sábado, 1 de diciembre de 2012


LA FERIA DEL MUNDO

38. Así es, si así os parece                                                                  

Cuenta la leyenda que los escitas, cuando sufrían una derrota o una catástrofe, considerándose libres de toda culpa, lanzaban sus dardos contra el cielo como causante de su desgracia. Nada se cuenta de lo que ocurría con esas flechas cuando, acabado su impulso, se daban la vuelta y caían con celeridad y violencia a la tierra; pero a mí no me cabe duda de que algunos de estos guerreros serían víctimas propicias de sus propias saetas como castigo a su irresponsabilidad y osadía.
   La anécdota legendaria refuerza la tesis de algunos, entre los que me encuentro, de que en nuestro mundo moderno nos estamos volviendo todos un tanto escitas, o al menos nos esforzamos por parecerlo. Desaparecidas las barreras de la moral y de la ética, que establecían unos límites más o menos precisos entre lo bueno y lo malo, entre lo admisible y lo inadmisible, lo que obligaba a actuar rectamente, a ser responsables de nuestros actos y a asumir la culpa de comportamientos torcidos o dañinos, resulta que empezamos a mezclar con demasiada frecuencia lo verdadero y lo falso, lo recto y lo torcido. Eso nos lleva a la confusión y al engaño, como les ocurría a los que en la Gran Plaza de la Apariencia, según cuenta Gracián,  se dejaban embaucar por un charlatán que hacía pasar un torpe burro por el águila de Júpiter, símbolo del poder y la sabiduría; idea que también recoge el discurso desgarrado del viejo tango porteño, que ya en 1934 sentenciaba que “en el siglo XX, cambalache, problemático y febril”, “es lo mismo un burro que un gran profesor”, para añadir que, suprimido el escalafón, ”los inmorales nos han igualao”·
   Pero aún nos faltaba mucho por ver. Llegado el siglo XXI, parece que el mundo se ha puesto al revés, pues se ha despejado la confusión que equiparaba a torpes y sabios, íntegros y corruptos, buenos y malintencionados, para dejar clara la inversión radical de los valores: se desprecia la verdad, la honestidad y el bien y donde ayer estaban los que practicaban estas virtudes hoy se aposentan los que las ignoran o las niegan, y quienes antes eran denostados y descalificados, hoy triunfan y son admirados, defendidos o votados por aquellos mismos a los que maltratan y oprimen.
   Si usted se da un garbeo por la casa de las mejores y peores familias, verá que bastantes padres ya no dictan normas ni reprimen ni se esfuerzan por enderezar las tiernas varas de la niñez y la juventud de sus hijos, sino que muchos de estos hijos desprecian, sojuzgan y humillan a sus progenitores con sus comportamientos atrabiliarios, caprichosos o agresivos que convierten en criados y siervos a los que les hacen la cama, les limpian, les dan de comer, les esperan en vilo de noche y de madrugada y los mantienen como tiranuelos felices hasta los cuarenta años, sin oficio ni beneficio, abasteciéndolos de dineros que alimentan su rebeldía de pacotilla, además de diversiones y caprichos.
   Si nos paseamos por las aulas de un centro de enseñanza, veremos que el alumno que estudia y actúa con respeto y responsabilidad, corre el riesgo de sufrir la marginación, el escarnio y el acoso de pequeños matones que alardean de su inutilidad y presumen de conocer todas las prerrogativas de su impunidad. Y verá usted a muchos padres que dictan los criterios académicos, que reprueban la autoridad del profesor poniendo por encima de todo la felicidad, la holgazanería y la indisciplina del niñato, que se convierte en juez y parte de una causa en que el aprendizaje y la buena educación hace tiempo que fueron condenados.
   Y pásese usted por cualquier ciudad, villa o aldea, o por los predios de cualquier taifa autonómica, y verá lo nunca visto: cómo proliferan los gobernantes desvergonzados, inmorales y corruptos que engañan a sus gobernados y abusan de ellos; pero comprobarán que la corrupción ya no es un mal moral ni un delito de carácter individual, cometido por pocos y reprobado por todos, sino una enfermedad social que hace que quien prevarica, se enriquece y se apropia del bien común sea homenajeado, vitoreado, ensalzado y, aún más, votado a sabiendas por la multitud compuesta de aquellos a quienes burla y expolia, en una perversión de la res pública jamás vista ni oída.
   Vaya usted al Madrid Arena, ahora desgraciadamente de moda, y compruebe cómo ningún padre critica el comportamiento festivo de sus hijos, que actuaron con el atrevimiento irresponsable y el cerrilismo de la horda, cegados por el instinto irracional, amén de otras sustancias, mientras sus padres cerraban los ojos, desentendidos o impotentes ante las costumbres bárbaras que entre padres e hijos, entre unos y otros, han fomentado.
   Y sorpréndase usted de que en una riña, el agresor acuse a su víctima de ser la culpable de todo y puede que termine acuchillándola para castigar su atrevimiento. Y alucine sabiendo cómo el arrollado por el tren acusa al convoy de no haberle avisado de la ocupación de la vía, y cómo el vulgar ladrón que da el tirón en la calle y el honorable mandatario que roba y expolia con su guante blanco los Casinos, el Palau de la Música o los centenares de millones para fomento del empleo de la Comunidad europea, no sólo se declaran inocentes sino que acusan de ladrones al resto de los españoles. Y sufra cómo los menores advierten a los mayores que aguantan sus tropelías de que no entorpezcan ni agredan su impunidad.
   Y, finalmente, háganse cruces de que los representantes del pueblo no sólo no sientan reparo por sus comportamientos indignos que los convierten en un peligro para sus representados, y vean que van más allá, acusando a los que les dan de comer con su voto de no entenderlos; y todo ello mientras van pensando en vivir toda la vida sin una profesión conocida, en conseguir una jubilación propia del rey Midas, y de momento en subirse el sueldo, recibir coche oficial y dietas por asistencia, además de aceptar comisiones nada claras. Y todo eso, María Santísima, sin olvidarse de pedir un nuevo Ipad, que el otro se lo han robado. Y en eso estamos, que si los escitas levantarán la cabeza para mirar al cielo y el tanguista argentino pudiera glosar todo esto, unos y otro se llenarían de espanto viendo que lo suyo eran niñerías comparado con esto.

viernes, 2 de noviembre de 2012


NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

37. Apoteosis de la taberna y la terraza                                             

Si a usted le dicen que vivimos un tiempo de penuria y de crisis, un pequeño garbeo por la ciudad le bastará para desmentirlo. Verá usted un enorme bullicio en las calles llenas de gente, un runrún de conversaciones y hasta un griterío exaltado que no es signo precisamente de apocamiento y de tristeza. Si a usted le dicen que en la ciudad asolada por el terremoto y las inundaciones, apenas hay trabajo, que los parados se cuentan por miles y que los comercios de ropa e incluso de comestibles cierran por decenas, llegará usted a la conclusión de que la ciudad alegre y confiada ha encontrado un remedio infalible para combatir estas manifestaciones de la crisis o, al menos, para disimularlas. Viendo dónde van y de dónde vienen tales multitudes sabrá usted que ese milagro es la proliferación de bares y tabernas y de sus espacios colaterales, las terrazas.
   Quizá los lorquinos, sabios y cultos donde los haya, aunque no den muestras de ello, han decidido aplicarse a sí mismos el aforismo latino que dice que “cuando estamos en la taberna, no nos preocupamos de la tumba” -y quien dice tumba, dice paro, estrecheces económicas y apuros cotidianos- y han llegado a la misma conclusión que Hobbes cuando afirmaba que “el ocio es la madre de la filosofía”. E incluso es posible que hayan alcanzado la perfección del estado de bienestar y de la calidad de vida, siguiendo la pauta de Theophile Gautier, quien propugnaba que “la ocupación más propia del hombre civilizado es la de no hacer nada”.
   Y una prueba de esta marea lúdica, que entretiene a los ciudadanos en la despreocupada y agradable tarea del asueto y la conversación es la apertura de decenas de nuevos bares, tabernas, taperías y mesones, tanto en el centro como en los barrios periféricos. Y sobre todo el ataque imparable de las terrazas, que avanzan como una marabunta rumorosa y vocinglera por aceras, esquinas, rincones, pasajes, plazas y placetas, e incluso ocupan la calzada con plataformas y tarimas que desafían al tráfico rodado, con toda una parafernalia de mesas, sillas, sillones y poltronas, de lámparas y veladores, de toldos y sombrillas descomunales, de televisores de más de cuarenta pulgadas colgados en postes y farolas, de ventiladores, humificadores y estufas de formas y tamaños variopintos, con marquesinas de dimensiones giganteas, que entorpecen el tránsito de viandantes e incluso de vehículos en una proceso de ocupación de la res publica que no parece tener fin. Y todo eso sin hablar de aquellas terrazas y chiringuitos adornados de un toque chill out.
   Y entonces usted, cuando vea ciudadanos respetables, dignos padres y madres de familia, señoras de pedigrí, jóvenes, janglones y ancianos que ocupan gran parte de sus días y de sus noches, ya sea de buena mañana, a mediodía, por la tarde o de madrugada, trátese de domingos, fines de semana o fiestas de guardar, e incluso lunes o miércoles, en tomar desayunos, aperitivos, comidas, cafés, meriendas, cenas y copas variadas, instalados en medio del jolgorio de la terraza, llegarán, como yo, a la conclusión epicúrea de que los lorquinos tenemos como pauta que “debemos buscar a alguien con quien comer y beber, antes que buscar qué comer y qué beber, pues comer o beber solo es llevar la vida de un león o un lobo”. Y cuando veamos a nuestros familiares, amigos, vecinos y conocidos invernar o veranear en la terraza, vegetando en ella entre voces, alboroto y jolgorio, sin levantar el campamento hasta las dos de la madrugada, aunque sea martes, veremos que en ellos se personifica el dicho popular de que “al trabajo no llego porque estoy cojo, pero voy a la taberna poquito a poco”. Y entonces usted y yo llegaremos a la conclusión de que el buen español retratado por Larra, que deja sus negocios siempre para mañana y que “se pasa haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando las siete y las ocho horas seguidas”, lo tenemos reencarnado y multiplicado delante de nosotros, sentado o despatarrado en la terraza, con su desayuno, su aperitivo, su café o su buena cena, rodeado de amigos, amigotes y amigachos que compiten con él únicamente en ser el producto genuino de la taberna y la terraza, ruidoso y vociferador, que arregla el mundo con el rumor de su pico mientras molesta y atosiga al vecindario, al tiempo que cierra los ojos ante lo que de verdad le pasa. Eso al menos mientras duren los cuartos de las indemnizaciones del Consorcio. Y luego ya veremos.
   P:D.: Por si es de su interés, le diré que le escribo estas ocurrencias sentado, como siempre, en mi terraza favorita; y espero que usted, para no desentonar, las lea bien apoltronado en la suya. Que esta vida son cuatro días y lo cortés no quita lo valiente.

