lunes, 2 de diciembre de 2013

LA FERIA DEL MUNDO

49. Dimes y diretes (V): Poner negro sobre blanco                            

Está visto que hay gente para todo, porque sobre gustos y oficios no hay nada escrito. Cada día surgen nuevas ocupaciones que, como las modas o los regueros de pólvora, se extienden por todas partes encendiendo los cuerpos y las mentes y todo el mundo alardea de dedicarse a ellas, aunque no se sepa muy bien por qué.
   La sabiduría popular nos tiene dicho que no hay cosa de más afición y gusto para un tonto que un lápiz; aunque no concrete la causa, confesable o nefanda, de tal inclinación. Pues bien, en aras de la modernidad, la mayoría de los tontos contemporáneos, se dediquen a la política, la comunicación, la cultura o la venta de ultramarinos, desde hace unos pocos años ocupan sus desvelos en ponerlo todo negro sobre blanco, quizá recurriendo al lápiz de marras que tanto les gusta. No hay promesa falsa, proposición disparatada o compromiso imposible cuya seriedad y certidumbre no se certifique afirmando que lo dicho se va a poner negro sobre blanco. Cortes generales, ministerios, ayuntamientos, organizaciones sociales, comisiones de fiestas y todo tipo de entidades y agrupaciones pasan buena parte de su tiempo poniendo negro sobre blanco aquello que prometen, dejando por escrito los dijes, digos y diegos de sus palabras que todo el mundo sabe que se lleva el viento, como si quisieran aferrarse a la escritura como forma de camuflar su inclinación al incumplimiento, la falsedad y la mentira. E incluso los tontos más descarados e hipócritas dan la vuelta al dicho, y ahora se dedican a certificar la verdad de sus mentiras poniéndolas blanco sobre negro, en un afán de clarificar por anticipado lo torcido y oscuro de sus intenciones.
   En tanto, los destinatarios de tales ejercicios de escritura asisten impávidos, unos crédulos y otros más descreídos, a la inacabable ceremonia de estos escribidores indescifrables y perversos. Y para que a ustedes les quede claro esto que digo, yo también lo pongo negro sobre blanco, o blanco sobre negro; que, como dijo aquel, el orden de los colores no creo que altere el producto.

sábado, 2 de noviembre de 2013

MIS LABORES (I)

48. Elogio de la desocupación                                                            

Desocupado lector: No sabes cuánto me gusta llamar a las cosas por su nombre y también darles a las personas el trato que merecen. Y como hay confianza, quisiera tratar de tú a tú un asunto de la máxima importancia, sabiendo que entre desocupados anda el juego y que, como dijo Horacio, “para el desocupado todos los días son festivos”.
   Para empezar, tengo que decirte que esta mala fama de ociosos que tenemos tú y yo es un sambenito inmerecido e injusto, dado que nuestras labores son innumerables. Lo que pasa es que son tan diferentes de las sabidas y normales, que no gozan del beneplácito del común de las gentes, precisamente porque constituyen un fin en sí mismas: no tienen una utilidad reconocida ni generan una plusvalía. Sin ir más lejos, cuando te llamo “desocupado lector”, tratamiento que Cervantes daba ya al imaginado destinatario de su Quijote, lo que quiero decir es que este presunto lector lo que hace es desocuparse de los trabajos que pudieran distraerle de la ocupación principal de la lectura, que va a absorber toda su dedicación y sus energías, aunque no tenga un reconocimiento social ni una compensación económica.
   Pues bien, nosotros, como Bartlebys modernos, imitadores del escribiente del relato de Melville, proclamamos que el trabajo ordinario, el de la gente común, “preferiríamos no hacerlo”, movidos por la aspiración horaciana al beatus ille, a alcanzar la dicha lejos de los negocios y labores ordinarias, para entregarnos a ocupaciones ociosas, que requieren tanta atención y esfuerzo que nos tienen de continuo entregados a su buen desempeño.
   Seguimos en esto a la sabiduría popular, que distingue entre actividades laborales y ocupaciones ociosas al pontificar que “cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo”, lo cual, evidentemente, no es una actividad menor, aunque ociosa donde las haya. Y no me digas que no es esta una imagen expresiva del mérito de estas labores que, por incomprensión, hasta ahora han merecido el rechazo de muchos y la burla de casi todos, cuando en realidad son la cuadratura del círculo ocupacional. Ellas nos devuelven al hombre adánico, habitante del Paraíso y gozador de la Edad de Oro, que hacía y deshacía a su modo, ordenando sus quehaceres sin una finalidad alimenticia y sin verse obligado a sufragarlos con el sudor de su frente, sino que eran fruto de su libre albedrío y, en consecuencia, fuente de bienestar y felicidad.
   Así que no te digo más, ocioso lector, que de aquí en adelante te presentaré el muestrario de ocupaciones que el buen amigo de la desocupación, la holganza y el dolce far niente debe conocer y practicar para el bien de sí mismo y la buena marcha de su república, desde mirarse el ombligo a papar moscas, pasando por la inspección de nubes y el rascarse la barriga. Que, como irás viendo, no son pocas, y todas de mucha enjundia.

