martes, 2 de abril de 2013


LA FERIA DEL MUNDO

42. El maestro Ciruela                                                                           


Cuentan del maestro Ciruela –y seguramente exageran- que no sabía leer y puso escuela, lo cual no dejaba de ser un atrevimiento, quizá justificado por la necesidad y por cierto gusto por el riesgo ya que poner escuela en el siglo XIX era una actividad privada que no aseguraba la “estabilidad docente”, sujeta como estaba a la evaluación rigurosa y permanente de los padres, paganos de la educación de sus vástagos. Así que allá el maestro Ciruela con su presunta incompetencia. Porque de entonces acá se han desarrollado extraordinariamente la educación y, sobre todo, la pedagogía, con escuelas de educación, públicas y privadas –antes escuelas de EGB y anteriormente de Magisterio-; cursos y másters de formación pedagógica; centros de profesores; cursos, cursillos, jornadas, seminarios, ponencias y comunicaciones que, en principio, deberían convertir al maestro y, en general, al profesor, en un sabio doctor y, sobre todo en un pedagogo que rompiera la barrera muchas veces insalvable entre los conocimientos y su transmisión, que ya preocupaba a Cicerón cuando decía que “una cosa es saber y otra saber enseñar”.
   Pues a pesar de todo, pese a la mala prensa del maestro Ciruela y de otros maestros -de escuela o particulares, sedentarios o ambulantes- de antaño, me inclino a creer de un tiempo a esta parte que su ciencia no era mucha, pero estaba bien repartida y les valía para su gasto en desasnar a unos discípulos que aspiraban no más que a ser dependientes, pequeños comerciantes, agricultores, jornaleros o dedicarse a sus labores, para lo que bastaba con leer y escribir, las cuatro reglas, y poco más. Seguramente aquellos maestros eran la encarnación de la máxima de Pascal de que “vale más saber alguna cosa de todo, que saberlo todo de una cosa”.
   Pero vistos los resultados de la prueba de conocimientos generales de los opositores a maestros en la Comunidad de Madrid, parece que el maestro Ciruela y otros de su formación y categoría, han ganado con el paso del tiempo muchos puntos. Porque estos opositores en un porcentaje abrumador demuestran que no saben ni poco ni nada de casi ninguna cosa, que no han aprendido ni siquiera el abecé de los conocimientos básicos que aquellos maestros antiguos y sus discípulos sí sabían: las provincias y ríos de España, el manejo mínimo del diccionario, la comprensión de textos de lenguaje común y unas operaciones de lógica o de matemática que están poco más allá del alcance de los niños de teta.
   Ante esta vergüenza, que, además, hace que muchos de estos analfabetos estudiados, estén dando clase con unas condiciones que envidiaría el pobre maestro Ciruela, habría que preguntarse si de aquellas lluvias de la pedagogía comprehensiva orientada a no comprender mucho, si de la aspiración irrenunciable a que alumnos y profesores sean felices sin esforzarse en casi nada, si de las oposiciones y concursos de méritos en que obtiene más puntos el que ha soportado los cursos de formación que el que se los impartió, si de las oposiciones en que al concursante novato que obtiene un diez se le califica por debajo del que obtiene un tres o un cuatro y no lo aprueban, si de que las publicaciones de trabajos académicos y pedagógicos valgan menos que la asistencia al consejo escolar o la dedicación al cargo de jefe de estudios adjunto, no vienen los lodos de que a estos aspirantes a funcionarios -jóvenes unos y maestros talluditos otros- apenas les importe documentarse, repasar los mapas, consultar el diccionario o, sencillamente, leer algún libro.
   Así que no nos extrañe que pronto barrenderos, albañiles, pastores, fontaneros y hacendosas amas de casa pretendan presentarse a unas oposiciones de tanto nivel. Pero no hagamos bromas de poco gusto para los maestros, que estos honrados ciudadanos igual las ganaban, visto como está el patio de los especialistas del magisterio. Y no digamos nada de nuestro maestro Ciruela.