lunes, 2 de diciembre de 2013

LA FERIA DEL MUNDO

49. Dimes y diretes (V): Poner negro sobre blanco                            

Está visto que hay gente para todo, porque sobre gustos y oficios no hay nada escrito. Cada día surgen nuevas ocupaciones que, como las modas o los regueros de pólvora, se extienden por todas partes encendiendo los cuerpos y las mentes y todo el mundo alardea de dedicarse a ellas, aunque no se sepa muy bien por qué.
   La sabiduría popular nos tiene dicho que no hay cosa de más afición y gusto para un tonto que un lápiz; aunque no concrete la causa, confesable o nefanda, de tal inclinación. Pues bien, en aras de la modernidad, la mayoría de los tontos contemporáneos, se dediquen a la política, la comunicación, la cultura o la venta de ultramarinos, desde hace unos pocos años ocupan sus desvelos en ponerlo todo negro sobre blanco, quizá recurriendo al lápiz de marras que tanto les gusta. No hay promesa falsa, proposición disparatada o compromiso imposible cuya seriedad y certidumbre no se certifique afirmando que lo dicho se va a poner negro sobre blanco. Cortes generales, ministerios, ayuntamientos, organizaciones sociales, comisiones de fiestas y todo tipo de entidades y agrupaciones pasan buena parte de su tiempo poniendo negro sobre blanco aquello que prometen, dejando por escrito los dijes, digos y diegos de sus palabras que todo el mundo sabe que se lleva el viento, como si quisieran aferrarse a la escritura como forma de camuflar su inclinación al incumplimiento, la falsedad y la mentira. E incluso los tontos más descarados e hipócritas dan la vuelta al dicho, y ahora se dedican a certificar la verdad de sus mentiras poniéndolas blanco sobre negro, en un afán de clarificar por anticipado lo torcido y oscuro de sus intenciones.
   En tanto, los destinatarios de tales ejercicios de escritura asisten impávidos, unos crédulos y otros más descreídos, a la inacabable ceremonia de estos escribidores indescifrables y perversos. Y para que a ustedes les quede claro esto que digo, yo también lo pongo negro sobre blanco, o blanco sobre negro; que, como dijo aquel, el orden de los colores no creo que altere el producto.