sábado, 2 de junio de 2012

ACADEMIA DE LA LENGUA

31. Retólicas del pudor y la disculpa                                                  

Muchas personas que se tienen por cultas y refinadas opinan de una manera atrevida e imprudente, que la gente común, poco letrada, adolece de un comportamiento rudo y grosero que, como ahora dicen, no se compadece con la educación y las buenas maneras. Opinión que, por cierto, desconoce o desprecia toda una retórica o, por ponernos en el medio del que hablamos, de una retólica de la cortesía y de la buena crianza que incluso resulta a veces un tanto excesiva, además de ingenua y bien intencionada, por lo que provoca la risa y la burla de esas personas ilustradas como ustedes que me leen, pero que a veces tampoco entienden lo que yo les digo, y no pasa nada.
El pudor y la disculpa los provocan diversos elementos, que merecen el respeto, si no el temor, del que habla: en primer lugar, los interlocutores, a quienes la cortesía obliga a pedir disculpas por todo aquello que pueda resultarles burdo o grosero, o simplemente inadecuado a sus ideas o condición; pero también la presencia de los alimentos y de la mesa que los representa, ante los cuales se debe obviar toda referencia a lo grosero o maloliente; y, además, los deudos ya desaparecidos, cuya simple mención exige la automática petición de indulgencia para su alma.
Y los referentes cuya mención ha de endulzarse con la imagen eufemística o la fórmula de disculpa son todos los relacionados con realidades sucias o nefandas de por sí, o consideradas socialmente como tales, incluidas naturalmente las referidas a órganos y funciones fisiológicas y sexuales. En torno a estas realidades se acumula un lenguaje formulario que pretende la excusa o la disculpa por su mención, considerada en el fondo necesaria, pero formalmente inconveniente y grosera.
Tres fórmulas, muy usadas hasta hace poco, trataban de pedir la benevolencia del destinatario, dejándolo como al margen de lo que se dice para que no se sienta cómplice de la mención impertinente: hablando conmigo solohablando conmigo mismo y hablando cortamente; fórmulismos retóricos que se emplean preferentemente cuando se hace referencia a los chinoshablando cortamente, que son los cerdos o guarros, vistos como paradigma de suciedad y de impresiones malolientes; retórica “gorrina” de la que ya se burlaba el narrador del Quijote al mencionar “una manada de puercos que, sin perdón, así se llaman”. Aunque este “autismo” excusatorio es aplicable también a otros referentes como el retrete, ya de por sí llamado eufemísticamente el excusado, y a lo que en él se hace, y a todo lo referido a ciertas partes del cuerpo.
Y es que la petición de perdón es la mejor manera de excusar la supuesta inconveniencia. Así, el sencillo con perdón, colocado inmediatamente después de la mención inadecuada –“Se le ve el culo, con perdón”, “Estaba enredado de mierda, con perdón, de arriba abajo”-. Aunque colocado inmediatamente antes, entre el término tabú y el determinante que lo precisa, puede tener una intención equívoca, desde la sincera y urgente excusa –“Se le veía el con perdón culo”; “Tenía la casa llena de con perdón mierda”- hasta el subrayado peyorativo de lo aparentemente excusado para resaltarlo, como cuando se dice “Te voy a dar una patada en el con perdón culo” o se replica airadamente: “¡Una con perdón mierda!” o “Cómete una con perdon mierda”.
A veces el hablante, cortésmente, invoca los interlocutores u oyentes para pedirles explícitamente disculpas por la escabrosidad o impertinencia de sus palabras; por lo que no sería raro escuchar expresiones del tipo: “Señores, me voy a estercolar, con perdón de los presentes” o “Se le escapó un cuesco, con perdón de la compaña”. Retórica exculpatoria que se hace necesaria cuando se ponderan las excelencias de personas o de pertenencias ajenas a los participantes en la conversación, alusiones que pueden suscitar la envidia o el menoscabo de los presentes, por lo que es muy conveniente suavizar las reacciones negativas con un exculpatorio mejorando lo presente: “Qué guapa era aquella señora, mejorando lo presente”, “Tenía una casa muy jampona tu hermana Ginesa, mejorando lo presente”. Y en ocasiones el hablante diluía su culpa en la costumbre colectiva de mentar lo inconveniente o incorrecto, con las expresiones como dicencomo se suele decir o como hemos dicho siempre: “El borrego esta escagarruciaocomo se dice”; “Se ha esfaratao el brazo, como hemos dicho siempre”.
Obligado era el respeto reverencial a la mesa y a los manjares que en ella se colocan. Por eso nunca se mencionaba objeto o acción grosera o maloliente a la hora de comer que no llevara el estribillo con perdón de la mesa. Y en todo caso, se esté o no a la mesa, es imprescindible el enmascaramiento de los órganos fisiológicos o sexuales, así como tumores o heridas cuya visión o mención daña los sentidos, con el genérico sitio o parte acompañado del adjetivo de valor comparativo semejante, que hacen que parezca que no se diga lo que se dice; y si es menester, adobado con la disculpa explícita del aunque esté feo señalar. Así, alguien dirá: “Tengo un dolor en semejante parte…”, acompañado del gesto indicativo y del consiguiente aunque esté feo señalar; pero también podría decir lo mismo sin indicación alguna ni petición de disculpa, en cuyo caso el destinatario podría pensar en cualquier sitio o parte, incluso lo peor, y no iría descaminado.
Y el respeto reverencial a los deudos fallecidos y la necesidad de hacer omnipresente el dolor por su pérdida, exigía que durante toda la vida no se pudieran mencionar sus nombres en vano, sin la petición de indulgencia o de perdón para su alma, mediante formulismos indisolublemente añadidos a la mención del muerto, en sus variantes Dios lo haya perdonadoque Dios lo tenga en su gloriaque en gloria esté o que en paz descanse.
Hoy puede decirse que estas fórmulas de la repalandoria popular, a veces reiterativas y un tanto arcaicas, pero llenas de humildad y de reconocimiento de la propia indigencia expresiva, prácticamente han desaparecido de la conversación, y ya todo el mundo habla con el mismo tono directo, a veces desconsiderado y brutal, que a algunos nos hace añorar aquellos oscuros tiempos en que el respeto y la consideración en el hablar eran patrimonio de muchos, incluso analfabetos o poco cultivados. Mejorando lo presente y aunque esté feo señalar.