domingo, 4 de diciembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

16. Olores y hedores                                                                             
15 noviembre 2011

Tú no necesitas recurrir a la utopía del mundo feliz que aprendiste con el mito de la Edad  de Oro en Ovidio, ni al bucolismo poético de las Geórgicas de Virgilio, ni tomar partido por la aldea frente a la corte como proponía fray Antonio de Guevara. A ti te basta con recordar el lejano solar de tu infancia y sus olores: te entra por todos los sentidos aquel amplio patio, llamado parador, de tu casa en Aguaderas, y notas la sensación del agua fresca del aljibe que salía borboteante del cubo, y las delicias del horno que aboca al patio su contenido de mil olores, que empezaban con los agrestes de las bojas, tomillos y romeros que servían de yesca para encenderlo y el aroma de las leñas de olivo o de almendro casi recién cortadas, y luego las delicias acariciadoras del pan bien hecho, de las llandas de empanada, de torta de chicharrones o de pimiento molido –esta, dulce, naturalmente, para combinar con el chocolate o con la gustosa longaniza o el oloroso morcón hecho de la misma masa-. Y en el poyo, en los peldaños de la escalera que subía a la cámara o en cualquier rincón, la vista y el perfume de macetas innumerables que extendían sus olores de galanes y fresarias, jazmines y donpedros, calas y siemprevivas, lirios y alhelíes, de la mañana a la noche.
   Y allí dentro estaban también las porchás y el corral que acogía al ganado de ovejas, de donde emanaban los olores variados de las ramas de tala de olivo, de las hojas de pala o de piteras cortadas en pequeños trozos o de la corteza seca de almendra con que en invierno se alimentaba, además del olor a lana sucia y mojada y a cagarruta lisa y redondita; y, a los lados, en unos reducidos cuchitriles habitaban los cerdos negros y chatos que se alimentaban con el sabroso berbajo hecho de harina y agua o con el amasijo de harina entreverada de variantes de alfalfa o verde, y de allí venía el olor y el calor de sus mullidas camas de paja; y sobre ellos las conejeras, de cuyas madrigueras surgía una temerosa tropa para saborear la hierba recién cortada -collejas, cerrajas, gallinera, ballueca, vallico, aberenjana…- con el movimiento risueño de sus pequeños dientes; y el gallinero, ruidoso y alborotado, con los cantares de los gallos, las baladronadas ruidosas de los pavos y el cacareo exultante de las gallinas que anunciaba la puesta. Y al otro lado, la cuadra donde residían burras y mulos, que se preparaban para su penosa labor con el pesebre lleno de paja crujiente, o de pastura o de “ingüerto” de paja y alfalfa, o de algarrobas en una cantidad moderada, rodeados de una atmósfera cálida y acogedora, que se extendía al pajar colindante de donde bajaba el olor pastoso y denso de la paja que, como si te acunara, invitaba al sueño y a la siesta.
   El patio era nuestro pequeño mundo, una mínima parte del locus amoenus que lo rodeaba, de donde llegaban los sones del campo y de la sierra, con el ruido de los carros, el tintinear de las esquilas del ganado o el pío pío variopinto y armonioso de los pájaros; y los olores de la flor del almendro, de la hierba húmeda, de los campos abonados con estiércol, de las crujientes mieses de la era. Y todo en él era natural y armonioso, con la convivencia de personas y animales, de olores y sabores contrapuestos, pero que en definitiva no eran más que la expresión del ciclo de la vida, siempre vivo, desde el estiércol que nutre la tierra al sabroso alimento que contribuirá, en la cadena sin fin, a producirlo. 
   Pero tú te fuiste a la ciudad para prosperar y allí estudiaste una carrera, y fuiste profesor o maestro, empresario, médico o promotor inmobiliario, y adquiriste una buena posición. Y pasados los años quisiste volver, y lo hiciste como los indianos que regresaban de hacer las Américas, con el deseo de ostentar tu buena vida y asombrar a los indígenas del lugar, tus antiguos convecinos o sus herederos. Te compraste un buen solar, de tres mil metros, y allí edificaste de forma ilegal -que luego se paga una multa y no pasa nada- una mansión de dos plantas con numerosas habitaciones, un torreón estudio y un sótano con garaje y bodega. Y la rodeaste de un amplio jardín, provisto de césped natural, con cenadores y muebles de ratán y poblado con enanos, elfos, náyades, tortugas, ranas, patos y aguilones de piedra artificial en torno a la piscina y al estanque, para que se notara tu gusto por el arte; y lo remataste con terrazas colgantes y escaleras de mármol con recias barandillas de mazacote blanco; lo has iluminado con más de cuarenta apliques, lámparas, fluorescentes y farolas; y lo has cercado de una formidable valla de forja erizada de remates puntiagudos, adornada con adherencias de latón dorado y rematada por un ancho portalón con videoportero y apertura automática. Y todo cubierto de unas llamativas pantallas de tirajos verdes que protejen la privacidad, al tiempo que sugieren el lujo del conjunto.
