martes, 1 de enero de 2013

NUESTRO PEQUEÑO MUNDO

39. Males bíblicos                                                                                  

                                                                                                  
                                                                                                  Memoria de las catástrofes de la tierra y el agua
                                                                                                  que han asolado la ciudad y el campo de Lorca.


Hay días aciagos en que el pesimismo te invade y no dejas de pensar en males, catástrofes y desgracias mil, tanto pasadas como venideras. Y recuerdas entonces lo innumerables castigos bíblicos que Dios infligió, con motivos o sin ellos, a sus enemigos y a su propio pueblo, fueran individuos, naciones enteras e incluso el género humano, desde el primer hombre, Adán, que perdió para siempre el Paraíso, pasando por el diluvio universal y la confusión de la torre de Babel, hasta llegar a las diez plagas que arrasaron al pueblo egipcio. Y pensando en estas últimas, te das cuenta de que su aparición sucesiva confirma el dicho popular que asegura que las desgracias nunca vienen solas.
    Esta pertinacia asoladora también se produce en el universo legendario de la literatura, como en Cien años de soledad, donde se lee que en Macondo “llovió cuatro años, once meses y dos días”, y se insiste en que “se desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba unos huracanes que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron de raíz las últimas cepas de las plantaciones”. Y no conforme el destino con esta desgracia hídrica, concitó más tarde la acometida del viento, “cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el rellano de la galería oriental y desarraigó los cimientos” porque “estaba previsto que la ciudad de los espejos (o de los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres”.
   Pero estas catástrofes legendarias no dejan de ser soñadas invenciones cuyo fin es  entretener o atemorizar a los que las escuchan; y lo que a ti te preocupa ahora son las tragedias reales que últimamente has experimentado, no como un sueño fantástico, sino como hechos ciertos sentidos en tus propias carnes. Vives en primera persona, como si fuera ahora mismo, que hace poco más de un año la tierra tembló, las calles y edificios fueron sacudidos por una ola invisible y gigantesca que los sacudió, los bamboleó y los estrujó como si fueran de juguete, y las paredes  y los techos crujieron y los muros se agrietaron y los pilares que los sustentaban se doblegaron y todo quedó pendiente de un equilibrio inestable que lo condenaba a la destrucción y la muerte.
   Y no te olvidas de que después de la maldición de la tierra vino la acometida del agua, sin previo aviso: hace apenas tres meses el cielo retumbó y se abrió en canal y de él descendieron cataratas de agua brava que, arramblando con lodo y piedras, anegaron, arrumbaron y destruyeron campos, caminos y casas, como si de un nuevo diluvio universal se tratara.
   Por eso, no necesitas recurrir al calendario maya para prever, como en una pesadilla, que, igual que a la primera plaga de Egipto siguieron otras nueve, es posible que en esta ciudad y en estos campos de destrucción, estén previstos nuevos males, y no quieres mirar para atrás por si te ocurre lo que a la mujer de Lot  por recrearse en la destrucción de Gomorra, ni hacia arriba por si aparece el dedo acusador del Supremo Deshacedor; pero sí te entretienes en presumir cuál podría ser la próxima hecatombe: relacionada con el fuego, en forma de volcán que irrumpa, en quítame allá esas pajas, de la Peña Rubia, o de un meteorito que se asiente en los llanos de Aguaderas, o de una lengua ígnea que descienda inmisericorde del cielo;  si no es de aire, que asole con sus fríos cosechas e ilusiones, o con huracanes y tornados haga flotar y finalmente se lleve en volandas, como por arte de magia, campos y poblados.
   Y así, como si se tratara del cuento de nunca acabar, repasas uno a uno decenas de presuntos cataclismos y vorágines mientras vas preparando una vez más los papeles de la reclamación al Consorcio de Seguros, para que no se te haga tarde. Que más vale prevenir que curar, y hombre precavido vale por dos. Porque está demostrado que en esto de los siniestros no hay dos sin tres. Y a las pruebas me remito.