jueves, 25 de septiembre de 2014

ACADEMIA DE LA LENGUA

57. Tocarse el moniato                                                                          

Para los habladores silvestres es motivo de creciente autoestima que nuestro moniato, motivo de burla para los bienhablados, haya alcanzado la bendición académica, entronizado en el diccionario oficial, con lo que eso supone de reconocimiento de nuestras peculiares soluciones idiomáticas. Pero no hablaremos de la gracia del nombre ni de las bondades del dulce tubérculo que nombra. Nos detendremos más bien en el valor imaginario con que designa el fruto de la entrepierna, femenino o preferentemente masculino, dada su forma recia y alargada. Y diremos, además, que este moniato es el alma de un giro que, lejos de ser malsonante o grosero, describe con acierto y puntualidad el comportamiento de la persona holgazana o entretenida en ocupaciones inútiles: si decimos que nuestro marido, el nene o el abuelo “están tocándose el moniato”, los pintamos como desocupados o dedicados a labores ociosas e inútiles. Aunque si lo utilizamos como apelación categórica, se convertirá en un arma arrojadiza –“Tú cálla y tócate el moniato”, “A tocarse el moniato”…- con la que manifestamos a nuestro interlocutor la sorpresa o el desprecio que nos producen sus dichos o hechos disparatados o inútiles.