jueves, 6 de noviembre de 2014

ACADEMIA DE LA LENGUA

58. Misterios de la parla murciana                                                      


En la sociedad tradicional, apegada al terruño conservador más que a la  modernidad de la urbe, las pautas del hablar no las marcaba la escuela ni la letra escrita ni los medios de comunicación; y mucho menos la academia de la lengua o el diccionario. Era la familia, el grupo, la aldea, el paraje, la comarca los que condicionaban un hablar compartido que se  transmitía de boca en boca para convertirse en seña de identidad de la tribu, desconocedora de otras formas de expresarse e impermeable a la influencia ajena. Y sus vocablos eran el principio y el fin de todas las cosas, sin la más mínima duda de que se llamaban así y no de otra manera.
   Muchos de estos habladores silvestres nacieron, vivieron y fenecieron convencidos de que el calistro era el calistro; aunque los finos y cultilatinos lo conocieran con el fatigoso y erudito eucaliptus. Y lo nombraban así sin temor a la burla que su llana vulgaridad suscitaba entre los foráneos. Y a algunos que hemos aprendido el redicho nombre todavía se nos escapa el espontáneo y rotundo calistro, para escándalo o rechifla de los bienhablados y de muchos habladores conversos que han renegado de su parla. Y siempre llamamos araboles a las plantas papaveráceas que en primavera visten con sus flores de color rojo arrebolado ribazos, eriales y sembrados; eso sí, con el riesgo cierto de ser catalogados como más del campo que las amapolas por aquellos que así los llaman. Y las pocas aceras que conocimos no las conocimos con otro nombre que el de baldosas. Digamos, además, que si los caballeros, señores y señoritos de la ciudad llevaban camisa, los hombres silvestres, aunque la llevaran, no la nombraban así, sino que presumían de llevar camisón, como si quisieran que tan sonoro nombre aumentara la valía de aquella sencilla prenda que llevaban puesta a todos horas, incluso para dormir.
   Para vestir de máscara en el carnaval era necesario, además de las ropas y atalajes pertinentes, proporcionarse una caracha, nombre muy propio para designar lo que era un retrato deformado de una cara. Aunque teníamos sospechas de la inconveniencia de mentar los chinos, no se sabe si por lo equívoco del nombre o por la imagen de suciedad que el animal suscitaba, seguimos llamándoles, con perdón, chinos, hablando cortamente, como si quisiéramos pedir disculpas por ello. Pero llamábamos con toda propiedad cocina al lugar de la casa donde se encendía la lumbre para cocinar y para calentarse, sin burlarnos de aquellos que la llamaban chimenea, confundiéndola con el conducto por donde sale el humo, llamado también así, de manera que no se sabía si estaban sentados en la cocina o encaramados en la dicha chimenea; que todo podía ser.
    Sepan, además, que nos nos sonrojaba llamar confituría a lo que otros llamaban confitería, derivándolo de las confituras, y no de los confites, que allí se vendían. Y entendíamos que a un rincón, angulo o esquina de bancal, saco, colchón o cabecera debíamos llamarle cornijal, o en su defecto cujón; aunque ambos nombres, y especialmente el segundo, sonaran un tanto aparatosos y llamativos. Pero cuando se trataba del ángulo saliente de un edificio quedaba claro que se trataba del picoesquina. Por estos lares, los habladores  silvestres llegaron muy pronto a deducción cargada de lógica de que la prenda que cubre el comperdón culo había de llamarse culero y, si iba destinada a mujeres o niños también calzones, y se confeccionaba, se quitaba y se ponía con el conocimiento y la certeza de que ese era su nombre verdadero, ya que lo de llamarla bragas lo supimos mucho más tarde.
  Y para qué hablar de la magra, a la que otros llaman ahora jamón y del melón de agua, que nos igualaba con el water melon con que se conocía en buena parte del universo. Y a la manzana la llamábamos pero mientras reservábamos el femenino para la pera de la luz, llamada por otros bombilla.
   Pero todo esto era antes, porque todos estos vocablos, y muchos más, fueron desapareciendo con el paso de los tiempos, que uniformaron nuestro hablar; aunque no siempre lo hicieron mejor.

