viernes, 11 de diciembre de 2015

MIS LABORES (X)

Inspeccionar nubes                                                                               

Estábamos aquí, desocupados y felices, cara al cielo, contemplando el desfile de las gruesas nubes que acariciaban con su guante otoñal las cumbres de la sierra, o el frío color plata de los tristes nublados invernales, o los penachos blancos y compactos de las tormentas de primavera, o los juegos de los pequeños velloncitos que se perseguían en el inacabable cielo azul del verano. Y entonces fue cuando nos enteramos de que el advenedizo Rodríguez Zapatero quería ingresar en nuestra cofradía de desocupados, nada menos que como inspector de nubes. Los miembros vivos de ese gremio nos llevamos las manos a la cabeza y nos mesamos cabellos y barbas mientras los fenecidos se sobresaltaban en sus tumbas, movidos por la ira de los justos, ante tamaña muestra de intrusismo. Porque este oficio goza de un rancio prestigio, derivado de la fama de los que lo practicaron. Y no hay más que citar aquí a Goethe, que alternaba sus fantasías prerrománticas con el estudio minucioso de las nubes; o a Azorín, quien, embobado por su continuo pasar sobre el paisaje castellano, las elevó a símbolo de lo efímero de la vida humana.
   La observación de las nubes se convirtió con el tiempo en el desiderátum de lo inalcanzable, y como el más elevado ideal al que se puede aspirar lo presentó Ramón Gómez de la Serna al decir que “el mejor destino que hay es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca mirando el cielo”; no yéndole a la zaga el ajetreado Manu Leguineche cuando, veterano de mil exploraciones y guerras, ya retirado y ocioso en la Alcarria, confesaba: “Quiero licenciarme en paisajes, ser inspector de nubes”.
   Así que algo tendrán las nublados cuando todos los desocupados los bendicen, no por sí mismos, sino por el beneficio que en el exhaustivo observador produce el darse cuenta de su entrada y salida en el escenario del cielo, el contemplar sus formas “siempre varias y siempre las mismas”, el ver las figuras caprichosas que adquieren, en una desocupación incompatible con cualquier otra faena. Por eso este noble ejercicio colmaría las aspiraciones de todos los desocupados, encantados y embobados que en el mundo han sido, porque libra de los afanes y trabajos de la tierra, al tiempo que permite vivir felices en ella.
   No digas luego, envidioso lector, que no te convido a emplear tu tiempo en este negocio que nos absorbe el seso y los sentidos. Te lo digo yo, que ahora mismo, por si quieres saberlo, estoy “acostado en mi hamaca mirando el cielo”, como lo estuvieron los que sabían que en las nubes está el secreto del ocioso y buen vivir, sin que a uno lo distraiga ningún otro afán ni desvelo.
MIS LABORES (IX)

Matar moscas con el rabo                                                                    

Hay una frase hecha que, desde niño, me llamó la atención; y tanto, que la recreaba en imágenes, como si fuera espectador privilegiado de lo que decía. Cuando oía que “el diablo, cuando no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo”, al tal me lo veía con su aspecto entre negro e incandescente, adornado de unos ojos chispeantes y de dos cuernos puntiagudos, cómo cogía con ambas manos su formidable y ondulante apéndice trasero e iba golpeando por las paredes, muebles y enseres de mi propia casa en persecución de moscas reales o imaginarias, como si de la imagen más doméstica y combativa de mi abuela se tratara.
   Y es que el diablo, como muchos de nosotros, gusta de entretenerse en faenas inútiles que son muestra de su inclinación oculta e inconfesable a la desocupación y la holganza. Lo que pasa es que el Dios bíblico e inmisericorde castigó su rebeldía despojándolo de la desocupación y la molicie de estar en la gloria –y nunca mejor dicho- para que peregrinara por el mundo dedicado a la engorrosa tarea de la tentación y perdición de los mortales. Pero en cuanto tiene un rato libre, vuelve a las andadas, a la acción meramente deportiva de la persecución y ajusticiamiento del mosquerío. Y para que su faena una a lo inútil lo ridículo, lo hace con el rabo, para asombro y jolgorio de grandes y pequeños, de propios y extraños.
   Pues bien, a imitación del a veces ocioso Lucifer, tú y yo, nosotros, amable y desocupado lector, también somos adictos a la misma faena; pero no a tiempo parcial, sino con dedicación plena porque, como no tenemos nunca nada que hacer, estamos siempre prestos a hacer lo que no nos está mandado, a interferir con nuestras ocurrencias el normal funcionamiento de las cosas y el orden de las casas: estar en medio como los jueves pisando el suelo nada más fregado, metiendo el dedo en la salsa recién hecha, poniendo los pies por alto en el lugar menos adecuado, empeñados en clavar púas y clavos sin ton ni son, en desarreglar lo que está arreglado, ocupados en remover cajas y cajones sin pretexto conocido…
   Y esta ocupación de diantre trajinante y algo majareta nos merece unas veces las reconvenciones y reprimendas de pequeños y mayores, que nos acusan de entorpecer y empeorar todo lo que tocamos; y otras,  la burla y la rechifla del personal que nos invalida como personas sensatas, aplicadas y productivas. Pero una cosa te tengo que decir: que ahí nos las den todas, mientras nosotros, como el diablo, le damos inútil y caprichosamente al rabo, en la ocupación de no hacer nada, que es la que más nos gusta y ocupa.


