miércoles, 1 de agosto de 2012

LA FERIA DEL MUNDO

34. Serpientes de verano (y de invierno)                                          

Viene de largo el que, llegado el verano, en tertulias, mentideros y demás reuniones de desocupados disminuyeran los contertulios y mucho más los protagonistas de noticias y habladurías, idos a los baños o de veraneo; y como consecuencia, languidecieran los temas de conversación, por lo que había que recurrir a asuntos mil veces tratados o, en su defecto, a temas nimios que en circunstancias normales merecerían el desprecio y el olvido. Y si la carencia se acentuaba, lo procedente era inventar sucesos llamativos por lo desmesurado o inusual. Ya se sabe: el fantasma que se había aparecido a más de un vecino pidiéndole tabaco o agua y, en algún caso extremo, la reparación del honor conyugal perdido; o la visita de un ovni, acreditada con los datos fidedignos de que había abducido o, por lo menos, hecho ciertas proposiciones deshonestas a algún conocido. Y si no había otra cosa mejor, la reaparición del monstruo del lago Nees o el hallazgo de un enorme esqueleto, por lo menos de dinosaurio, en los barros aluviales del pantano de Valdeinfierno. Ya se sabe: eran las serpientes de verano, que alimentaban la conversación, enriquecida con mil y un detalles que los tertulianos, sin cortarse un pelo, iban añadiendo sobre mojado, con la acreditación de su propia experiencia y la aportación de testimonios de primera mano de familiares y conocidos.
   Con el paso del tiempo, la serpiente de verano fue desbordando el ámbito familiar y doméstico de la tertulia, para alcanzar la categoría de subgénero periodístico, ubicado en cualquiera de las secciones del diario, desde las de interés humano a las de sociedad, nacional o internacional, que se convertían en comidilla para los lectores durante varios días, al tiempo que rellenaban generosamente las páginas escuálidas y faltas de verdaderas noticias. Así se iba desgranando la historia de la serpiente real o figurada: los detalles de su existencia, sus apariciones y avistamientos, sus cambios de camisa, los testimonios de avistadores y testigos, en un culebrón sin fin que lo mismo que iba creciendo durante días, finalmente se desinflaba e iba  pasando a segundo plano hasta extinguirse por ley natural o suplantada por una serpiente nueva y, por tanto, más atractiva.
   Sin embargo, desde hace un par de años, y sobre todo este verano, la visión intrascendente e incluso jocosa de la dichosa serpiente, que nos tenía entretenidos y descuidados, ha dado paso sin previo aviso a un ejército de serpientes, víboras, boas y ofidios de muy distinta naturaleza, tamaño y peligrosidad, que nos recuerdan, partiendo del lamentable suceso que le ocurrió a Adán debajo del manzano, que la serpiente, sea de verano o de invierno, es el símbolo de la perdición del género humano. Y los periódicos, noticiarios de la radio, telediarios y páginas de Internet se han poblado de un hervidero de ofidios que sisean, silban y se deslizan sinuosamente para asombro y terror de lectores, oyentes y espectadores, así como de familiares y amigos a los que estos ponen en antecedentes del peligro, y se convierten en motivo de discusión acalorada en calles, mercados y tertulias de reboticas y salones familiares. Y cada día corren las noticias que dan cuenta de que se prodigan sus apariciones y sus ataques, con ejemplares de mayor tamaño y peligrosidad, que dejan maltrechas a miles, e incluso millones, de víctimas, y atónitos y aterrorizados al resto de los mortales, ya sean funcionarios, pensionistas o gente común.
   Estas serpientes de verano, que amenazan con hacerse habituales en todas las estaciones del año, son de especies variadas y con una capacidad camaleónica de transformarse y mimetizarse de acuerdo con la situación, de manera que aparecen  en forma de primas de riesgo, de agencias de rating y, en general, de mercados; de diputados y senadores; de directivos y consejeros de bancos y cajas de ahorros; de rectores, decanos y coordinadores de la feliz gobernación de la universidad; de presidentes, consejeros, altos cargos, asesores y mesnadas de paniaguados y parientes abrevados en el pesebre autonómico; de magistrados y miembros de altas instituciones del estado; de dignatarios europeos; de alcaldes con su caterva de empleados públicos por la cara, amigos y recomendados, en una lista inacabable que amenaza cada día con ser más numerosa.
   Los desastres que provocan se van desgranando y se acumulan en una progresión sin fin, que no deja indemne a nadie, salvo a los de siempre: un día nos inoculan participaciones preferentes, y otro hipotecas basura, y después embargos y desahucios; y nos cortan y nos recortan por todas partes, sin tregua ni reposo, de manera que hoy desaparecen centenares de medicamentos y mañana miles de profesores, y pasado se evaporan los complementos salariales o se desvanece la paga de Navidad; y, en fin, se cierran ambulatorios y se entorna la puerta de residencias de la tercera edad, se restringen o se suprimen servicios, mientras se mantienen aeropuertos vacios, carreras universitarias despobladas, embajadas y televisiones de aldea, en una acción depredadora insaciable que, a costa de innumerables víctimas, va engordando la horrísona y reptante fauna que, lejos de disminuir, cree, y se hace cada vez más peligrosa y agresiva: mercados, primas de riesgo y agencias de rating; rajoys, montoros, diputados y senadores; dirigentes y consejeros bancarios; valcárceles, ballestas y demás vividores de la taifa autonómica; dívares y otros seguidores de Montesquieu, mérkeles, hollandes y draguis; jódares, cámaras, samperes y demás familia municipal, se eligen, se reproducen, se autonombran, se regeneran o se sustituyen unos a otros en un inacabable trajín que los rejuvenece y los refuerza, para desgracia de los que son devorados para satisfacer su insaciable hambre de poder y de dineros.
   Los medios de comunicación, olvidados ya de las inocentes e inofensivas serpientes de verano de antaño, dan cuenta fidedigna de las luchas despiadadas de estos depredadores al disputarse la carnaza y ofrecen el parte de desastres y de bajas que llueven sobre ciudadanos de a pie, emprendedores, autónomos, empleadas de hogar, funcionarios, hombres y mujeres, abuelos y niños, policías y militares sin graduación, campesinos e industriales, en una lista sin fin.
   Y mañana, más; hasta que los campos, y las calles, y los hospitales, y las escuelas, y las residencias de ancianos se conviertan en lugares inhóspitos y selváticos en que el hombre será un  lobo para el hombre, disfrazado de toda clase de sierpes, que ocuparán campos, villas y aldeas, como una interminable serpiente de verano con miles de cabezas, que nos observan, atentas y mortales, para elegirnos como su nueva presa. Y así, un día y otro, sin convicción ni esperanza.