martes, 1 de octubre de 2013

LA FERIA DEL MUNDO

47. Dimes y diretes (IV): Atar los perros con loganiza                       


Para confirmar que hay gente para todo, baste con recordar que un famoso carnicero de Salamanca se dedicaba, además de su ocupación principal, a atar sus perros con longaniza, con lo cual seguro que pretendía matar dos pájaros de un tiro; o por mejor decir, atar dos perros por el mismo precio: tener al can sujeto y al mismo tiempo mostrar y encarecer las virtudes de su mercancía. Aunque muchos debieron pensar que era una especie de trampantojo para hacer alarde de una riqueza sobrada que no tenía. La historia, sin embargo, no va más allá: no dice nada de esto y se reserva, además, su dictamen acerca de lo que hacían los perros ante el olor y el tacto de tan sabroso dogal.
   Lo cierto es que desde entonces mucha gente, sobre todo a los ojos de los demás, se dedica a atar los perros con longaniza haciendo alarde de un rumbo y una ostentación llamativos y provocadores que los otros consideran tan aparentes como la longaniza en el cuello del perro.
   En tiempos modernos, la dicha ocupación adquiere mil formas, todas ellas derivadas de aquella primera de la longaniza y el perro: colgantes y abalorios aparatosos en el cuello de la señora, vestidos y joyas relumbrantes, pisos y chaletes de ringorrango financiados con una hipoteca a cincuenta años, banquetes y festorrios de todo tipo, viajes a la la Patagonia y a Katmandú, hijos peregrinando por universidades privadas y escuelas de inglés de cualquier parte del mundo, mientras los conocidos, amigos y algunos familiares, llevados por el análisis riguroso o la pura envidia, abominan de ese atar los perros con longaniza; ocupación, según ellos, vana y efímera, como los malpensados suponemos que era la del rumboso charcutero de Salamanca.
   Así que cuando se asomen a los predios y mansiones de alto estanding, comprueben lo primero si allí atan los perros con longaniza o con cualquier otro embutido ibérico, porque tal detalle les dará cumplida cuenta de la condición y ocupaciones de su dueño. Y luego obren en consecuencia.

