lunes, 6 de febrero de 2012

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

24. Colinas de Jólivu                                                                             
16 diciembre 2011

El campo –ya sea lejano, ya esté en los márgenes de la ciudad- siempre ha supuesto una atracción casi mágica para los habitantes de la urbe, no para residencia habitual sino como lugar de descanso y de relajación de las tensiones y trabajos que la vida social produce. Pero esta aspiración sólo se hacía realidad para aquellos cuyos recursos económicos les permitían el gasto considerable de mantener dos residencias. Así, los patricios romanos podían tener una lujosa villa rústica, compatible con suntuosos palacios en la ciudad. Aunque los más radicales –o, como se dice ahora, alternativos- podían optar por la vida exclusiva en el campo haciendo realidad el tópico del beatus ille horaciano que propugnaba las excelencias de la vida retirada y apacible en la naturaleza frente a las inquietudes y problemas de la urbe; idea que se convirtió más tarde en un principio retórico del bucolismo renacentista que proponía, aunque sólo fuera de boquilla, el menosprecio de la corte y la alabanza de la aldea, como fray Antonio de Guevara, o cantaba las excelencias de la descansada vida del que huye del mundanal ruido, a la manera de fray Luis de León.
   Pero lo habitual es el campo como residencia o refugio temporal. Así lo entendieron los jóvenes vitalistas y gozadores –además de ricos y de buena familia- que huyendo de la peste, abandonaron un día la ciudad de Florencia y se retiraron a sus villas campestres para oír cantar a los pajarillos, gozar del verdor de colinas y llanuras, sentir el olear de las mieses tendidas en los campo y disfrutar del aire fresco y puro mientras se hacían bellas guirnaldas con los ramos de las frondas, cantaban amorosamente y, sobre todo, contaban cuentos con que entretener la cuarentena; de todo lo cual da cuenta fidedigna el Decamerón de Boccaccio.
   La burguesía de la Edad Moderna, suplantadora de la nobleza medieval, cuya riqueza estaba vinculada a las rentas de la tierra, también construyó villas y palacios en sus predios campesinos, con los que satisfacía la necesidad de buen gobierno de su hacienda y el prurito de presumir de ostentación y de buena vida ante sus convecinos: casonas, caserones, alquerías, cortijos y todo tipo de mansiones, situados en lugares paradisíacos, rodeados de huertas fecundas o encaramados en peñascos y altozanos eran el lugar adecuado para el solaz, la ostentación y la buena administración de la propiedad, mientras los otros tenían que permanecer en la ciudad o ir a casa ajena para tomar las aguas de algún balneario o, más raramente, los baños de mar.
   En el siglo XX creció el afán de diferenciación, no ya individual, sino grupal, con la creación de barrios residenciales de carácter exclusivo –de alto estanding, como lo llamaríamos ahora-, situados en zonas de naturaleza privilegiada, en el extrarradio de la ciudad o a pocos quilómetros de ella, a los que no tendrían acceso más que las minorías adineradas: los barrios de Salamanca, la Moraleja o Somosaguas, en Madrid; Sans o Pedralbes, en Barcelona; Nervión, en Sevilla; Neguri, en Bilbao.
   Todo eso en España porque, si miramos más lejos, iremos a parar seguramente a las colinas de Hollywood, con sus mansiones de un lujo decadente y obsceno, que va desde las fachadas ostentosas a los invernaderos de atmósfera densa e inquietante, pobladas de magnates de vida oscura y de lánguidas rubias platino de moral más bien equívoca; todo eso tal y como se cuenta en la novela negra de Raymond Chandler o James Hellroy o se retrata en las películas del mismo tono de Orson Welles o Howard Hawks.
