martes, 6 de diciembre de 2011

ACADEMIA DE LA LENGUA

17. Vocablos hinchados                                                                            
17 noviembre 2011

Hablar no es una tarea sencilla. Por eso, a algunos nos cuesta tanto, y otros que no se esfuerzan hablan mal. Pero el hablante tiene sus trucos para hacer más asequibles las cosas del decir. Y aunque no venga muy a cuento diré que uno de ellos es el callar –“Al buen callar llaman Sancho”- porque ya nos dijo Diógenes, hombre pobre pero rico en sabiduría, que “tenemos dos orejas y una sola lengua para que oigamos más y hablemos menos”; o en su defecto, el hablar de forma cuidadosa porque –palabra de Alejandro Dumas (padre)- “por muy bien que uno hable, si habla en demasía acabará diciendo alguna necedad”.
   Veamos en qué consisten algunas estratagemas concretas que aligeran las asperezas del hablar. Siguiendo el precepto de Cicerón de que “la concisión es el mayor mérito de la palabra hablada”, existe una ley no escrita que los hablantes inteligentes, sean muy cultos o analfabetos, tienden a aplicar, aun a riesgo de caer en la prevaricación y el vulgarismo. Se trata del principio de la economía del esfuerzo, del afán de simplificación en aras de la sencillez y la claridad, o, sencillamente, para salir con bien del compromiso de lidiar con el lenguaje en la tarea ímproba del expresarse. Esta tendencia al mínimo esfuerzo tiene mil manifestaciones, algunas muy originales y expresivas y otras un tanto mostrencas. Así surgen los modismos, las frases hechas, los clisés, que consisten en aplicar la misma receta expresiva a situaciones iguales o parecidas, e incluso muy diferentes, si las ganas o las capacidades del inventor son pocas. Sirvan de muestra “poner palos en las ruedas” o “marear la perdiz”, dos perlas del habla rústica degradadas y esterilizadas por el uso que de sus imágenes hacen sin ton ni son hablantes vulgares, aunque pretenciosos, como los gañanes de la política. Y también las frases inacabadas, las reticencias, las manifestaciones gestuales que sustituyen a los vocablos, etc.
   Este fenómeno domina también en el léxico: las palabras tienden a reducirse, a encogerse por un principio general, el de la ganancia que supone la brevedad –“más valen quintaesencias que fárragos”, decía Gracián-, que se concreta en numerosas finalidades expresivas que van desde la necesidad de eliminar dificultades articulatorias (otorrino[laringólogo]), a lo que se añade la poda afectiva de palabras largas y de mucho uso tal que cine(matógrafo), peli(cula), tele(visión) o bici(cleta) e hipocorísticos como (Fran)Cisco o Satur(nino), hasta llegar a la abreviación de términos que, además de largos, al hablante vulgar le parecen pretenciosos, como los que con mucho éxito redujeron Natividad, que quedó en Navidad, o masticar, que vino a ser mascar.
   Estas reducciones “económicas” son el fundamento de numerosísimas transformaciones históricas de vocablos que en un principio se consideraron como fenómenos vulgares que los desviaban de la norma culta: perdieron por aféresis elementos iniciales (emérita > Mérida) o por síncopa se deshicieron de fonemas interiores (collocare > colgar, recitare > rezar) o por apócope perdieron su parte final como rete > red.
   Pero, fuera de tanto preámbulo, de lo que queríamos hablar es de lo inaudito: de las pretensiones de alargar los vocablos, con el consiguiente esfuerzo articulatorio y, en general, expresivo, sin visos de ganar en eficacia y agilidad comunicativa, sino todo lo contrario. Como señala el profesor Aurelio Arteta, experto en la crítica de algunos de estos vicios; es “como si nos empináramos sobre algunos de estos hinchados vocablos para ganar estatura, como si la pobreza de conceptos se compensara mediante la exuberancia de los términos”.