lunes, 16 de septiembre de 2013

LA FERIA DEL MUNDO

46. Dimes y diretes (III): Vender humo                                                

Aunque a muchos les parezca mentira, el oficio de vender humo, aunque muy antiguo, sigue en auge en la actualidad. Mediadores, intermediarios,  conseguidotes, tramoyistas de la nada, farsantes y tahúres del engaño proclaman por ciudades, villas y poblados su influencia ante los poderosos para embaucar y aprovecharse de los que, a su vez, quieren obtener prebendas y favores, “siendo mentira y humo cuanto ofrecen”, como ya advertía Covarrubias. Siguen en esto la pauta de un tal Vetronio Turino, que ya en la antigua Roma mercadeaba con su supuesta influencia con el emperador Alejandro Severo.
   Y no me digan que el mundo no está lleno de estos farsantes y traficantes de la nada, de vendedores de humo que, según los Proverbios morales, se dedican a “vender palabras, como quien dice vender aire” y, sobre todo, “haciendo creer que hacen algo no haciendo nada”. Si no son ustedes ingenuos, reconocerán a estos prestidigitadores de palabras y de ilusiones en las campañas electorales, en las declaraciones políticas, en los debates parlamentarios, en los medios de comunicación, en las oficinas bancarias, en las manifestaciones de todo personaje influyente que vende lo que queremos oír y alardea de otorgarnos lo que no tiene o no quiere dar. Y esta venta del humo de la falsedad y la mentira crea modelos de comportamiento social que llevan a muchos, aunque sean gente común, ciudadanos anónimos o personajes de medio pelo, a aparentar lo que no son y a ostentar también lo que no tienen, con lo que el mundo se convierte en una feria de las vanidades, en el gran mercado de los vendedores de humo, a los que muchos creen y siguen y jalean y toman como ejemplo, cegados por los palabras, el aire  y el humo que les venden.
   Por eso, no sería nada malo que los vendedores y los compradores de humo aprendieran lo que el citado emperador Severo hizo con el charlatán embaucador y corrupto: colgado bocabajo de una estaca, murió asfixiado por el humo de una hoguera de paja y leña verde mientras se proclamaba a los cuatro vientos que “castiga el humo a quien vende humo”. Y, a propósito, no crean que hablo a humo de pajas. Palabra.

viernes, 9 de agosto de 2013

ACADEMIA DE LA LENGUA

45. Nostalgia del plongeón                                                                

El lenguaje, esencia de la naturaleza humana, es tan pasajero como nuestra vida mortal. Sin embargo, como ocurre con todo lo nuestro, cuando las palabras, frágiles y efímeras, desaparecen, dejan un rastro en la memoria de los que las usamos como si quedaran guardadas en delicados frascos de alcohol. Y su recuerdo nos trae imágenes nítidas de la vida que fue y ya no es. Como la memoria guarda sólo el recuerdo del pasado, sobre todo el más remoto, muchas de esas imágenes evocadoras de las palabras ya idas pertenecen al mundo de la infancia o la juventud, siempre tamizadas por el aura legendaria, seguramente poco cierta, de que pertenecieron a un tiempo mejor, como certificaba Jorge Manrique.
   La desaparición del legendario portero Ramallets, el gato de Maracaná, nos trae a la memoria una palabra extraña y difícil que nunca logramos pronunciar como era debido; pero que encerraba todo un mundo de sueños al que muchos aspirábamos, la mayoría sin mérito alguno. Oíamos por entonces la palabra plongeón y veíamos al gato de Maracaná volar en una estirada inverosimil, precipitarse en una imposible zambullida, tal como la habíamos visto en alguna foto amarillenta y borrosa de un periódico y habíamos revivido mil veces al oírla en la voz lejana y solemne de las crónicas radiofónicas.
   Y nosotros tratábamos de imitar aquellos plongeones estratosféricos en el solar de tierra, empedrado de guijos, del colegio o del instituto, colocados en una portería casi inverosímil montada con dos pedruscos y alguna cartera escolar, aunque fuéramos algo torpes o adornados de una buena capa de grasa, que eran condiciones exigidas para el puesto de portero en los equipos escolares. El portero mismo calificaba sus nimias hazañas voladoras como plongeones espectaculares, sus compañeros se las celebraban y su fama perduraba durante días y meses en nuestro pequeño mundo.
   Hoy la palabra plongeón duerme el sueño del olvido, como les ocurre a off-side –conocido castizamente como orsay-, referee o réferi y otros muchos términos primitivos del balompié, también llamado fútbol. Yo que fui portero y aspiré inútilmente a ser inmortalizado por mis estiradas y plongeones, recuerdo con nostalgia aquella palabra y aquellas supuestas hazañas que con ella se fueron para no volver.