   Si venimos a lo de aquí, todos sabemos cómo la burguesía murciana se construía sus hotelitos o mansiones en La Alberca y otros enclaves de las estribaciones de la sierra sur. Y si nos centramos en Lorca, habremos visto que las casonas solariegas de las Alamedas, de la huerta o del Consejero, con su recia estructura cuadrada rematada por un airoso estudio de luminosos ventanales o los palacios del General, de Ollero o del Estanco o Estanque, en las laderas de la Sierra de Almenara, dejaron paso a espacios amplios donde se iban asentando las nuevas residencias veraniegas de comerciantes, abogados, corredores de comercio o curtidores, como ocurrió desde comienzos de los años sesenta en la parte alta de Purias, desde el cruce de la carretera de Pulpí hasta la Venta de Purias, donde fueron proliferando las modernas construcciones, llamadas ahora chalets, que tuvieron su punto de partida y su modelo en el llamado por antonomasia “el chalé”, dos pasos más arriba del bar Rosales, construido sobre planos traídos directamente de Suiza. Y fueron haciéndose cada vez más ostentosos conforme aumentaban los nuevos ricos, ya fueran especuladores, gestores del ladrillo o cultivadores afortunados de lechugas.
   Pero como la fortuna y la riqueza no es patrimonio de muchos y sí aspiración y envidia de todos, en los últimos años del siglo XX y los que van del XXI se ha producido una aparente socialización de la riqueza que conlleva, como signo externo más significativo, la posesión de una segunda residencia en el campo. La solución a estos imperiosos deseos, casi siempre reflejo de un quiero y no puedo de maestros, taxistas, albañiles, fontaneros, taberneros y rentistas de pensión máxima, ha sido la producción en serie de un sucedáneo de las antiguas mansiones y de los modernos chalés: interminables hileras de adosados o dúplex, que se suceden y se amontonan monótonos, uniformes, siempre iguales, en los llamados residenciales o resorts, con su jardincillo, sus buganvilias de juguete y sus terrazas de mazacote, desde las que se goza con la vista de la piscina, la pista de pádel y, quizá, el campo de minigolf, equipamientos colectivos que subsisten ya un tanto desmejorados por el avance inmisericorde de la maleza, el obstáculo de algunas aceras levantadas y el inconveniente de más baches de los aconsejados en las calles desiertas; pero eso sí, flanqueadas por densas hileras de farolas que iluminan el tránsito de la nada.
   Por eso muchos maestros, taxistas, albañiles, fontaneros, taberneros y rentistas de pensión máxima, así como alfareros, criadores de cerdos o pequeños especuladores del ladrilllo, además de jubilados alemanes e ingleses con pensión mínima, han querido huir de estas modernas aglomeraciones de diseño para emular, en un sueño imposible, las mansiones solariegas de antaño. Y para ello han elegido un espacio nuevo: los altos de la pedanía de Aguaderas, en las estribaciones de la Sierra de Almenara, entre las Cuestas del General por el poniente y los parajes de La Venta, El Puntarrón o El Cermeño por el este. Esta zona, conocida como Rincón de Aguaderas –y más concretamente, por la Orilla, por oposición al paisaje ancho y abierto de la parte baja, llamada Piñero-, la más densamente poblada tras la guerra civil por gentes paupérrimas –jornaleros del campo, trabajadores de las minas, gitanos canasteros, forasteros andaluces traídos por el hambre o agricultores de pequeñas huertas y secanos irredentos-, hoy luce todos sus cortijos –Los Cachá, la Huerta Nueva, la Casa Guillermo, la almazara de Terrer, el caserón de Los Miñarros, las casas del Mesillo o de La Venta- arruinados por la deshabitación y el abandono, y ya no queda en ella ni un solo poblador indígena: todos han sido exterminados por la inmigración imparable -a Francia o Alemania; a Totana, Elche o Castellón-, el éxodo a la ciudad o la cruel enemiga de la vejez y la muerte.
   Pero de un tiempo acá, las suaves lomas, los ribazos de las vaguadas y ramblas, la periferia del Cabezo del Horno, el pie de la Peña del Águila, los estrechos del Mesillo, las cañadas arcillosas al oeste de La Venta o las pendientes pedregosas y resecas que conducen a la antigua mina del agua, se han ido convirtiendo en un imposible remake de las colinas de Hollywood, abundante en construcciones variopintas en que se distinguen viejas casas restauradas, chaletes que más bien parecen chozas o chamizos, grandes mansiones rodeadas de fuertes y fronteras, viviendas insustanciales y residencias de diseño, en un revoltillo que refleja la condición variopinta de la mesocracia lorquina que, a lomos de sus flamantes todoterrenos, encuentra aquí los fines de semana su reposo del guerrero, al tiempo que realiza su sueño estéril de emular a los señoritos de antaño. Como yo lo vi, así lo cuento. Porque allí está todo para verlo. Y os digo que desde allí puede vislumbrarse muy a lo lejos nuestro conocido barrio de Los Ángeles. Y si os acercáis, Raymond Chandler os dirá al oído que más allá “puede verse la nieve sobre las montañas más altas” y que si ponéis imaginación, sentiréis que “en Beverly Hill empiezan a florecer las jacarandas”. Pero quizá esto último sea solo un sueño.