domingo, 2 de septiembre de 2012

LA FERIA DEL MUNDO

35. Elogio del energúmeno                                                                  

No es que yo quiera emular al caballero Tristram Shandy, quien contó su vida desde antes de su nacimiento; pero sí voy a decir que en el vientre de mi madre yo ya tenía decidido mi futuro: quería ser energúmeno, aunque como me ocurre con tantas cosas, me entraba la duda de si tal especie nace o se hace. Naturalmente, si el energúmeno es un individuo poseído por el demonio, como le viene de tradición desde la antigua Grecia, parece que es necesario que lo que va a ser poseído exista previamente; aunque tampoco sería atrevido que la posesión le viniera de natura, adquirida ex ovo, como un bien que se tiene de nacencia.
   Si el poeta Nicanor Parra, experto en la materia, afirma que “el energúmeno es un sujeto contradictorio, rebosante de vida, en conflicto permanente con los demás y consigo mismo”, conviene que lo manifieste ab initio, provocando ya de entrada un parto doloroso, con aplicación de fórceps, cesárea y otros procedimientos agresivos para la madre, que dejaran ya marcado ese carácter levantisco y rebelde del energúmeno neonato, que luego se prolongará en berreas, estropicios y toda clase de tropelías en la infancia, que Quevedo caracterizó como “lágrimas y caca”, “viruelas, baba y moco”. Y ahí tenemos ya al pequeño energúmeno convertido en el rey de la casa, frenético y alborotado, que es centro de todas las reuniones, dicta lo que se ha de hacer, opina de todo a gritos y no deja decir nada, reprende y recrimina la conducta de sus padres y mayores ya sea a voces destempladas, recurriendo a la fuerza física o metiendo miedo con amenazas o chantajes, desde la enumeración de los derechos del niño hasta el recurso al teléfono del menor.
   Pero donde el energúmeno aprende de verdad y perfecciona sus virtudes es en la escuela, hasta graduarse en las mejores artes y ciencias del energumenismo: alborotar en clase, responder y escarnecer a maestros y mayores, vocear y blasfemar a grito pelado por aulas pasillos y patios, romper picaportes, patear puertas, inundar o arrancar sanitarios, incendiar el ascensor y ser tan amigo de lo ajeno como de lo propio; pero vociferando siempre su inocencia, enfrentándose al director y al jefe de estudios, solicitando la ayuda del departamento de orientación y del consabido equipo de psicólogos, alegando persecuciones y manías de profesores, bedeles y administrativos; y siempre comprendido, alentado, exculpado y defendido por el AMPA, su graciosa madre y una cohorte interminable de abuelos, tíos y demás familia que alimentan su ego y lo hacen impermeable a la responsabilidad y enemigo de la autocrítica y la disculpa.
   Y con esto ya tenemos al energúmeno graduado para la vida adulta, dispuesto a agradar a admiradores como Gustave Flaubert, quien, en un rapto de sinceridad, confesaba: “Me gustan los tipos tajantes y energúmenos. Sin fanatismo no se hace nada grande”. Y ya no nos falta más que hacer su taxonomía, que bien nos puede permitir su clasificación en dos grandes especies: energúmenos incruentos y cruentos. Pero unos y otros, furiosos, alborotados, vehementes, iracundos, violentos y exaltados.
   Entre los energúmenos incruentos, que provocan inconvenientes, molestias y daños, pero que no dejan que la sangre llegue al río, están los habladores de diluvios, que se pasan el día y la noche granizando su prosa sobre familiares, amigos y desconocidos. Son los que en las tertulias hablan más y más fuerte que nadie, interrumpen a todos, tienen argumentos para defender o rebatir una cosa y la contraria, dan lecciones de todo y no quieren saber de nada y muelen a gritos a propios y extraños. Se abalanzan sobre el interlocutor, lo cogen de los hombros, lo agarran de la solapa o le desabotonan la camisa con una dialéctica táctil que soba al más pintado y dejaría desarmados a los más atrevidos habladores, de los que habla Lucas Gracián. De estos huyen, sin ningún éxito, sus presuntas víctimas como de nube de pedrisco, de manera que a su paso o llegada se van despoblando las tertulias de vecinos, las sombrillas y chiringuitos de la playa y toda clase de grupos o individuos que puedan quedar al alcance de su verbo.
   Pero más grave es el caso del energúmeno cruento, que en palabras de algún famoso predicador, “tiene llena de energúmenos la cabeza” y trata de imponerse con un fanatismo rabioso, fuera de toda razón. Es el que ridiculiza y calla a su mujer ante propios y extraños, el que echa la culpa a los demás de sus errores y dislates, el que agrede de palabra o de obra a quien le reconviene, el que defiende a sus criaturas aunque sean auténticos desalmados, el que en un accidente provocado por él echa la culpa a su víctima, al firme de la carretera o a la máquina del tren. Es ese que se queja de cualquier servicio, afea la conducta de quien le atiende, monta escándalos en la piscina o en el restaurante y declara culpables a los vecinos que le llaman la atención por alborotar, presentándose él, naturalmente, como la víctima. Envidia la situación de los demás aunque sea peor que la suya, se confiesa agobiado por los impuestos al tiempo que declarado evasor fiscal, atropella los principios de la convivencia mientras proclama sus virtudes como ciudadano. Y acabará asesinando a su mujer alegando que es suya, sacando una navaja o la escopeta para dirimir sus pleitos y tomando la justicia por su mano en caso de supuestos agravios. Y si no, presumiendo de hacerlo, como nuestro Lazarillo de Tormes, quien, ante los rumores evidentes del engaño de su mujer, amenazaba a sus propaladores diciendo que se mataría con ellos, lo que hacía que nadie le dijera nada.
   Pero el colmo de todo es que a mucha gente, visto de lejos, o de algo más cerca, le hace gracia el personaje y lo eleva a la condición de modelo social, como hombre desenvuelto y atrevido “que trata de tú a todo el mundo” (sic), que se hace a sí mismo rompiendo barreras y que triunfa contra viento y marea, sin darse cuenta de que la marea y el viento son los ciudadanos civilizados que, víctimas de su anticuado concepto del respeto y la consideración, son sacudidos y arrinconados por estos “tipos tajantes y energúmenos” que tanto gustaban a Flaubert.
   Y dicho todo esto, no sé si me quedan ganas de confirmarme como energúmeno profesional, según pensaba desde mis más remotos orígenes. De todas maneras, denme la razón siempre y digan siempre sí a todo lo que yo diga, porque “quien otra cosa dijere, yo me mataré con él”. Y así todo quedará claro.