sábado, 6 de julio de 2013

LA FERIA DEL MUNDO 44. Dimes y diretes (II): Marear la perdiz

LA FERIA DEL MUNDO

44. Dimes y diretes (II): Marear la perdiz                                            

En otros tiempos, los rústicos, llegados los calores de junio, dedicábamos alguna siesta a correr las perdices, tras el vuelo ruidoso y torpe de los pollos recién salidos del nido, en una carrera atropellada entre las zarzas del piedemonte que los ponía a merced de sus perseguidores. E igual de anacrónico resulta recordar el mareo de la perdiz que ocupaba la agenda de cazadores ociosos que, con sus jaurías de perros y siervos, atosigaban a unas piezas de caza que hoy ya ni siquiera tienen el encanto de lo silvestre, al ser criaturas de granja que se comportan como si de aves domésticas se tratara.
   Pues bien, por raro que parezca, marear la perdiz es una ocupación en franco auge, aunque nadie la confiese como tarea propia sino que todos echan el cargo a los demás, a los que acusan con harta frecuencia de dedicarse a ella. Así, si alguien pone objeciones a las opiniones de los demás, aquellos le dicen que está mareando la perdiz, si nuestras decisiones no van en la dirección que marcan los otros, nos acusarán de estar mareando la perdiz.
   Pero aún más sorprendente resulta que nuestros políticos, desde el humilde concejal al más alto padre de la patria, se dediquen con ahínco a tarea tan poco acorde con las obligaciones de su cargo. Así que entre el sonsonete de la jerga política, y específicamente de la parlamentaria, no dejamos de oír que el diputado X se dedica a marear la perdiz, o que una, o varias señorías, o todo un grupo parlamentario, se entretienen en marear la perdiz. Y los ciudadanos, crédulos, nos imaginamos a tan honorables próceres, auxiliados por ujieres y taquígrafas, persiguiendo a sus aladas víctimas entre las bancadas, escaños y tribunas, en una interminable y aparatosa cacería en que nosotros vemos a todos; pero ellos no se reconocen a sí mismos; sólo a sus adversarios. Y así consumen el paso de los días viéndose unos a los otros, y los otros a los unos, enfrascados en marear la perdiz. Mientras, nosotros asistimos asombrados a tan peregrino juego; pero cada vez más convencidos de que las perdices a las que marean somos nosotros. Aunque quizá se trate de un engaño a los ojos o de un mal sueño.

jueves, 2 de mayo de 2013


LA FERIA DEL MUNDO

43. Dimes y diretes (I): Poner palos en las ruedas                             

Si usted observa detenidamente el cuadro Proverbios flamencos, de Brueghel el Viejo, verá que retrata un escenario abigarrado y variopinto en que cada loco anda con su tema, dedicado a lo que parece ser su ocupación favorita, ya sea mear en la luna, tragar fuego y cagar chispas o roer siempre el mismo hueso. Y una de las tareas más llamativas es la del que pone palos en las ruedas; o mejor, en una rueda suelta que no rueda ni parece ir a ningún sitio.
    No sabemos el porqué de esta dedicación tan inexplicable, ni nos importa mucho. Lo que verdaderamente nos interesa es que en el congreso de los diputados, asambleas autonómicas, plenos municipales y cualquier otra reunión de tipo político, unos acusan a los otros, y los otros a los unos, de ocuparse, no de los tareas legislativas o de gobierno ni de los intereses de los ciudadanos, sino de poner palos en las ruedas de los demás. Y no deja de parecernos raro que próceres de tanta significación y autoridad dediquen buena parte de su tiempo a tan antigua y peregrina ocupación, que además de anacrónica, no tiene mucho de ejemplar.
   Uno se pregunta por qué hacen esto, qué pretenden con ello, cuánto de su jornada laboral o de su tiempo libre dedican a tan extraña labor. Y tampoco sabemos de qué ruedas se trata, habida cuenta de que los medios de locomoción actuales, salvo motos y bicicletas, no llevan radios en las ruedas, e incluso algunos, como los carros, ya apenas existen.
   Pensamos entonces si nuestros representantes, muchos de los cuales no pueden presumir precisamente de ilustrados, es que no han olvidado el primitivo oficio de gañanes y mozos de labranza, de manera que, aunque ya no disponen de carro, añoran sus antiguas andanzas por caminos y aradas, y de ahí su afán por recuperar expresiones tan primitivas para acusar a otros de obstaculizar sus tareas, viendo el palo en la rueda propia y no la viga que ellos ponen en las ajenas. Y nosotros, entre tanto, atascados en medio del camino.

