viernes, 1 de febrero de 2013


ACADEMIA DE LA LENGUA

40. Atiborramiento léxico                                                                     


Si no fuera porque a los habladores vulgares no nos están bien ciertos alardes eruditos, diría ahora mismo que el lenguaje -y sobre todo la expresión popular- es siempre fruto de lo que la señora Merkel llamaría una weltanschauung, una cosmovisión que hace que la lengua sea manifestación de las peculiaridades culturales, costumbres, ocupaciones e ideas de la comunidad que la utiliza, generalmente de extensión reducida y hasta hace poco no demasiado permeable a las influencias foráneas, ya fuera por intercambios personales o por el acceso a los medios de comunicación. Y esa particular visión del mundo se manifiesta, entre otros ejemplos, en la manipulación del léxico estándar, que se somete a llamativas variaciones de forma y de significado, que a los parlantes indígenas nos parece que lo hacen más adecuado para nombrar nuestras cosas.

    Por otro lado, es creencia común que la expresión vulgar se caracteriza por el descuido y la relajación en la articulación, lo que da lugar a manipulaciones de los vocablos que, aunque son variadas, la mayoría responden al principio de economía del esfuerzo, como la reducción de diptongos y grupos consonánticos, la supresión de fonemas iniciales, ya sean consonantes, vocales o todo un señor prefijo como des-, apócopes, sincopas y otros recortes y acortamientos.
   Pero este sambenito de castradores del léxico como resultado de la vagancia y la simpleza es sólo una faceta del decir popular que no ensombrece otra, totalmente contraria, que se basa en el gusto por el incremento fónico, que graciosamente se aplica en cualquier parte de la palabra, sin reparar en un esfuerzo que hace más compleja la expresión.
   Basten para entender este gusto por lo ampuloso y engordado algunos ejemplos del habla popular murciana, que reflejan el interés, no ya por mantener los ingredientes del vocablo correcto, sino por incrementarlo y alargarlo con postizos y ampliaciones, de manera que a nosotros nos parece que adquiere más ringorrango. Así, de la misma manera que privamos de la d- al prefijo des- (ehfaratar, ehmayar, ehtrozar), podemos, por el contrario, componer este prefijo, añadiendo una d- donde no debe haberla, así que desplicamos las cosas y desaminamos a alguien acerca de ellas, y de una manera desagerada damos destrucciones para que, despropiando lo que no nos conviene, todo quede bien desclarecío. E incluso podemos aportar el prefijo des- completo para apañar vocablos como desaflojar o desapartar que, dichos así, parecen decir lo contrario de lo que en realidad queremos expresar con ellos.
   También somos especialmente proclives a arrimar una a- inicial a muchos vocablos, venga o no a cuento, como si quisiéramos fijar mejor lo que queremos decir. Y lo hacemos como una costumbre antigua que viene de siglos, como tradicional es afijarse, arrascarase, arrodear o asentarse; pero que también es un recurso moderno aplicable a nuevos términos que designan avances técnicos contemporáneos como afoto, amoto y arradio. Y si no basta con la a-, podemos añadir al mismo tiempo un prefijo re- y así arrempujaremos o nos arrejuntaremos mejor. O pegar graciosamente un postizo es- para adornar unas hermosas estijeras y unas estenazas de gran utilidad. Y, en fin, podemos apuntalar la palabra con un en- (em-) cuando hablemos de encomenzaremprencipiar o emprestar.
   Pero este afán de recrecer puede manifestarse también con el incrustamiento de postizos en el mismísimo corazón de la palabra, que se hace más más hueca y rimbombante con la epéntesis de una –n-, que nos sirve para enritar o enritarnos, henchizar a alguien, ir muncho lenjos o subirnos a una plantaforma; o añadiendo otras consonantes (desnuclar, toballa) o vocales (arqueada), si no es que, llevados de un afán desmesurado de corrección, comemos bacalado o viajamos a bilbado o nos recreamos al mentar la gruda.
  Así que no me digan que lo nuestro es desgana y holgazanería expresiva, que puestos a arreglar el vocabulario académico, nosotros lo mismo ponemos que quitamos, igual amputamos que colocamos una prótesis. Y reconozcan que algunos de nuestros incrementos léxicos no dejan de ser ingeniosos, fruto de una preocupación por enriquecer y agrandar nuestra parla, alargando y adornando todo aquello que nos parece corto o encogido. Para que no se diga que lo nuestro es sólo roer los vocablos y devorar o confundir las letras.