   Allí celebras, ya se sabe, fiestas de postín, a las que asiste quizá el alcalde y algunos concejales, promotores inmobiliarios, maestros y algún taxista, junto a otros fuerzas vivas de la ciudad que, mientras dan cuenta de las sabrosas viandas de la barbacoa, muestran su admiración por el lujo de detalles del palacio y el buen gusto de sus dueños.
   Pero como el diablo todo lo enreda para hacer que la felicidad nunca sea completa, te das cuenta de que hay un detalle terrible que no dominas: un invisible y sigiloso enemigo que asalta sin compasión los fuertes y fronteras de la mansión y se instalará en tu casa sin que tú puedas impedirlo ni deshacerte de él. Es la pestilencia y el hedor. Ya no son los olores naturales de la tierra que reflejan los distintos ciclos de la naturaleza y dan cuenta de las actividades de la fauna y la flora, sino el tufo acre del gasóleo de los tractores y los vapores agresivos de herbicidas, insecticidas y fertilizantes, que emana de la tierra como una amenaza cercana y constante.
   Pero lo realmente intolerable es el hedor de los corrales, y especialmente cebaderos de cerdos, que, como un enemigo invisible ataca a todas horas y desde los cuatro puntos cardinales con oleadas de intensidad y matices variados, venidas del establo cercano o desde instalaciones alejadas varios quilómetros, en un asedio incesante que Quevedo describiría como “sombra del sol y tósigo del viento”. Su causa es un estiércol maléfico, resultado de una alimentación intensiva de los animales en que lo natural se mezcla con lo químico y que se acumula y fermenta en balsas, charcas y derramadores al aire libre. A este generador inacabable de hedores, con una ironía cruel, se le denomina con el nombre inmaculado de purines. Tomen nota de la broma pesada.
   El hedor acaricia los patios, placetas y jardines de las casas humildes y de las elevadas mansiones, penetra en las habitaciones y cocinas, impregna ropas y ajuares, es invitado omnipresente en reuniones, comidas y banquetes. Y el que está sometido a esta dictadura del mal olor quisiera abominar de la ocurrencia de Italo Calvino de que “el mundo es la nariz, todo está en la nariz”. Y, como los protagonistas de algún cuento de Virgilio Piñera, quisiéramos arrancárnoslas para no sentir este tufo que nos atosiga –oh olorosas boñigas de las vacas, dulces cagajones de los cerdos, delicadas cagarrutas de cabras y ovejas que poblaban establos, campos y caminos de nuestra infancia-. Y a ti, hijo pródigo vuelto a sus antiguos lares, te parece que los tufos y hedores que se describen en El perfume de Patrick Süskind como “algo inconcebible para el hombre moderno” –“Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina… Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba igual bajo los puentes y en los palacios”- son una broma comparados con la sofisticación de estas pestes atosigantes que emanan de estercoleros con una capacidad, no sólo odorífica, sino letal, no fácil de describir.
   Pero veamos el comportamiento de los acosados por este enemigo invisible: en un principio protestaban, exigían a la administración que legislara sobre esta materia, denunciaban a instalaciones concretas y, en definitiva, mostraban una actitud combativa, que no sirvió para nada: se desarrolló alguna legislación, se hicieron normas y ordenanzas, se indicó que se perseguiría a los cebaderos ilegales y se exigiría el cuidado y el reciclado de los purines. Pero todo fue una mentira: se siguen construyendo instalaciones monumentales, con licencia o sin ella, que no se sabe lo que es peor, en zonas pobladas; se legalizan cientos y miles de explotaciones sin exigir que cumplan con un mínimo de de requisitos medioambientales. De manera que instalaciones que llevan más de cincuenta años torturando con sus hedores -sirva de ejemplo la ubicada en Purias, en el cruce del camino de Malvaloca con la carretera de Águilas, que alegra la vida a los vecinos y a los usuarios de la gasolinera cercana, aunque ustedes pueden añadir muchos más-, se mantienen sin ninguna medida de seguridad y sin que se pueda actuar contra ellas.
   Ante este imposible, resulta curiosa la actitud que ahora adoptan los afectados: ya no se quejan, sino que disimulan, dando la impresión de que el problema no existe, de que no se huele: celebran veladas nocturnas al aire libre, degustan sus comidas y cenas en la placeta o en jardín y refrescan sus casas con puertas y ventanas abiertas, siempre atosigados por una pestilencia que fingen no percibir; y encima publicitan la calidad de vida y el aire puro que se disfrutan en el campo. Por eso, a algunos no nos cabe duda de la capacidad de adaptación del género humano, que en un tiempo pasado se quejaba de las incomodidades del campo y denostaba sus efluvios naturales, y ahora bendice otros mucho peores, como si se tratara de refinadas fragancias y perfumes.
   Por eso creo que tú y yo estaremos de acuerdo en que a todos estos que disimulan y a las autoridades que miran para otros lado para no “oler” el problemas, convendría llevarlos de excursión a una balsa o aljibe de purines y aconsejarles que se asomaran allí y aspiraran sus efluvios. Y después que lo contaran, si acaso habían sobrevivido. No sé si te parece buena idea.