miércoles, 28 de septiembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

4. Desnudos de paredes                                                           
 11 junio 2011

Retirado en la paz de estos desiertos de Aguaderas, me viene a la memoria una de las fantasías de La hora de todos donde cuenta Quevedo cómo una casa “piedra por piedra y ladrillo por ladrillo se empezó a deshacer”, de manera que, finalmente, su dueño quedó “desnudo de paredes y huérfano de edificio”. Y así han quedado muchos habitantes de Lorca, que en un mal sueño de una tarde malhadada de primavera han perdido su casa o su negocio, y todo aquello que más querían. Porque no sólo se les han ido los tejados, y las ventanas, y las celosías, y la sala de estar, y el comedor, y la alcoba, y el cuarto de los niños, y el aparador, y los cuadros del salón, y las fotos amarillas del recuerdo, sino que se les han marchitado y se les han marchado para siempre los sudores y los sueños de toda una vida, la ilusión y el trabajo acumulado año a año, que se han esfumado para no volver.
   Podríamos culpar de este soplo maldito al más allá porque, como dice el propio Quevedo, las cosas pasan “cuando le place al del ojo grande, sin que necesite poner mojones de aviso ni llamar con campanillas”; podríamos achacarlo a la aceleración del seísmo, a las características arenosas del terreno y a muchos otros elementos de distinta naturaleza, por separado o todos juntos. Pero dejemos también que los vecinos de La Viña y de otros lugares de la ciudad puedan pensar que la codicia, la hidropesía del dinero, el afán de hacer negocio, aunque sea a costa de la seguridad de la gente, también hayan tenido parte en el suceso. Y dejemos que sientan que la catástrofe no necesariamente pudo ser fruto del azar y de una conjunción de circunstancias fatales, al comprobar cómo la fuerza telúrica, ciega y justiciera como la implacable diosa Fortuna, ha desnudado algunos edificios dejando en cueros las dimensiones, densidad, resistencia y calidad de pilares -los largos y, sobre todo, los cortos-, jácenas, vigas, redondos y demás elementos de hormigón y ferralla, como un daguerrotipo que retratara en primer plano las vergüenzas de su estructura y los despropósitos de los que, no hace tanto, los proyectaron, construyeron o supervisaron.
   Y déjenme  a mí que concluya con el antedicho Quevedo: “Hay soplos que matan lo que no mata un terremoto”. Y los que pudieron ser concausa de estos soplos haciendo mal las cosas, procuremos que con su pan se lo coman y allá se lo hayan; pero que en adelante no sea con el que les pudieran haber quitado a los que padecen el dolor de la desgracia. Así no tendremos que creer en la filosofía nihilista de Sartre, quien afirmaba que “el mundo podría existir sin la literatura, e incluso mejor sin el hombre”.
   P.D. El dueño de la casa del relato de Quevedo era un ladrón que quedó “desnudo de paredes y huérfano de edificio” porque los elementos constructivos y ornamentales de la mansión que había levantado robando a unos y otros, de una manera prodigiosa se fueron arrancando de su sitio parar ir a restituirse a sus dueños. Ni que decir tiene que en nuestra ciudad los habitantes de las casas no son los ladrones, sino los despojados y las víctimas. De los demás hablaremos otro día.
NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

