miércoles, 2 de mayo de 2012

LA FERIA DEL MUNDO

29. Devociones laicas                                                                           

Así como la energía no se crea ni se destruye, sino que solo se transforma, igual ocurre con las costumbres, e incluso con las creencias y devociones. Vayamos a la demostración. Si ustedes son algo mayores, recordarán que en tiempos pasados las creencias religiosas y la vida devota estaban muy arraigadas en la vida cotidiana, con multitud de lugares y de ceremonias en que el buen cristiano ocupaba su tiempo libre. Catedrales, iglesias, monasterios, santuarios capillas o casas particulares eran espacios propicios para la devoción, pero también para el encuentro y la distracción: la misa, la procesión, la romería, el novenario, el septenario, el triduo, el rosario, eran actividades que ocupaban los días y las noches y, sobre todo, las tardes, de mucha gente, especialmente mujeres, que si eran muy asiduas a estas prácticas, eran llamadas despectivamente beatas. Y todos las veíamos, vestidas de negro, cubiertas con el velo y equipadas de misal y rosario, ir y venir por calles y callejas, solas o en compañía de otras, pero siempre con aire recatado y devoto. Y todos íbamos de romería o de misa de gallo, y todos celebrábamos los domingos y fiestas de guardar.
   Usted creerá que ahora todo esto ha desaparecido y ya no tienen vigencia estos santuarios, estas fiestas y estas figuras del pasado; pero si lo piensa bien, llegará a la conclusión de que los tiempos cambian y las costumbres se transforman, pero en el fondo responden a las mismas rutinas. Usted puede asistir ahora a multitudinarias romerías cuyos penitentes se dirigen los fines de semana y fiestas de guardar, no a La Fuensanta o a La Virgen de las Huertas, sino a modernos santuarios monumentales, llámense El Tiro, Nueva Condomina, Thader o Almenara, no ya de rodillas, andando o en carro, sino en modernas berlinas, todoterrenos y coches utilitarios, para admirar y adorar y, en su caso, adquirir, las modernas reliquias que allí, en lo que parecen lujosas capillas y oratorios, se exponen al culto, y asistir a ceremonias de tanto gusto como las proyecciones cinematográficas o las -no sé si sagradas- cenas y meriendas en restaurantes y chiringuitos de siseño, para finalmente volver alegres y contentos, como modernos penitentes que han quedado no se sabe si limpios de pecados, pero sí exhaustos de caudales.
   Pero si usted pasea por la ciudad, puede contemplar multitud de mujeres que van y vienen todas las tardes por calles y avenidas, ahora sin velo y con vestidos alegres y llamativos, de ida o de vuelta de las modernas iglesias, santuarios y cenáculos laicos, llámense centros comerciales, grandes almacenes, tiendas o boutiques, cargadas de bolsas grandes medianas y pequeñas, donde se atesora el producto de la nueva beatería laica, mil veces devotamente admirado y finalmente adquirido, en una rutina sin fin, que entretiene casi todas las tardes del año a las nuevas beatas, no sin cierto menoscabo de la economía familiar.
   Y no necesito darle más pelos y señales ni decirle que se han creado nuevas fiestas laicas –Dia del Padre, Día de la Madre, San Valentín, Día del Orgullo Gay, Halloween, Día del Cerezo en Flor, Día de la Mascota…- y periodos de devoción y penitencia –llamados Siete Días de Oro, Rebajas, Ofertas, Liquidaciones…- cuando familias enteras, hombres, niños y, sobre todo, mujeres, acuden en tropel a las modernas catedrales como El Corte Inglés o a las recoletas capillas que son las tiendas y boutiques, donde participan, con excitación y arrobo al mismo tiempo, en el moderno sacrificio del consumo, que ellos creen que sosiega las almas, aunque más bien somete a dura penitencia los cuerpos y a cruel sonsaca las faltriqueras.
   Que Dios nos pille a usted y a mí confesados, y con las tarjetas de crédito bien provistas, por si nos vemos arrastrados a las prácticas de esta nueva mística, mucho más gravosa que la antigua, que se conformaba con gastar la prosa en rezos y jaculatorias. Que todo puede pasar.