sábado, 2 de noviembre de 2013

MIS LABORES (I)

48. Elogio de la desocupación                                                            

Desocupado lector: No sabes cuánto me gusta llamar a las cosas por su nombre y también darles a las personas el trato que merecen. Y como hay confianza, quisiera tratar de tú a tú un asunto de la máxima importancia, sabiendo que entre desocupados anda el juego y que, como dijo Horacio, “para el desocupado todos los días son festivos”.
   Para empezar, tengo que decirte que esta mala fama de ociosos que tenemos tú y yo es un sambenito inmerecido e injusto, dado que nuestras labores son innumerables. Lo que pasa es que son tan diferentes de las sabidas y normales, que no gozan del beneplácito del común de las gentes, precisamente porque constituyen un fin en sí mismas: no tienen una utilidad reconocida ni generan una plusvalía. Sin ir más lejos, cuando te llamo “desocupado lector”, tratamiento que Cervantes daba ya al imaginado destinatario de su Quijote, lo que quiero decir es que este presunto lector lo que hace es desocuparse de los trabajos que pudieran distraerle de la ocupación principal de la lectura, que va a absorber toda su dedicación y sus energías, aunque no tenga un reconocimiento social ni una compensación económica.
   Pues bien, nosotros, como Bartlebys modernos, imitadores del escribiente del relato de Melville, proclamamos que el trabajo ordinario, el de la gente común, “preferiríamos no hacerlo”, movidos por la aspiración horaciana al beatus ille, a alcanzar la dicha lejos de los negocios y labores ordinarias, para entregarnos a ocupaciones ociosas, que requieren tanta atención y esfuerzo que nos tienen de continuo entregados a su buen desempeño.
   Seguimos en esto a la sabiduría popular, que distingue entre actividades laborales y ocupaciones ociosas al pontificar que “cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo”, lo cual, evidentemente, no es una actividad menor, aunque ociosa donde las haya. Y no me digas que no es esta una imagen expresiva del mérito de estas labores que, por incomprensión, hasta ahora han merecido el rechazo de muchos y la burla de casi todos, cuando en realidad son la cuadratura del círculo ocupacional. Ellas nos devuelven al hombre adánico, habitante del Paraíso y gozador de la Edad de Oro, que hacía y deshacía a su modo, ordenando sus quehaceres sin una finalidad alimenticia y sin verse obligado a sufragarlos con el sudor de su frente, sino que eran fruto de su libre albedrío y, en consecuencia, fuente de bienestar y felicidad.
   Así que no te digo más, ocioso lector, que de aquí en adelante te presentaré el muestrario de ocupaciones que el buen amigo de la desocupación, la holganza y el dolce far niente debe conocer y practicar para el bien de sí mismo y la buena marcha de su república, desde mirarse el ombligo a papar moscas, pasando por la inspección de nubes y el rascarse la barriga. Que, como irás viendo, no son pocas, y todas de mucha enjundia.