3. Ceguera eléctrica                                                                    
8 mayo 2011

El Ayuntamiento de Lorca tiene problemas con la luz. Y en buena parte son debidos a que desde hace tiempo el gobierno municipal –éste y los anteriores- se ha entregado a un despilfarro ciego de millones de euros que alegremente se gastan en iluminar caminos, veredas y trochas de la huerta y del campo, sin pararse a pensar seriamente en su grado de necesidad. Si usted mira desde arriba el valle del Guadalentín, observará decenas y decenas de “serpientes” luminosas con centenares y miles de puntos de luz que se entrecruzan y se enredan en una malla sin fin. Pero si va por los caminos de la huerta, verá un entramado de postes, cables y transformadores en unos caminos, que no son necesariamente los principales, sino los del personaje o grupo que en algún momento goza de contactos con “las alturas”; y en otros, montañas de materiales y de operarios que se afanan en tejer la red luminosa hasta el infinito, sin comprobar si estas obras son imprescindibles, sin reparar en gastos, con una iluminación de más de 12 horas, sin ninguna restricción, ni siquiera de madrugada, sin entretenerse a evaluar los efectos negativos de esta agresión lumínica, muchas veces innecesaria; porque últimamente no se ha visto por allí, de noche, a ningún transeúnte que circule sin iluminación propia. Y es que en aras de una supuesta mejor calidad de vida, ha funcionado muy bien la demagogia de las fiestas con arroz y pavo y la iluminación a la carta, creando una falsa sensación de progreso y opulencia –véanse las casas de campo con 10, 20 o 40 puntos exteriores de luz-, que demuestra que no hemos asimilado bien el paso de la era del candil a la de la posmodernidad, cuando en las sociedades avanzadas -por ejemplo, Alemania y los países nórdicos-, que están ya de vuelta de esta fiebre, la graduación de la intensidad lumínica y los programas de ahorro energético son el principio del progreso y del bienestar, para hoy y, sobre todo, para mañana. Pero nosotros seguiremos, como siempre, sin demasiadas luces, pero con mucha luz. Eso, si no nos la cortan -la luz, claro.

martes, 20 de septiembre de 2011

LEY DE EXTRANJERÍA

2. Extraña dedicación                                                                  
5 mayo 2011


Pero no tomemos el rábano por las hojas y vayamos al principio: desde mi más tierna infancia yo ya tenía decidido mi futuro. Cuando los otros niños se postulaban como médicos, bomberos o guindillas, ya me había propuesto ser extranjero en mi patria. Con harta extrañeza de mis progenitores, en cuyas mientes no cabía tan inédita dedicación. Este exilio interior me permitiría ver el mundo cercano desde la misma perspectiva extrañada y distante que aplicaría un sueco, un chino o un aborigen de la Guinea Papúa. Y los primeros pasos de mi infancia y mocedad por la urbe lorquina vinieron a confirmar las condiciones inmejorables para tan extraño oficio: entre mis colegas de estudio, yo era el único aborigen de una pedanía lejana frente a la condición urbanita de los demás, y era el único hijo de de campesino frente a los descendientes de tenderos, de empleados, de guardias civiles, de carpinteros, e incluso de notarios y de médicos, sin olvidar los de señoritos, condición, y no ocupación, entonces muy propia de nuestra tierra. Mis diversiones también eran poco normales: yo vivía las disparatadas hazañas de los héroes del cinematógrafo a través del relato atropellado de los compañeros en la clase de dibujo o de las dramatizaciones de las carreras de cuadrigas o de las refriegas en los saloones del lejano Far-West que se hacían en el patio durante el recreo. Además de comer pan de campo, cosa que dejaba a la vista mi pedrigrí rústico, nunca pertenecí a la OJE, por lo que no podía asistir a sus centros recreativos ni acudir a los campamentos de verano ni modelar mi conducta en el reflejo ejemplar de flechas, pelayos y jefes de centuria, ni aprender la filosofía última de la vida en los fuegos de campamento.
   Este pedigrí contra corriente me convenció de que la disyuntiva entre apocalípticos e integrados que por entonces formulaba un tal Humberto Eco no iba conmigo: yo nunca podría ser hombre ilustrado, ni abandonar la cría de cerdos para hacerme promotor inmobiliario, ni ser alcalde progresista ni presidente de una asociación para la recuperación de la memoria histórica, ni mucho menos director de la empresa municipal de la limpieza.
   Lo mío era la extranjería, el exilio interior: para ello sólo era necesario distanciarse y elevarse un poco, más allá de los cabecicos de Velillas, de las colinas de Cabezas Gordas, de la Peña del Aguila, del Barranco de la Láguena y de las cimas de la Mercejea para proyectar desde el más allá una mirada distante, pero asombrada, sobre el territorio. Y sin duda contaba con antecedentes literarios de enjundia, como el Magistral de la novela de Clarín que contemplaba la ciudad de Oviedo desde la torre de la catedral como si fuera su presa o el estrafalario extraterrestre que, de la mano de Eduardo Mendoza, vino a recorrer las calles de Barcelona. Pero yo iré un poco más allá: como el filósofo Anaxágoras, llegaré a la enajenación total colocando mi entendimiento agente en los cuernos de la luna para, desde allí, contemplar con cierta distancia los eventos que acaecen en la rúa. La de ustedes y la mía.
LEY DE EXTRANJERÍA

