jueves, 6 de noviembre de 2014

ACADEMIA DE LA LENGUA

58. Misterios de la parla murciana                                                      


En la sociedad tradicional, apegada al terruño conservador más que a la  modernidad de la urbe, las pautas del hablar no las marcaba la escuela ni la letra escrita ni los medios de comunicación; y mucho menos la academia de la lengua o el diccionario. Era la familia, el grupo, la aldea, el paraje, la comarca los que condicionaban un hablar compartido que se  transmitía de boca en boca para convertirse en seña de identidad de la tribu, desconocedora de otras formas de expresarse e impermeable a la influencia ajena. Y sus vocablos eran el principio y el fin de todas las cosas, sin la más mínima duda de que se llamaban así y no de otra manera.
   Muchos de estos habladores silvestres nacieron, vivieron y fenecieron convencidos de que el calistro era el calistro; aunque los finos y cultilatinos lo conocieran con el fatigoso y erudito eucaliptus. Y lo nombraban así sin temor a la burla que su llana vulgaridad suscitaba entre los foráneos. Y a algunos que hemos aprendido el redicho nombre todavía se nos escapa el espontáneo y rotundo calistro, para escándalo o rechifla de los bienhablados y de muchos habladores conversos que han renegado de su parla. Y siempre llamamos araboles a las plantas papaveráceas que en primavera visten con sus flores de color rojo arrebolado ribazos, eriales y sembrados; eso sí, con el riesgo cierto de ser catalogados como más del campo que las amapolas por aquellos que así los llaman. Y las pocas aceras que conocimos no las conocimos con otro nombre que el de baldosas. Digamos, además, que si los caballeros, señores y señoritos de la ciudad llevaban camisa, los hombres silvestres, aunque la llevaran, no la nombraban así, sino que presumían de llevar camisón, como si quisieran que tan sonoro nombre aumentara la valía de aquella sencilla prenda que llevaban puesta a todos horas, incluso para dormir.
   Para vestir de máscara en el carnaval era necesario, además de las ropas y atalajes pertinentes, proporcionarse una caracha, nombre muy propio para designar lo que era un retrato deformado de una cara. Aunque teníamos sospechas de la inconveniencia de mentar los chinos, no se sabe si por lo equívoco del nombre o por la imagen de suciedad que el animal suscitaba, seguimos llamándoles, con perdón, chinos, hablando cortamente, como si quisiéramos pedir disculpas por ello. Pero llamábamos con toda propiedad cocina al lugar de la casa donde se encendía la lumbre para cocinar y para calentarse, sin burlarnos de aquellos que la llamaban chimenea, confundiéndola con el conducto por donde sale el humo, llamado también así, de manera que no se sabía si estaban sentados en la cocina o encaramados en la dicha chimenea; que todo podía ser.
    Sepan, además, que nos nos sonrojaba llamar confituría a lo que otros llamaban confitería, derivándolo de las confituras, y no de los confites, que allí se vendían. Y entendíamos que a un rincón, angulo o esquina de bancal, saco, colchón o cabecera debíamos llamarle cornijal, o en su defecto cujón; aunque ambos nombres, y especialmente el segundo, sonaran un tanto aparatosos y llamativos. Pero cuando se trataba del ángulo saliente de un edificio quedaba claro que se trataba del picoesquina. Por estos lares, los habladores  silvestres llegaron muy pronto a deducción cargada de lógica de que la prenda que cubre el comperdón culo había de llamarse culero y, si iba destinada a mujeres o niños también calzones, y se confeccionaba, se quitaba y se ponía con el conocimiento y la certeza de que ese era su nombre verdadero, ya que lo de llamarla bragas lo supimos mucho más tarde.
  Y para qué hablar de la magra, a la que otros llaman ahora jamón y del melón de agua, que nos igualaba con el water melon con que se conocía en buena parte del universo. Y a la manzana la llamábamos pero mientras reservábamos el femenino para la pera de la luz, llamada por otros bombilla.
   Pero todo esto era antes, porque todos estos vocablos, y muchos más, fueron desapareciendo con el paso de los tiempos, que uniformaron nuestro hablar; aunque no siempre lo hicieron mejor.