jueves, 25 de septiembre de 2014

ACADEMIA DE LA LENGUA

57. Tocarse el moniato                                                                          

Para los habladores silvestres es motivo de creciente autoestima que nuestro moniato, motivo de burla para los bienhablados, haya alcanzado la bendición académica, entronizado en el diccionario oficial, con lo que eso supone de reconocimiento de nuestras peculiares soluciones idiomáticas. Pero no hablaremos de la gracia del nombre ni de las bondades del dulce tubérculo que nombra. Nos detendremos más bien en el valor imaginario con que designa el fruto de la entrepierna, femenino o preferentemente masculino, dada su forma recia y alargada. Y diremos, además, que este moniato es el alma de un giro que, lejos de ser malsonante o grosero, describe con acierto y puntualidad el comportamiento de la persona holgazana o entretenida en ocupaciones inútiles: si decimos que nuestro marido, el nene o el abuelo “están tocándose el moniato”, los pintamos como desocupados o dedicados a labores ociosas e inútiles. Aunque si lo utilizamos como apelación categórica, se convertirá en un arma arrojadiza –“Tú cálla y tócate el moniato”, “A tocarse el moniato”…- con la que manifestamos a nuestro interlocutor la sorpresa o el desprecio que nos producen sus dichos o hechos disparatados o inútiles.

domingo, 17 de agosto de 2014

LA FERIA DEL MUNDO

56. Atar los huevos al diablo                                                                


En aquellos remotos tiempos en que no existía el tuyo ni el mío, no había necesidad de justicia ni de leyes porque bastaba la simple palabra de los hombres y los campos daban sus frutos sin cultivarlos, pensábamos que el mundo estaba bien hecho y por eso llamábamos de Oro a aquella dichosa Edad. Pero pasado el tiempo y venidos a la Edad de Hierro que padecemos, sentimos el desconsuelo y el desamparo del que lo ha perdido todo. Y es más, nosotros mismos vemos cómo a plena luz del día cuadrillas de bandoleros asaltan y expolian los organismos del estado, consejerías, ayuntamientos, instituciones financieras y empresas que cotizan en bolsa; oímos decir que tal alcalde, concejal o miembro de un consejo de administración trasiega la liquidez ajena a la cuenta propia; notamos cómo familias respetabilísimas ocupan los cargos y representaciones públicas con el fin de engordar lo suyo con el bien ajeno; nos dicen que funcionarios y representantes públicos, ayudados de amigos y parientes, organizan redes de cobro de extorsiones al tres o al veinte por ciento, que en eso hay opiniones dispares; sabemos que mandamases de los partidos y distinguidos cargos públicos frecuentan más Suiza o Andorra que sus propios despachos y oficinas; y tenemos noticia de que muy honorables personajes y sus esposas e hijos ponen a buen recaudo lo que no es suyo, no ya a espuertas, sino en vulgares y cómodas bolsas de basura.
    Y nosotros mismos hemos perdido buena parte de nuestros sueldos, y de los servicios de salud, de educación y bienestar; y nos han desaparecido de las cuentas nuestros ahorros preferentes; y se han evaporado los fondos para la formación de los trabajadores y los destinado a la reconversión de empresas, además de mermar considerablemente lo que iba destinado a obras públicas.
     Y lo que es peor: cada día comprobamos que muchos de los que nos gobiernan han perdido el sentido del honor, de la lealtad, del recto cumplimiento del deber y, en definitiva, la vergüenza, si es que la tuvieron alguna vez. Además, sufrimos el abandono de la justicia ya que las leyes resultan a medida de quienes las hacen, y con el propósito de no cumplirlas, de manera que asistimos asombrados al espectáculo de juicios que duran una decena de años y acaban como el parto de los montes, a la exhibición de legiones de imputados que, lejos de irse a su casa o ser juzgados sumariamente, se entretienen alardeando de su inocencia, quejándose ante sus víctimas de persecución y acoso mediático o acusando a sus rivales de ser más descarados, indignos o ladrones que ellos, o presumiendo de que lo suyo, aunque impresentable, no es condenable por falta de pruebas o porque ha prescrito.
     Ante esta merma de los bienes públicos, el extravío de la ejemplaridad de los que mandan y la ausencia de justicia, a lo que se añade nuestra perdida de la confianza en los que se ocupan del gobierno y sus monarquías, los ciudadanos debemos pensar que, a grandes males, grandes remedios, aunque a algunos les parezcan caseros y ridículos. Recuerden cómo, cuando se perdían las tijeras, las gafas de coser, una toalla o la pelotica del zagal, la señora de la casa, la abuela y otros miembros de la familia recurrían al arte mágica de un sencillo conjuro con el que confiaban ciegamente en recuperar lo perdido: anudaban las cuatro puntas del pañuelo moquero, de una servilleta o de un pañito mientras recitaban la fórmula dirigida al diablo –o en su defecto a San Cucufato: ”Los huevos te ato, si lo perdido no aparece, no te los desato”.
     Hagan la prueba y verán cómo los dineros públicos o privados expoliados por desaprensivos y chorizos serán devueltos a su legítimo dueño sin dilación ni trámites, como los sospechosos o imputados abandonarán avergonzados sus cargos o serán castigados, cómo las leyes se redactarán con diligencia en beneficio de los ciudadanos, cómo los que nos gobiernan recuperarán la vergüenza y la dignidad perdidas y cómo los ciudadanos descreídos encontraremos la confianza perdida. Prueben el procedimiento y no sean incrédulos, que todo tiene arreglo. Aunque no lo parezca.

