jueves, 2 de febrero de 2012

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

23. Agua para nadie                                                                               
14 diciembre 2011

Leemos en El Génesis que cuando no había nada sobre la tierra y “las tinieblas cubrían los abismos, el espíritu de Dios alentaba ya sobre la superficie de las aguas”, anticipando el futuro caminar de Jesucristo sobre las olas del mar de Galilea. Y todas las religiones, mitologías y culturas han insistido en la creencia de que el agua es el fundamento de la vida: la que hace nacer a una existencia nueva a través del bautismo y otras ceremonias iniciáticas y la que destruye y, a la vez, transforma el mundo, mediante el diluvio desatado e incontenible, como les ocurrió a Noé, según testimonio de la Biblia, y a los habitantes de Macondo, como se cuenta en Cien años de soledad.
   También el agua es un elemento esencial en la creación literaria. Es el símbolo de la aspiración humana de alcanzar la bienaventuranza en un mundo apacible y feliz. Así, la poesía bucólica -desde los clásicos Teócrito y Virgilio a los renacentistas Garcilaso, fray Luis o San Juan dela Cruz- compone paisajes idealizados en que “los ríos sonorosos” con sus “corrientes aguas, puras, cristalinas” o “la fuerte que mana y corre” son el centro de un paraje, bosque o huerto alfombrado de un verde prado, poblado de árboles frondosos y de tiernas flores y animado por los trinos de las aves cantoras y la caricia del fresco viento. En la poesía existencial, en cambio, el agua es el espejo del monótono o el raudo pasar de la existencia –los ríos son nuestras vidas, ya lo dijo Manrique- o no es más que el fluir repetido y cansino del vivir, como la copla borbollante que brota y brota de la fuente machadiana.
   Es en las zonas áridas del planeta donde se implanta con más arraigo esta concepción redentora del agua, concretada en dos espacios míticos que simbolizan la salvación y la vida: el paraíso y el oasis. Este sueño húmedo alcanza su perfección en el paraíso, locus amoenus en el que la abundancia de una tierra feraz, bendecida por aguas fecundas e inagotables, acoge a los bienaventurados y les ofrece graciosamente frutos que alimentan su ansia de amor, paz y felicidad. Así era el paraíso clásico de los Campos Elíseos, al que el pastor garcilasiano Nemoroso invita, más allá de la vida, a su amada Galatea para buscar “otros montes y otros ríos, otros valles floridos y sombríos” donde pueda gozar eternamente de su presencia. Y así lo diseñó el propio Yavé para residencia perdurable de Adán y Eva. Y así de regado y florido presenta Mahoma el Jardín del Edén, surcado por ríos que no solo llevan agua sino también leche, vino –oh sacrilegio- y miel,  para el goce de creyentes estragados por la aridez del desierto o por los gajes de la guerra santa, cada uno con la consoladora compaña de hasta setenta y dos huríes puras y de hermosos ojos. El oasis, en cambio, es un espacio real que sacia la sed del viajero perdido en el desierto, si lo encuentra; pero que se convierte en alucinación y espejismo para el que, en su extravío, lo ansía como un imposible en medio del mar inacabable de arena.