   Esta hinchazón verbal tiene dos manifestaciones esenciales, coincidentes en el afán por estirar y engrosar la forma de las palabras, pero debidas a pretensiones y a circunstancias muy diferentes. Una de ellas son los incrementos vulgares, que en la mayoría de los casos son fruto del desconocimiento de la lengua y no tienen ninguna justificación, al no añadir ni un solo matiz significativo e ir en contra del principio de abreviación que caracteriza al habla popular. Así, son numerosos los casos de epéntesis, con una clara prevalencia del prefijo a-, desprovisto de significación y convertido en un postizo vacío que se aplica a voces tradicionales (afijarse, aciprés, aluego, arrascarse, asentarse) o a términos modernos que designan a elementos nuevos (afoto, amoto, arradio,). Incluso algunas cuentan con un doble incremento, como las formadas sobre el verbo juntar, que cuentan además con un pedigrí acreditado por la historia o el manejo actual: ajuntar, puesto ya en boca de Mio Cid cuando en la dolorosa despedida de su familia, camino del destierro, llora desconsoladamente por la incertidumbre del reencuentro –“Dios sabe el ajuntar”-, mientras que la versión actual, aún más incrementada, arrejuntar(se), describe con un guiño humorístico o despectivo la relación no legalizada de una pareja de hecho.
   Las formadas por el prefijo des-, como desagerado, descotado o desaminar, son ultracorrecciones con que se adornan los analfabetos con pretensiones, por semejanza con otros términos que sí llevan de manera adecuada esta prótesis como desacreditar o desaconsejar. Y la lista puede engrosarse con emprestar, emponderar, entodavía o estijeras.
   Estos alargamientos vulgares incluyen también la epéntesis, con la introducción de fonemas en medio de la palabra, desde el antiguo ansí a los que designan realidades actuales como aereopuerto o plantaforma, sin olvidar disgresión, enritar, mencha, muncho o toballa , junto a otras más extendidas pero que llaman menos la atención como expléndido o inflacción.
   Los incrementos también acrecientan las palabras por detrás con añadidos como los arcaicos asín y asina, los falsos plurales rodapiés y taxis y las ultracorrecciones tan celebradas de bacalado, Bilbado o gruda.
   El segundo tipo de vocablos engordados lo constituyen los llamados archisílabos, que utilizan las sectas analfabeticultas de altos funcionarios mediocres, periodistas pretenciosos, gañanes de la política o profesores desertores del arado para designar operaciones o procesos abstractos con los que pretenden dar un tono solemne y erudito a sus peroratas y “repalandorias”, con la intención de asombrar, si no de asustar, a sus sufridos receptores con una ruidosa parafernalia de palabras interminables que, en opinión de Chesterton, “nos pasan zumbando como los trenes largos”; y, sobre todo, distanciarnos y confundirnos con un discurso vacío en que los sones rimbombantes encubren la desolación de la nada mediante “términos hinchados y con los que buscamos hincharnos”, según dice el profesor Arteta.
   Sin duda estos “habladores de diluvios” que no escampan ni de día ni de noche -Quevedo dixit- desconocen el mandato de George Orwell que exhorta a que no se use una palabra larga donde se puede utilizar una corta. Y así, en vez de concretar, concretizan, y no por confusión sino por confusionismo, porque prefieren el secretismo al secreto, desprecian el contar para elegir la contabilización, aunque para ellos no existe la duración sino la durabilidad y piensan que no todo el mundo tiene accesibilidad a su jerga basada en un posicionamiento que no necesita contrastación; y más si está implementada en un interminable sumatorio, que no suma, y en un recopilatorio, y no recopilación, que nos lleva –valgan estos dos archisilabismos de mi propia cosecha- al hastiamiento y a la aburrimentación. Y mientras tanto, habrá que recomendarles una analítica de su capacidad de sintetización y de abreviamiento, a ver si solucionan su problemática.