sábado, 12 de julio de 2014

LA FERIA DEL MUNDO

55. Bandolerismo institucional                                                            

Alardeaba Góngora del mundo feliz en que vivía mientras gobernaban sus días mantequillas y pan tierno, dejando a los que tratan del gobierno y sus monarquías  el áspero menú de los cuidados y preocupaciones del cargo. Pero nuestros días no son tan dichosos, dominados por escaseces laborales, estrecheces y penurias en la economía familiar, recortes sanitarios, educativos y asistenciales mientras las mantequillas y el pan tierno, y la naranjada y el aguardiente, se los reparten los que nos gobiernan –del rey abajo, muchos-, ya sea retorciendo leyes y normas o recalificando terrenos, ya medrando en numerosos cargos simultáneos o sucesivos, ya solucionando problemas de familiares y de amigos con sustanciosas ocupaciones, cargos y asesorías, ya sea sencillamente llevándoselo crudo, personalmente o mediante ingenierías financieras.
     Y todos los días oímos cosas tan lindas como que colocar a centenares de paniaguados en unan diputación es cosa natural; que los abusos en el Tribunal de Cuentas son legales, que el Banco de España no ve nada reprobable en el saqueo de entidades y chiringuitos financieros; que el nuevo alcalde de Santiago proclama que, como sus predecesores han hecho muchas cosas buenas, acata la sentencia que los inhabilita por imperativo legal; que los que extorsionan a empresarios o se dejan corromper por ellos en los casos Gurtel o Brugal y los que reparten eres y cursos de formación a discreción dicen que sus tropelías han sido poco o nada en comparación con lo de los otros, que es mucho más; que las varias decenas de imputados en cargos del gobierno, de la autonomía y de los municipios de la región de Murcia sufren un acoso mediático intolerable, siendo personas respetabilísimas y ejemplares, a más de soportar un retraso inadmisible de la justicia en la resolución (que será favorable) de sus casos.
     Entre tanto, unos y otros discuten si se han de asumir responsabilidades políticas antes o después de la imputación o nunca, si ser imputado es un estigma o más bien un honor o una condecoración, y muchos otros mantienen que la inhabilitación no inhabilita, presumen de que no sabían nada del asunto o se jactan de que lo suyo ya anda prescrito. Todo eso sin plantearse si nosotros pensamos que todo esto no es más un ejercicio de desvergüenza y de cinismo.
     Pero luego vienen las noches, que no enmiendan a los días porque, lejos del descanso y el sueño, ahora nos asaltan las pesadillas. Soñamos, entre el sobresalto y el miedo que, recalificados todos los terrenos, eriales y playas, y consumadas todas las ilegalidades habidas y por haber, partidas de cuatreros estatales, autonómicos y municipales asaltan corrales, vaquerías y cochiqueras para completar con el botín obtenido la caja B suya o del partido; cuadrillas de bandoleros del Banco de España, de la Agencia Tributaria, del Tribunal de Cuentas y de otros organismos fiscalizadores pueblan caminos y carreteras asaltando y ajustándoles las cuentas a pobres viajeros que van al trabajo, de excursión a la sierra o de romería, mientras hacen la vista gorda con los que caminan presto a los paraísos de Luxemburgo o de la isla de Jersey; y oímos en lontananza el toque de corneta del séptimo de caballería que precede a miles de aforados que asedian ciudades, villas y lugares; y soñamos que un tropel de paniaguados, mantenidos, consejeros, familiares y conocidos de los mandamases, agotados los cargos, prebendas y canonjías disponibles, han devenido en ocupas que fuerzan la puerta y toman posesión de nuestras casas, se nos sientan en el sofá y se acuestan en nuestras mismísima cama, siempre, eso sí, alardeando de respeto a la legalidad y a la propiedad privada. Menos mal que todo es un mal sueño.
      Así son nuestros días y nuestras noches. Y ríase la gente, mientras otorgue, como hasta ahora, que traten otros del gobierno y sus monarquías, y siga pensando que la vida es sueño y los sueños, sueños son.