   Pero vengamos de la poesía a la prosa y de la fantasía a la realidad de nuestro pequeño mundo. Todavía algunos recordamos cómo en estos parajes áridos e inhóspitos del valle del Guadalentín florecían a menudo el oasis o el pequeño paraíso fecundado por el agua. Si uno salía de Lorca hacia el sur, y no era en el tórrido verano, tras abandonar la huerta pobre y desarbolada, podía encontrarse al poniente del Puente El Vao con una extensa llanura convertida en zona lacustre sobre la que sobrenadaban los almarjos o salados, que en otro tiempo enriquecieron a la comarca con la industria de la barrilla; o tenía que atravesar la rambla Biznaga por el camino de Piñero o el central de Cazalla sobre una especie de rayuela de grandes piedras que salvaban la corriente de agua; o podía hacerlo por la nueva carretera de La Pulgara y Campo López, dejando al lado el molino de la Guirreta que, como otros muchos de la comarca, usó el agua como fuerza motriz para la molienda. Tras salvar los llanos de Purias, los cabecicos de Velillas, las colinas de Cabezas Gordas, las lomas desoladas y polvorientas de la Balsica o las faldas de la Sierrecica y el Cermeño, se llegaba a las estribaciones de la Sierra de Almenara, que encerraba, tanto en su vertiente norte como en la sur, entre la aspereza de laderas cubiertas de bojas, esparragueras, enebros, acebuches, chumberas, acibaras y otros matorrales propios de las tierras áridas, decenas de ramblas y barrancos en cuyos márgenes se guarecían centenares de huertas grandes, pequeñas y hasta minúsculas, recostadas o recortadas en las laderas, con sus bancales sustentados en paratas y pedrizas y unidos milagrosamente a la balsa, al balsón o la alberca cuya agua les daba la vida por el cordón umbilical de unas acequias de trazado sinuoso e inverosímil, que zigzagueban entre ellos o se despeñaban de uno en otro por brencas y resbaladeros. Eso si no se trataba de paraísos perdidos encerrados entre montañas, donde el verdor de las huertas, la tupida fronda de frutales, álamos y otra vegetación de ribera y el cantar de las aguas que se despeñaban por caños, rápidos y pequeñas cascadas, componían un pequeño país de Shangri-La, como fueron las fincas de Chuecos, El General, La Quinta, Los López, El Mesillo o Palomera.
   Todavía nos queda en la memoria el rumor de las aguas que durante todo el año discurrían abundantes por las ramblas que de una vertiente u otra conducían a Campo López y que el caminante debía ir sorteando a lo largo del cauce; y sentimos como si fueran ayer los baños de verano en las pozas esculpidas sobre los rápidos de roca viva en la rambla de Purias; y aún escuchamos el siseo de los chopos y álamos, baladres y cañares que vestían, estremecidos por el viento, las riberas de ramblas y barrancos.
   Rememoramos aún cómo en muchas casas había un pozo del que se extraía el agua a no más de tres o cuatro metros de profundidad, y oíamos la garrucha quejosa y chirriante sobre la que se deslizaba la cuerda con el cubo de cinc rebosante de agua fresca y borbollante. Y cómo, tras los veranos extremadamente secos, la llegada del otoño hacía rebrotar o crecer el agua de galerías, minas, pozos y toda clase de nacimientos y veneros, aún antes que empezaran las lluvias. Y entonces comenzaba de nuevo el ciclo, con la preparación de los cultivos de otoño e invierno –patatas, ajos, cebollas, rábanos, habas…- y la recogida de granadas, membrillos y uvas tardías, que luego dejaría lugar a la eclosión de las frutas y hortalizas que alegrarían la primavera y el verano. Mientras, la alfalfa, el forraje y el verde que alimentaban a los animales daban faena en todas las épocas del año. Todo, pues, respondía al ritmo de los ciclos de la vida, eternamente renovados una estación y otra, un año sí y otro también, con sus etapas de humedad y de abundancia, seguidas de interrupciones y pausas más o menos frecuentes que traían la carencia y la sequía.
   Luego, a partir de los años 50, con el desarrollismo, vino el afán de dominar la naturaleza, extrayendo de ella con regularidad e insistencia lo que ella hasta ahora había dado por sus pasos contados y a su debido tiempo. Los primeros pozos artesianos, que sustituían el fluir natural de las aguas o su penosa extracción mediante galerías, largas conducciones o norias arcaicas, se recibieron como una bendición de Dios y produjeron una sensación desconocida de progreso. En El Esparragal, en La Escucha, en los llanos de Purias y, finalmente, en los lomos de La Balsica, la aparición paulatina de algunos pozos aislados fue sembrando de manchas de verdor esos parajes desolados y convirtiendo en cultivos extensos y seguros la siembra de tomates, pimientos, melones, sandías y pepinos, así como las plantaciones de toda clase de frutales, hasta entonces apenas vistos en estos secarrales.