miércoles, 1 de agosto de 2012

LA FERIA DEL MUNDO

34. Serpientes de verano (y de invierno)                                          

Viene de largo el que, llegado el verano, en tertulias, mentideros y demás reuniones de desocupados disminuyeran los contertulios y mucho más los protagonistas de noticias y habladurías, idos a los baños o de veraneo; y como consecuencia, languidecieran los temas de conversación, por lo que había que recurrir a asuntos mil veces tratados o, en su defecto, a temas nimios que en circunstancias normales merecerían el desprecio y el olvido. Y si la carencia se acentuaba, lo procedente era inventar sucesos llamativos por lo desmesurado o inusual. Ya se sabe: el fantasma que se había aparecido a más de un vecino pidiéndole tabaco o agua y, en algún caso extremo, la reparación del honor conyugal perdido; o la visita de un ovni, acreditada con los datos fidedignos de que había abducido o, por lo menos, hecho ciertas proposiciones deshonestas a algún conocido. Y si no había otra cosa mejor, la reaparición del monstruo del lago Nees o el hallazgo de un enorme esqueleto, por lo menos de dinosaurio, en los barros aluviales del pantano de Valdeinfierno. Ya se sabe: eran las serpientes de verano, que alimentaban la conversación, enriquecida con mil y un detalles que los tertulianos, sin cortarse un pelo, iban añadiendo sobre mojado, con la acreditación de su propia experiencia y la aportación de testimonios de primera mano de familiares y conocidos.
   Con el paso del tiempo, la serpiente de verano fue desbordando el ámbito familiar y doméstico de la tertulia, para alcanzar la categoría de subgénero periodístico, ubicado en cualquiera de las secciones del diario, desde las de interés humano a las de sociedad, nacional o internacional, que se convertían en comidilla para los lectores durante varios días, al tiempo que rellenaban generosamente las páginas escuálidas y faltas de verdaderas noticias. Así se iba desgranando la historia de la serpiente real o figurada: los detalles de su existencia, sus apariciones y avistamientos, sus cambios de camisa, los testimonios de avistadores y testigos, en un culebrón sin fin que lo mismo que iba creciendo durante días, finalmente se desinflaba e iba  pasando a segundo plano hasta extinguirse por ley natural o suplantada por una serpiente nueva y, por tanto, más atractiva.
   Sin embargo, desde hace un par de años, y sobre todo este verano, la visión intrascendente e incluso jocosa de la dichosa serpiente, que nos tenía entretenidos y descuidados, ha dado paso sin previo aviso a un ejército de serpientes, víboras, boas y ofidios de muy distinta naturaleza, tamaño y peligrosidad, que nos recuerdan, partiendo del lamentable suceso que le ocurrió a Adán debajo del manzano, que la serpiente, sea de verano o de invierno, es el símbolo de la perdición del género humano. Y los periódicos, noticiarios de la radio, telediarios y páginas de Internet se han poblado de un hervidero de ofidios que sisean, silban y se deslizan sinuosamente para asombro y terror de lectores, oyentes y espectadores, así como de familiares y amigos a los que estos ponen en antecedentes del peligro, y se convierten en motivo de discusión acalorada en calles, mercados y tertulias de reboticas y salones familiares. Y cada día corren las noticias que dan cuenta de que se prodigan sus apariciones y sus ataques, con ejemplares de mayor tamaño y peligrosidad, que dejan maltrechas a miles, e incluso millones, de víctimas, y atónitos y aterrorizados al resto de los mortales, ya sean funcionarios, pensionistas o gente común.
   Estas serpientes de verano, que amenazan con hacerse habituales en todas las estaciones del año, son de especies variadas y con una capacidad camaleónica de transformarse y mimetizarse de acuerdo con la situación, de manera que aparecen  en forma de primas de riesgo, de agencias de rating y, en general, de mercados; de diputados y senadores; de directivos y consejeros de bancos y cajas de ahorros; de rectores, decanos y coordinadores de la feliz gobernación de la universidad; de presidentes, consejeros, altos cargos, asesores y mesnadas de paniaguados y parientes abrevados en el pesebre autonómico; de magistrados y miembros de altas instituciones del estado; de dignatarios europeos; de alcaldes con su caterva de empleados públicos por la cara, amigos y recomendados, en una lista inacabable que amenaza cada día con ser más numerosa.
   Los desastres que provocan se van desgranando y se acumulan en una progresión sin fin, que no deja indemne a nadie, salvo a los de siempre: un día nos inoculan participaciones preferentes, y otro hipotecas basura, y después embargos y desahucios; y nos cortan y nos recortan por todas partes, sin tregua ni reposo, de manera que hoy desaparecen centenares de medicamentos y mañana miles de profesores, y pasado se evaporan los complementos salariales o se desvanece la paga de Navidad; y, en fin, se cierran ambulatorios y se entorna la puerta de residencias de la tercera edad, se restringen o se suprimen servicios, mientras se mantienen aeropuertos vacios, carreras universitarias despobladas, embajadas y televisiones de aldea, en una acción depredadora insaciable que, a costa de innumerables víctimas, va engordando la horrísona y reptante fauna que, lejos de disminuir, cree, y se hace cada vez más peligrosa y agresiva: mercados, primas de riesgo y agencias de rating; rajoys, montoros, diputados y senadores; dirigentes y consejeros bancarios; valcárceles, ballestas y demás vividores de la taifa autonómica; dívares y otros seguidores de Montesquieu, mérkeles, hollandes y draguis; jódares, cámaras, samperes y demás familia municipal, se eligen, se reproducen, se autonombran, se regeneran o se sustituyen unos a otros en un inacabable trajín que los rejuvenece y los refuerza, para desgracia de los que son devorados para satisfacer su insaciable hambre de poder y de dineros.
   Los medios de comunicación, olvidados ya de las inocentes e inofensivas serpientes de verano de antaño, dan cuenta fidedigna de las luchas despiadadas de estos depredadores al disputarse la carnaza y ofrecen el parte de desastres y de bajas que llueven sobre ciudadanos de a pie, emprendedores, autónomos, empleadas de hogar, funcionarios, hombres y mujeres, abuelos y niños, policías y militares sin graduación, campesinos e industriales, en una lista sin fin.
   Y mañana, más; hasta que los campos, y las calles, y los hospitales, y las escuelas, y las residencias de ancianos se conviertan en lugares inhóspitos y selváticos en que el hombre será un  lobo para el hombre, disfrazado de toda clase de sierpes, que ocuparán campos, villas y aldeas, como una interminable serpiente de verano con miles de cabezas, que nos observan, atentas y mortales, para elegirnos como su nueva presa. Y así, un día y otro, sin convicción ni esperanza.

domingo, 1 de julio de 2012

LA FERIA DEL MUNDO

32. Acoso digital                                                                                     

Lo tengo dicho, por activa y por pasiva: las costumbres no cambian; solo se transforman. No crean que es verdad aquel deseo de Lampedusa de que algo cambie para que todo siga igual. Lo cierto es que nada cambia: cuando una costumbre se degrada y se hace casposa y mostrenca, se enmascara y se adereza con unos ropajes llamativos que le dan apariencia de nueva y rompedora, aunque en el fondo todo siga siendo igual.
Para demostrarlo, me remitiré a un solo ejemplo, pero muy ilustrativo: la extendida y fea costumbre de maltratar gratuitamente a familiares, amigos y conocidos con la exhibición de testimonios gráficos de cualquier evento personal o familiar que, en principio, no debe interesar más que al propio interesado. Pues bien, tras una boda, bautizo, comunión o viaje, se abría la veda casera del safari fotográfico o videográfico, en el que la pieza por cobrar era el desprevenido espectador. Si la ingenua víctima padecía un encuentro casual con el cazador de marras o hacía una visita de cortesía al lugar de autos, caía, sin comérselo ni bebérselo, en las redes del exhibicionismo más cruel: retenido a la fuerza, tenía que celebrar una por una las fotos del grosísimo álbum de boda, bautizo o comunión, extraído de una considerable maleta de piel de cocodrilo; o tendría que “gozar” durante horas y horas de los testimonios gráficos del último viaje del maltratador a la Guinea Papúa o a Totana, que para los efectos es lo mismo, adobados con comentarios detallados y prolijos sobre las maravillas del paisaje y la idiosincrasia de los aborígenes del lugar.
En el caso de un anfitrión más moderno, el ritual se trasladaba a la pantalla digital, del ordenador o de la televisión de plasma, ante la que había que permanecer con la baba caída, asintiendo siempre, sin perder un detalle de las imágenes ni de las indicaciones, comentarios, sugerencias y preguntas de control del comentarista.
Sin embargo, las presuntas víctimas, llevadas de su encomiable espíritu de supervivencia, desarrollaron comportamientos y estrategias para rehuir tan dura prueba: caminaban por callejas apartadas, trochas y descampados ante el riesgo de un encuentro inesperado, excusaban durante una cuarentena de al menos seis meses la vista o la cercanía a la casa del perseguidor, se fingían ausentes ante una visita inesperada o una llamada telefónica o aducían dolamas y enfermedades de toda laya para no acudir a los reclamos del exhibicionista. Y así iban trampeando y defendiéndose, con la esperanza de que el paso del tiempo fuera curando los afanes comunicativos del interfecto.
Hete aquí que esta costumbre desconsiderada y abusiva parecía haber pasado de moda, haber cambiado; pero abandonad toda esperanza porque sólo se ha transformado para hacerse más atosigadora y letal. Ahora, el exhibidor presume de toda una parafernalia móvil con todos los adelantos, llamados aplicaciones, para atacar de forma inmisericorde a sus presuntas víctimas. Si está usted alegre y confiado en una tertulia de café, en una comida familiar, de paseo por las alamedas, e incluso en misa, puede ser atacado sin previo aviso, atosigado y finalmente vencido, por enemigos que de uno y otro costado le obligarán, quiera o no, al pase psicodélico de una o varias galerías de fotos, en tamaño mayor o menor, que el experto irá manipulando en el artefacto digital con amorosos toques de dedo o pellizquines sobre la pequeña pantalla del Samsung Galaxy o el Ipod o el Ipad, y usted tendrá que tener la cabeza metida en su regazo, en postura forzada y casi obscena, y al mismo tiempo levantar la vista para asentir a sus gestos e indicaciones e ir deslizando sonrisas y ditirambos acerca de las imágenes que van danzando por la pantalla, sean de iglesias del románico palentino o de iglús de Laponia, de la primera dentición del niño, de las pedorretas del abuelo o de antologías inacabables de nubes, paellas, carreras de sacos y otras lindezas capturadas en la red; cuando no se trate de un chiste gráfico, un concierto de silbidos orquestado con las orejas o cualquiera de los grandísimos eventos culturales que los internautas intercambian como si se tratara de un concierto de la Filarmónica de Berlin o un impagable discurso de Obama. Y siempre con la espada de Damocles del dedo acariciador y de los pellizquines a la pequeña pantalla, que podrían errar y posarse en, con perdón, semejante parte.
Por eso, los varones prudentes y discretísimos y las damas honestas y recatadas pasan la vida en vilo, en un continuo sinvivir, pendientes del ataque fotodigital imprevisto; y muchos de ellos ya no hablan ni pasean con amigos y no acuden a eventos culturales ni a reuniones familiares. Convertidos en modernos anacoretas y en verdaderos misántropos, ya no salen de casa, como un Salman Rushdie cualquiera. Y así llevan una vida tranquila y regalada, sin sobresaltos. Pero, amigo lector, nada más lejos de mi ánimo que inquietarte con mis avisos. Aunque no estaría mal que diga que acabo de adquirir un Samsung Galaxy de última generación. Llévalo en cuenta.

