domingo, 17 de agosto de 2014

LA FERIA DEL MUNDO

56. Atar los huevos al diablo                                                                


En aquellos remotos tiempos en que no existía el tuyo ni el mío, no había necesidad de justicia ni de leyes porque bastaba la simple palabra de los hombres y los campos daban sus frutos sin cultivarlos, pensábamos que el mundo estaba bien hecho y por eso llamábamos de Oro a aquella dichosa Edad. Pero pasado el tiempo y venidos a la Edad de Hierro que padecemos, sentimos el desconsuelo y el desamparo del que lo ha perdido todo. Y es más, nosotros mismos vemos cómo a plena luz del día cuadrillas de bandoleros asaltan y expolian los organismos del estado, consejerías, ayuntamientos, instituciones financieras y empresas que cotizan en bolsa; oímos decir que tal alcalde, concejal o miembro de un consejo de administración trasiega la liquidez ajena a la cuenta propia; notamos cómo familias respetabilísimas ocupan los cargos y representaciones públicas con el fin de engordar lo suyo con el bien ajeno; nos dicen que funcionarios y representantes públicos, ayudados de amigos y parientes, organizan redes de cobro de extorsiones al tres o al veinte por ciento, que en eso hay opiniones dispares; sabemos que mandamases de los partidos y distinguidos cargos públicos frecuentan más Suiza o Andorra que sus propios despachos y oficinas; y tenemos noticia de que muy honorables personajes y sus esposas e hijos ponen a buen recaudo lo que no es suyo, no ya a espuertas, sino en vulgares y cómodas bolsas de basura.
    Y nosotros mismos hemos perdido buena parte de nuestros sueldos, y de los servicios de salud, de educación y bienestar; y nos han desaparecido de las cuentas nuestros ahorros preferentes; y se han evaporado los fondos para la formación de los trabajadores y los destinado a la reconversión de empresas, además de mermar considerablemente lo que iba destinado a obras públicas.
     Y lo que es peor: cada día comprobamos que muchos de los que nos gobiernan han perdido el sentido del honor, de la lealtad, del recto cumplimiento del deber y, en definitiva, la vergüenza, si es que la tuvieron alguna vez. Además, sufrimos el abandono de la justicia ya que las leyes resultan a medida de quienes las hacen, y con el propósito de no cumplirlas, de manera que asistimos asombrados al espectáculo de juicios que duran una decena de años y acaban como el parto de los montes, a la exhibición de legiones de imputados que, lejos de irse a su casa o ser juzgados sumariamente, se entretienen alardeando de su inocencia, quejándose ante sus víctimas de persecución y acoso mediático o acusando a sus rivales de ser más descarados, indignos o ladrones que ellos, o presumiendo de que lo suyo, aunque impresentable, no es condenable por falta de pruebas o porque ha prescrito.
     Ante esta merma de los bienes públicos, el extravío de la ejemplaridad de los que mandan y la ausencia de justicia, a lo que se añade nuestra perdida de la confianza en los que se ocupan del gobierno y sus monarquías, los ciudadanos debemos pensar que, a grandes males, grandes remedios, aunque a algunos les parezcan caseros y ridículos. Recuerden cómo, cuando se perdían las tijeras, las gafas de coser, una toalla o la pelotica del zagal, la señora de la casa, la abuela y otros miembros de la familia recurrían al arte mágica de un sencillo conjuro con el que confiaban ciegamente en recuperar lo perdido: anudaban las cuatro puntas del pañuelo moquero, de una servilleta o de un pañito mientras recitaban la fórmula dirigida al diablo –o en su defecto a San Cucufato: ”Los huevos te ato, si lo perdido no aparece, no te los desato”.
     Hagan la prueba y verán cómo los dineros públicos o privados expoliados por desaprensivos y chorizos serán devueltos a su legítimo dueño sin dilación ni trámites, como los sospechosos o imputados abandonarán avergonzados sus cargos o serán castigados, cómo las leyes se redactarán con diligencia en beneficio de los ciudadanos, cómo los que nos gobiernan recuperarán la vergüenza y la dignidad perdidas y cómo los ciudadanos descreídos encontraremos la confianza perdida. Prueben el procedimiento y no sean incrédulos, que todo tiene arreglo. Aunque no lo parezca.