jueves, 2 de febrero de 2012

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

23. Agua para nadie                                                                               
14 diciembre 2011

Leemos en El Génesis que cuando no había nada sobre la tierra y “las tinieblas cubrían los abismos, el espíritu de Dios alentaba ya sobre la superficie de las aguas”, anticipando el futuro caminar de Jesucristo sobre las olas del mar de Galilea. Y todas las religiones, mitologías y culturas han insistido en la creencia de que el agua es el fundamento de la vida: la que hace nacer a una existencia nueva a través del bautismo y otras ceremonias iniciáticas y la que destruye y, a la vez, transforma el mundo, mediante el diluvio desatado e incontenible, como les ocurrió a Noé, según testimonio de la Biblia, y a los habitantes de Macondo, como se cuenta en Cien años de soledad.
   También el agua es un elemento esencial en la creación literaria. Es el símbolo de la aspiración humana de alcanzar la bienaventuranza en un mundo apacible y feliz. Así, la poesía bucólica -desde los clásicos Teócrito y Virgilio a los renacentistas Garcilaso, fray Luis o San Juan dela Cruz- compone paisajes idealizados en que “los ríos sonorosos” con sus “corrientes aguas, puras, cristalinas” o “la fuerte que mana y corre” son el centro de un paraje, bosque o huerto alfombrado de un verde prado, poblado de árboles frondosos y de tiernas flores y animado por los trinos de las aves cantoras y la caricia del fresco viento. En la poesía existencial, en cambio, el agua es el espejo del monótono o el raudo pasar de la existencia –los ríos son nuestras vidas, ya lo dijo Manrique- o no es más que el fluir repetido y cansino del vivir, como la copla borbollante que brota y brota de la fuente machadiana.
   Es en las zonas áridas del planeta donde se implanta con más arraigo esta concepción redentora del agua, concretada en dos espacios míticos que simbolizan la salvación y la vida: el paraíso y el oasis. Este sueño húmedo alcanza su perfección en el paraíso, locus amoenus en el que la abundancia de una tierra feraz, bendecida por aguas fecundas e inagotables, acoge a los bienaventurados y les ofrece graciosamente frutos que alimentan su ansia de amor, paz y felicidad. Así era el paraíso clásico de los Campos Elíseos, al que el pastor garcilasiano Nemoroso invita, más allá de la vida, a su amada Galatea para buscar “otros montes y otros ríos, otros valles floridos y sombríos” donde pueda gozar eternamente de su presencia. Y así lo diseñó el propio Yavé para residencia perdurable de Adán y Eva. Y así de regado y florido presenta Mahoma el Jardín del Edén, surcado por ríos que no solo llevan agua sino también leche, vino –oh sacrilegio- y miel,  para el goce de creyentes estragados por la aridez del desierto o por los gajes de la guerra santa, cada uno con la consoladora compaña de hasta setenta y dos huríes puras y de hermosos ojos. El oasis, en cambio, es un espacio real que sacia la sed del viajero perdido en el desierto, si lo encuentra; pero que se convierte en alucinación y espejismo para el que, en su extravío, lo ansía como un imposible en medio del mar inacabable de arena.