sábado, 2 de junio de 2012

ACADEMIA DE LA LENGUA

31. Retólicas del pudor y la disculpa                                                  

Muchas personas que se tienen por cultas y refinadas opinan de una manera atrevida e imprudente, que la gente común, poco letrada, adolece de un comportamiento rudo y grosero que, como ahora dicen, no se compadece con la educación y las buenas maneras. Opinión que, por cierto, desconoce o desprecia toda una retórica o, por ponernos en el medio del que hablamos, de una retólica de la cortesía y de la buena crianza que incluso resulta a veces un tanto excesiva, además de ingenua y bien intencionada, por lo que provoca la risa y la burla de esas personas ilustradas como ustedes que me leen, pero que a veces tampoco entienden lo que yo les digo, y no pasa nada.
El pudor y la disculpa los provocan diversos elementos, que merecen el respeto, si no el temor, del que habla: en primer lugar, los interlocutores, a quienes la cortesía obliga a pedir disculpas por todo aquello que pueda resultarles burdo o grosero, o simplemente inadecuado a sus ideas o condición; pero también la presencia de los alimentos y de la mesa que los representa, ante los cuales se debe obviar toda referencia a lo grosero o maloliente; y, además, los deudos ya desaparecidos, cuya simple mención exige la automática petición de indulgencia para su alma.
Y los referentes cuya mención ha de endulzarse con la imagen eufemística o la fórmula de disculpa son todos los relacionados con realidades sucias o nefandas de por sí, o consideradas socialmente como tales, incluidas naturalmente las referidas a órganos y funciones fisiológicas y sexuales. En torno a estas realidades se acumula un lenguaje formulario que pretende la excusa o la disculpa por su mención, considerada en el fondo necesaria, pero formalmente inconveniente y grosera.
Tres fórmulas, muy usadas hasta hace poco, trataban de pedir la benevolencia del destinatario, dejándolo como al margen de lo que se dice para que no se sienta cómplice de la mención impertinente: hablando conmigo solohablando conmigo mismo y hablando cortamente; fórmulismos retóricos que se emplean preferentemente cuando se hace referencia a los chinoshablando cortamente, que son los cerdos o guarros, vistos como paradigma de suciedad y de impresiones malolientes; retórica “gorrina” de la que ya se burlaba el narrador del Quijote al mencionar “una manada de puercos que, sin perdón, así se llaman”. Aunque este “autismo” excusatorio es aplicable también a otros referentes como el retrete, ya de por sí llamado eufemísticamente el excusado, y a lo que en él se hace, y a todo lo referido a ciertas partes del cuerpo.
Y es que la petición de perdón es la mejor manera de excusar la supuesta inconveniencia. Así, el sencillo con perdón, colocado inmediatamente después de la mención inadecuada –“Se le ve el culo, con perdón”, “Estaba enredado de mierda, con perdón, de arriba abajo”-. Aunque colocado inmediatamente antes, entre el término tabú y el determinante que lo precisa, puede tener una intención equívoca, desde la sincera y urgente excusa –“Se le veía el con perdón culo”; “Tenía la casa llena de con perdón mierda”- hasta el subrayado peyorativo de lo aparentemente excusado para resaltarlo, como cuando se dice “Te voy a dar una patada en el con perdón culo” o se replica airadamente: “¡Una con perdón mierda!” o “Cómete una con perdon mierda”.
A veces el hablante, cortésmente, invoca los interlocutores u oyentes para pedirles explícitamente disculpas por la escabrosidad o impertinencia de sus palabras; por lo que no sería raro escuchar expresiones del tipo: “Señores, me voy a estercolar, con perdón de los presentes” o “Se le escapó un cuesco, con perdón de la compaña”. Retórica exculpatoria que se hace necesaria cuando se ponderan las excelencias de personas o de pertenencias ajenas a los participantes en la conversación, alusiones que pueden suscitar la envidia o el menoscabo de los presentes, por lo que es muy conveniente suavizar las reacciones negativas con un exculpatorio mejorando lo presente: “Qué guapa era aquella señora, mejorando lo presente”, “Tenía una casa muy jampona tu hermana Ginesa, mejorando lo presente”. Y en ocasiones el hablante diluía su culpa en la costumbre colectiva de mentar lo inconveniente o incorrecto, con las expresiones como dicencomo se suele decir o como hemos dicho siempre: “El borrego esta escagarruciaocomo se dice”; “Se ha esfaratao el brazo, como hemos dicho siempre”.
Obligado era el respeto reverencial a la mesa y a los manjares que en ella se colocan. Por eso nunca se mencionaba objeto o acción grosera o maloliente a la hora de comer que no llevara el estribillo con perdón de la mesa. Y en todo caso, se esté o no a la mesa, es imprescindible el enmascaramiento de los órganos fisiológicos o sexuales, así como tumores o heridas cuya visión o mención daña los sentidos, con el genérico sitio o parte acompañado del adjetivo de valor comparativo semejante, que hacen que parezca que no se diga lo que se dice; y si es menester, adobado con la disculpa explícita del aunque esté feo señalar. Así, alguien dirá: “Tengo un dolor en semejante parte…”, acompañado del gesto indicativo y del consiguiente aunque esté feo señalar; pero también podría decir lo mismo sin indicación alguna ni petición de disculpa, en cuyo caso el destinatario podría pensar en cualquier sitio o parte, incluso lo peor, y no iría descaminado.
Y el respeto reverencial a los deudos fallecidos y la necesidad de hacer omnipresente el dolor por su pérdida, exigía que durante toda la vida no se pudieran mencionar sus nombres en vano, sin la petición de indulgencia o de perdón para su alma, mediante formulismos indisolublemente añadidos a la mención del muerto, en sus variantes Dios lo haya perdonadoque Dios lo tenga en su gloriaque en gloria esté o que en paz descanse.
Hoy puede decirse que estas fórmulas de la repalandoria popular, a veces reiterativas y un tanto arcaicas, pero llenas de humildad y de reconocimiento de la propia indigencia expresiva, prácticamente han desaparecido de la conversación, y ya todo el mundo habla con el mismo tono directo, a veces desconsiderado y brutal, que a algunos nos hace añorar aquellos oscuros tiempos en que el respeto y la consideración en el hablar eran patrimonio de muchos, incluso analfabetos o poco cultivados. Mejorando lo presente y aunque esté feo señalar.