martes, 2 de abril de 2013


LA FERIA DEL MUNDO

42. El maestro Ciruela                                                                           


Cuentan del maestro Ciruela –y seguramente exageran- que no sabía leer y puso escuela, lo cual no dejaba de ser un atrevimiento, quizá justificado por la necesidad y por cierto gusto por el riesgo ya que poner escuela en el siglo XIX era una actividad privada que no aseguraba la “estabilidad docente”, sujeta como estaba a la evaluación rigurosa y permanente de los padres, paganos de la educación de sus vástagos. Así que allá el maestro Ciruela con su presunta incompetencia. Porque de entonces acá se han desarrollado extraordinariamente la educación y, sobre todo, la pedagogía, con escuelas de educación, públicas y privadas –antes escuelas de EGB y anteriormente de Magisterio-; cursos y másters de formación pedagógica; centros de profesores; cursos, cursillos, jornadas, seminarios, ponencias y comunicaciones que, en principio, deberían convertir al maestro y, en general, al profesor, en un sabio doctor y, sobre todo en un pedagogo que rompiera la barrera muchas veces insalvable entre los conocimientos y su transmisión, que ya preocupaba a Cicerón cuando decía que “una cosa es saber y otra saber enseñar”.
   Pues a pesar de todo, pese a la mala prensa del maestro Ciruela y de otros maestros -de escuela o particulares, sedentarios o ambulantes- de antaño, me inclino a creer de un tiempo a esta parte que su ciencia no era mucha, pero estaba bien repartida y les valía para su gasto en desasnar a unos discípulos que aspiraban no más que a ser dependientes, pequeños comerciantes, agricultores, jornaleros o dedicarse a sus labores, para lo que bastaba con leer y escribir, las cuatro reglas, y poco más. Seguramente aquellos maestros eran la encarnación de la máxima de Pascal de que “vale más saber alguna cosa de todo, que saberlo todo de una cosa”.
   Pero vistos los resultados de la prueba de conocimientos generales de los opositores a maestros en la Comunidad de Madrid, parece que el maestro Ciruela y otros de su formación y categoría, han ganado con el paso del tiempo muchos puntos. Porque estos opositores en un porcentaje abrumador demuestran que no saben ni poco ni nada de casi ninguna cosa, que no han aprendido ni siquiera el abecé de los conocimientos básicos que aquellos maestros antiguos y sus discípulos sí sabían: las provincias y ríos de España, el manejo mínimo del diccionario, la comprensión de textos de lenguaje común y unas operaciones de lógica o de matemática que están poco más allá del alcance de los niños de teta.
   Ante esta vergüenza, que, además, hace que muchos de estos analfabetos estudiados, estén dando clase con unas condiciones que envidiaría el pobre maestro Ciruela, habría que preguntarse si de aquellas lluvias de la pedagogía comprehensiva orientada a no comprender mucho, si de la aspiración irrenunciable a que alumnos y profesores sean felices sin esforzarse en casi nada, si de las oposiciones y concursos de méritos en que obtiene más puntos el que ha soportado los cursos de formación que el que se los impartió, si de las oposiciones en que al concursante novato que obtiene un diez se le califica por debajo del que obtiene un tres o un cuatro y no lo aprueban, si de que las publicaciones de trabajos académicos y pedagógicos valgan menos que la asistencia al consejo escolar o la dedicación al cargo de jefe de estudios adjunto, no vienen los lodos de que a estos aspirantes a funcionarios -jóvenes unos y maestros talluditos otros- apenas les importe documentarse, repasar los mapas, consultar el diccionario o, sencillamente, leer algún libro.
   Así que no nos extrañe que pronto barrenderos, albañiles, pastores, fontaneros y hacendosas amas de casa pretendan presentarse a unas oposiciones de tanto nivel. Pero no hagamos bromas de poco gusto para los maestros, que estos honrados ciudadanos igual las ganaban, visto como está el patio de los especialistas del magisterio. Y no digamos nada de nuestro maestro Ciruela.