   Después vino el crecimiento exponencial de la apertura de pozos por toda la costera de la sierra, desde Pulpí a Totana; por el Esparragal y todo el término de Puerto Lumbreras; por la diputación de Torrecilla y la mayor parte de la huerta de Lorca, hasta entonces  inexplotada por la profundidad de las aguas; se crearon grandes pantanos artificiales para rebalsar el agua; se transfirieron caudales ingentes para regar las explotaciones tomateras y frutales de Pulpí y de Águilas; y se implantó un sistema de cultivo intensivo con varias cosechas al año de productos que exigían gran cantidad de agua. Desde los años 70 hasta aquí, la espiral de sobreexplotación ha sido de delirio: la extracción de agua no ha cesado de crecer, con centenares de Hms3 anuales, cuando el acuífero tiene una capacidad de recarga de no más de nueve; han crecido en una cantidad no mensurable los pozos ilegales, alegales, tolerados o de sequía; se han perfeccionado los métodos de perforación a una velocidad vertiginosa y se han ido profundizando los sondeos, hasta llegar a varios centenares de metros; todo en una cadena sin fin, que se basa en la explotación desmesurada de los recursos, seguida del abandono repentino cuando estos se agotan.
   Las consecuencias de este desarrollismo incontrolado son manifiestas: la bajada del nivel freático desde los pocos metros anteriores a los centenares actuales, la desaparición de la mayor parte de las fuentes, veneros y resurgencias; la extinción de los cursos fluviales y escorrentías en ramblas y barrancos; la desecación total del acuífero en todo el piedemonte de la sierra de Almenara, desde la Escucha hasta El Hinojar, al tiempo que la roturación de tierras y la ampliación de la zona regable –llámese de nuevos regadíos, de regadíos tradicionales o de los eufemísticos riegos consolidados- se extiende por toda la costera, con eliminación de desniveles, barrancos y vaguadas, de sistemas tradicionales antierosión y de todo tipo de vegetación autóctona. Crecen exponencialmente las necesidades de agua, lo que lleva a insistir aún más en la sobreexplotación y en la exigencia urgente de “agua para todos”, en una dinámica ciega que no tiene en cuenta en ningún caso la necesidad de adaptación al medio, la optimización sostenible de los recursos y la previsión de que, a medio y largo plazo, el sueño de los trasvases de otras cuencas se convertirá en un imposible porque, aunque con un ritmo más tardío, aquellas están siendo esquilmadas también, como la nuestra, con la implantación de cultivos intensivos y el aumento imparable del consumo doméstico.
   Si usted recorre hoy los parajes de la sierra de Almenara, verá cómo las antiguas huertas han desaparecido y de ellas sólo quedan los esqueletos desolados de bancales, pedrizas y balsas; cómo los sistemas de contención de las aguas se deshacen, como las ramblas y escorrentías son cauces resecos en los que sólo persiste la maleza, mientras la vegetación de ribera ha desaparecido; cómo casas, cortijos y alquerías yacen entre una imparable ruina, enterradas en la memoria de un tiempo que ya no volverá. Y entonces, sin abjurar para nada de la aspiración al progreso, pensará usted en un futuro en el que se irá haciendo más irrealizable el lema imposible de “agua para todos”, y aún se verá como muy cercano el acueducto de trasvase de las aguas del Mediterráneo desde Cartagena hacia Madrid y los campos de La Mancha.
   Y entonces, cuando ya solo se riegue y se beba con agua de desaladora, algunos nostálgicos volveremos la vista atrás y encontraremos en la mitología clásica algún ejemplo provechoso aplicable a nuestro pequeño mundo: así como las cincuenta hijas de Danao, llamadas lógicamente las Danaides, fueron castigadas por los dioses a echar agua eternamente en unos vasos sin fondo por asesinar a su maridos, los causantes de tanto desastre ecológico y, subsidiariamente, los que piden “agua para todos”, podrían ser condenados a rellenar, en un ejercicio sin fin, el hueco insondable del acuífero que contribuyeron a desecar, aunque sea con el enhiesto surtidor del chorro de su orina. Y si no, podrían ser metamorfoseados en rígidas cariátides que, desde dentro del vacío, sostuvieran el suelo de la comarca, que, según últimos estudios, se hunde irremediablemente a causa de sus dislates. Y con esto ya nos valdría.