viernes, 31 de enero de 2014

LA FERIA DEL MUNDO

51. Ladronicio                                                                                         

Si hay una palabra olvidada que merecería rehabilitarse y ponerse en pleno uso, esa sería ladronicio, hermana ordinaria de la muy culta y también poco usada latrocinio. Además de los llamativos cambios y mudanzas de sonidos, lo que de ella nos interesa es su contenido, que va más allá de la acción individual de un ladrón o un defraudador a que se refiere latrocinio, para aplicarse a un vicio asentado, continuado y generalizado, no sólo en una persona, sino entre los miembros de un gremio, sector o institución, y en la sociedad en general. Así que en vez de hablar de abusos, estafas, apropiaciones indebidas, cohechos propios e impropios, prevaricaciones y corrupción en general, podría aplicársele a todo esto el expeditivo ladronicio. “¡Qué ladronicio!”, diría el consumidor ante la carestía de la cesta de la compra o el galimatías indescifrable del recibo de la luz; “¡Vaya ladronicio!”, exclamaría el contribuyente tras pagar sus impuestos; “¡Cuánto ladronicio!”, proclamaría el probo ciudadano al enterarse de los mil escándalos y golferías protagonizados por autoridades y representantes políticos y sindicales. Y entonces todo quedaría más claro y todo el mundo entendería de qué estábamos hablando.