miércoles, 2 de mayo de 2012

LA FERIA DEL MUNDO

29. Devociones laicas                                                                           

Así como la energía no se crea ni se destruye, sino que solo se transforma, igual ocurre con las costumbres, e incluso con las creencias y devociones. Vayamos a la demostración. Si ustedes son algo mayores, recordarán que en tiempos pasados las creencias religiosas y la vida devota estaban muy arraigadas en la vida cotidiana, con multitud de lugares y de ceremonias en que el buen cristiano ocupaba su tiempo libre. Catedrales, iglesias, monasterios, santuarios capillas o casas particulares eran espacios propicios para la devoción, pero también para el encuentro y la distracción: la misa, la procesión, la romería, el novenario, el septenario, el triduo, el rosario, eran actividades que ocupaban los días y las noches y, sobre todo, las tardes, de mucha gente, especialmente mujeres, que si eran muy asiduas a estas prácticas, eran llamadas despectivamente beatas. Y todos las veíamos, vestidas de negro, cubiertas con el velo y equipadas de misal y rosario, ir y venir por calles y callejas, solas o en compañía de otras, pero siempre con aire recatado y devoto. Y todos íbamos de romería o de misa de gallo, y todos celebrábamos los domingos y fiestas de guardar.
   Usted creerá que ahora todo esto ha desaparecido y ya no tienen vigencia estos santuarios, estas fiestas y estas figuras del pasado; pero si lo piensa bien, llegará a la conclusión de que los tiempos cambian y las costumbres se transforman, pero en el fondo responden a las mismas rutinas. Usted puede asistir ahora a multitudinarias romerías cuyos penitentes se dirigen los fines de semana y fiestas de guardar, no a La Fuensanta o a La Virgen de las Huertas, sino a modernos santuarios monumentales, llámense El Tiro, Nueva Condomina, Thader o Almenara, no ya de rodillas, andando o en carro, sino en modernas berlinas, todoterrenos y coches utilitarios, para admirar y adorar y, en su caso, adquirir, las modernas reliquias que allí, en lo que parecen lujosas capillas y oratorios, se exponen al culto, y asistir a ceremonias de tanto gusto como las proyecciones cinematográficas o las -no sé si sagradas- cenas y meriendas en restaurantes y chiringuitos de siseño, para finalmente volver alegres y contentos, como modernos penitentes que han quedado no se sabe si limpios de pecados, pero sí exhaustos de caudales.
   Pero si usted pasea por la ciudad, puede contemplar multitud de mujeres que van y vienen todas las tardes por calles y avenidas, ahora sin velo y con vestidos alegres y llamativos, de ida o de vuelta de las modernas iglesias, santuarios y cenáculos laicos, llámense centros comerciales, grandes almacenes, tiendas o boutiques, cargadas de bolsas grandes medianas y pequeñas, donde se atesora el producto de la nueva beatería laica, mil veces devotamente admirado y finalmente adquirido, en una rutina sin fin, que entretiene casi todas las tardes del año a las nuevas beatas, no sin cierto menoscabo de la economía familiar.
   Y no necesito darle más pelos y señales ni decirle que se han creado nuevas fiestas laicas –Dia del Padre, Día de la Madre, San Valentín, Día del Orgullo Gay, Halloween, Día del Cerezo en Flor, Día de la Mascota…- y periodos de devoción y penitencia –llamados Siete Días de Oro, Rebajas, Ofertas, Liquidaciones…- cuando familias enteras, hombres, niños y, sobre todo, mujeres, acuden en tropel a las modernas catedrales como El Corte Inglés o a las recoletas capillas que son las tiendas y boutiques, donde participan, con excitación y arrobo al mismo tiempo, en el moderno sacrificio del consumo, que ellos creen que sosiega las almas, aunque más bien somete a dura penitencia los cuerpos y a cruel sonsaca las faltriqueras.
   Que Dios nos pille a usted y a mí confesados, y con las tarjetas de crédito bien provistas, por si nos vemos arrastrados a las prácticas de esta nueva mística, mucho más gravosa que la antigua, que se conformaba con gastar la prosa en rezos y jaculatorias. Que todo puede pasar.

lunes, 2 de abril de 2012

RECETAS PARA CULTOS

27. El bobo ilustrado                                                                           

Un tonto ilustrado es más tonto que un tonto ignorante.

Molière

La verdad es que el catálogo de tontos no deja de aumentar, aunque alguien dijo hace tiempo que “los tontos, desde Adán, están en mayoría”. Y son más de los que uno cree, porque ya avisó Gracián de que lo son “los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”. Por eso, no hay mucha gente que no pueda presumir de un tonto en la familia, sea un primo lejano, sea un hermano, sea su marido o su mujer, o cualquier otro miembro de la parentela. Pero, sin ánimo de ofender, puede que lo sea usted mismo y no se haya percatado de ello, habida cuenta de que “el tonto, según Napoleón, está siempre orgulloso de sí mismo” aunque se lo adviertan, como ocurría en la niñez cuando nos insultaban los compañeros de juegos: “Eres tonto y en tu casa no lo saben”. Y ténganse en cuenta también que siempre vemos la tontuna en los demás y no en nosotros mismos: recuerde aquello de la paja en el ojo ajeno…
   Nuestro amigo Quevedo, que no tenía un pelo de tonto, redactó las ordenanzas de una cofradía –véanse sus Premáticas y aranceles generales, que todos deberíamos leer- dedicada a la acogida y reforma universal de tontos de muy distinta naturaleza: los que andan siguiendo las juntas de las losas –al contrario que Jack Nicholson en Mejor imposible, sin ir más lejos-, los que hacen figuras en el suelo con la orina cuando mean, los que desde lo alto escupen hacia abajo para ver si está el edificio a plomo, los que jugando a las bolos tuercen el cuerpo tratando enderezar la trayectoria de la bola, los que miran el pañuelo tras sonarse para ver si les han salido perlas de la nariz, los que preguntan por la salud a los amigos aunque se encuentren con ellos varias veces al día… Y no diremos nada de los tontos a secas, necios, simples, mentecatos, insensatos, badulaques, tontos del culo o del haba o del pijo….
    Y es que quiero detenerme en un ejemplar emblemático –como se dice ahora- que no solo es tonto, sino que exhibe su tontuna, aunque presuma de lo contrario: el bobo ilustrado, que es el guerrero del antifaz de los tontos, formado por un agregado estéril de dos materias primas complementarias: el vacío de la nada interior y el lustre que lo enmascara. Se trata de un tonto peligroso por inesperado, ya que encubre lo que no tiene y presume de lo que carece, para confusión y engaño de muchos, sobre todo si, además de tocado de tontuna, es hablador de diluvios, que no escampa ni de día ni de noche: sabe de todo, está al día de las últimas noticias, conoce y utiliza las innovaciones tecnológicas más avanzadas, habla de libros y de todas las artes y pontifica sobre deportes, aunque prefiere la Fórmula 1, el golf y el pádel por más selectos. Está claro, pues, que no coincide con Gaucho Marx en que “es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”.
    Pero profundizando en la pátina de sus pretensiones cultas, usted y yo podemos aportar algunos síntomas que, convenientemente combinados, nos pueden ayudar a componer su retrato robot. Así, la biblioteca de algunos de ellos no va mucho más allá de los gruesos volúmenes vacíos adquiridos en Muebles San José para completar la decoración del mueble bar o los estantes de la mesa del televisor; asisten a  toda clase de actos de la cultura local –presentaciones de libros de costumbres o de poesía, exposiciones, homenajes, entregas de premios…- aunque no tengan muy claro de qué asunto se trata; es frecuente que disfracen su digna condición de maestro de escuela con el título de crítico literario; asisten a las sesiones del cineclub –siempre que sean gratis- y presumen de sus preferencias por el cine japonés, coreano, curdo y, sobre todo, iraní, y por las versiones originales, aunque de más de una se les ha visto huir nada más oscurecida la sala; leen Los pilares de la tierra y demás novelas de Ken Follet, además de la trilogía Millennium, aunque presumen de haber devorado las obras completas de Haruki Murakami; e incluso algunos cuentan a sus amigos que, desbordados por las dimensiones de su librería, piensan contratar una recién creada empresa de emprendedores que se dedica a ordenar bibliotecas.
   Pero un signo inequívoco es que todos escriben, ya sean opúsculos, colecciones de cuentos, novelas históricas, reseñas de libros y exposiciones o -como yo, sin ir más lejos- se conforman con exponer sus tonterías en un blog que leen ellos mismos y algunos de sus amigos más cercanos; en este último caso, para no caer en contradicciones ni olvidos cuando el escribidor los examine sobre las bondades de su obra.
   Luego no digan ustedes que nos les pongo en guardia. Sean atrevidos: examínense a ustedes mismos y no tengan miedo al diagnóstico porque he de decirles que los tontos, aunque sean bobos de marca mayor, no sufren las consecuencias de su enfermedad, sino que son los demás los que las padecen. Además, anímense pensando que es una de las dos maneras que hay, según Jardiel Poncela, de ser feliz: ser tonto o hacerse el tonto. Por eso, déjense de tonterías y aprendan de mí, que les llevo la delantera en esto, como en otras muchas cosas.

