viernes, 2 de diciembre de 2011

ACADEMIA DE LA LENGUA

15. Palabras con alma                                                                                                   
11 noviembre 2011

Antes del diluvio del laicismo zapateril, los buenos cristianos creíamos que la persona humana, llamada entonces “hombre”, se componía de cuerpo y de alma, elementos ambos transformables y cambiantes: un cuerpo corruptible que crece para luego degenerar y envejecer hasta la pudrición final de las postrimerías; mientras que el alma, con entendimiento, podía elegir el camino de perfección que la llevara a la pureza y la salvación o la senda del pecado y del mal que la entregaría a las penas del infierno, de manos de Satanás.
    Pues bien, el lenguaje y las palabras, como creación humana también tienen esa doble vertiente: la externa, la morfológica, la puramente física, que varía y se transforma con añadidos, amputaciones y confusiones de fonemas; y el significado, la representación conceptual de la realidad, como una especie de espíritu que también cambia, se transforma e incluso muere, en un continuo devenir. Pero como ocurría con el alma y el cuerpo, ambas caras de los vocablos no siempre sufren una evolución paralela. Y para demostrarlo, veamos algunos términos del habla lorquina que, habiendo sufrido un proceso de degeneración vulgar en su fonética y morfología, sin embargo han modificado su contenido semántico con un sentido nuevo y, a veces, muy expresivo.
   Ardil es una deformación vulgar de ardid, término que significa, artificio, estratagema, treta; de la misma raíz que el antiguo ardido, atrevido, esforzado, animoso, que dio lugar al epíteto épico ardida lanza con que se pondera el heroísmo de los caballeros en el Poema de Mio Cid. Pero el término vulgar usado en la comarca de Lorca se refiere a la diligencia, rapidez y celo con que se hacen las cosas, usado frecuentemente de forma ponderativa con tono exclamativo –“¡Qué ardil!”- o reforzado con un plural hiperbólico –“¡Vaya unos ardiles!”-, y de él deriva el adjetivo menos usado ardiloso, -a, con que se elogia a una persona.
   La forma de comportarse y los estados de ánimo constituyen el carácter de una persona, ingredientes que muchas veces se reflejan físicamente en el rostro, gestos y ademanes, hasta el punto de que en el teatro se suelen llamar caracteres a los personajes, porque sus figuras representan la forma de ser del enamorado, el celoso, el traidor, el santo, etc. Pues bien, el término lorquino caralte, deformación de carácter, lleva al extremo el reflejo físico de la psicología de una persona, ya que aúna el carácter y la cara, mediante la imagen, generalmente negativa, que de la forma de ser de esa persona refleja su gesto y, en general, su figura: “¡Qué mal caralte trae!” “No se me olvida su carlte!”” ¡Vaya un caralte!”.
   Clisarse es una aféresis o abreviación vulgar de eclipsarse, término del español cuidado derivado de eclipse (del lat. eclipsis), que significa literalmente “oscurecimiento de un astro por la interposición de otro”, pero que pronto adquirió el significado imaginario de evadirse, ausentarse, desaparecer. Sin embargo, el sentido metafóricio de la acepción murciana - “adormecerse”, “quedarse dormitando un tiempo breve”- aunaría la imagen astronómica con la del cerrar transitoriamente los ojos, llamados clisos en caló: si los ojos son como astros o soles cuando están abiertos, al ocultarse total o parcialmente por el cierre de los párpados, serían como la imagen de dos astros más o menos ocultos transitoriamente. Y de ahí la evocadora estampa que sugieren el quedarse clisado o el estar clisado.
   Cuando no primaba lo políticamente correcto y nadie pensaba en leyes de igualdad, una madre podía castigar a su hijo con un clujío o amedrentarlo con darle “una pasá de clujíos”. Y no crean ustedes que  trataba de cargarle los oídos con los ruidos desagradables que evoca la voz onomatopéyica crujido, sino de que el niño, mediante el azote, experimentara en sus propias carnes los golpes causantes de ese crujir o clujir, según indica el significado de esta voz vulgar de las tierras murcianas. Aunque en vez de clujío, podía dársele un vastugazo o amenazarle con molerlo a vastugazos”, dados naturalmente con el vastugo, vastuga o vastugica, aclimatación local del término vástago, con el que se designa el renuevo o rama tierna de un árbol –almendro, granado o, preferente olivo, por ser más flexible y pegadizo-, que podía utilizarse como flagelo dolorosísimo para caballerías y otros animales, e incluso para las personas.
   Si tenemos claro que interpretar es “comprender y aclarar ideas o hechos que se pueden entender de distinto modo”, nos asombraremos por el uso del verbo intrepetar, que en estas tierras, además del cambio vulgar del orden de los fonemas, llamado técnicamente metátesis, ha sufrido una transformación tan sorprendente de su significado que lo lleva a los antípodas del originario: viene a significar ”confundir(se)”, “equivocar(se)”, utilizado como transitivo –“Buen hombre, usted me ha intrepetao porque yo no soy esa”- o reflexivo –“Seguro que no es eso; usted se ha intrepetao”-, con lo que el testigo neutral quedará también “intrepetao” ante las veleidades y caprichos a que están sometidas las delicadas herramientas de la expresión.
   Vincular determinados asuntos o personas ya se sabe que es hacerlos depender unos de otros. Pero envincular, además del refuerzo inicial, sufre una modificación que la lleva a significar “ocupar un espacio o recipiente con algo generalmente innecesario o molesto”, de manera que la cocina puede estar envinculada con tanto cacharro o los cestos pueden envincularse con frutas en mal estado.
   Leyendo el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán uno se entera de que “todo está revuelto, todo apriesa, todo marañado”. Porque marañar significa “enredar los asuntos o las cosas”; pero en mi tierra marañar es un verbo de uso recíproco que indica que dos o más personas han tenido una discusión que ha entorpecido o roto su relación. En definitiva, que han reñido o se han peleado.
   Usted sabe muy bien que la palabra olfato se refiere al sentido con que percibimos los olores; pero si usted pasea por algún paraje de Aguaderas y oye el término fato, fácilmente concluirá que se trata de una abreviación del antedicho olfato, pero seguramente no caerá en la cuenta de la metonimia radical que en su significado se ha producido, porque ya no designa el sentido de la percepción olfativa sino una parte muy específica de lo que se puede percibir con él: el mal olor, la peste, que de una manera “fatídica” le llegará a usted de cebaderos, estercoleros e incluso de personas que cuidan poco su higiene. Y así acabará usted entendiendo expresiones tan rotundas como “Vaya un fato que echa!” o “Viene de allí un fato insoportable”.
   Estas palabras, y otras muchas, reflejaron el pensar y el sentir de mucha gente, que les dio vida, las reformó y deformó y las hizo decir lo que quería que dijeran. Luego las modas y las normas fueron por otro lado, y ellas han quedado ahí, en el olvido, como testimonio de una época en que el hablar era una creación de cada comunidad, sin el uniformismo gris que la globalización de las comunicaciones ha producido, con la repetición de clichés pobres de un hablar amorfo y sin alma, de poco sentido. Oigamos sus sones, aunque apenas entendamos lo que nos dicen: abonico, aglariao, acrespillao, burufalla, cerengue, chisclo, embijar, enfollinarse, enrevejío, ereza, esfarate, estruciante, fullirse, margarite, repitajo, remor, revirao, rilá, rolde, tentaruja, trespajazo, ventregá, visaje