viernes, 2 de noviembre de 2012


NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

37. Apoteosis de la taberna y la terraza                                             

Si a usted le dicen que vivimos un tiempo de penuria y de crisis, un pequeño garbeo por la ciudad le bastará para desmentirlo. Verá usted un enorme bullicio en las calles llenas de gente, un runrún de conversaciones y hasta un griterío exaltado que no es signo precisamente de apocamiento y de tristeza. Si a usted le dicen que en la ciudad asolada por el terremoto y las inundaciones, apenas hay trabajo, que los parados se cuentan por miles y que los comercios de ropa e incluso de comestibles cierran por decenas, llegará usted a la conclusión de que la ciudad alegre y confiada ha encontrado un remedio infalible para combatir estas manifestaciones de la crisis o, al menos, para disimularlas. Viendo dónde van y de dónde vienen tales multitudes sabrá usted que ese milagro es la proliferación de bares y tabernas y de sus espacios colaterales, las terrazas.
   Quizá los lorquinos, sabios y cultos donde los haya, aunque no den muestras de ello, han decidido aplicarse a sí mismos el aforismo latino que dice que “cuando estamos en la taberna, no nos preocupamos de la tumba” -y quien dice tumba, dice paro, estrecheces económicas y apuros cotidianos- y han llegado a la misma conclusión que Hobbes cuando afirmaba que “el ocio es la madre de la filosofía”. E incluso es posible que hayan alcanzado la perfección del estado de bienestar y de la calidad de vida, siguiendo la pauta de Theophile Gautier, quien propugnaba que “la ocupación más propia del hombre civilizado es la de no hacer nada”.
   Y una prueba de esta marea lúdica, que entretiene a los ciudadanos en la despreocupada y agradable tarea del asueto y la conversación es la apertura de decenas de nuevos bares, tabernas, taperías y mesones, tanto en el centro como en los barrios periféricos. Y sobre todo el ataque imparable de las terrazas, que avanzan como una marabunta rumorosa y vocinglera por aceras, esquinas, rincones, pasajes, plazas y placetas, e incluso ocupan la calzada con plataformas y tarimas que desafían al tráfico rodado, con toda una parafernalia de mesas, sillas, sillones y poltronas, de lámparas y veladores, de toldos y sombrillas descomunales, de televisores de más de cuarenta pulgadas colgados en postes y farolas, de ventiladores, humificadores y estufas de formas y tamaños variopintos, con marquesinas de dimensiones giganteas, que entorpecen el tránsito de viandantes e incluso de vehículos en una proceso de ocupación de la res publica que no parece tener fin. Y todo eso sin hablar de aquellas terrazas y chiringuitos adornados de un toque chill out.
   Y entonces usted, cuando vea ciudadanos respetables, dignos padres y madres de familia, señoras de pedigrí, jóvenes, janglones y ancianos que ocupan gran parte de sus días y de sus noches, ya sea de buena mañana, a mediodía, por la tarde o de madrugada, trátese de domingos, fines de semana o fiestas de guardar, e incluso lunes o miércoles, en tomar desayunos, aperitivos, comidas, cafés, meriendas, cenas y copas variadas, instalados en medio del jolgorio de la terraza, llegarán, como yo, a la conclusión epicúrea de que los lorquinos tenemos como pauta que “debemos buscar a alguien con quien comer y beber, antes que buscar qué comer y qué beber, pues comer o beber solo es llevar la vida de un león o un lobo”. Y cuando veamos a nuestros familiares, amigos, vecinos y conocidos invernar o veranear en la terraza, vegetando en ella entre voces, alboroto y jolgorio, sin levantar el campamento hasta las dos de la madrugada, aunque sea martes, veremos que en ellos se personifica el dicho popular de que “al trabajo no llego porque estoy cojo, pero voy a la taberna poquito a poco”. Y entonces usted y yo llegaremos a la conclusión de que el buen español retratado por Larra, que deja sus negocios siempre para mañana y que “se pasa haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando las siete y las ocho horas seguidas”, lo tenemos reencarnado y multiplicado delante de nosotros, sentado o despatarrado en la terraza, con su desayuno, su aperitivo, su café o su buena cena, rodeado de amigos, amigotes y amigachos que compiten con él únicamente en ser el producto genuino de la taberna y la terraza, ruidoso y vociferador, que arregla el mundo con el rumor de su pico mientras molesta y atosiga al vecindario, al tiempo que cierra los ojos ante lo que de verdad le pasa. Eso al menos mientras duren los cuartos de las indemnizaciones del Consorcio. Y luego ya veremos.
   P:D.: Por si es de su interés, le diré que le escribo estas ocurrencias sentado, como siempre, en mi terraza favorita; y espero que usted, para no desentonar, las lea bien apoltronado en la suya. Que esta vida son cuatro días y lo cortés no quita lo valiente.