   Pero vengamos de la poesía a la prosa y de la fantasía a la realidad de nuestro pequeño mundo. Todavía algunos recordamos cómo en estos parajes áridos e inhóspitos del valle del Guadalentín florecían a menudo el oasis o el pequeño paraíso fecundado por el agua. Si uno salía de Lorca hacia el sur, y no era en el tórrido verano, tras abandonar la huerta pobre y desarbolada, podía encontrarse al poniente del Puente El Vao con una extensa llanura convertida en zona lacustre sobre la que sobrenadaban los almarjos o salados, que en otro tiempo enriquecieron a la comarca con la industria de la barrilla; o tenía que atravesar la rambla Biznaga por el camino de Piñero o el central de Cazalla sobre una especie de rayuela de grandes piedras que salvaban la corriente de agua; o podía hacerlo por la nueva carretera de La Pulgara y Campo López, dejando al lado el molino de la Guirreta que, como otros muchos de la comarca, usó el agua como fuerza motriz para la molienda. Tras salvar los llanos de Purias, los cabecicos de Velillas, las colinas de Cabezas Gordas, las lomas desoladas y polvorientas de la Balsica o las faldas de la Sierrecica y el Cermeño, se llegaba a las estribaciones de la Sierra de Almenara, que encerraba, tanto en su vertiente norte como en la sur, entre la aspereza de laderas cubiertas de bojas, esparragueras, enebros, acebuches, chumberas, acibaras y otros matorrales propios de las tierras áridas, decenas de ramblas y barrancos en cuyos márgenes se guarecían centenares de huertas grandes, pequeñas y hasta minúsculas, recostadas o recortadas en las laderas, con sus bancales sustentados en paratas y pedrizas y unidos milagrosamente a la balsa, al balsón o la alberca cuya agua les daba la vida por el cordón umbilical de unas acequias de trazado sinuoso e inverosímil, que zigzagueban entre ellos o se despeñaban de uno en otro por brencas y resbaladeros. Eso si no se trataba de paraísos perdidos encerrados entre montañas, donde el verdor de las huertas, la tupida fronda de frutales, álamos y otra vegetación de ribera y el cantar de las aguas que se despeñaban por caños, rápidos y pequeñas cascadas, componían un pequeño país de Shangri-La, como fueron las fincas de Chuecos, El General, La Quinta, Los López, El Mesillo o Palomera.
   Todavía nos queda en la memoria el rumor de las aguas que durante todo el año discurrían abundantes por las ramblas que de una vertiente u otra conducían a Campo López y que el caminante debía ir sorteando a lo largo del cauce; y sentimos como si fueran ayer los baños de verano en las pozas esculpidas sobre los rápidos de roca viva en la rambla de Purias; y aún escuchamos el siseo de los chopos y álamos, baladres y cañares que vestían, estremecidos por el viento, las riberas de ramblas y barrancos.
   Rememoramos aún cómo en muchas casas había un pozo del que se extraía el agua a no más de tres o cuatro metros de profundidad, y oíamos la garrucha quejosa y chirriante sobre la que se deslizaba la cuerda con el cubo de cinc rebosante de agua fresca y borbollante. Y cómo, tras los veranos extremadamente secos, la llegada del otoño hacía rebrotar o crecer el agua de galerías, minas, pozos y toda clase de nacimientos y veneros, aún antes que empezaran las lluvias. Y entonces comenzaba de nuevo el ciclo, con la preparación de los cultivos de otoño e invierno –patatas, ajos, cebollas, rábanos, habas…- y la recogida de granadas, membrillos y uvas tardías, que luego dejaría lugar a la eclosión de las frutas y hortalizas que alegrarían la primavera y el verano. Mientras, la alfalfa, el forraje y el verde que alimentaban a los animales daban faena en todas las épocas del año. Todo, pues, respondía al ritmo de los ciclos de la vida, eternamente renovados una estación y otra, un año sí y otro también, con sus etapas de humedad y de abundancia, seguidas de interrupciones y pausas más o menos frecuentes que traían la carencia y la sequía.
   Luego, a partir de los años 50, con el desarrollismo, vino el afán de dominar la naturaleza, extrayendo de ella con regularidad e insistencia lo que ella hasta ahora había dado por sus pasos contados y a su debido tiempo. Los primeros pozos artesianos, que sustituían el fluir natural de las aguas o su penosa extracción mediante galerías, largas conducciones o norias arcaicas, se recibieron como una bendición de Dios y produjeron una sensación desconocida de progreso. En El Esparragal, en La Escucha, en los llanos de Purias y, finalmente, en los lomos de La Balsica, la aparición paulatina de algunos pozos aislados fue sembrando de manchas de verdor esos parajes desolados y convirtiendo en cultivos extensos y seguros la siembra de tomates, pimientos, melones, sandías y pepinos, así como las plantaciones de toda clase de frutales, hasta entonces apenas vistos en estos secarrales.
