lunes, 2 de abril de 2012

RECETAS PARA CULTOS

27. El bobo ilustrado                                                                           

Un tonto ilustrado es más tonto que un tonto ignorante.

Molière

La verdad es que el catálogo de tontos no deja de aumentar, aunque alguien dijo hace tiempo que “los tontos, desde Adán, están en mayoría”. Y son más de los que uno cree, porque ya avisó Gracián de que lo son “los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”. Por eso, no hay mucha gente que no pueda presumir de un tonto en la familia, sea un primo lejano, sea un hermano, sea su marido o su mujer, o cualquier otro miembro de la parentela. Pero, sin ánimo de ofender, puede que lo sea usted mismo y no se haya percatado de ello, habida cuenta de que “el tonto, según Napoleón, está siempre orgulloso de sí mismo” aunque se lo adviertan, como ocurría en la niñez cuando nos insultaban los compañeros de juegos: “Eres tonto y en tu casa no lo saben”. Y ténganse en cuenta también que siempre vemos la tontuna en los demás y no en nosotros mismos: recuerde aquello de la paja en el ojo ajeno…
   Nuestro amigo Quevedo, que no tenía un pelo de tonto, redactó las ordenanzas de una cofradía –véanse sus Premáticas y aranceles generales, que todos deberíamos leer- dedicada a la acogida y reforma universal de tontos de muy distinta naturaleza: los que andan siguiendo las juntas de las losas –al contrario que Jack Nicholson en Mejor imposible, sin ir más lejos-, los que hacen figuras en el suelo con la orina cuando mean, los que desde lo alto escupen hacia abajo para ver si está el edificio a plomo, los que jugando a las bolos tuercen el cuerpo tratando enderezar la trayectoria de la bola, los que miran el pañuelo tras sonarse para ver si les han salido perlas de la nariz, los que preguntan por la salud a los amigos aunque se encuentren con ellos varias veces al día… Y no diremos nada de los tontos a secas, necios, simples, mentecatos, insensatos, badulaques, tontos del culo o del haba o del pijo….
    Y es que quiero detenerme en un ejemplar emblemático –como se dice ahora- que no solo es tonto, sino que exhibe su tontuna, aunque presuma de lo contrario: el bobo ilustrado, que es el guerrero del antifaz de los tontos, formado por un agregado estéril de dos materias primas complementarias: el vacío de la nada interior y el lustre que lo enmascara. Se trata de un tonto peligroso por inesperado, ya que encubre lo que no tiene y presume de lo que carece, para confusión y engaño de muchos, sobre todo si, además de tocado de tontuna, es hablador de diluvios, que no escampa ni de día ni de noche: sabe de todo, está al día de las últimas noticias, conoce y utiliza las innovaciones tecnológicas más avanzadas, habla de libros y de todas las artes y pontifica sobre deportes, aunque prefiere la Fórmula 1, el golf y el pádel por más selectos. Está claro, pues, que no coincide con Gaucho Marx en que “es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”.
    Pero profundizando en la pátina de sus pretensiones cultas, usted y yo podemos aportar algunos síntomas que, convenientemente combinados, nos pueden ayudar a componer su retrato robot. Así, la biblioteca de algunos de ellos no va mucho más allá de los gruesos volúmenes vacíos adquiridos en Muebles San José para completar la decoración del mueble bar o los estantes de la mesa del televisor; asisten a  toda clase de actos de la cultura local –presentaciones de libros de costumbres o de poesía, exposiciones, homenajes, entregas de premios…- aunque no tengan muy claro de qué asunto se trata; es frecuente que disfracen su digna condición de maestro de escuela con el título de crítico literario; asisten a las sesiones del cineclub –siempre que sean gratis- y presumen de sus preferencias por el cine japonés, coreano, curdo y, sobre todo, iraní, y por las versiones originales, aunque de más de una se les ha visto huir nada más oscurecida la sala; leen Los pilares de la tierra y demás novelas de Ken Follet, además de la trilogía Millennium, aunque presumen de haber devorado las obras completas de Haruki Murakami; e incluso algunos cuentan a sus amigos que, desbordados por las dimensiones de su librería, piensan contratar una recién creada empresa de emprendedores que se dedica a ordenar bibliotecas.
   Pero un signo inequívoco es que todos escriben, ya sean opúsculos, colecciones de cuentos, novelas históricas, reseñas de libros y exposiciones o -como yo, sin ir más lejos- se conforman con exponer sus tonterías en un blog que leen ellos mismos y algunos de sus amigos más cercanos; en este último caso, para no caer en contradicciones ni olvidos cuando el escribidor los examine sobre las bondades de su obra.
   Luego no digan ustedes que nos les pongo en guardia. Sean atrevidos: examínense a ustedes mismos y no tengan miedo al diagnóstico porque he de decirles que los tontos, aunque sean bobos de marca mayor, no sufren las consecuencias de su enfermedad, sino que son los demás los que las padecen. Además, anímense pensando que es una de las dos maneras que hay, según Jardiel Poncela, de ser feliz: ser tonto o hacerse el tonto. Por eso, déjense de tonterías y aprendan de mí, que les llevo la delantera en esto, como en otras muchas cosas.