jueves, 8 de marzo de 2012


LA FERIA DEL MUNDO

26. La aldea global                                                                                

Durante siglos, la comunicación a distancia se hizo por métodos muy rudimentarios: hasta hace poco en los pueblos y zonas rurales las noticias, avisos y alarmas se transmitían mediante toque de campanas, sonidos de cuernos y caracolas o estridentes silbidos. Después vinieron los nuevos inventos –el teléfono, la radio, la televisión, Internet…- que aunaban inmediatez y largo alcance para la información. Así íbamos rompiendo las barreras de la distancia en aras de una civilización universal que nos haría más informados, más sociables y, en consecuencia, más felices.
   Pero hoy a casi nadie sorprende ni maravilla que la máquina insigne de la comunicación de masas haya llegado a extremos tan disparatados que esté a punto de desnudar en su ignorancia a millones de españoles para sumirlos en un estado de imbecilidad irrecuperable. Y es que, lejos de enriquecernos con el acceso a los medios de información, son ellos los que nos dominan y nos arrastran a la más desvalida inanidad. La imagen de la aldea global, con la que McLuhan representaba metafóricamente la cercanía y el conocimiento universal que los medios de comunicación electrónicos facilitan, de manera semejante a lo que se produce entre los miembros de una pequeña comunidad o pueblo, debería interpretarse más bien en sentido literal: tanta información, casi nunca sólida ni contrastada, produce en nosotros un proceso de  de acomodación, de aculturalismo, e incluso de semianalfabetismo aldeano, lo que nos convertirá en seres indefensos sobre los que granizará la información, pero incapaces de procesarla, discriminarla y extraer de ella sólo lo interesante y útil.
   Y es que también dijo el citado McLuhan que el medio es el mensaje, de manera que importa más la forma de la comunicación que la propia realidad sobre la que se comunica. Por eso, los medios de información actuales no comunican para satisfacer los intereses y las necesidades de la audiencia, sino al contrario: son ellos los que crean en los receptores unas necesidades innecesarias que son las que, al mismo tiempo, se apresuran a satisfacer.
   De entrada, valgan como ejemplo algunos casos referidos a la información deportiva, que demuestran que sus destinatarios se tragan lo que les echen, sin discutir ni la forma ni el interés que tiene para ellos esa comunicación. Vemos como el locutor de la retransmisión televisiva de un partido de fútbol no acompaña ni valora discretamente las acciones, sino que las “radia” de forma atropellada y atosigante, con un griterío descomunal y contando hasta el más mínimo detalle, convirtiendo al televidente en un testigo mudo apedreado por el disparate verbal, sin dejar que vea y juzgue por sí mismo lo que está ocurriendo ante sus ojos en la pantalla. Las cadenas de radio nacionales convierten en un acontecimiento mediático la retransmisión sucesiva, un martes, de dos partidos de de las eliminatorias previas de la Copa del Rey entre equipos mediocres de 2ª B y de Primera, que les ocupa cinco horas de máxima audiencia, habiendo suprimido los programas habituales; y estoy seguro de que no lo hacen de gratis, porque no los oyen sólo en Albacete y Oviedo, sede de los equipos inferiores, sino que la inercia aldeana lleva a escucharlos también en Arucas, Lepe y Sant Adrià del Besós, por no ir más lejos. Y algo semejante ocurre cuando el Barcelona juega un jueves en Tokio, a las once de la mañana, con un equipo de tuercebotas de un emirato árabe, la semifinal de un estrafalario campeonato del mundo de clubes.
   Dichas cadenas nacionales retransmiten también las carreras de automovilismo, escasamente atractivas, por incomprensibles, para la mayor parte de la audiencia, aunque las estuviera viendo en directo, y convierten un cambio de ruedas o un ligero derrape en una peripecia trepidante y dramática. De manera que cualquier día se dedicarán a contarnos con pelos y señales las carreras del canódromo y las partidas de ajedrez del Casino de provincias.
     Pero todo puede ir más allá, para empeorar: últimamente todas las cadenas de radio, debido al escalonamiento del horario de los partidos de fútbol, prolongan durante horas y horas los programas deportivos, al menos de viernes a lunes, si no hay partidos europeos en mitad de semana, y los domingos llegan a extenderlos durante doce o catorce horas ininterrumpidas, a costa de la desaparición de los programas habituales; y lo más disparatado y curioso es que en esos programas las conexiones y retransmisiones son ficticias, ya que los supuestos enviados especiales y corresponsales no están en el estadio sino en el estudio principal o en el de al lado, gritando y dramatizando ante un televisor, con la banda sonora del sonido ambiente, todo aquello que no pueden ver en el campo porque no les han dejado entrar; y en algunos casos, porque es más cómodo y barato que ir Manchester o Zagreb.
    Los ejemplos son elocuentes, y se pueden extender a todo tipo de medios y programas: desde los periódicos, radios y televisiones para los que determinado conflicto o caso de corrupción no existe, mientras que los de la competencia si mencionan este, pero no los que cuentan y critican los primeros; hasta los programas del corazón y la bragueta que pasan horas desgranando una dramatización truculenta en que los conflictos, acusaciones y descalificaciones son pura ficción de un guión infame previamente escrito, que el espectador cree y jalea como si fuera cierto.
   Así, los destinatarios de la información, los habitantes de la aldea global, aporreados con excesos, falsedades y mentiras, se van impermeabilizando y perdiendo la fibra sensible, además de la capacidad de discernimiento, de manera que creen que no están viendo, sino oyendo, el partido televisado; que las retransmisiones radiofónicas se están haciendo a pie de césped; que Belén Esteban y los demás sátiros y arpías que pueblan los programas cutres sufren y sienten todo lo que dicen; y que la multitud de casos de corrupción –del rey abajo, casi todos- es algo tan natural como la proliferación de retransmisiones deportivas y que las alabanzas, ditirambos y defensas a ultranza de concejales, consejeros y ministros corruptos son justos. De esa manera, miles de destinatarios de la comunicación acuden a abuchear al equipo contrario que llega a la ciudad, aplauden los excesos y bufonadas del entrenador Mourinho o participan en manifestaciones multitudinarias a favor del alcalde cleptómano porque han oído en los medios que es un bendito que, con las migajas de su rapiña, ha traído trabajo y bienestar al pueblo. Así que díganme ustedes si entienden el concepto de aldea global y la condición de los aldeanos. Y si es que lo tienen claro, les ruego me lo expliquen.

jueves, 1 de marzo de 2012

ARTES Y OFICIOS

25. El mundo perdido                                                                            
3 enero 2012

Desde tiempos del diluvio universal no se recuerda un cambio tan radical de la humanidad como el ocurrido de cuarenta o cincuenta años a esta parte, como si una especie de huracán o tornado gigantesco, impulsado por un progreso científico y tecnológico imparable, hubiera engullido y hecho desaparecer para siempre una grandísima parte de los objetos, utensilios y herramientas de uso común durante siglos, así como las tareas y costumbres de quienes las utilizaban. Piénsese, sin ir más lejos, en las faenas del campo relacionadas con los cereales, desde la preparación de la tierra, el cultivo, la recolección y la faena en las eras, hasta llegar  al molienda; o en los medios de locomoción ya inusuales, desde el conocido coche de san fernando a todo tipo de caballerías, carros, carreteras, tartanas y demás carruajes. Y lo verdaderamente angustioso para los que hemos sido protagonistas o espectadores de esta vorágine es que no solo hemos visto el proceso completo de su desaparición, sino también de la pérdida de la memoria colectiva de los mismos, que sólo se conserva en la nostalgia de los más longevos, en algún museo etnológico y en los testimonios, casi incomprensibles para las nuevas generaciones, que nos ha dejado la literatura, como ocurre con Miguel Delibes.
   Como testimonio de que los tiempos avanzan que es una barbaridad, haciendo que usos y formas de vida de tradición secular hayan desaparecido como si hubieran sido devorados por la vorágine de un nuevo diluvio universal, que también hubiera acabado con su memoria, querría mencionar también algunos oficios raros, e incluso estrafalarios y rarísimos, impensables en el mundo de hoy. Todos estas ocupaciones, de carácter itinerante, fueron conocidas por este cronista o por sus más directos ascendientes en su entorno rural, en la posguerra -durante los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo-, aunque algunos parezcan tan lejanos y remotos que se le presentan a uno más bien como una ocurrencia soñada que como un testimonio vivo y palpable de la España famélica y triste, destrozada por la injusticia y la guerra. Me refiero a jaraperos, gitanos lañadores y canasteros, cacharreros de cerámica, fabricantes de aletría, recoveros, capadores y, especialmente, de los  perruneros, de los que un día hablaremos.

