domingo, 2 de septiembre de 2012

LA FERIA DEL MUNDO

35. Elogio del energúmeno                                                                  

No es que yo quiera emular al caballero Tristram Shandy, quien contó su vida desde antes de su nacimiento; pero sí voy a decir que en el vientre de mi madre yo ya tenía decidido mi futuro: quería ser energúmeno, aunque como me ocurre con tantas cosas, me entraba la duda de si tal especie nace o se hace. Naturalmente, si el energúmeno es un individuo poseído por el demonio, como le viene de tradición desde la antigua Grecia, parece que es necesario que lo que va a ser poseído exista previamente; aunque tampoco sería atrevido que la posesión le viniera de natura, adquirida ex ovo, como un bien que se tiene de nacencia.
   Si el poeta Nicanor Parra, experto en la materia, afirma que “el energúmeno es un sujeto contradictorio, rebosante de vida, en conflicto permanente con los demás y consigo mismo”, conviene que lo manifieste ab initio, provocando ya de entrada un parto doloroso, con aplicación de fórceps, cesárea y otros procedimientos agresivos para la madre, que dejaran ya marcado ese carácter levantisco y rebelde del energúmeno neonato, que luego se prolongará en berreas, estropicios y toda clase de tropelías en la infancia, que Quevedo caracterizó como “lágrimas y caca”, “viruelas, baba y moco”. Y ahí tenemos ya al pequeño energúmeno convertido en el rey de la casa, frenético y alborotado, que es centro de todas las reuniones, dicta lo que se ha de hacer, opina de todo a gritos y no deja decir nada, reprende y recrimina la conducta de sus padres y mayores ya sea a voces destempladas, recurriendo a la fuerza física o metiendo miedo con amenazas o chantajes, desde la enumeración de los derechos del niño hasta el recurso al teléfono del menor.
   Pero donde el energúmeno aprende de verdad y perfecciona sus virtudes es en la escuela, hasta graduarse en las mejores artes y ciencias del energumenismo: alborotar en clase, responder y escarnecer a maestros y mayores, vocear y blasfemar a grito pelado por aulas pasillos y patios, romper picaportes, patear puertas, inundar o arrancar sanitarios, incendiar el ascensor y ser tan amigo de lo ajeno como de lo propio; pero vociferando siempre su inocencia, enfrentándose al director y al jefe de estudios, solicitando la ayuda del departamento de orientación y del consabido equipo de psicólogos, alegando persecuciones y manías de profesores, bedeles y administrativos; y siempre comprendido, alentado, exculpado y defendido por el AMPA, su graciosa madre y una cohorte interminable de abuelos, tíos y demás familia que alimentan su ego y lo hacen impermeable a la responsabilidad y enemigo de la autocrítica y la disculpa.
   Y con esto ya tenemos al energúmeno graduado para la vida adulta, dispuesto a agradar a admiradores como Gustave Flaubert, quien, en un rapto de sinceridad, confesaba: “Me gustan los tipos tajantes y energúmenos. Sin fanatismo no se hace nada grande”. Y ya no nos falta más que hacer su taxonomía, que bien nos puede permitir su clasificación en dos grandes especies: energúmenos incruentos y cruentos. Pero unos y otros, furiosos, alborotados, vehementes, iracundos, violentos y exaltados.
   Entre los energúmenos incruentos, que provocan inconvenientes, molestias y daños, pero que no dejan que la sangre llegue al río, están los habladores de diluvios, que se pasan el día y la noche granizando su prosa sobre familiares, amigos y desconocidos. Son los que en las tertulias hablan más y más fuerte que nadie, interrumpen a todos, tienen argumentos para defender o rebatir una cosa y la contraria, dan lecciones de todo y no quieren saber de nada y muelen a gritos a propios y extraños. Se abalanzan sobre el interlocutor, lo cogen de los hombros, lo agarran de la solapa o le desabotonan la camisa con una dialéctica táctil que soba al más pintado y dejaría desarmados a los más atrevidos habladores, de los que habla Lucas Gracián. De estos huyen, sin ningún éxito, sus presuntas víctimas como de nube de pedrisco, de manera que a su paso o llegada se van despoblando las tertulias de vecinos, las sombrillas y chiringuitos de la playa y toda clase de grupos o individuos que puedan quedar al alcance de su verbo.
   Pero más grave es el caso del energúmeno cruento, que en palabras de algún famoso predicador, “tiene llena de energúmenos la cabeza” y trata de imponerse con un fanatismo rabioso, fuera de toda razón. Es el que ridiculiza y calla a su mujer ante propios y extraños, el que echa la culpa a los demás de sus errores y dislates, el que agrede de palabra o de obra a quien le reconviene, el que defiende a sus criaturas aunque sean auténticos desalmados, el que en un accidente provocado por él echa la culpa a su víctima, al firme de la carretera o a la máquina del tren. Es ese que se queja de cualquier servicio, afea la conducta de quien le atiende, monta escándalos en la piscina o en el restaurante y declara culpables a los vecinos que le llaman la atención por alborotar, presentándose él, naturalmente, como la víctima. Envidia la situación de los demás aunque sea peor que la suya, se confiesa agobiado por los impuestos al tiempo que declarado evasor fiscal, atropella los principios de la convivencia mientras proclama sus virtudes como ciudadano. Y acabará asesinando a su mujer alegando que es suya, sacando una navaja o la escopeta para dirimir sus pleitos y tomando la justicia por su mano en caso de supuestos agravios. Y si no, presumiendo de hacerlo, como nuestro Lazarillo de Tormes, quien, ante los rumores evidentes del engaño de su mujer, amenazaba a sus propaladores diciendo que se mataría con ellos, lo que hacía que nadie le dijera nada.
   Pero el colmo de todo es que a mucha gente, visto de lejos, o de algo más cerca, le hace gracia el personaje y lo eleva a la condición de modelo social, como hombre desenvuelto y atrevido “que trata de tú a todo el mundo” (sic), que se hace a sí mismo rompiendo barreras y que triunfa contra viento y marea, sin darse cuenta de que la marea y el viento son los ciudadanos civilizados que, víctimas de su anticuado concepto del respeto y la consideración, son sacudidos y arrinconados por estos “tipos tajantes y energúmenos” que tanto gustaban a Flaubert.
   Y dicho todo esto, no sé si me quedan ganas de confirmarme como energúmeno profesional, según pensaba desde mis más remotos orígenes. De todas maneras, denme la razón siempre y digan siempre sí a todo lo que yo diga, porque “quien otra cosa dijere, yo me mataré con él”. Y así todo quedará claro.