viernes, 1 de febrero de 2013


ACADEMIA DE LA LENGUA

40. Atiborramiento léxico                                                                     


Si no fuera porque a los habladores vulgares no nos están bien ciertos alardes eruditos, diría ahora mismo que el lenguaje -y sobre todo la expresión popular- es siempre fruto de lo que la señora Merkel llamaría una weltanschauung, una cosmovisión que hace que la lengua sea manifestación de las peculiaridades culturales, costumbres, ocupaciones e ideas de la comunidad que la utiliza, generalmente de extensión reducida y hasta hace poco no demasiado permeable a las influencias foráneas, ya fuera por intercambios personales o por el acceso a los medios de comunicación. Y esa particular visión del mundo se manifiesta, entre otros ejemplos, en la manipulación del léxico estándar, que se somete a llamativas variaciones de forma y de significado, que a los parlantes indígenas nos parece que lo hacen más adecuado para nombrar nuestras cosas.

    Por otro lado, es creencia común que la expresión vulgar se caracteriza por el descuido y la relajación en la articulación, lo que da lugar a manipulaciones de los vocablos que, aunque son variadas, la mayoría responden al principio de economía del esfuerzo, como la reducción de diptongos y grupos consonánticos, la supresión de fonemas iniciales, ya sean consonantes, vocales o todo un señor prefijo como des-, apócopes, sincopas y otros recortes y acortamientos.
   Pero este sambenito de castradores del léxico como resultado de la vagancia y la simpleza es sólo una faceta del decir popular que no ensombrece otra, totalmente contraria, que se basa en el gusto por el incremento fónico, que graciosamente se aplica en cualquier parte de la palabra, sin reparar en un esfuerzo que hace más compleja la expresión.
   Basten para entender este gusto por lo ampuloso y engordado algunos ejemplos del habla popular murciana, que reflejan el interés, no ya por mantener los ingredientes del vocablo correcto, sino por incrementarlo y alargarlo con postizos y ampliaciones, de manera que a nosotros nos parece que adquiere más ringorrango. Así, de la misma manera que privamos de la d- al prefijo des- (ehfaratar, ehmayar, ehtrozar), podemos, por el contrario, componer este prefijo, añadiendo una d- donde no debe haberla, así que desplicamos las cosas y desaminamos a alguien acerca de ellas, y de una manera desagerada damos destrucciones para que, despropiando lo que no nos conviene, todo quede bien desclarecío. E incluso podemos aportar el prefijo des- completo para apañar vocablos como desaflojar o desapartar que, dichos así, parecen decir lo contrario de lo que en realidad queremos expresar con ellos.
   También somos especialmente proclives a arrimar una a- inicial a muchos vocablos, venga o no a cuento, como si quisiéramos fijar mejor lo que queremos decir. Y lo hacemos como una costumbre antigua que viene de siglos, como tradicional es afijarse, arrascarase, arrodear o asentarse; pero que también es un recurso moderno aplicable a nuevos términos que designan avances técnicos contemporáneos como afoto, amoto y arradio. Y si no basta con la a-, podemos añadir al mismo tiempo un prefijo re- y así arrempujaremos o nos arrejuntaremos mejor. O pegar graciosamente un postizo es- para adornar unas hermosas estijeras y unas estenazas de gran utilidad. Y, en fin, podemos apuntalar la palabra con un en- (em-) cuando hablemos de encomenzaremprencipiar o emprestar.
   Pero este afán de recrecer puede manifestarse también con el incrustamiento de postizos en el mismísimo corazón de la palabra, que se hace más más hueca y rimbombante con la epéntesis de una –n-, que nos sirve para enritar o enritarnos, henchizar a alguien, ir muncho lenjos o subirnos a una plantaforma; o añadiendo otras consonantes (desnuclar, toballa) o vocales (arqueada), si no es que, llevados de un afán desmesurado de corrección, comemos bacalado o viajamos a bilbado o nos recreamos al mentar la gruda.
  Así que no me digan que lo nuestro es desgana y holgazanería expresiva, que puestos a arreglar el vocabulario académico, nosotros lo mismo ponemos que quitamos, igual amputamos que colocamos una prótesis. Y reconozcan que algunos de nuestros incrementos léxicos no dejan de ser ingeniosos, fruto de una preocupación por enriquecer y agrandar nuestra parla, alargando y adornando todo aquello que nos parece corto o encogido. Para que no se diga que lo nuestro es sólo roer los vocablos y devorar o confundir las letras.

martes, 1 de enero de 2013

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

39. Males bíblicos                                                                                  

                                                                                                  
                                                                                                  Memoria de las catástrofes de la tierra y el agua
                                                                                                  que han asolado la ciudad y el campo de Lorca.