lunes, 6 de febrero de 2012

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

24. Colinas de Jólivu                                                                             
16 diciembre 2011

El campo –ya sea lejano, ya esté en los márgenes de la ciudad- siempre ha supuesto una atracción casi mágica para los habitantes de la urbe, no para residencia habitual sino como lugar de descanso y de relajación de las tensiones y trabajos que la vida social produce. Pero esta aspiración sólo se hacía realidad para aquellos cuyos recursos económicos les permitían el gasto considerable de mantener dos residencias. Así, los patricios romanos podían tener una lujosa villa rústica, compatible con suntuosos palacios en la ciudad. Aunque los más radicales –o, como se dice ahora, alternativos- podían optar por la vida exclusiva en el campo haciendo realidad el tópico del beatus ille horaciano que propugnaba las excelencias de la vida retirada y apacible en la naturaleza frente a las inquietudes y problemas de la urbe; idea que se convirtió más tarde en un principio retórico del bucolismo renacentista que proponía, aunque sólo fuera de boquilla, el menosprecio de la corte y la alabanza de la aldea, como fray Antonio de Guevara, o cantaba las excelencias de la descansada vida del que huye del mundanal ruido, a la manera de fray Luis de León.
   Pero lo habitual es el campo como residencia o refugio temporal. Así lo entendieron los jóvenes vitalistas y gozadores –además de ricos y de buena familia- que huyendo de la peste, abandonaron un día la ciudad de Florencia y se retiraron a sus villas campestres para oír cantar a los pajarillos, gozar del verdor de colinas y llanuras, sentir el olear de las mieses tendidas en los campo y disfrutar del aire fresco y puro mientras se hacían bellas guirnaldas con los ramos de las frondas, cantaban amorosamente y, sobre todo, contaban cuentos con que entretener la cuarentena; de todo lo cual da cuenta fidedigna el Decamerón de Boccaccio.
   La burguesía de la Edad Moderna, suplantadora de la nobleza medieval, cuya riqueza estaba vinculada a las rentas de la tierra, también construyó villas y palacios en sus predios campesinos, con los que satisfacía la necesidad de buen gobierno de su hacienda y el prurito de presumir de ostentación y de buena vida ante sus convecinos: casonas, caserones, alquerías, cortijos y todo tipo de mansiones, situados en lugares paradisíacos, rodeados de huertas fecundas o encaramados en peñascos y altozanos eran el lugar adecuado para el solaz, la ostentación y la buena administración de la propiedad, mientras los otros tenían que permanecer en la ciudad o ir a casa ajena para tomar las aguas de algún balneario o, más raramente, los baños de mar.
   En el siglo XX creció el afán de diferenciación, no ya individual, sino grupal, con la creación de barrios residenciales de carácter exclusivo –de alto estanding, como lo llamaríamos ahora-, situados en zonas de naturaleza privilegiada, en el extrarradio de la ciudad o a pocos quilómetros de ella, a los que no tendrían acceso más que las minorías adineradas: los barrios de Salamanca, la Moraleja o Somosaguas, en Madrid; Sans o Pedralbes, en Barcelona; Nervión, en Sevilla; Neguri, en Bilbao.
   Todo eso en España porque, si miramos más lejos, iremos a parar seguramente a las colinas de Hollywood, con sus mansiones de un lujo decadente y obsceno, que va desde las fachadas ostentosas a los invernaderos de atmósfera densa e inquietante, pobladas de magnates de vida oscura y de lánguidas rubias platino de moral más bien equívoca; todo eso tal y como se cuenta en la novela negra de Raymond Chandler o James Hellroy o se retrata en las películas del mismo tono de Orson Welles o Howard Hawks.
   Si venimos a lo de aquí, todos sabemos cómo la burguesía murciana se construía sus hotelitos o mansiones en La Alberca y otros enclaves de las estribaciones de la sierra sur. Y si nos centramos en Lorca, habremos visto que las casonas solariegas de las Alamedas, de la huerta o del Consejero, con su recia estructura cuadrada rematada por un airoso estudio de luminosos ventanales o los palacios del General, de Ollero o del Estanco o Estanque, en las laderas de la Sierra de Almenara, dejaron paso a espacios amplios donde se iban asentando las nuevas residencias veraniegas de comerciantes, abogados, corredores de comercio o curtidores, como ocurrió desde comienzos de los años sesenta en la parte alta de Purias, desde el cruce de la carretera de Pulpí hasta la Venta de Purias, donde fueron proliferando las modernas construcciones, llamadas ahora chalets, que tuvieron su punto de partida y su modelo en el llamado por antonomasia “el chalé”, dos pasos más arriba del bar Rosales, construido sobre planos traídos directamente de Suiza. Y fueron haciéndose cada vez más ostentosos conforme aumentaban los nuevos ricos, ya fueran especuladores, gestores del ladrillo o cultivadores afortunados de lechugas.
   Pero como la fortuna y la riqueza no es patrimonio de muchos y sí aspiración y envidia de todos, en los últimos años del siglo XX y los que van del XXI se ha producido una aparente socialización de la riqueza que conlleva, como signo externo más significativo, la posesión de una segunda residencia en el campo. La solución a estos imperiosos deseos, casi siempre reflejo de un quiero y no puedo de maestros, taxistas, albañiles, fontaneros, taberneros y rentistas de pensión máxima, ha sido la producción en serie de un sucedáneo de las antiguas mansiones y de los modernos chalés: interminables hileras de adosados o dúplex, que se suceden y se amontonan monótonos, uniformes, siempre iguales, en los llamados residenciales o resorts, con su jardincillo, sus buganvilias de juguete y sus terrazas de mazacote, desde las que se goza con la vista de la piscina, la pista de pádel y, quizá, el campo de minigolf, equipamientos colectivos que subsisten ya un tanto desmejorados por el avance inmisericorde de la maleza, el obstáculo de algunas aceras levantadas y el inconveniente de más baches de los aconsejados en las calles desiertas; pero eso sí, flanqueadas por densas hileras de farolas que iluminan el tránsito de la nada.
   Por eso muchos maestros, taxistas, albañiles, fontaneros, taberneros y rentistas de pensión máxima, así como alfareros, criadores de cerdos o pequeños especuladores del ladrilllo, además de jubilados alemanes e ingleses con pensión mínima, han querido huir de estas modernas aglomeraciones de diseño para emular, en un sueño imposible, las mansiones solariegas de antaño. Y para ello han elegido un espacio nuevo: los altos de la pedanía de Aguaderas, en las estribaciones de la Sierra de Almenara, entre las Cuestas del General por el poniente y los parajes de La Venta, El Puntarrón o El Cermeño por el este. Esta zona, conocida como Rincón de Aguaderas –y más concretamente, por la Orilla, por oposición al paisaje ancho y abierto de la parte baja, llamada Piñero-, la más densamente poblada tras la guerra civil por gentes paupérrimas –jornaleros del campo, trabajadores de las minas, gitanos canasteros, forasteros andaluces traídos por el hambre o agricultores de pequeñas huertas y secanos irredentos-, hoy luce todos sus cortijos –Los Cachá, la Huerta Nueva, la Casa Guillermo, la almazara de Terrer, el caserón de Los Miñarros, las casas del Mesillo o de La Venta- arruinados por la deshabitación y el abandono, y ya no queda en ella ni un solo poblador indígena: todos han sido exterminados por la inmigración imparable -a Francia o Alemania; a Totana, Elche o Castellón-, el éxodo a la ciudad o la cruel enemiga de la vejez y la muerte.
   Pero de un tiempo acá, las suaves lomas, los ribazos de las vaguadas y ramblas, la periferia del Cabezo del Horno, el pie de la Peña del Águila, los estrechos del Mesillo, las cañadas arcillosas al oeste de La Venta o las pendientes pedregosas y resecas que conducen a la antigua mina del agua, se han ido convirtiendo en un imposible remake de las colinas de Hollywood, abundante en construcciones variopintas en que se distinguen viejas casas restauradas, chaletes que más bien parecen chozas o chamizos, grandes mansiones rodeadas de fuertes y fronteras, viviendas insustanciales y residencias de diseño, en un revoltillo que refleja la condición variopinta de la mesocracia lorquina que, a lomos de sus flamantes todoterrenos, encuentra aquí los fines de semana su reposo del guerrero, al tiempo que realiza su sueño estéril de emular a los señoritos de antaño. Como yo lo vi, así lo cuento. Porque allí está todo para verlo. Y os digo que desde allí puede vislumbrarse muy a lo lejos nuestro conocido barrio de Los Ángeles. Y si os acercáis, Raymond Chandler os dirá al oído que más allá “puede verse la nieve sobre las montañas más altas” y que si ponéis imaginación, sentiréis que “en Beverly Hill empiezan a florecer las jacarandas”. Pero quizá esto último sea solo un sueño.

