sábado, 6 de julio de 2013

LA FERIA DEL MUNDO 44. Dimes y diretes (II): Marear la perdiz

LA FERIA DEL MUNDO

44. Dimes y diretes (II): Marear la perdiz                                            

En otros tiempos, los rústicos, llegados los calores de junio, dedicábamos alguna siesta a correr las perdices, tras el vuelo ruidoso y torpe de los pollos recién salidos del nido, en una carrera atropellada entre las zarzas del piedemonte que los ponía a merced de sus perseguidores. E igual de anacrónico resulta recordar el mareo de la perdiz que ocupaba la agenda de cazadores ociosos que, con sus jaurías de perros y siervos, atosigaban a unas piezas de caza que hoy ya ni siquiera tienen el encanto de lo silvestre, al ser criaturas de granja que se comportan como si de aves domésticas se tratara.
   Pues bien, por raro que parezca, marear la perdiz es una ocupación en franco auge, aunque nadie la confiese como tarea propia sino que todos echan el cargo a los demás, a los que acusan con harta frecuencia de dedicarse a ella. Así, si alguien pone objeciones a las opiniones de los demás, aquellos le dicen que está mareando la perdiz, si nuestras decisiones no van en la dirección que marcan los otros, nos acusarán de estar mareando la perdiz.
   Pero aún más sorprendente resulta que nuestros políticos, desde el humilde concejal al más alto padre de la patria, se dediquen con ahínco a tarea tan poco acorde con las obligaciones de su cargo. Así que entre el sonsonete de la jerga política, y específicamente de la parlamentaria, no dejamos de oír que el diputado X se dedica a marear la perdiz, o que una, o varias señorías, o todo un grupo parlamentario, se entretienen en marear la perdiz. Y los ciudadanos, crédulos, nos imaginamos a tan honorables próceres, auxiliados por ujieres y taquígrafas, persiguiendo a sus aladas víctimas entre las bancadas, escaños y tribunas, en una interminable y aparatosa cacería en que nosotros vemos a todos; pero ellos no se reconocen a sí mismos; sólo a sus adversarios. Y así consumen el paso de los días viéndose unos a los otros, y los otros a los unos, enfrascados en marear la perdiz. Mientras, nosotros asistimos asombrados a tan peregrino juego; pero cada vez más convencidos de que las perdices a las que marean somos nosotros. Aunque quizá se trate de un engaño a los ojos o de un mal sueño.