Hay días aciagos en que el pesimismo te invade y no dejas de pensar en males, catástrofes y desgracias mil, tanto pasadas como venideras. Y recuerdas entonces lo innumerables castigos bíblicos que Dios infligió, con motivos o sin ellos, a sus enemigos y a su propio pueblo, fueran individuos, naciones enteras e incluso el género humano, desde el primer hombre, Adán, que perdió para siempre el Paraíso, pasando por el diluvio universal y la confusión de la torre de Babel, hasta llegar a las diez plagas que arrasaron al pueblo egipcio. Y pensando en estas últimas, te das cuenta de que su aparición sucesiva confirma el dicho popular que asegura que las desgracias nunca vienen solas.
    Esta pertinacia asoladora también se produce en el universo legendario de la literatura, como en Cien años de soledad, donde se lee que en Macondo “llovió cuatro años, once meses y dos días”, y se insiste en que “se desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba unos huracanes que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron de raíz las últimas cepas de las plantaciones”. Y no conforme el destino con esta desgracia hídrica, concitó más tarde la acometida del viento, “cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el rellano de la galería oriental y desarraigó los cimientos” porque “estaba previsto que la ciudad de los espejos (o de los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres”.
   Pero estas catástrofes legendarias no dejan de ser soñadas invenciones cuyo fin es  entretener o atemorizar a los que las escuchan; y lo que a ti te preocupa ahora son las tragedias reales que últimamente has experimentado, no como un sueño fantástico, sino como hechos ciertos sentidos en tus propias carnes. Vives en primera persona, como si fuera ahora mismo, que hace poco más de un año la tierra tembló, las calles y edificios fueron sacudidos por una ola invisible y gigantesca que los sacudió, los bamboleó y los estrujó como si fueran de juguete, y las paredes  y los techos crujieron y los muros se agrietaron y los pilares que los sustentaban se doblegaron y todo quedó pendiente de un equilibrio inestable que lo condenaba a la destrucción y la muerte.
   Y no te olvidas de que después de la maldición de la tierra vino la acometida del agua, sin previo aviso: hace apenas tres meses el cielo retumbó y se abrió en canal y de él descendieron cataratas de agua brava que, arramblando con lodo y piedras, anegaron, arrumbaron y destruyeron campos, caminos y casas, como si de un nuevo diluvio universal se tratara.
   Por eso, no necesitas recurrir al calendario maya para prever, como en una pesadilla, que, igual que a la primera plaga de Egipto siguieron otras nueve, es posible que en esta ciudad y en estos campos de destrucción, estén previstos nuevos males, y no quieres mirar para atrás por si te ocurre lo que a la mujer de Lot  por recrearse en la destrucción de Gomorra, ni hacia arriba por si aparece el dedo acusador del Supremo Deshacedor; pero sí te entretienes en presumir cuál podría ser la próxima hecatombe: relacionada con el fuego, en forma de volcán que irrumpa, en quítame allá esas pajas, de la Peña Rubia, o de un meteorito que se asiente en los llanos de Aguaderas, o de una lengua ígnea que descienda inmisericorde del cielo;  si no es de aire, que asole con sus fríos cosechas e ilusiones, o con huracanes y tornados haga flotar y finalmente se lleve en volandas, como por arte de magia, campos y poblados.
   Y así, como si se tratara del cuento de nunca acabar, repasas uno a uno decenas de presuntos cataclismos y vorágines mientras vas preparando una vez más los papeles de la reclamación al Consorcio de Seguros, para que no se te haga tarde. Que más vale prevenir que curar, y hombre precavido vale por dos. Porque está demostrado que en esto de los siniestros no hay dos sin tres. Y a las pruebas me remito.