jueves, 2 de enero de 2014

LA FERIA DEL MUNDO

50. Perseguidos por la justicia                                                             

En estos tiempos en que las clases dirigentes están puestas en entredicho como consecuencia de sus abusos y tropelías, las encuestas y barómetros de opinión suben a los primeros puestos entre las preocupaciones de los ciudadanos a la Corona, la clase política, los sindicatos, el Senado, y algunos otros colectivos e instituciones. Pero si lo pensamos bien, el verdadero cáncer de estos tiempos es la casta relacionada con la justicia, que se deja manipular por los poderes establecidos y manipula, retarda y maneja a su antojo los intereses y las vidas de los ciudadanos, siguiendo una tradición de omisión de la justicia o de abierta injusticia que se remonta a tiempos lejanos cuando ya  Séneca proclamaba que “el que quiera vivir entre justos, que viva en el desierto”.
   No precisamente desiertos están los predios en que pastan y abrevan los que viven de la justicia, que ya eran muchos siglos atrás, con su caterva de consejeros reales, corregidores, alcaldes, alcaldes mayores, procuradores, procuradores generales, intendentes, alféreces mayores, comisarios, visitadores, oidores, veedores, escribanos, alguaciles, corchetes porquerones, verdugos y algunos oficios más, muy jerarquizados, pero todos arrimados a la teta de los procedimientos activados por una aristocracia de la toga compuesta de doctores, bachilleres y letrados.
   Si esta situación la traemos aquí y ahora, veremos que son muchos centenares de miles los que viven de la justicia, desde los funcionarios –magistrados, jueces, secretarios, fiscales, oficiales, auxiliares, agentes judiciales y forenses- encastados en una pirámide jerárquica que va desde el juzgado de Primera Instancia al Tribunal Constitucional- hasta los que ejercen profesiones liberales relacionadas con la administración de justicia -abogados, pasantes, procuradores, peritos, gestores, etc.-. Toda una casta que, como decía el diablo quevedesco de El alguacil alguacilado, refiriéndose naturalmente al infierno, prolifera exponencialmente: “De cada juez que sembramos recogemos diez procuradores, dos relatores, cuatro escribanos, cinco letrados y cinco mil negociantes… Y si el año es fértil en trampas no hay trojes en el infierno para recoger el fruto”.
   Y toda esta tropa se alimenta de miles de toneladas de papel escrito –no hay proceso que no presuma de centenares, o miles, o cientos de miles de páginas- en el que, con la excusa de las debidas garantías procesales, constan  mil argucias, no para aplicar la justicia con diligencia, sino para obstruirla, dilatarla y encarecerla hasta convertirla en una sinrazón interminable que dura años y que sufren y no entienden los presuntos delincuentes y las víctimas seguras, como si de El proceso de Kafka se tratara. Y mientras, se acumulan las denuncias, declaraciones, instancias, oficios, recursos, apelaciones, citaciones, demandas, contrademandas, diligencias, comparecencias, contenciosos, costas, dictámenes, dilaciones, edictos, exhortos, indagatorias, interpelaciones, interrogatorios, litigios, moras, notificaciones, peticiones, plazos, aplazamientos, prenotificaciones, notificaciones, prórrogas, pruebas, pruebas periciales, quejas, recusaciones, recursos, requerimientos, testimonios, resoluciones y veredictos, en procesos que duran años para resolver asuntos que el sentido común presenta como bastantes claros.
   Veamos, entre mil, algunos ejemplos, En 12 agosto de 2013 un autobús español sufre un grave accidente en Francia, del que resulta una persona muerta y varios heridos, y al día siguiente se concluye que ha sido consecuencia de un volantazo provocado por un viajero agresivo, por lo que los conductores son exonerados de oficio de toda culpa; pero en julio del mismo año, un autobús vuelca en Ávila con resultado de 9 muertos y,  aunque el conductor declara que se ha quedado dormido, se inicia un largo proceso con un interminable retahíla de declaraciones del acusado, de guardias civiles, de todos los viajeros supervivientes y de numerosos técnicos, con redacción de informes y pruebas periciales, que con apelaciones y recursos se prolongará durante años para desgracia del conductor y de las víctimas. No olviden que la agresión con unas tartas a la política navarra Yolanda Barcina tuvo que ser juzgada por la Audiencia Nacional durante dos años -a pesar de que estaba filmada en directo, la víctima reconoció a los agresores y los propios delincuentes la reivindicaron públicamente-, con declaraciones en que los acusados negaron haber estado allí y dijeron que le estamparon las tartas para felicitarla, con numerosas pruebas, declaraciones y testimonios, que dieron como resultado la condena a dos años de cárcel que no van a cumplir y 900 euros de multa. Tengan presente que tras diez años de juicio por el accidente del Prestige, con miles diligencias, con un proceso acumulado en montañas de papel, con millones de euros de gastos e innumerables dimes y diretes de políticos y fuerzas vivas, llegó la esperada sentencia… Y no hubo nada.
   Repasen los años que llevan casos de corrupción como el del Palau de la Música de Barcelona, del yerno del rey, Gúrtel, Bárcenas, Fabra y otros mil dispersos por toda España y vean cómo tardarán años o décadas, o se sobreseerán, o acabarán con los tribunales dando a luz un ratón, como ocurre siempre con los partos de los montes. Y mientras, funcionarios y profesionales de la justicia seguirán rellenando miles de folios, mientras reclaman a voz en grito, en defensa de las susodichas garantías procesales y del bien de los ciudadanos, que la justicia sea gratuita; es decir, que los ciudadanos todos sufraguen los buenos sueldos y pluses de los funcionarios y las costas de diligencias, apelaciones y recursos que promueven los letrados.
   Pero todo esto no acabará aquí, tras años de proceso, de acumulación de papeleo, de recursos y de sentencias más o menos congruentes, porque la propia ley pondrá mil obstáculos al cumplimento efectivo de la sentencia, habrá otros mil recursos para no pagar indemnizaciones o no ir inmediatamente a la cárcel; y finalmente vendrá el gobierno con la rebaja, concediendo indultos por centenares, en la mayoría de los casos sin justificación, sobre todo si se trata de delitos de corrupción, prevaricación o malversación de fondos públicos cometidos por representantes y funcionarios públicos.
  Y los ciudadanos, con la misma delicada ironía que utilizaba aquel perro del coloquio cervantino, seguiremos pensando que no todos los escribanos entretienen los pleitos, ni perjudican a las partes, ni todos cobran más de sus derechos, ni todos van buscando y hurgando en las vidas ajenas para ponerlas en tela de juicio. Buenos que somos.