domingo, 4 de diciembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

16. Olores y hedores                                                                             
15 noviembre 2011

Tú no necesitas recurrir a la utopía del mundo feliz que aprendiste con el mito de la Edad  de Oro en Ovidio, ni al bucolismo poético de las Geórgicas de Virgilio, ni tomar partido por la aldea frente a la corte como proponía fray Antonio de Guevara. A ti te basta con recordar el lejano solar de tu infancia y sus olores: te entra por todos los sentidos aquel amplio patio, llamado parador, de tu casa en Aguaderas, y notas la sensación del agua fresca del aljibe que salía borboteante del cubo, y las delicias del horno que aboca al patio su contenido de mil olores, que empezaban con los agrestes de las bojas, tomillos y romeros que servían de yesca para encenderlo y el aroma de las leñas de olivo o de almendro casi recién cortadas, y luego las delicias acariciadoras del pan bien hecho, de las llandas de empanada, de torta de chicharrones o de pimiento molido –esta, dulce, naturalmente, para combinar con el chocolate o con la gustosa longaniza o el oloroso morcón hecho de la misma masa-. Y en el poyo, en los peldaños de la escalera que subía a la cámara o en cualquier rincón, la vista y el perfume de macetas innumerables que extendían sus olores de galanes y fresarias, jazmines y donpedros, calas y siemprevivas, lirios y alhelíes, de la mañana a la noche.
   Y allí dentro estaban también las porchás y el corral que acogía al ganado de ovejas, de donde emanaban los olores variados de las ramas de tala de olivo, de las hojas de pala o de piteras cortadas en pequeños trozos o de la corteza seca de almendra con que en invierno se alimentaba, además del olor a lana sucia y mojada y a cagarruta lisa y redondita; y, a los lados, en unos reducidos cuchitriles habitaban los cerdos negros y chatos que se alimentaban con el sabroso berbajo hecho de harina y agua o con el amasijo de harina entreverada de variantes de alfalfa o verde, y de allí venía el olor y el calor de sus mullidas camas de paja; y sobre ellos las conejeras, de cuyas madrigueras surgía una temerosa tropa para saborear la hierba recién cortada -collejas, cerrajas, gallinera, ballueca, vallico, aberenjana…- con el movimiento risueño de sus pequeños dientes; y el gallinero, ruidoso y alborotado, con los cantares de los gallos, las baladronadas ruidosas de los pavos y el cacareo exultante de las gallinas que anunciaba la puesta. Y al otro lado, la cuadra donde residían burras y mulos, que se preparaban para su penosa labor con el pesebre lleno de paja crujiente, o de pastura o de “ingüerto” de paja y alfalfa, o de algarrobas en una cantidad moderada, rodeados de una atmósfera cálida y acogedora, que se extendía al pajar colindante de donde bajaba el olor pastoso y denso de la paja que, como si te acunara, invitaba al sueño y a la siesta.
   El patio era nuestro pequeño mundo, una mínima parte del locus amoenus que lo rodeaba, de donde llegaban los sones del campo y de la sierra, con el ruido de los carros, el tintinear de las esquilas del ganado o el pío pío variopinto y armonioso de los pájaros; y los olores de la flor del almendro, de la hierba húmeda, de los campos abonados con estiércol, de las crujientes mieses de la era. Y todo en él era natural y armonioso, con la convivencia de personas y animales, de olores y sabores contrapuestos, pero que en definitiva no eran más que la expresión del ciclo de la vida, siempre vivo, desde el estiércol que nutre la tierra al sabroso alimento que contribuirá, en la cadena sin fin, a producirlo. 
   Pero tú te fuiste a la ciudad para prosperar y allí estudiaste una carrera, y fuiste profesor o maestro, empresario, médico o promotor inmobiliario, y adquiriste una buena posición. Y pasados los años quisiste volver, y lo hiciste como los indianos que regresaban de hacer las Américas, con el deseo de ostentar tu buena vida y asombrar a los indígenas del lugar, tus antiguos convecinos o sus herederos. Te compraste un buen solar, de tres mil metros, y allí edificaste de forma ilegal -que luego se paga una multa y no pasa nada- una mansión de dos plantas con numerosas habitaciones, un torreón estudio y un sótano con garaje y bodega. Y la rodeaste de un amplio jardín, provisto de césped natural, con cenadores y muebles de ratán y poblado con enanos, elfos, náyades, tortugas, ranas, patos y aguilones de piedra artificial en torno a la piscina y al estanque, para que se notara tu gusto por el arte; y lo remataste con terrazas colgantes y escaleras de mármol con recias barandillas de mazacote blanco; lo has iluminado con más de cuarenta apliques, lámparas, fluorescentes y farolas; y lo has cercado de una formidable valla de forja erizada de remates puntiagudos, adornada con adherencias de latón dorado y rematada por un ancho portalón con videoportero y apertura automática. Y todo cubierto de unas llamativas pantallas de tirajos verdes que protejen la privacidad, al tiempo que sugieren el lujo del conjunto.
