miércoles, 2 de abril de 2014

ACADEMIA DE LA LENGUA

53. Señorito, ta                                                                                       

No se asombren si les digo que el desaparecido señorito era hasta hace poco el tratamiento que marcaba el abismo insuperable entre terratenientes y labradores. El señorito, sin oficio reconocido, vivía de las rentas; era ocupante veraniego o festivo de la mansión rústica y presumía de aspecto atildado y formas exquisitas que le hacían ser temido y venerado como un reyezuelo por sus labradores y piojareros, obligados a deshollinarle la casa; amasarle el pan; abastecerle de agua buena y mala; de huevos, pollos y pavos –estos por la Pascua- ya arreglados, y de verduras y hortalizas de la huerta; rojiarle y barrerle la puerta, servirle durante sus largas veladas y entretener los caprichos de los señoriticos, llamándoles siempre de usted y dándoles el trato de señorito a todos. Pero nuestra agudeza silvestre distinguía entre el auténtico señorito, con casa bien abastada, serré o auto y ciertos arrebatos de benevolencia, y el señorito de alpargata, al que trasladábamos en carro o en mula, disimulaba estrecheces e incluso se convidaba en casa del labrador, en un quiero y no puedo que no debilitaba en nada su actitud exigente y autoritaria.