miércoles, 14 de mayo de 2014

LA FERIA DEL MUNDO

54. Tantos tontos que tuitean                                                              

En otros tiempos la opinión popular tenía unos baremos muy claros para medir la instrucción y la cultura de las personas. La excelencia en el saber, el paradigma de la riqueza cultural culminaba si decíamos que alguien era muy leído; sus opiniones eran respetadas y todo el mundo lo celebraba como sabio y erudito, rendidos a la evidencia de la superioridad intelectual del leído. En una escala menor, estaba el que leía y escribía de corrido, evidenciado así una capacidad de comprensión y de expresión de las ideas que era considerada muestra segura de una educación cuidada. Peor lo tenía el que sabía leer y escribir para su gasto: echar un vistazo al periódico, escribir una carta a la familia, comprender notas y mensajes de la vida ordinaria; porque esta mediocridad, que no permitía el acceso al pensamiento ni a la literatura ni a la cultura en general, algunos ya la calificaban como analfabetismo funcional. Pero el grado cero de la escritura, el agrafismo indigente era el del que solo sabía escribir la firma, como una fórmula repetitiva con la que encubría su incapacidad comunicativa.
   Pero en estos últimos tiempos ha aparecido una nueva categoría intelectual y cultural, que es la de los que escriben en las llamadas redes sociales, por causas que ellos creen fundadas, pero que otros juzgan sin motivo ni razón. Casi a la misma altura que los que sólo saben firmar, con sus 140 caracteres tasados opinan sobre lo divino y lo humano, pontifican sobre esto o aquello, ponen al descubierto sus miserias y mezquindades o inventan las de demás; pero sobre todo apuntan allí todo lo que se les viene a la cabeza, sea oportuno o inoportuno, sin orden ni concierto y con no poco desprecio de la buena expresión, como si estuvieran en la cháchara del cuarto de estar o en una docta reunión de verduleras. Así que no hay tonto, sea político, juez, artista, albañil o ama de casa, que no tenga una cuenta en twiter o en Facebook, no hay imbécil que no tuitee las naderías suyas o retuitee las sandeces que escriben otros; no hay personaje relevante o ínfimo que no desnude sus vergüenzas en las redes para admiración y gozo de la infinidad de tontos que lo siguen.
   Jules Renard dejaba en evidencia a quien “aunque no habla, se sabe que piensa tonterías”. Pues bien, ahora las tonterías no sólo se piensan, sino que se escriben, siempre con pocas palabras, que así resulta más fácil para el tonto que las redacta y para el memo que las lee y las celebra; retuiteándalas, naturalmente.
   Y así se asienta y crece una nueva mayoría intelectual que escribe brevemente sobre naderías, al tiempo que lee las que brevemente escriben otros, para supuesta envidia de aquellos que, como Cervantes o Proust, necesitan centenares o miles de páginas de escritura farragosa e inacabable para contar, por ejemplo, lo que le pasó a un loco que se puso a disparatar en la llanura manchega o a aquel al que le vino a la memoria toda su vida mientras desayunaba una magdalena con té. Pero entre tantas tonterías, que convierten a la red en mal de muchos y consuelo de tontos, aun nos queda el gusto de suponer que Augusto Monterroso pudo haber escrito en un tuit “Hoy me siento un Balzac; he escrito esta línea”, y aún le hubiera sobrado un puñado de caracteres. Aunque no lo hizo. “Ha ver si sus enteráis”, como más o menos escribió un insigne tuitero murciano.