   Allí celebras, ya se sabe, fiestas de postín, a las que asiste quizá el alcalde y algunos concejales, promotores inmobiliarios, maestros y algún taxista, junto a otros fuerzas vivas de la ciudad que, mientras dan cuenta de las sabrosas viandas de la barbacoa, muestran su admiración por el lujo de detalles del palacio y el buen gusto de sus dueños.
   Pero como el diablo todo lo enreda para hacer que la felicidad nunca sea completa, te das cuenta de que hay un detalle terrible que no dominas: un invisible y sigiloso enemigo que asalta sin compasión los fuertes y fronteras de la mansión y se instalará en tu casa sin que tú puedas impedirlo ni deshacerte de él. Es la pestilencia y el hedor. Ya no son los olores naturales de la tierra que reflejan los distintos ciclos de la naturaleza y dan cuenta de las actividades de la fauna y la flora, sino el tufo acre del gasóleo de los tractores y los vapores agresivos de herbicidas, insecticidas y fertilizantes, que emana de la tierra como una amenaza cercana y constante.
   Pero lo realmente intolerable es el hedor de los corrales, y especialmente cebaderos de cerdos, que, como un enemigo invisible ataca a todas horas y desde los cuatro puntos cardinales con oleadas de intensidad y matices variados, venidas del establo cercano o desde instalaciones alejadas varios quilómetros, en un asedio incesante que Quevedo describiría como “sombra del sol y tósigo del viento”. Su causa es un estiércol maléfico, resultado de una alimentación intensiva de los animales en que lo natural se mezcla con lo químico y que se acumula y fermenta en balsas, charcas y derramadores al aire libre. A este generador inacabable de hedores, con una ironía cruel, se le denomina con el nombre inmaculado de purines. Tomen nota de la broma pesada.
   El hedor acaricia los patios, placetas y jardines de las casas humildes y de las elevadas mansiones, penetra en las habitaciones y cocinas, impregna ropas y ajuares, es invitado omnipresente en reuniones, comidas y banquetes. Y el que está sometido a esta dictadura del mal olor quisiera abominar de la ocurrencia de Italo Calvino de que “el mundo es la nariz, todo está en la nariz”. Y, como los protagonistas de algún cuento de Virgilio Piñera, quisiéramos arrancárnoslas para no sentir este tufo que nos atosiga –oh olorosas boñigas de las vacas, dulces cagajones de los cerdos, delicadas cagarrutas de cabras y ovejas que poblaban establos, campos y caminos de nuestra infancia-. Y a ti, hijo pródigo vuelto a sus antiguos lares, te parece que los tufos y hedores que se describen en El perfume de Patrick Süskind como “algo inconcebible para el hombre moderno” –“Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina… Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba igual bajo los puentes y en los palacios”- son una broma comparados con la sofisticación de estas pestes atosigantes que emanan de estercoleros con una capacidad, no sólo odorífica, sino letal, no fácil de describir.
   Pero veamos el comportamiento de los acosados por este enemigo invisible: en un principio protestaban, exigían a la administración que legislara sobre esta materia, denunciaban a instalaciones concretas y, en definitiva, mostraban una actitud combativa, que no sirvió para nada: se desarrolló alguna legislación, se hicieron normas y ordenanzas, se indicó que se perseguiría a los cebaderos ilegales y se exigiría el cuidado y el reciclado de los purines. Pero todo fue una mentira: se siguen construyendo instalaciones monumentales, con licencia o sin ella, que no se sabe lo que es peor, en zonas pobladas; se legalizan cientos y miles de explotaciones sin exigir que cumplan con un mínimo de de requisitos medioambientales. De manera que instalaciones que llevan más de cincuenta años torturando con sus hedores -sirva de ejemplo la ubicada en Purias, en el cruce del camino de Malvaloca con la carretera de Águilas, que alegra la vida a los vecinos y a los usuarios de la gasolinera cercana, aunque ustedes pueden añadir muchos más-, se mantienen sin ninguna medida de seguridad y sin que se pueda actuar contra ellas.