   Después vino el crecimiento exponencial de la apertura de pozos por toda la costera de la sierra, desde Pulpí a Totana; por el Esparragal y todo el término de Puerto Lumbreras; por la diputación de Torrecilla y la mayor parte de la huerta de Lorca, hasta entonces  inexplotada por la profundidad de las aguas; se crearon grandes pantanos artificiales para rebalsar el agua; se transfirieron caudales ingentes para regar las explotaciones tomateras y frutales de Pulpí y de Águilas; y se implantó un sistema de cultivo intensivo con varias cosechas al año de productos que exigían gran cantidad de agua. Desde los años 70 hasta aquí, la espiral de sobreexplotación ha sido de delirio: la extracción de agua no ha cesado de crecer, con centenares de Hms3 anuales, cuando el acuífero tiene una capacidad de recarga de no más de nueve; han crecido en una cantidad no mensurable los pozos ilegales, alegales, tolerados o de sequía; se han perfeccionado los métodos de perforación a una velocidad vertiginosa y se han ido profundizando los sondeos, hasta llegar a varios centenares de metros; todo en una cadena sin fin, que se basa en la explotación desmesurada de los recursos, seguida del abandono repentino cuando estos se agotan.
   Las consecuencias de este desarrollismo incontrolado son manifiestas: la bajada del nivel freático desde los pocos metros anteriores a los centenares actuales, la desaparición de la mayor parte de las fuentes, veneros y resurgencias; la extinción de los cursos fluviales y escorrentías en ramblas y barrancos; la desecación total del acuífero en todo el piedemonte de la sierra de Almenara, desde la Escucha hasta El Hinojar, al tiempo que la roturación de tierras y la ampliación de la zona regable –llámese de nuevos regadíos, de regadíos tradicionales o de los eufemísticos riegos consolidados- se extiende por toda la costera, con eliminación de desniveles, barrancos y vaguadas, de sistemas tradicionales antierosión y de todo tipo de vegetación autóctona. Crecen exponencialmente las necesidades de agua, lo que lleva a insistir aún más en la sobreexplotación y en la exigencia urgente de “agua para todos”, en una dinámica ciega que no tiene en cuenta en ningún caso la necesidad de adaptación al medio, la optimización sostenible de los recursos y la previsión de que, a medio y largo plazo, el sueño de los trasvases de otras cuencas se convertirá en un imposible porque, aunque con un ritmo más tardío, aquellas están siendo esquilmadas también, como la nuestra, con la implantación de cultivos intensivos y el aumento imparable del consumo doméstico.
   Si usted recorre hoy los parajes de la sierra de Almenara, verá cómo las antiguas huertas han desaparecido y de ellas sólo quedan los esqueletos desolados de bancales, pedrizas y balsas; cómo los sistemas de contención de las aguas se deshacen, como las ramblas y escorrentías son cauces resecos en los que sólo persiste la maleza, mientras la vegetación de ribera ha desaparecido; cómo casas, cortijos y alquerías yacen entre una imparable ruina, enterradas en la memoria de un tiempo que ya no volverá. Y entonces, sin abjurar para nada de la aspiración al progreso, pensará usted en un futuro en el que se irá haciendo más irrealizable el lema imposible de “agua para todos”, y aún se verá como muy cercano el acueducto de trasvase de las aguas del Mediterráneo desde Cartagena hacia Madrid y los campos de La Mancha.
   Y entonces, cuando ya solo se riegue y se beba con agua de desaladora, algunos nostálgicos volveremos la vista atrás y encontraremos en la mitología clásica algún ejemplo provechoso aplicable a nuestro pequeño mundo: así como las cincuenta hijas de Danao, llamadas lógicamente las Danaides, fueron castigadas por los dioses a echar agua eternamente en unos vasos sin fondo por asesinar a su maridos, los causantes de tanto desastre ecológico y, subsidiariamente, los que piden “agua para todos”, podrían ser condenados a rellenar, en un ejercicio sin fin, el hueco insondable del acuífero que contribuyeron a desecar, aunque sea con el enhiesto surtidor del chorro de su orina. Y si no, podrían ser metamorfoseados en rígidas cariátides que, desde dentro del vacío, sostuvieran el suelo de la comarca, que, según últimos estudios, se hunde irremediablemente a causa de sus dislates. Y con esto ya nos valdría.