martes, 6 de diciembre de 2011

ACADEMIA DE LA LENGUA

17. Vocablos hinchados                                                                            
17 noviembre 2011

Hablar no es una tarea sencilla. Por eso, a algunos nos cuesta tanto, y otros que no se esfuerzan hablan mal. Pero el hablante tiene sus trucos para hacer más asequibles las cosas del decir. Y aunque no venga muy a cuento diré que uno de ellos es el callar –“Al buen callar llaman Sancho”- porque ya nos dijo Diógenes, hombre pobre pero rico en sabiduría, que “tenemos dos orejas y una sola lengua para que oigamos más y hablemos menos”; o en su defecto, el hablar de forma cuidadosa porque –palabra de Alejandro Dumas (padre)- “por muy bien que uno hable, si habla en demasía acabará diciendo alguna necedad”.
   Veamos en qué consisten algunas estratagemas concretas que aligeran las asperezas del hablar. Siguiendo el precepto de Cicerón de que “la concisión es el mayor mérito de la palabra hablada”, existe una ley no escrita que los hablantes inteligentes, sean muy cultos o analfabetos, tienden a aplicar, aun a riesgo de caer en la prevaricación y el vulgarismo. Se trata del principio de la economía del esfuerzo, del afán de simplificación en aras de la sencillez y la claridad, o, sencillamente, para salir con bien del compromiso de lidiar con el lenguaje en la tarea ímproba del expresarse. Esta tendencia al mínimo esfuerzo tiene mil manifestaciones, algunas muy originales y expresivas y otras un tanto mostrencas. Así surgen los modismos, las frases hechas, los clisés, que consisten en aplicar la misma receta expresiva a situaciones iguales o parecidas, e incluso muy diferentes, si las ganas o las capacidades del inventor son pocas. Sirvan de muestra “poner palos en las ruedas” o “marear la perdiz”, dos perlas del habla rústica degradadas y esterilizadas por el uso que de sus imágenes hacen sin ton ni son hablantes vulgares, aunque pretenciosos, como los gañanes de la política. Y también las frases inacabadas, las reticencias, las manifestaciones gestuales que sustituyen a los vocablos, etc.
   Este fenómeno domina también en el léxico: las palabras tienden a reducirse, a encogerse por un principio general, el de la ganancia que supone la brevedad –“más valen quintaesencias que fárragos”, decía Gracián-, que se concreta en numerosas finalidades expresivas que van desde la necesidad de eliminar dificultades articulatorias (otorrino[laringólogo]), a lo que se añade la poda afectiva de palabras largas y de mucho uso tal que cine(matógrafo), peli(cula), tele(visión) o bici(cleta) e hipocorísticos como (Fran)Cisco o Satur(nino), hasta llegar a la abreviación de términos que, además de largos, al hablante vulgar le parecen pretenciosos, como los que con mucho éxito redujeron Natividad, que quedó en Navidad, o masticar, que vino a ser mascar.
   Estas reducciones “económicas” son el fundamento de numerosísimas transformaciones históricas de vocablos que en un principio se consideraron como fenómenos vulgares que los desviaban de la norma culta: perdieron por aféresis elementos iniciales (emérita > Mérida) o por síncopa se deshicieron de fonemas interiores (collocare > colgar, recitare > rezar) o por apócope perdieron su parte final como rete > red.
   Pero, fuera de tanto preámbulo, de lo que queríamos hablar es de lo inaudito: de las pretensiones de alargar los vocablos, con el consiguiente esfuerzo articulatorio y, en general, expresivo, sin visos de ganar en eficacia y agilidad comunicativa, sino todo lo contrario. Como señala el profesor Aurelio Arteta, experto en la crítica de algunos de estos vicios; es “como si nos empináramos sobre algunos de estos hinchados vocablos para ganar estatura, como si la pobreza de conceptos se compensara mediante la exuberancia de los términos”.