miércoles, 2 de abril de 2014

ACADEMIA DE LA LENGUA

53. Señorito, ta                                                                                       

No se asombren si les digo que el desaparecido señorito era hasta hace poco el tratamiento que marcaba el abismo insuperable entre terratenientes y labradores. El señorito, sin oficio reconocido, vivía de las rentas; era ocupante veraniego o festivo de la mansión rústica y presumía de aspecto atildado y formas exquisitas que le hacían ser temido y venerado como un reyezuelo por sus labradores y piojareros, obligados a deshollinarle la casa; amasarle el pan; abastecerle de agua buena y mala; de huevos, pollos y pavos –estos por la Pascua- ya arreglados, y de verduras y hortalizas de la huerta; rojiarle y barrerle la puerta, servirle durante sus largas veladas y entretener los caprichos de los señoriticos, llamándoles siempre de usted y dándoles el trato de señorito a todos. Pero nuestra agudeza silvestre distinguía entre el auténtico señorito, con casa bien abastada, serré o auto y ciertos arrebatos de benevolencia, y el señorito de alpargata, al que trasladábamos en carro o en mula, disimulaba estrecheces e incluso se convidaba en casa del labrador, en un quiero y no puedo que no debilitaba en nada su actitud exigente y autoritaria. 

martes, 4 de marzo de 2014

ACADEMIA DE LA LENGUA

52. Puñema, puñeta                                                                             

Los dimes y diretes de los muchos sabios que sobre puñetas escriben, aunque diversos, coinciden en considerarlo vocablo derivado de puño, referido a los encajes o vuelillos que adornan las bocamangas de vestimentas ceremoniales como las togas de jueces y magistrados. Por extensión, la expresión mandar a hacer puñetas sería desear quitarse de encima a alguien molesto como si estuviera dedicado a la labor entretenida de bordar esos adornos. Pero no explican por qué esta expresión y también la interjección puñeta, así como puñetero, aplicado a quien hace la puñeta, se consideran poco delicadas e incluso groseras. Pues bien, los habladores silvestres murcianos con su puñema, variante eufemística de puñeta, dejaron claro que se trataba de encubrir su significado soez, al menos entonces, porque puñeta y hacer puñetas era aquí, y en Lisboa, y en Guayaquil, imagen bien expresiva, que no merece más explicación, de masturbarse. Así que el desaparecido puñema, con el que nuestros abuelos expresaban su asombro o irritación, no era más que otra muestra de nuestra consabida delicadeza expresiva. Y quien diga lo contrario, que se vaya a hacer puñetas. O puñemas, que es lo mismo.