   Ante este imposible, resulta curiosa la actitud que ahora adoptan los afectados: ya no se quejan, sino que disimulan, dando la impresión de que el problema no existe, de que no se huele: celebran veladas nocturnas al aire libre, degustan sus comidas y cenas en la placeta o en jardín y refrescan sus casas con puertas y ventanas abiertas, siempre atosigados por una pestilencia que fingen no percibir; y encima publicitan la calidad de vida y el aire puro que se disfrutan en el campo. Por eso, a algunos no nos cabe duda de la capacidad de adaptación del género humano, que en un tiempo pasado se quejaba de las incomodidades del campo y denostaba sus efluvios naturales, y ahora bendice otros mucho peores, como si se tratara de refinadas fragancias y perfumes.
   Por eso creo que tú y yo estaremos de acuerdo en que a todos estos que disimulan y a las autoridades que miran para otros lado para no “oler” el problemas, convendría llevarlos de excursión a una balsa o aljibe de purines y aconsejarles que se asomaran allí y aspiraran sus efluvios. Y después que lo contaran, si acaso habían sobrevivido. No sé si te parece buena idea.

viernes, 2 de diciembre de 2011

ACADEMIA DE LA LENGUA

15. Palabras con alma                                                                                                   
11 noviembre 2011

Antes del diluvio del laicismo zapateril, los buenos cristianos creíamos que la persona humana, llamada entonces “hombre”, se componía de cuerpo y de alma, elementos ambos transformables y cambiantes: un cuerpo corruptible que crece para luego degenerar y envejecer hasta la pudrición final de las postrimerías; mientras que el alma, con entendimiento, podía elegir el camino de perfección que la llevara a la pureza y la salvación o la senda del pecado y del mal que la entregaría a las penas del infierno, de manos de Satanás.
    Pues bien, el lenguaje y las palabras, como creación humana también tienen esa doble vertiente: la externa, la morfológica, la puramente física, que varía y se transforma con añadidos, amputaciones y confusiones de fonemas; y el significado, la representación conceptual de la realidad, como una especie de espíritu que también cambia, se transforma e incluso muere, en un continuo devenir. Pero como ocurría con el alma y el cuerpo, ambas caras de los vocablos no siempre sufren una evolución paralela. Y para demostrarlo, veamos algunos términos del habla lorquina que, habiendo sufrido un proceso de degeneración vulgar en su fonética y morfología, sin embargo han modificado su contenido semántico con un sentido nuevo y, a veces, muy expresivo.
   Ardil es una deformación vulgar de ardid, término que significa, artificio, estratagema, treta; de la misma raíz que el antiguo ardido, atrevido, esforzado, animoso, que dio lugar al epíteto épico ardida lanza con que se pondera el heroísmo de los caballeros en el Poema de Mio Cid. Pero el término vulgar usado en la comarca de Lorca se refiere a la diligencia, rapidez y celo con que se hacen las cosas, usado frecuentemente de forma ponderativa con tono exclamativo –“¡Qué ardil!”- o reforzado con un plural hiperbólico –“¡Vaya unos ardiles!”-, y de él deriva el adjetivo menos usado ardiloso, -a, con que se elogia a una persona.
   La forma de comportarse y los estados de ánimo constituyen el carácter de una persona, ingredientes que muchas veces se reflejan físicamente en el rostro, gestos y ademanes, hasta el punto de que en el teatro se suelen llamar caracteres a los personajes, porque sus figuras representan la forma de ser del enamorado, el celoso, el traidor, el santo, etc. Pues bien, el término lorquino caralte, deformación de carácter, lleva al extremo el reflejo físico de la psicología de una persona, ya que aúna el carácter y la cara, mediante la imagen, generalmente negativa, que de la forma de ser de esa persona refleja su gesto y, en general, su figura: “¡Qué mal caralte trae!” “No se me olvida su carlte!”” ¡Vaya un caralte!”.
