lunes, 16 de septiembre de 2013

LA FERIA DEL MUNDO

46. Dimes y diretes (III): Vender humo                                                

Aunque a muchos les parezca mentira, el oficio de vender humo, aunque muy antiguo, sigue en auge en la actualidad. Mediadores, intermediarios,  conseguidotes, tramoyistas de la nada, farsantes y tahúres del engaño proclaman por ciudades, villas y poblados su influencia ante los poderosos para embaucar y aprovecharse de los que, a su vez, quieren obtener prebendas y favores, “siendo mentira y humo cuanto ofrecen”, como ya advertía Covarrubias. Siguen en esto la pauta de un tal Vetronio Turino, que ya en la antigua Roma mercadeaba con su supuesta influencia con el emperador Alejandro Severo.
   Y no me digan que el mundo no está lleno de estos farsantes y traficantes de la nada, de vendedores de humo que, según los Proverbios morales, se dedican a “vender palabras, como quien dice vender aire” y, sobre todo, “haciendo creer que hacen algo no haciendo nada”. Si no son ustedes ingenuos, reconocerán a estos prestidigitadores de palabras y de ilusiones en las campañas electorales, en las declaraciones políticas, en los debates parlamentarios, en los medios de comunicación, en las oficinas bancarias, en las manifestaciones de todo personaje influyente que vende lo que queremos oír y alardea de otorgarnos lo que no tiene o no quiere dar. Y esta venta del humo de la falsedad y la mentira crea modelos de comportamiento social que llevan a muchos, aunque sean gente común, ciudadanos anónimos o personajes de medio pelo, a aparentar lo que no son y a ostentar también lo que no tienen, con lo que el mundo se convierte en una feria de las vanidades, en el gran mercado de los vendedores de humo, a los que muchos creen y siguen y jalean y toman como ejemplo, cegados por los palabras, el aire  y el humo que les venden.
   Por eso, no sería nada malo que los vendedores y los compradores de humo aprendieran lo que el citado emperador Severo hizo con el charlatán embaucador y corrupto: colgado bocabajo de una estaca, murió asfixiado por el humo de una hoguera de paja y leña verde mientras se proclamaba a los cuatro vientos que “castiga el humo a quien vende humo”. Y, a propósito, no crean que hablo a humo de pajas. Palabra.