1. Los árboles y el bosque                                                                        
  1 mayo 2011


Cómo no abrir un repertorio de artículos de tanta enjundia con una cita de Ortega y (también) Gasset: “La realidad cósmica es tal, que solo puede ser vista desde una determinada perspectiva”. Y con la cita que el maestro filósofo trae, a su vez, de dos adagios populares europeos que insisten en la dificultad de ver lo que hay más allá de la apariencia: “La altura de las casas nos impide ver la ciudad” y “Los árboles no dejan ver el bosque”.
   Sin embargo, el distanciamiento nos permite traspasar la muralla de las apariencias en el intento de comprender lo que hay en nuestra circunstancia, para resaltar lo extraordinario o anormal en aquello en que estamos inmersos y que, por tanto, nos parece ordinario y normal. Se trata de adoptar “una perspectiva distinta de aquella en la que estamos instalados”, en palabras del profesor Baquero, una visión nueva y diferente de la que nos ofrece nuestra condición de indígenas inmersos en un mundo de ideas y costumbres que, por habituales, nos resultan sabidas y normales.
   En definitiva, se trata, oh prodigio, de convertirse en un ser diferente de los del mundo que uno ve y juzga: un animal, como los perros del Coloquio cervantino; un diablillo semejante al Cojuelo de Vélez de Guevara, que se entretenía levantando el “pastelón” de los tejados de Madrid para curiosear lo que ocurría debajo; un gigante o un liliputiense, como lo fue el trasformista Gulliver; pero también un visitante de una civilización lejana, utilísimo para resaltar lo chocante de las ideas y costumbres de los mismos que ven en él un bicho raro y exótico: el ingenuo y buen salvaje de Voltaire que observó y padeció con mirada asombrada las ideas y las costumbres de los refinados salones de la moda parisién; o aquellos corresponsales extranjeros escandalizados de las costumbres europeas, como el iraní de las Cartas persas de Montesquieu, o nuestros vecinos los magrebíes –entonces moros-  Ben Gazel y Ben Beley de las Cartas marruecas de Cadalso; o un ser de otro planeta, tal que Le Petit Prince de Saint-Exupery.
   Pero a mí mi propio nacimiento y carácter me ofrecerán otra variedad de extrañamiento: la del extranjero en su patria, el individuo que contempla la sociedad en que vive desde su periferia geográfica y mental, lo que provoca el asombro, la incomprensión o la ira ante unos comportamientos que no entiende o no quiere comprender. Desde los márgenes de las colinas de Aguaderas, me esforzaré por retratar el paisaje y el paisanaje del campo, la huerta y la ciudad tal como se ve desde allí, aspiraré los olores y sabores que por aquí y por allí se respiran y gustan, interpretaré las voces y rumores que llegan a mis oídos y buscaré el tacto y el contacto con la vida diaria, con un sentimiento de enajenación y distancia que ofrezca la perspectiva distinta, novedosa y a veces irritante del indígena que, pese a serlo, ve como un extranjero las cosas de su patria.
   Y una confesión final: mi meta es emular a Hildy Johnson, reportero del Chicago Examiner. Y para eso escribo. Palabra de Willy Wilder.