martes, 3 de enero de 2012

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

19. El asalto de los montes                                                                   
3 diciembre 2011

Aunque hace mucho tiempo que leíste Señas de identidad, sin mucho esfuerzo imaginas que eres el alter ego de Juan Goytisolo y que viajas en la camioneta de Águilas, escoltado por dos guardias civiles, “un gañán andaluz y un gallego ya viejo” –tú mismo los conociste en persona-, camino del destierro. Recuerdas “las cumbreras de la sierra como esculpidas por la erosión”, “las montañas de formas obtusas”, “las ramblas orilladas de adelfas y piteras”, los cortijos blancos y algunos huertos de naranjos y otros sembrados de tomates y lechugas. Eran los comienzos de los años sesenta, y allí viste y sufriste la opresión de las fuerzas vivas del franquismo, encarnadas en el cónsul de España en Alejandría y en don Gonzalo, “el especulador nato”, hasta el punto de que el pueblo te pareció “un gigantesco cementerio en donde cada ventana era una tumba, cada edificio el mausoleo de un sueño o de una esperanza”.
   Por aquel entonces, fuera de imaginaciones y ficciones novelescas, tú mismo contemplaste durante años un fenómeno inaudito, que vendría a ser el precedente de las agresiones medioambientales de hoy en Águilas: máquinas y camiones mordían el cerro del castillo por oriente y poniente, socavando sus laderas hasta dejar la fortaleza casi en el aire, con la excusa de que se iba a hacer una carretera de circunvalación alrededor de la montaña que revalorizaría el lugar con zonas de recreo, restaurantes y panorámicas inéditas del mar abierto, cuando en realidad con este disparate irreparable lo único que querían era utilizar la masa de rocas para rellenar, con poco gasto, el puerto pesquero que se estaba construyendo a unos centenares de metros.
   Y la verdad es que desde entonces esta animadversión por las montañas y este afán destructivo no han parado de crecer en Águilas. Las fuerzas vivas de la localidad ya no se nutren de médicos filántropos ni de banqueros hechos a sí mismos, ni presumen de la ilustración y el europeísmo heredado del contacto con los ingleses explotadores de las minas, sino que se trata de minorías rústicas y semianalfabetas que, enriquecidas con el cultivo del tomate y la especulación urbanística, han decidido hacer tabla rasa de todo lo que suponga un obstáculo para sus cultivos o planes urbanísticos. Quien no se lo crea puede ver el pedigrí y el currículo de los últimos inquilinos del Ayuntamiento. Los ediles, pertenecientes a agrupaciones políticas de conveniencia formadas por tomateros y especuladores inmobiliarios, al margen de o en connivencia con los partidos tradicionales, aunque no conocen al filósofo Francis Bacon ni su sabida sentencia de que si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá  a la montaña, han decidido ir mucho más allá de todo lo imaginable: como si estuvieran dotados de poderes sobrenaturales y de una fuerza demoledora incontenible, han sobrepasado de largo la creencia cristiana de que la fe mueve montañas y se han entregado a la acción para hacerlas desaparecer sin más, como por arte de magia.
   Viajas ahora por la autovía que conduce de Lorca a Águilas. Bajando el alto de Purias, dejas a la derecha las lomas de la finca de La Cerrichera –que, no sabes por qué, te suena mucho- y a la izquierda la fortaleza de Tébar que tapa la mole del Cabezo del Talayón. Y, justo a partir de ahí, comienzas a ver recortadas las faldas de las montañas con taludes de cinco, diez o quince metros de altura, mientras que los demás accidentes orográficos, desde esas laderas hasta las ramblas que discurren por el hondo de los valles, han desaparecido: cabezos, colinas, altozanos, lomas, cerros, collados y oteros han sido borrados del mapa y las únicas elevaciones del terreno son algunos cerros testigo artificiales que sostienen algún poste de conducción eléctrica. Las falsas llanuras de piedemonte, rasas completamente, con plantaciones de frutales o lechugas, o cubiertas de  extensas superficies de invernaderos, tienen como límite –eliminados barrancos, regatos y otros cauces menores- el curso de las antiguas ramblas, modificado, estrechado, desprovisto de la vegetación de ribera y convertido en una especie de canal que recogerá el aluvión de las aguas torrenciales que arrastran la tierra de las nuevas superficies y morderán sus orillas produciendo avenidas incontroladas como la que un verano reciente arrasó la ciudad. Y todo esto que ves aquí es sólo un ejemplo que puedes multiplicar en cualquiera de los cuatro puntos cardinales del municipio.
   Pero si dejas el campo y te acercas a la ciudad, podrás ver nuevos prodigios de estos atlantes del paisajismo. Si desprecias los mordidos al cerro del castillo, ya antiguos, y miras en dirección a Calabardina, desde lejos te llaman la atención urbanizaciones compactas que cubren las laderas, las medianas y las cumbres de cerros, colinas y montañas como si de un gigantesco e incurable sarpullido se tratara: son los Geranios, los Collados, la Isla del Fraile… Pero la cosa no queda ahí: a la derecha, a la salida de la ciudad, contemplas con pasmo la nada de las desaparecidas colinas del Hornillo, ocupadas ahora por un centro comercial casi fantasma y unas urbanizaciones que culminan el despropósito acercándose al borde del mar, tras haber recortado y rebajado en decenas de metros, y hecho desaparecer en parte, el cabezo del Hornillo. Tu excursión puede acabar en lo alto de la sierra que oculta la isla del Fraile, decapitada, seccionada en cubos monumentales de distintos volúmenes que encierran nada menos- oh agradecidos ciudadanos de Águilas- una plaza dedicada a uno de los principales artífices de tanta destrucción y desatino.
   Casi nadie en el pueblo osará criticar estos atropellos medioambientales y urbanísticos porque minorías ilustradas, albañiles, cerrajeros, braceros del tomate, honradas amas de casa y demás estamentos ciudadanos consideran que se trata de una bendición que trae bienestar y trabajo; e incluso los más necios hablan de la calidad de vida, del renacimiento cultural, de una ciudad de ferias y congresos, del faraónico auditorio y de otras consecuencias positivas del dislate. Y además hacen homenajes a quienes lo han producido o consentido. Pero tú no les hablarás de que se trata de un espejismo, de pan para hoy y hambre y desidia para mañana. Y así saldrás indemne de rencores, de reproches e incluso de algún golpe de martillo o de llave inglesa dado por algún fontanero airado que considere que tamaño juego de ilusión le garantiza para siempre el pan de sus hijos. Y vivirás contento en este mundo feliz. Y nadie te dirá nada. Porque aquí paz y después gloria.