   Esta hinchazón verbal tiene dos manifestaciones esenciales, coincidentes en el afán por estirar y engrosar la forma de las palabras, pero debidas a pretensiones y a circunstancias muy diferentes. Una de ellas son los incrementos vulgares, que en la mayoría de los casos son fruto del desconocimiento de la lengua y no tienen ninguna justificación, al no añadir ni un solo matiz significativo e ir en contra del principio de abreviación que caracteriza al habla popular. Así, son numerosos los casos de epéntesis, con una clara prevalencia del prefijo a-, desprovisto de significación y convertido en un postizo vacío que se aplica a voces tradicionales (afijarse, aciprés, aluego, arrascarse, asentarse) o a términos modernos que designan a elementos nuevos (afoto, amoto, arradio,). Incluso algunas cuentan con un doble incremento, como las formadas sobre el verbo juntar, que cuentan además con un pedigrí acreditado por la historia o el manejo actual: ajuntar, puesto ya en boca de Mio Cid cuando en la dolorosa despedida de su familia, camino del destierro, llora desconsoladamente por la incertidumbre del reencuentro –“Dios sabe el ajuntar”-, mientras que la versión actual, aún más incrementada, arrejuntar(se), describe con un guiño humorístico o despectivo la relación no legalizada de una pareja de hecho.
   Las formadas por el prefijo des-, como desagerado, descotado o desaminar, son ultracorrecciones con que se adornan los analfabetos con pretensiones, por semejanza con otros términos que sí llevan de manera adecuada esta prótesis como desacreditar o desaconsejar. Y la lista puede engrosarse con emprestar, emponderar, entodavía o estijeras.
   Estos alargamientos vulgares incluyen también la epéntesis, con la introducción de fonemas en medio de la palabra, desde el antiguo ansí a los que designan realidades actuales como aereopuerto o plantaforma, sin olvidar disgresión, enritar, mencha, muncho o toballa , junto a otras más extendidas pero que llaman menos la atención como expléndido o inflacción.
   Los incrementos también acrecientan las palabras por detrás con añadidos como los arcaicos asín y asina, los falsos plurales rodapiés y taxis y las ultracorrecciones tan celebradas de bacalado, Bilbado o gruda.
   El segundo tipo de vocablos engordados lo constituyen los llamados archisílabos, que utilizan las sectas analfabeticultas de altos funcionarios mediocres, periodistas pretenciosos, gañanes de la política o profesores desertores del arado para designar operaciones o procesos abstractos con los que pretenden dar un tono solemne y erudito a sus peroratas y “repalandorias”, con la intención de asombrar, si no de asustar, a sus sufridos receptores con una ruidosa parafernalia de palabras interminables que, en opinión de Chesterton, “nos pasan zumbando como los trenes largos”; y, sobre todo, distanciarnos y confundirnos con un discurso vacío en que los sones rimbombantes encubren la desolación de la nada mediante “términos hinchados y con los que buscamos hincharnos”, según dice el profesor Arteta.
   Sin duda estos “habladores de diluvios” que no escampan ni de día ni de noche -Quevedo dixit- desconocen el mandato de George Orwell que exhorta a que no se use una palabra larga donde se puede utilizar una corta. Y así, en vez de concretar, concretizan, y no por confusión sino por confusionismo, porque prefieren el secretismo al secreto, desprecian el contar para elegir la contabilización, aunque para ellos no existe la duración sino la durabilidad y piensan que no todo el mundo tiene accesibilidad a su jerga basada en un posicionamiento que no necesita contrastación; y más si está implementada en un interminable sumatorio, que no suma, y en un recopilatorio, y no recopilación, que nos lleva –valgan estos dos archisilabismos de mi propia cosecha- al hastiamiento y a la aburrimentación. Y mientras tanto, habrá que recomendarles una analítica de su capacidad de sintetización y de abreviamiento, a ver si solucionan su problemática.