   Clisarse es una aféresis o abreviación vulgar de eclipsarse, término del español cuidado derivado de eclipse (del lat. eclipsis), que significa literalmente “oscurecimiento de un astro por la interposición de otro”, pero que pronto adquirió el significado imaginario de evadirse, ausentarse, desaparecer. Sin embargo, el sentido metafóricio de la acepción murciana - “adormecerse”, “quedarse dormitando un tiempo breve”- aunaría la imagen astronómica con la del cerrar transitoriamente los ojos, llamados clisos en caló: si los ojos son como astros o soles cuando están abiertos, al ocultarse total o parcialmente por el cierre de los párpados, serían como la imagen de dos astros más o menos ocultos transitoriamente. Y de ahí la evocadora estampa que sugieren el quedarse clisado o el estar clisado.
   Cuando no primaba lo políticamente correcto y nadie pensaba en leyes de igualdad, una madre podía castigar a su hijo con un clujío o amedrentarlo con darle “una pasá de clujíos”. Y no crean ustedes que  trataba de cargarle los oídos con los ruidos desagradables que evoca la voz onomatopéyica crujido, sino de que el niño, mediante el azote, experimentara en sus propias carnes los golpes causantes de ese crujir o clujir, según indica el significado de esta voz vulgar de las tierras murcianas. Aunque en vez de clujío, podía dársele un vastugazo o amenazarle con molerlo a vastugazos”, dados naturalmente con el vastugo, vastuga o vastugica, aclimatación local del término vástago, con el que se designa el renuevo o rama tierna de un árbol –almendro, granado o, preferente olivo, por ser más flexible y pegadizo-, que podía utilizarse como flagelo dolorosísimo para caballerías y otros animales, e incluso para las personas.
   Si tenemos claro que interpretar es “comprender y aclarar ideas o hechos que se pueden entender de distinto modo”, nos asombraremos por el uso del verbo intrepetar, que en estas tierras, además del cambio vulgar del orden de los fonemas, llamado técnicamente metátesis, ha sufrido una transformación tan sorprendente de su significado que lo lleva a los antípodas del originario: viene a significar ”confundir(se)”, “equivocar(se)”, utilizado como transitivo –“Buen hombre, usted me ha intrepetao porque yo no soy esa”- o reflexivo –“Seguro que no es eso; usted se ha intrepetao”-, con lo que el testigo neutral quedará también “intrepetao” ante las veleidades y caprichos a que están sometidas las delicadas herramientas de la expresión.
   Vincular determinados asuntos o personas ya se sabe que es hacerlos depender unos de otros. Pero envincular, además del refuerzo inicial, sufre una modificación que la lleva a significar “ocupar un espacio o recipiente con algo generalmente innecesario o molesto”, de manera que la cocina puede estar envinculada con tanto cacharro o los cestos pueden envincularse con frutas en mal estado.
   Leyendo el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán uno se entera de que “todo está revuelto, todo apriesa, todo marañado”. Porque marañar significa “enredar los asuntos o las cosas”; pero en mi tierra marañar es un verbo de uso recíproco que indica que dos o más personas han tenido una discusión que ha entorpecido o roto su relación. En definitiva, que han reñido o se han peleado.
   Usted sabe muy bien que la palabra olfato se refiere al sentido con que percibimos los olores; pero si usted pasea por algún paraje de Aguaderas y oye el término fato, fácilmente concluirá que se trata de una abreviación del antedicho olfato, pero seguramente no caerá en la cuenta de la metonimia radical que en su significado se ha producido, porque ya no designa el sentido de la percepción olfativa sino una parte muy específica de lo que se puede percibir con él: el mal olor, la peste, que de una manera “fatídica” le llegará a usted de cebaderos, estercoleros e incluso de personas que cuidan poco su higiene. Y así acabará usted entendiendo expresiones tan rotundas como “Vaya un fato que echa!” o “Viene de allí un fato insoportable”.