viernes, 31 de enero de 2014

LA FERIA DEL MUNDO

51. Ladronicio                                                                                         

Si hay una palabra olvidada que merecería rehabilitarse y ponerse en pleno uso, esa sería ladronicio, hermana ordinaria de la muy culta y también poco usada latrocinio. Además de los llamativos cambios y mudanzas de sonidos, lo que de ella nos interesa es su contenido, que va más allá de la acción individual de un ladrón o un defraudador a que se refiere latrocinio, para aplicarse a un vicio asentado, continuado y generalizado, no sólo en una persona, sino entre los miembros de un gremio, sector o institución, y en la sociedad en general. Así que en vez de hablar de abusos, estafas, apropiaciones indebidas, cohechos propios e impropios, prevaricaciones y corrupción en general, podría aplicársele a todo esto el expeditivo ladronicio. “¡Qué ladronicio!”, diría el consumidor ante la carestía de la cesta de la compra o el galimatías indescifrable del recibo de la luz; “¡Vaya ladronicio!”, exclamaría el contribuyente tras pagar sus impuestos; “¡Cuánto ladronicio!”, proclamaría el probo ciudadano al enterarse de los mil escándalos y golferías protagonizados por autoridades y representantes políticos y sindicales. Y entonces todo quedaría más claro y todo el mundo entendería de qué estábamos hablando.