jueves, 2 de febrero de 2012

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

23. Agua para nadie                                                                               
14 diciembre 2011

Leemos en El Génesis que cuando no había nada sobre la tierra y “las tinieblas cubrían los abismos, el espíritu de Dios alentaba ya sobre la superficie de las aguas”, anticipando el futuro caminar de Jesucristo sobre las olas del mar de Galilea. Y todas las religiones, mitologías y culturas han insistido en la creencia de que el agua es el fundamento de la vida: la que hace nacer a una existencia nueva a través del bautismo y otras ceremonias iniciáticas y la que destruye y, a la vez, transforma el mundo, mediante el diluvio desatado e incontenible, como les ocurrió a Noé, según testimonio de la Biblia, y a los habitantes de Macondo, como se cuenta en Cien años de soledad.
   También el agua es un elemento esencial en la creación literaria. Es el símbolo de la aspiración humana de alcanzar la bienaventuranza en un mundo apacible y feliz. Así, la poesía bucólica -desde los clásicos Teócrito y Virgilio a los renacentistas Garcilaso, fray Luis o San Juan dela Cruz- compone paisajes idealizados en que “los ríos sonorosos” con sus “corrientes aguas, puras, cristalinas” o “la fuerte que mana y corre” son el centro de un paraje, bosque o huerto alfombrado de un verde prado, poblado de árboles frondosos y de tiernas flores y animado por los trinos de las aves cantoras y la caricia del fresco viento. En la poesía existencial, en cambio, el agua es el espejo del monótono o el raudo pasar de la existencia –los ríos son nuestras vidas, ya lo dijo Manrique- o no es más que el fluir repetido y cansino del vivir, como la copla borbollante que brota y brota de la fuente machadiana.
   Es en las zonas áridas del planeta donde se implanta con más arraigo esta concepción redentora del agua, concretada en dos espacios míticos que simbolizan la salvación y la vida: el paraíso y el oasis. Este sueño húmedo alcanza su perfección en el paraíso, locus amoenus en el que la abundancia de una tierra feraz, bendecida por aguas fecundas e inagotables, acoge a los bienaventurados y les ofrece graciosamente frutos que alimentan su ansia de amor, paz y felicidad. Así era el paraíso clásico de los Campos Elíseos, al que el pastor garcilasiano Nemoroso invita, más allá de la vida, a su amada Galatea para buscar “otros montes y otros ríos, otros valles floridos y sombríos” donde pueda gozar eternamente de su presencia. Y así lo diseñó el propio Yavé para residencia perdurable de Adán y Eva. Y así de regado y florido presenta Mahoma el Jardín del Edén, surcado por ríos que no solo llevan agua sino también leche, vino –oh sacrilegio- y miel,  para el goce de creyentes estragados por la aridez del desierto o por los gajes de la guerra santa, cada uno con la consoladora compaña de hasta setenta y dos huríes puras y de hermosos ojos. El oasis, en cambio, es un espacio real que sacia la sed del viajero perdido en el desierto, si lo encuentra; pero que se convierte en alucinación y espejismo para el que, en su extravío, lo ansía como un imposible en medio del mar inacabable de arena.
   Pero vengamos de la poesía a la prosa y de la fantasía a la realidad de nuestro pequeño mundo. Todavía algunos recordamos cómo en estos parajes áridos e inhóspitos del valle del Guadalentín florecían a menudo el oasis o el pequeño paraíso fecundado por el agua. Si uno salía de Lorca hacia el sur, y no era en el tórrido verano, tras abandonar la huerta pobre y desarbolada, podía encontrarse al poniente del Puente El Vao con una extensa llanura convertida en zona lacustre sobre la que sobrenadaban los almarjos o salados, que en otro tiempo enriquecieron a la comarca con la industria de la barrilla; o tenía que atravesar la rambla Biznaga por el camino de Piñero o el central de Cazalla sobre una especie de rayuela de grandes piedras que salvaban la corriente de agua; o podía hacerlo por la nueva carretera de La Pulgara y Campo López, dejando al lado el molino de la Guirreta que, como otros muchos de la comarca, usó el agua como fuerza motriz para la molienda. Tras salvar los llanos de Purias, los cabecicos de Velillas, las colinas de Cabezas Gordas, las lomas desoladas y polvorientas de la Balsica o las faldas de la Sierrecica y el Cermeño, se llegaba a las estribaciones de la Sierra de Almenara, que encerraba, tanto en su vertiente norte como en la sur, entre la aspereza de laderas cubiertas de bojas, esparragueras, enebros, acebuches, chumberas, acibaras y otros matorrales propios de las tierras áridas, decenas de ramblas y barrancos en cuyos márgenes se guarecían centenares de huertas grandes, pequeñas y hasta minúsculas, recostadas o recortadas en las laderas, con sus bancales sustentados en paratas y pedrizas y unidos milagrosamente a la balsa, al balsón o la alberca cuya agua les daba la vida por el cordón umbilical de unas acequias de trazado sinuoso e inverosímil, que zigzagueban entre ellos o se despeñaban de uno en otro por brencas y resbaladeros. Eso si no se trataba de paraísos perdidos encerrados entre montañas, donde el verdor de las huertas, la tupida fronda de frutales, álamos y otra vegetación de ribera y el cantar de las aguas que se despeñaban por caños, rápidos y pequeñas cascadas, componían un pequeño país de Shangri-La, como fueron las fincas de Chuecos, El General, La Quinta, Los López, El Mesillo o Palomera.
   Todavía nos queda en la memoria el rumor de las aguas que durante todo el año discurrían abundantes por las ramblas que de una vertiente u otra conducían a Campo López y que el caminante debía ir sorteando a lo largo del cauce; y sentimos como si fueran ayer los baños de verano en las pozas esculpidas sobre los rápidos de roca viva en la rambla de Purias; y aún escuchamos el siseo de los chopos y álamos, baladres y cañares que vestían, estremecidos por el viento, las riberas de ramblas y barrancos.
   Rememoramos aún cómo en muchas casas había un pozo del que se extraía el agua a no más de tres o cuatro metros de profundidad, y oíamos la garrucha quejosa y chirriante sobre la que se deslizaba la cuerda con el cubo de cinc rebosante de agua fresca y borbollante. Y cómo, tras los veranos extremadamente secos, la llegada del otoño hacía rebrotar o crecer el agua de galerías, minas, pozos y toda clase de nacimientos y veneros, aún antes que empezaran las lluvias. Y entonces comenzaba de nuevo el ciclo, con la preparación de los cultivos de otoño e invierno –patatas, ajos, cebollas, rábanos, habas…- y la recogida de granadas, membrillos y uvas tardías, que luego dejaría lugar a la eclosión de las frutas y hortalizas que alegrarían la primavera y el verano. Mientras, la alfalfa, el forraje y el verde que alimentaban a los animales daban faena en todas las épocas del año. Todo, pues, respondía al ritmo de los ciclos de la vida, eternamente renovados una estación y otra, un año sí y otro también, con sus etapas de humedad y de abundancia, seguidas de interrupciones y pausas más o menos frecuentes que traían la carencia y la sequía.
   Luego, a partir de los años 50, con el desarrollismo, vino el afán de dominar la naturaleza, extrayendo de ella con regularidad e insistencia lo que ella hasta ahora había dado por sus pasos contados y a su debido tiempo. Los primeros pozos artesianos, que sustituían el fluir natural de las aguas o su penosa extracción mediante galerías, largas conducciones o norias arcaicas, se recibieron como una bendición de Dios y produjeron una sensación desconocida de progreso. En El Esparragal, en La Escucha, en los llanos de Purias y, finalmente, en los lomos de La Balsica, la aparición paulatina de algunos pozos aislados fue sembrando de manchas de verdor esos parajes desolados y convirtiendo en cultivos extensos y seguros la siembra de tomates, pimientos, melones, sandías y pepinos, así como las plantaciones de toda clase de frutales, hasta entonces apenas vistos en estos secarrales.
   Después vino el crecimiento exponencial de la apertura de pozos por toda la costera de la sierra, desde Pulpí a Totana; por el Esparragal y todo el término de Puerto Lumbreras; por la diputación de Torrecilla y la mayor parte de la huerta de Lorca, hasta entonces  inexplotada por la profundidad de las aguas; se crearon grandes pantanos artificiales para rebalsar el agua; se transfirieron caudales ingentes para regar las explotaciones tomateras y frutales de Pulpí y de Águilas; y se implantó un sistema de cultivo intensivo con varias cosechas al año de productos que exigían gran cantidad de agua. Desde los años 70 hasta aquí, la espiral de sobreexplotación ha sido de delirio: la extracción de agua no ha cesado de crecer, con centenares de Hms3 anuales, cuando el acuífero tiene una capacidad de recarga de no más de nueve; han crecido en una cantidad no mensurable los pozos ilegales, alegales, tolerados o de sequía; se han perfeccionado los métodos de perforación a una velocidad vertiginosa y se han ido profundizando los sondeos, hasta llegar a varios centenares de metros; todo en una cadena sin fin, que se basa en la explotación desmesurada de los recursos, seguida del abandono repentino cuando estos se agotan.
   Las consecuencias de este desarrollismo incontrolado son manifiestas: la bajada del nivel freático desde los pocos metros anteriores a los centenares actuales, la desaparición de la mayor parte de las fuentes, veneros y resurgencias; la extinción de los cursos fluviales y escorrentías en ramblas y barrancos; la desecación total del acuífero en todo el piedemonte de la sierra de Almenara, desde la Escucha hasta El Hinojar, al tiempo que la roturación de tierras y la ampliación de la zona regable –llámese de nuevos regadíos, de regadíos tradicionales o de los eufemísticos riegos consolidados- se extiende por toda la costera, con eliminación de desniveles, barrancos y vaguadas, de sistemas tradicionales antierosión y de todo tipo de vegetación autóctona. Crecen exponencialmente las necesidades de agua, lo que lleva a insistir aún más en la sobreexplotación y en la exigencia urgente de “agua para todos”, en una dinámica ciega que no tiene en cuenta en ningún caso la necesidad de adaptación al medio, la optimización sostenible de los recursos y la previsión de que, a medio y largo plazo, el sueño de los trasvases de otras cuencas se convertirá en un imposible porque, aunque con un ritmo más tardío, aquellas están siendo esquilmadas también, como la nuestra, con la implantación de cultivos intensivos y el aumento imparable del consumo doméstico.
   Si usted recorre hoy los parajes de la sierra de Almenara, verá cómo las antiguas huertas han desaparecido y de ellas sólo quedan los esqueletos desolados de bancales, pedrizas y balsas; cómo los sistemas de contención de las aguas se deshacen, como las ramblas y escorrentías son cauces resecos en los que sólo persiste la maleza, mientras la vegetación de ribera ha desaparecido; cómo casas, cortijos y alquerías yacen entre una imparable ruina, enterradas en la memoria de un tiempo que ya no volverá. Y entonces, sin abjurar para nada de la aspiración al progreso, pensará usted en un futuro en el que se irá haciendo más irrealizable el lema imposible de “agua para todos”, y aún se verá como muy cercano el acueducto de trasvase de las aguas del Mediterráneo desde Cartagena hacia Madrid y los campos de La Mancha.
   Y entonces, cuando ya solo se riegue y se beba con agua de desaladora, algunos nostálgicos volveremos la vista atrás y encontraremos en la mitología clásica algún ejemplo provechoso aplicable a nuestro pequeño mundo: así como las cincuenta hijas de Danao, llamadas lógicamente las Danaides, fueron castigadas por los dioses a echar agua eternamente en unos vasos sin fondo por asesinar a su maridos, los causantes de tanto desastre ecológico y, subsidiariamente, los que piden “agua para todos”, podrían ser condenados a rellenar, en un ejercicio sin fin, el hueco insondable del acuífero que contribuyeron a desecar, aunque sea con el enhiesto surtidor del chorro de su orina. Y si no, podrían ser metamorfoseados en rígidas cariátides que, desde dentro del vacío, sostuvieran el suelo de la comarca, que, según últimos estudios, se hunde irremediablemente a causa de sus dislates. Y con esto ya nos valdría.