   Estas palabras, y otras muchas, reflejaron el pensar y el sentir de mucha gente, que les dio vida, las reformó y deformó y las hizo decir lo que quería que dijeran. Luego las modas y las normas fueron por otro lado, y ellas han quedado ahí, en el olvido, como testimonio de una época en que el hablar era una creación de cada comunidad, sin el uniformismo gris que la globalización de las comunicaciones ha producido, con la repetición de clichés pobres de un hablar amorfo y sin alma, de poco sentido. Oigamos sus sones, aunque apenas entendamos lo que nos dicen: abonico, aglariao, acrespillao, burufalla, cerengue, chisclo, embijar, enfollinarse, enrevejío, ereza, esfarate, estruciante, fullirse, margarite, repitajo, remor, revirao, rilá, rolde, tentaruja, trespajazo, ventregá, visaje

jueves, 1 de diciembre de 2011

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

14. Campos de plástico                                                                                                 
7 noviembre 2011

Aunque no estábamos allí, el día que se inventaron los plásticos todos creímos que se iniciaba una nueva era para la humanidad, y comenzamos una interminable carrera de sustitución de objetos elaborados con los más diversos materiales por otros más ligeros y manejables fabricados con el nuevo hallazgo. Portear alimentos y otros materiales, ligeros o pesados, se hizo tarea cotidiana en bolsas y sacos de plástico, mientras se abandonaban las bolsas tradicionales, así como las talegas, cabeceras, barjas, morrales, zurrones y costales, ya fueran de papel, tela, esparto o yute. Así, nos estábamos convirtiendo en lo que luego se llamó “agentes de bolsa”, que acopian en dichos contenedores otros muchos recipientes, bandejas, fuentes o platos en que se envuelven carnes, pescados, quesos, salazones, o se embotellan aguas, vinos y refrescos, o se embalan electrodomésticos, cacerolas, zapatos o preservativos, en un interminable juego de cajas chinas, en las que envolturas de plásticos, abundantes y prolijas, abultan mucho más que la minucia de producto que a veces envuelven. Todo ello sin contar con el menaje del hogar, las piezas de automóviles y aviones y un etcétera interminable difícil de enumerar.
   Nuestros propios bolsos, bolsillos y faltriqueras pasaron a ser de plástico. Y, por si faltara algo, el contenido de estos bolsos y monederos se transmutó como por arte de alquimia en acreditaciones y en dinero de plástico que lo identificaban a uno y lo hacían cliente de un banco, pagano de un comercio o afiliado a una asociación de defensa canina. Pero nosotros éramos felices mientras hacíamos nuestra la sentencia de Andy Warhold: “Todo es plástico, pero amo el plástico. Quiero ser plástico”.
   Aunque muy pronto comprobamos cómo el material de todos estos recipientes y envoltorios, tocado por una vida dilatada de cientos de años, rayana en la inmortalidad, no se regenera ni desaparece, sino que comienza a invadir como una marea incontenible cajones, altillos, desvanes y trasteros con objetos inútiles y liotes que guardan no se sabe qué; y salimos a la calle y vimos sus esqueletos arrastrados por las ráfagas de viento, arrumbados en los rincones o saludándonos enganchados en vallas, alambradas y tendidos eléctricos, como testigos nerviosos y restallantes de una aventura que, en aras de la modernidad, podría ir ahogando poco a poco nuestra vida. Y nuestra vista nos iba delatando cómo los arcenes de las carreteras andaban sembrados de los cadáveres incorruptos de una inacabable turba de botes, botellas y envases varios así como de variopinta cantidad de bolsas y envolturas; y asistimos a las pesquerías de plásticos en ríos y mares, con el afán de acabar con esta fauna inerte que, lejos de disminuir, prolifera y se multiplica en una cadena sin fin. Y entonces empezamos a dudar de la elegancia del nuevo material y a rechazar de forma despectiva aquello que, a nuestro parecer, sabía a plástico.