jueves, 2 de enero de 2014

LA FERIA DEL MUNDO

50. Perseguidos por la justicia                                                             

En estos tiempos en que las clases dirigentes están puestas en entredicho como consecuencia de sus abusos y tropelías, las encuestas y barómetros de opinión suben a los primeros puestos entre las preocupaciones de los ciudadanos a la Corona, la clase política, los sindicatos, el Senado, y algunos otros colectivos e instituciones. Pero si lo pensamos bien, el verdadero cáncer de estos tiempos es la casta relacionada con la justicia, que se deja manipular por los poderes establecidos y manipula, retarda y maneja a su antojo los intereses y las vidas de los ciudadanos, siguiendo una tradición de omisión de la justicia o de abierta injusticia que se remonta a tiempos lejanos cuando ya  Séneca proclamaba que “el que quiera vivir entre justos, que viva en el desierto”.
   No precisamente desiertos están los predios en que pastan y abrevan los que viven de la justicia, que ya eran muchos siglos atrás, con su caterva de consejeros reales, corregidores, alcaldes, alcaldes mayores, procuradores, procuradores generales, intendentes, alféreces mayores, comisarios, visitadores, oidores, veedores, escribanos, alguaciles, corchetes porquerones, verdugos y algunos oficios más, muy jerarquizados, pero todos arrimados a la teta de los procedimientos activados por una aristocracia de la toga compuesta de doctores, bachilleres y letrados.
   Si esta situación la traemos aquí y ahora, veremos que son muchos centenares de miles los que viven de la justicia, desde los funcionarios –magistrados, jueces, secretarios, fiscales, oficiales, auxiliares, agentes judiciales y forenses- encastados en una pirámide jerárquica que va desde el juzgado de Primera Instancia al Tribunal Constitucional- hasta los que ejercen profesiones liberales relacionadas con la administración de justicia -abogados, pasantes, procuradores, peritos, gestores, etc.-. Toda una casta que, como decía el diablo quevedesco de El alguacil alguacilado, refiriéndose naturalmente al infierno, prolifera exponencialmente: “De cada juez que sembramos recogemos diez procuradores, dos relatores, cuatro escribanos, cinco letrados y cinco mil negociantes… Y si el año es fértil en trampas no hay trojes en el infierno para recoger el fruto”.
   Y toda esta tropa se alimenta de miles de toneladas de papel escrito –no hay proceso que no presuma de centenares, o miles, o cientos de miles de páginas- en el que, con la excusa de las debidas garantías procesales, constan  mil argucias, no para aplicar la justicia con diligencia, sino para obstruirla, dilatarla y encarecerla hasta convertirla en una sinrazón interminable que dura años y que sufren y no entienden los presuntos delincuentes y las víctimas seguras, como si de El proceso de Kafka se tratara. Y mientras, se acumulan las denuncias, declaraciones, instancias, oficios, recursos, apelaciones, citaciones, demandas, contrademandas, diligencias, comparecencias, contenciosos, costas, dictámenes, dilaciones, edictos, exhortos, indagatorias, interpelaciones, interrogatorios, litigios, moras, notificaciones, peticiones, plazos, aplazamientos, prenotificaciones, notificaciones, prórrogas, pruebas, pruebas periciales, quejas, recusaciones, recursos, requerimientos, testimonios, resoluciones y veredictos, en procesos que duran años para resolver asuntos que el sentido común presenta como bastantes claros.
   Veamos, entre mil, algunos ejemplos, En 12 agosto de 2013 un autobús español sufre un grave accidente en Francia, del que resulta una persona muerta y varios heridos, y al día siguiente se concluye que ha sido consecuencia de un volantazo provocado por un viajero agresivo, por lo que los conductores son exonerados de oficio de toda culpa; pero en julio del mismo año, un autobús vuelca en Ávila con resultado de 9 muertos y,  aunque el conductor declara que se ha quedado dormido, se inicia un largo proceso con un interminable retahíla de declaraciones del acusado, de guardias civiles, de todos los viajeros supervivientes y de numerosos técnicos, con redacción de informes y pruebas periciales, que con apelaciones y recursos se prolongará durante años para desgracia del conductor y de las víctimas. No olviden que la agresión con unas tartas a la política navarra Yolanda Barcina tuvo que ser juzgada por la Audiencia Nacional durante dos años -a pesar de que estaba filmada en directo, la víctima reconoció a los agresores y los propios delincuentes la reivindicaron públicamente-, con declaraciones en que los acusados negaron haber estado allí y dijeron que le estamparon las tartas para felicitarla, con numerosas pruebas, declaraciones y testimonios, que dieron como resultado la condena a dos años de cárcel que no van a cumplir y 900 euros de multa. Tengan presente que tras diez años de juicio por el accidente del Prestige, con miles diligencias, con un proceso acumulado en montañas de papel, con millones de euros de gastos e innumerables dimes y diretes de políticos y fuerzas vivas, llegó la esperada sentencia… Y no hubo nada.
   Repasen los años que llevan casos de corrupción como el del Palau de la Música de Barcelona, del yerno del rey, Gúrtel, Bárcenas, Fabra y otros mil dispersos por toda España y vean cómo tardarán años o décadas, o se sobreseerán, o acabarán con los tribunales dando a luz un ratón, como ocurre siempre con los partos de los montes. Y mientras, funcionarios y profesionales de la justicia seguirán rellenando miles de folios, mientras reclaman a voz en grito, en defensa de las susodichas garantías procesales y del bien de los ciudadanos, que la justicia sea gratuita; es decir, que los ciudadanos todos sufraguen los buenos sueldos y pluses de los funcionarios y las costas de diligencias, apelaciones y recursos que promueven los letrados.
   Pero todo esto no acabará aquí, tras años de proceso, de acumulación de papeleo, de recursos y de sentencias más o menos congruentes, porque la propia ley pondrá mil obstáculos al cumplimento efectivo de la sentencia, habrá otros mil recursos para no pagar indemnizaciones o no ir inmediatamente a la cárcel; y finalmente vendrá el gobierno con la rebaja, concediendo indultos por centenares, en la mayoría de los casos sin justificación, sobre todo si se trata de delitos de corrupción, prevaricación o malversación de fondos públicos cometidos por representantes y funcionarios públicos.
  Y los ciudadanos, con la misma delicada ironía que utilizaba aquel perro del coloquio cervantino, seguiremos pensando que no todos los escribanos entretienen los pleitos, ni perjudican a las partes, ni todos cobran más de sus derechos, ni todos van buscando y hurgando en las vidas ajenas para ponerlas en tela de juicio. Buenos que somos.