no se sabe qué; y salimos a la calle y vimos sus esqueletos arrastrados por las ráfagas de viento, arrumbados en los rincones o saludándonos enganchados en vallas, alambradas y tendidos eléctricos, como testigos nerviosos y restallantes de una aventura que, en aras de la modernidad, podría ir ahogando poco a poco nuestra vida. Y nuestra vista nos iba delatando cómo los arcenes de las carreteras andaban sembrados de los cadáveres incorruptos de una inacabable turba de botes, botellas y envases varios así como de variopinta cantidad de bolsas y envolturas; y asistimos a las pesquerías de plásticos en ríos y mares, con el afán de acabar con esta fauna inerte que, lejos de disminuir, prolifera y se multiplica en una cadena sin fin. Y entonces empezamos a dudar de la elegancia del nuevo material y a rechazar de forma despectiva aquello que, a nuestro parecer, sabía a plástico.
   Pero a mí, como cronista agropecuario, me interesa sobre todo un uso y abuso del plástico que me toca muy de cerca, aunque en definitiva nos afecta a todos. Todo el mundo conoce las inmensas extensiones de invernaderos y de túneles de cultivo que pueblan casi en exclusiva determinadas zonas de España –véase el ejemplo paradigmático del suroeste de Almería-, campos de cultivo que se extienden también por la costa murciana y por algunos parajes del valle del Guadalentín, con su aspecto desolado, hosco e incluso agresivo, en que los plásticos no encuentran más compañía que postes, tirantes de acero, entramados de alambre y vallas de todo tipo; y los montones de desechos se acumulan acá y allá, en la orilla de los caminos y en los ribazos de ramblas y barrancos.
   Sin embargo, aun nos deben asustar más los cultivos de plástico a cielo abierto. Si usted pasea este seco otoño por parajes del campo de Lorca como los llanos de la Balsica, las estribaciones de Cabezas Gordas o de los cabecicos de Vellillas, las lomas del Hinojar, los antiguos saladares de la rambla Biznaga o la pedanías de Purias o el Esparragal, se verá envuelto en una atmósfera casi infernal: múltiples remolinos, tolvaneras y nubes enormes de polvo marrón que brotan de aquí y de allá cubriéndolo todo de una calima seca y atosigante. Son los tractores que roturan la tierra reseca con aperos sofisticados y, dirigidos por rayos laser, traillan y aplanan los bancales al milímetro. Y luego otros van extendiendo anchas franjas de plástico negro de gran resistencia que al mismo tiempo cubren, entre otra enorme polvareda, de una leve película de tierra que las mantendrá pegadas al suelo. Son los llamados cultivos acolchados, mediante los que la superficie de plástico que cubre la tierra sin fisuras, guarda la humedad y el tempero que alimentará a las plantas previamente clavadas con una plantadora manual o automática.
   Todo muy organizado; todo muy tecnificado; pero se trata de un proceso perverso en que el cultivo que crea la riqueza, va maltratando y empobreciendo la tierra de una manera irreversible. Dejemos aparte la fertilización y los tratamientos fitosanitarios con abonos químicos, herbicidas  e insecticidas de todas clases y vayamos a los efectos del plástico: una vez recolectados los cultivos, los enormes tractores, armados de  fresadoras, retovatores, discos y otros ingenios demoledores van removiendo la tierra y remoliendo todo lo que hay en ella: los restos de las plantas y el plástico que las protegía. El material sintético queda dividido en múltiples pedazos que se incorporan a la tierra, y así una cosecha tras otra, hasta tres al año, de manera que pasado el tiempo el suelo estará sembrado de estos restos, que formarán sobre ella festones y oropeles de plástico y por debajo la rellenarán como si se tratara de un colchón de la crujiente perfolla del maíz, convirtiéndola en una superficie degradada y estéril, además de peligrosa para los propios productos cultivados. Y esto no durará ni un año ni dos: tendrían que pasar siglos para regenerarla; aunque esto también será imposible, porque el cultivo y la explotación inmisericorde seguirá, alejando así toda ilusión de mejora.
   De esta manera, los defensores de la tierra y de su explotación comedida y razonable, así como los amantes de la naturaleza y el paisaje tendrán que batirse en retirada. La visión virgiliana del campo sembrado de pacientes bueyes que surcan la tierra y la consideración poética del terruño -“¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!”, como diría Rosalía de Castro- hace ya algún tiempo que ha cedido el paso a las ambiciones de rey Midas de los explotadores que tratan de convertir a todo trance en ganancia y en dinero el suelo que cultivan. Aunque en su propia ambición llevan el castigo, ya que todo lo que tocan se va convirtiendo en plástico que fluye, no por río de la leyenda mídica, sino que se arrastra por los márgenes de caminos, barrancos y ramblas y ocupa y ahoga toda la tierra, amenazando con cubrir de la odiosa materia el propio cuerpo de los que la manejan, como al mentado rey se le endurecieron y doraron los cabellos que peinaba.
   Luego, algún poeta elegíaco cantará a “Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado”. Y todo quedará en nada, como el tiempo que se va para no volver.