   Pero a mí, como cronista agropecuario, me interesa sobre todo un uso y abuso del plástico que me toca muy de cerca, aunque en definitiva nos afecta a todos. Todo el mundo conoce las inmensas extensiones de invernaderos y de túneles de cultivo que pueblan casi en exclusiva determinadas zonas de España –véase el ejemplo paradigmático del suroeste de Almería-, campos de cultivo que se extienden también por la costa murciana y por algunos parajes del valle del Guadalentín, con su aspecto desolado, hosco e incluso agresivo, en que los plásticos no encuentran más compañía que postes, tirantes de acero, entramados de alambre y vallas de todo tipo; y los montones de desechos se acumulan acá y allá, en la orilla de los caminos y en los ribazos de ramblas y barrancos.
   Sin embargo, aun nos deben asustar más los cultivos de plástico a cielo abierto. Si usted pasea este seco otoño por parajes del campo de Lorca como los llanos de la Balsica, las estribaciones de Cabezas Gordas o de los cabecicos de Vellillas, las lomas del Hinojar, los antiguos saladares de la rambla Biznaga o la pedanías de Purias o el Esparragal, se verá envuelto en una atmósfera casi infernal: múltiples remolinos, tolvaneras y nubes enormes de polvo marrón que brotan de aquí y de allá cubriéndolo todo de una calima seca y atosigante. Son los tractores que roturan la tierra reseca con aperos sofisticados y, dirigidos por rayos laser, traillan y aplanan los bancales al milímetro. Y luego otros van extendiendo anchas franjas de plástico negro de gran resistencia que al mismo tiempo cubren, entre otra enorme polvareda, de una leve película de tierra que las mantendrá pegadas al suelo. Son los llamados cultivos acolchados, mediante los que la superficie de plástico que cubre la tierra sin fisuras, guarda la humedad y el tempero que alimentará a las plantas previamente clavadas con una plantadora manual o automática.
   Todo muy organizado; todo muy tecnificado; pero se trata de un proceso perverso en que el cultivo que crea la riqueza, va maltratando y empobreciendo la tierra de una manera irreversible. Dejemos aparte la fertilización y los tratamientos fitosanitarios con abonos químicos, herbicidas  e insecticidas de todas clases y vayamos a los efectos del plástico: una vez recolectados los cultivos, los enormes tractores, armados de  fresadoras, retovatores, discos y otros ingenios demoledores van removiendo la tierra y remoliendo todo lo que hay en ella: los restos de las plantas y el plástico que las protegía. El material sintético queda dividido en múltiples pedazos que se incorporan a la tierra, y así una cosecha tras otra, hasta tres al año, de manera que pasado el tiempo el suelo estará sembrado de estos restos, que formarán sobre ella festones y oropeles de plástico y por debajo la rellenarán como si se tratara de un colchón de la crujiente perfolla del maíz, convirtiéndola en una superficie degradada y estéril, además de peligrosa para los propios productos cultivados. Y esto no durará ni un año ni dos: tendrían que pasar siglos para regenerarla; aunque esto también será imposible, porque el cultivo y la explotación inmisericorde seguirá, alejando así toda ilusión de mejora.
   De esta manera, los defensores de la tierra y de su explotación comedida y razonable, así como los amantes de la naturaleza y el paisaje tendrán que batirse en retirada. La visión virgiliana del campo sembrado de pacientes bueyes que surcan la tierra y la consideración poética del terruño -“¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!”, como diría Rosalía de Castro- hace ya algún tiempo que ha cedido el paso a las ambiciones de rey Midas de los explotadores que tratan de convertir a todo trance en ganancia y en dinero el suelo que cultivan. Aunque en su propia ambición llevan el castigo, ya que todo lo que tocan se va convirtiendo en plástico que fluye, no por río de la leyenda mídica, sino que se arrastra por los márgenes de caminos, barrancos y ramblas y ocupa y ahoga toda la tierra, amenazando con cubrir de la odiosa materia el propio cuerpo de los que la manejan, como al mentado rey se le endurecieron y doraron los cabellos que peinaba.
   Luego, algún poeta elegíaco cantará a “Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado”. Y todo quedará en nada, como el tiempo que se va para no volver.