miércoles, 14 de mayo de 2014

LA FERIA DEL MUNDO

54. Tantos tontos que tuitean                                                              

En otros tiempos la opinión popular tenía unos baremos muy claros para medir la instrucción y la cultura de las personas. La excelencia en el saber, el paradigma de la riqueza cultural culminaba si decíamos que alguien era muy leído; sus opiniones eran respetadas y todo el mundo lo celebraba como sabio y erudito, rendidos a la evidencia de la superioridad intelectual del leído. En una escala menor, estaba el que leía y escribía de corrido, evidenciado así una capacidad de comprensión y de expresión de las ideas que era considerada muestra segura de una educación cuidada. Peor lo tenía el que sabía leer y escribir para su gasto: echar un vistazo al periódico, escribir una carta a la familia, comprender notas y mensajes de la vida ordinaria; porque esta mediocridad, que no permitía el acceso al pensamiento ni a la literatura ni a la cultura en general, algunos ya la calificaban como analfabetismo funcional. Pero el grado cero de la escritura, el agrafismo indigente era el del que solo sabía escribir la firma, como una fórmula repetitiva con la que encubría su incapacidad comunicativa.
   Pero en estos últimos tiempos ha aparecido una nueva categoría intelectual y cultural, que es la de los que escriben en las llamadas redes sociales, por causas que ellos creen fundadas, pero que otros juzgan sin motivo ni razón. Casi a la misma altura que los que sólo saben firmar, con sus 140 caracteres tasados opinan sobre lo divino y lo humano, pontifican sobre esto o aquello, ponen al descubierto sus miserias y mezquindades o inventan las de demás; pero sobre todo apuntan allí todo lo que se les viene a la cabeza, sea oportuno o inoportuno, sin orden ni concierto y con no poco desprecio de la buena expresión, como si estuvieran en la cháchara del cuarto de estar o en una docta reunión de verduleras. Así que no hay tonto, sea político, juez, artista, albañil o ama de casa, que no tenga una cuenta en twiter o en Facebook, no hay imbécil que no tuitee las naderías suyas o retuitee las sandeces que escriben otros; no hay personaje relevante o ínfimo que no desnude sus vergüenzas en las redes para admiración y gozo de la infinidad de tontos que lo siguen.
   Jules Renard dejaba en evidencia a quien “aunque no habla, se sabe que piensa tonterías”. Pues bien, ahora las tonterías no sólo se piensan, sino que se escriben, siempre con pocas palabras, que así resulta más fácil para el tonto que las redacta y para el memo que las lee y las celebra; retuiteándalas, naturalmente.
   Y así se asienta y crece una nueva mayoría intelectual que escribe brevemente sobre naderías, al tiempo que lee las que brevemente escriben otros, para supuesta envidia de aquellos que, como Cervantes o Proust, necesitan centenares o miles de páginas de escritura farragosa e inacabable para contar, por ejemplo, lo que le pasó a un loco que se puso a disparatar en la llanura manchega o a aquel al que le vino a la memoria toda su vida mientras desayunaba una magdalena con té. Pero entre tantas tonterías, que convierten a la red en mal de muchos y consuelo de tontos, aun nos queda el gusto de suponer que Augusto Monterroso pudo haber escrito en un tuit “Hoy me siento un Balzac; he escrito esta línea”, y aún le hubiera sobrado un puñado de caracteres. Aunque no lo hizo. “Ha ver si sus enteráis”, como más o menos escribió un insigne tuitero murciano.