viernes, 6 de enero de 2012

ACADEMIA DE LA LENGUA

21. El nombre de las cosas                                                                  
1 diciembre 2011


Si nuestros mayores levantaran la cabeza, se asombrarían de ver cómo ha cambiado el mundo: han desaparecido usos y costumbres tradicionales, objetos y utensilios de toda la vida han dejado de existir y las faenas cotidianas han sufrido un cambio radical. Eso, al fin y al cabo, es ley de vida: se han renovado los medios de transporte, los trabajos del campo ya no son los mismos de antes, el mobiliario y el ajuar de la casa se han modernizado extraordinariamente…. Pero lo más llamativo es que todo eso se ha producido en el escaso plazo de dos generaciones, hecho impensable en la historia de la humanidad, salvo que mediara una catástrofe de dimensiones universales. En definitiva, los descubrimientos de la ciencia, las nuevas tecnologías y los modernos sistemas de comunicación han difundido y, finalmente, impuesto nuevas formas de pensamiento y de vida con una celeridad jamás vista.
   No querría yo, sin embargo, hablar de los cambios puramente materiales. “¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!” pienso que clamaría el poeta puro si viera, no su mudanza o desaparición, sino cómo algunas han cambiado su denominación de forma inesperada y absurda, como resultado de esta acelerada globalización modernizadora. Los nombres con que la comunidad señalaba y daba título a sus pertenencias era un patrimonio compartido por la familia, por el grupo social, por los nativos de un determinado lugar; se guardaba en la memoria de las gentes y se transmitía como algo sabido e inmutable durante generaciones. Esos nombres y esa forma de hablar identificaban a esa comunidad y la diferenciaban de las demás. Y si había riesgo de perderlos, se recurría a remedios extremos como los del protagonista de Cien años de soledad, que “con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre” para luchar contra “las infinitas posibilidades del olvido”.
   Vienen ahora a mi mente unos cuantos ejemplos de estos inesperados cambios de identidad, tomados del campo de Lorca, y si quisiera ser más preciso, de las estribaciones de la Sierra de Almenara, desde el Puntarrón hasta la Escarihuela, desde Campo López a la rambla Biznaga. Para empezar, siempre en esos parajes se distinguió entre el melón de agua, que era el que con fruición se degustaba fresquito durante el verano en gruesas y sabrosas tajadas, y los melones de año, más tardíos y, sobre todo, más duraderos, a los que se fajaba con unos arneses de cuerda de esparto para suspenderlos de las cañas colgadas en el techo de cámaras y desvanes, junto a granadas, longanizas, morcillas y morcones, para que se airearan y no se pudrieran en contacto con el suelo. Por allí nadie sabía por aquel entonces que esta denominación de melón de agua era de valor casi universal, ya que nos ponía a la par del water melon con el que, oh coincidencia, se le llamaba en la lengua de Shakespeare, de lo que nos enteramos mucho más tarde. Quién podría pensar entonces que en unos años la perifrástica denominación quedaría arrumbada por el acoso del foráneo sandía, que propalaban comerciantes al por mayor y turistas venidos de fuera.
   Y qué decir de lo relacionado con el chino, acortamiento popular de cochino, término al que muy pronto se consideró grosero, vulgar y hasta risible, lo que llevó a los nativos pudorosos a añadir junto a su mención las muletillas exculpatorias “hablando cortamente”, hablando conmigo solo” o “con perdón de los presentes”, o a sustituirlo por el más decoroso y despectivo de marrano, como comienzo de un progresivo y eufemístico ennoblecimiento que no llevaría al más pulcro cerdo y al cultismo tecnicista ganado porcino, al que se dedica una rumbosa feria. Pues bien, resulta que de este animal, del que dice el refrán que gustan hasta los andares, se sabía ya de antiguo que el mejor producto eran los perniles, los dos de atrás y los dos de “alante” –estos últimos llamados también paletillas- que se curaban en un cajón cubiertos de capas de sal, luego se oreaban colgados en la cámara al aire serrano y más tarde, si se quería que se conservaran más tiempo, se podían enterrar en el montón del trigo para que la magra resultara más curada y sabrosa. Pero cuando estas codiciadas piezas dejaron de secarse en las cámaras, falsas y sobrados de nuestra casas y se llevaron a las cámaras frigoríficas o, más cómodamente, se compraban en la tienda o el supermercado, nos empezamos a enterar de que andábamos errados, ya que no se llamaban perniles sino jamones y las vetas de la carne acecinada que atesoraban no se llamaba magra ni magra seca –para diferenciarla de la magra fresca de solomillos, espinazos y otras partes del fructífero animal- sino, oh coincidencia, también jamón, confusión entre la parte y el todo que no dejaba de producir perplejidad y asombro. Y no diremos casi nada de la carne blanca amantecada, llamada entonces tocino -o tocino de veta si iba entreverada de, con perdón, magra-, que formaba un manto más o menos grueso cortado en dos grandes piezas denominadas bacones. Y ahora nos enteramos que a este tocino, curado con sal o ahumado, ya no se le llama tocino sino bacon, con lo que volvemos a confundir el culo con las témporas, el todo con la parte, el bacón con el bacon, pero este último pronunciado “beicon”, en inglés, con lo que, aunque sigamos comiendo tocino, parecemos más modernos y cosmopolitas.
   Para rematar con esta pequeña lista de palabras intrusas, citaré tres productos agrícolas que tenían su propio nombre arraigado en la tierra, sustituido ahora por la denominación común castellana: los présoles, nunca entonces conocidos en la retórica campesina como guisantes; el panizo, llamado ahora maíz; y las avellanas, tostadas y agrumadas de sal, muy consumidas y degustadas como exquisito manjar de pobres, sobre todo en la Pascua, que no Navidad, en el plato o zaranda de la cascaruja -junto con los cucos o garbanzos “torraos”, las castañas y las nueces-, avellanas que hoy ya apenas consumimos y que no debemos confundir con las llamadas avellanas americanas, por lo que hace tiempo les cambiamos el nombre para llamarlas cacahuetes.
   Pero no me iré sin dolerme de un último cambio que atenta contra la transparencia y la eficacia del buen léxico. Los más viejos del lugar recuerdan –y quizá, conservan, aunque con algunas abolladuras y deterioros- un recipiente cuyo nombre decía a las claras cuál era su uso, de manera que podía ser entendido hasta por un niño de teta: la fiambrera. En este recipiente de aluminio y de diversos tamaños, cuya tapa se encajaba herméticamente con dos cierres, se llevaba a cualquier sitio cómodamente el fiambre, la tortilla, un conejo con tomate, patatas fritas con pimientos o un sabroso plato de lentejas: al trabajo en el campo o en el andamio de la obra, a la romería o la comida en el campo –ahora llamada picnic-, a la playa para degustarla en el chiringuito o rebozados en la arena, e incluso al cine de verano, ya fuera el distinguido Jardín Cinema o al más popular Cine Torrecilla. Pues bien, hemos acabado con un elemento tan útil, primero convirtiéndolo en un vulgar y soso contenedor de plástico cuya tapa no siempre encaja y, finalmente, traicionando y olvidando su nombre, suplantado por el exótico tupper, si es que lo abreviamos y no pronunciamos completo el empalagoso tuppperwear. Hasta ahí hemos llegado.
   Por eso no nos extraña ya que el puntilloso Juan Ramón Jiménez clamara angustiado por saber “el nombre exacto, y tuyo y suyo, y mío, de las cosas”. Y ya tampoco podremos hacer buenos los versos de Borges que aseveran que “el nombre es arquetipo de la cosa, / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. Qué le vamos a hacer.