domingo, 1 de julio de 2012

LA FERIA DEL MUNDO

32. Acoso digital                                                                                     

Lo tengo dicho, por activa y por pasiva: las costumbres no cambian; solo se transforman. No crean que es verdad aquel deseo de Lampedusa de que algo cambie para que todo siga igual. Lo cierto es que nada cambia: cuando una costumbre se degrada y se hace casposa y mostrenca, se enmascara y se adereza con unos ropajes llamativos que le dan apariencia de nueva y rompedora, aunque en el fondo todo siga siendo igual.
Para demostrarlo, me remitiré a un solo ejemplo, pero muy ilustrativo: la extendida y fea costumbre de maltratar gratuitamente a familiares, amigos y conocidos con la exhibición de testimonios gráficos de cualquier evento personal o familiar que, en principio, no debe interesar más que al propio interesado. Pues bien, tras una boda, bautizo, comunión o viaje, se abría la veda casera del safari fotográfico o videográfico, en el que la pieza por cobrar era el desprevenido espectador. Si la ingenua víctima padecía un encuentro casual con el cazador de marras o hacía una visita de cortesía al lugar de autos, caía, sin comérselo ni bebérselo, en las redes del exhibicionismo más cruel: retenido a la fuerza, tenía que celebrar una por una las fotos del grosísimo álbum de boda, bautizo o comunión, extraído de una considerable maleta de piel de cocodrilo; o tendría que “gozar” durante horas y horas de los testimonios gráficos del último viaje del maltratador a la Guinea Papúa o a Totana, que para los efectos es lo mismo, adobados con comentarios detallados y prolijos sobre las maravillas del paisaje y la idiosincrasia de los aborígenes del lugar.
En el caso de un anfitrión más moderno, el ritual se trasladaba a la pantalla digital, del ordenador o de la televisión de plasma, ante la que había que permanecer con la baba caída, asintiendo siempre, sin perder un detalle de las imágenes ni de las indicaciones, comentarios, sugerencias y preguntas de control del comentarista.
Sin embargo, las presuntas víctimas, llevadas de su encomiable espíritu de supervivencia, desarrollaron comportamientos y estrategias para rehuir tan dura prueba: caminaban por callejas apartadas, trochas y descampados ante el riesgo de un encuentro inesperado, excusaban durante una cuarentena de al menos seis meses la vista o la cercanía a la casa del perseguidor, se fingían ausentes ante una visita inesperada o una llamada telefónica o aducían dolamas y enfermedades de toda laya para no acudir a los reclamos del exhibicionista. Y así iban trampeando y defendiéndose, con la esperanza de que el paso del tiempo fuera curando los afanes comunicativos del interfecto.
Hete aquí que esta costumbre desconsiderada y abusiva parecía haber pasado de moda, haber cambiado; pero abandonad toda esperanza porque sólo se ha transformado para hacerse más atosigadora y letal. Ahora, el exhibidor presume de toda una parafernalia móvil con todos los adelantos, llamados aplicaciones, para atacar de forma inmisericorde a sus presuntas víctimas. Si está usted alegre y confiado en una tertulia de café, en una comida familiar, de paseo por las alamedas, e incluso en misa, puede ser atacado sin previo aviso, atosigado y finalmente vencido, por enemigos que de uno y otro costado le obligarán, quiera o no, al pase psicodélico de una o varias galerías de fotos, en tamaño mayor o menor, que el experto irá manipulando en el artefacto digital con amorosos toques de dedo o pellizquines sobre la pequeña pantalla del Samsung Galaxy o el Ipod o el Ipad, y usted tendrá que tener la cabeza metida en su regazo, en postura forzada y casi obscena, y al mismo tiempo levantar la vista para asentir a sus gestos e indicaciones e ir deslizando sonrisas y ditirambos acerca de las imágenes que van danzando por la pantalla, sean de iglesias del románico palentino o de iglús de Laponia, de la primera dentición del niño, de las pedorretas del abuelo o de antologías inacabables de nubes, paellas, carreras de sacos y otras lindezas capturadas en la red; cuando no se trate de un chiste gráfico, un concierto de silbidos orquestado con las orejas o cualquiera de los grandísimos eventos culturales que los internautas intercambian como si se tratara de un concierto de la Filarmónica de Berlin o un impagable discurso de Obama. Y siempre con la espada de Damocles del dedo acariciador y de los pellizquines a la pequeña pantalla, que podrían errar y posarse en, con perdón, semejante parte.
Por eso, los varones prudentes y discretísimos y las damas honestas y recatadas pasan la vida en vilo, en un continuo sinvivir, pendientes del ataque fotodigital imprevisto; y muchos de ellos ya no hablan ni pasean con amigos y no acuden a eventos culturales ni a reuniones familiares. Convertidos en modernos anacoretas y en verdaderos misántropos, ya no salen de casa, como un Salman Rushdie cualquiera. Y así llevan una vida tranquila y regalada, sin sobresaltos. Pero, amigo lector, nada más lejos de mi ánimo que inquietarte con mis avisos. Aunque no estaría mal que diga que acabo de adquirir un Samsung Galaxy de última generación. Llévalo en cuenta.