sábado, 1 de diciembre de 2012


LA FERIA DEL MUNDO

38. Así es, si así os parece                                                                  

Cuenta la leyenda que los escitas, cuando sufrían una derrota o una catástrofe, considerándose libres de toda culpa, lanzaban sus dardos contra el cielo como causante de su desgracia. Nada se cuenta de lo que ocurría con esas flechas cuando, acabado su impulso, se daban la vuelta y caían con celeridad y violencia a la tierra; pero a mí no me cabe duda de que algunos de estos guerreros serían víctimas propicias de sus propias saetas como castigo a su irresponsabilidad y osadía.
   La anécdota legendaria refuerza la tesis de algunos, entre los que me encuentro, de que en nuestro mundo moderno nos estamos volviendo todos un tanto escitas, o al menos nos esforzamos por parecerlo. Desaparecidas las barreras de la moral y de la ética, que establecían unos límites más o menos precisos entre lo bueno y lo malo, entre lo admisible y lo inadmisible, lo que obligaba a actuar rectamente, a ser responsables de nuestros actos y a asumir la culpa de comportamientos torcidos o dañinos, resulta que empezamos a mezclar con demasiada frecuencia lo verdadero y lo falso, lo recto y lo torcido. Eso nos lleva a la confusión y al engaño, como les ocurría a los que en la Gran Plaza de la Apariencia, según cuenta Gracián,  se dejaban embaucar por un charlatán que hacía pasar un torpe burro por el águila de Júpiter, símbolo del poder y la sabiduría; idea que también recoge el discurso desgarrado del viejo tango porteño, que ya en 1934 sentenciaba que “en el siglo XX, cambalache, problemático y febril”, “es lo mismo un burro que un gran profesor”, para añadir que, suprimido el escalafón, ”los inmorales nos han igualao”·
   Pero aún nos faltaba mucho por ver. Llegado el siglo XXI, parece que el mundo se ha puesto al revés, pues se ha despejado la confusión que equiparaba a torpes y sabios, íntegros y corruptos, buenos y malintencionados, para dejar clara la inversión radical de los valores: se desprecia la verdad, la honestidad y el bien y donde ayer estaban los que practicaban estas virtudes hoy se aposentan los que las ignoran o las niegan, y quienes antes eran denostados y descalificados, hoy triunfan y son admirados, defendidos o votados por aquellos mismos a los que maltratan y oprimen.
   Si usted se da un garbeo por la casa de las mejores y peores familias, verá que bastantes padres ya no dictan normas ni reprimen ni se esfuerzan por enderezar las tiernas varas de la niñez y la juventud de sus hijos, sino que muchos de estos hijos desprecian, sojuzgan y humillan a sus progenitores con sus comportamientos atrabiliarios, caprichosos o agresivos que convierten en criados y siervos a los que les hacen la cama, les limpian, les dan de comer, les esperan en vilo de noche y de madrugada y los mantienen como tiranuelos felices hasta los cuarenta años, sin oficio ni beneficio, abasteciéndolos de dineros que alimentan su rebeldía de pacotilla, además de diversiones y caprichos.
   Si nos paseamos por las aulas de un centro de enseñanza, veremos que el alumno que estudia y actúa con respeto y responsabilidad, corre el riesgo de sufrir la marginación, el escarnio y el acoso de pequeños matones que alardean de su inutilidad y presumen de conocer todas las prerrogativas de su impunidad. Y verá usted a muchos padres que dictan los criterios académicos, que reprueban la autoridad del profesor poniendo por encima de todo la felicidad, la holgazanería y la indisciplina del niñato, que se convierte en juez y parte de una causa en que el aprendizaje y la buena educación hace tiempo que fueron condenados.
   Y pásese usted por cualquier ciudad, villa o aldea, o por los predios de cualquier taifa autonómica, y verá lo nunca visto: cómo proliferan los gobernantes desvergonzados, inmorales y corruptos que engañan a sus gobernados y abusan de ellos; pero comprobarán que la corrupción ya no es un mal moral ni un delito de carácter individual, cometido por pocos y reprobado por todos, sino una enfermedad social que hace que quien prevarica, se enriquece y se apropia del bien común sea homenajeado, vitoreado, ensalzado y, aún más, votado a sabiendas por la multitud compuesta de aquellos a quienes burla y expolia, en una perversión de la res pública jamás vista ni oída.
   Vaya usted al Madrid Arena, ahora desgraciadamente de moda, y compruebe cómo ningún padre critica el comportamiento festivo de sus hijos, que actuaron con el atrevimiento irresponsable y el cerrilismo de la horda, cegados por el instinto irracional, amén de otras sustancias, mientras sus padres cerraban los ojos, desentendidos o impotentes ante las costumbres bárbaras que entre padres e hijos, entre unos y otros, han fomentado.
   Y sorpréndase usted de que en una riña, el agresor acuse a su víctima de ser la culpable de todo y puede que termine acuchillándola para castigar su atrevimiento. Y alucine sabiendo cómo el arrollado por el tren acusa al convoy de no haberle avisado de la ocupación de la vía, y cómo el vulgar ladrón que da el tirón en la calle y el honorable mandatario que roba y expolia con su guante blanco los Casinos, el Palau de la Música o los centenares de millones para fomento del empleo de la Comunidad europea, no sólo se declaran inocentes sino que acusan de ladrones al resto de los españoles. Y sufra cómo los menores advierten a los mayores que aguantan sus tropelías de que no entorpezcan ni agredan su impunidad.
   Y, finalmente, háganse cruces de que los representantes del pueblo no sólo no sientan reparo por sus comportamientos indignos que los convierten en un peligro para sus representados, y vean que van más allá, acusando a los que les dan de comer con su voto de no entenderlos; y todo ello mientras van pensando en vivir toda la vida sin una profesión conocida, en conseguir una jubilación propia del rey Midas, y de momento en subirse el sueldo, recibir coche oficial y dietas por asistencia, además de aceptar comisiones nada claras. Y todo eso, María Santísima, sin olvidarse de pedir un nuevo Ipad, que el otro se lo han robado. Y en eso estamos, que si los escitas levantarán la cabeza para mirar al cielo y el tanguista argentino pudiera glosar todo esto, unos y otro se llenarían de espanto viendo que lo suyo eran niñerías comparado con esto.