lunes, 2 de noviembre de 2015

MIS LABORES (VIII)

Estar en las nubes                                                                                 

Distraído amigo: Como me alegra compartir contigo esta desocupación que nos aparta de todo compromiso, dedicación o esfuerzo, me gustaría, para empezar, hablarte de un personaje de antaño que nos viene muy bien como modelo para excusar la participación en negocios y conflictos contrarios al principio de no implicarnos más allá de lo nuestro, que es no hacer nada de provecho. Me refiero a nuestro antepasado Alvar Fáñez, el Mozo, caballero de virtud y valor probados, que, habiendo sido convocado con sus huestes para el asedio de Úbeda, llegó a la cita justo el día siguiente de su rendición, alegando ante el rey Fernando el Santo que se había extraviado en los cerros que rodean la citada villa.
   Te confieso que la forma más eficaz de eludir las ocupaciones es huir física o mentalmente de la quema, lejos de la ocasión que nos obligue a abjurar de nuestros principios, ya sea a quilómetros de distancia, ya abstrayéndonos de lo que ocurre a nuestro alrededor, como si no estuviéramos allí. Así que cada uno en la medida de sus posibilidades, debe encontrar el lugar y la dimensión adecuados para ello. Los tímidos y apocados, que no se atreven a romper del todo con su entorno, pueden estar en la higuera o subirse a un guindo, que es una forma de estar y no estar, de ver los toros desde la barrera, siempre que no nos sintamos obligados a bajar de allí llevados por el remordimiento. Pero te diré que andar por los cerros de Úbeda o estar en Babia o en las Batuecas es ya marcar unas distancias que implican un desentendimiento grande y del todo loable, que nos hace libres e independientes de toda tentación de interesarnos por lo que se hace, y mucho menos de pensar en hacerlo nosotros.
   Aunque si me permites un consejo desinteresado, que no me supone ningún esfuerzo, yo te recomendaría una ubicación mucho más segura, a salvo de cualquier tentación ocupacional, lejos de este mundo terreno, perdido en las alturas del infinito, donde no existen el oficio ni el beneficio, donde no hay riesgo de ocuparse de nada. Y en esta huida hacia arriba, aunque podríamos situarnos en la luna o en los artillejos, yo elegiría, sin duda, estar en las nubes, lo que le permite a uno ser testigo privilegiado de las ocupaciones y fatigas de los de abajo, al tiempo que lo deja a salvo de miradas curiosas o acusadoras, cómodo y acunado en su mullida anatomía.
     Si te decides a irte para arriba, buen amigo, cuéntame cómo te ha ido, y yo me alegraré tanto y lo celebraré con gozo aquí, en las colinas de Aguaderas, mundo flotante y etéreo, donde ahora resido hecho un robinsón moderno imitador de las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros.
MIS LABORES (VII)

Buscar nidos                                                                                          

Uno de los sueños del desocupado, nunca totalmente cumplido, es volver a la infancia perdida, en busca de aquel tiempo feliz en que no había obligaciones y la desocupación privativa era el juego. Y a ser posible, un juego de antaño, vivido en la libertad de la calle y del campo libre, sin el límite de las cuatro paredes en que todo es ya conocido y vivido mil veces, sin lugar para la novedad y la aventura.
   La calle y el campo eran el lugar sin límites y el mundo apresado en el tiempo en que las horas no pasaban, y las mañanas y las tardes y gran parte de las noches parecían eternas, entregados al juego, la exploración y la aventura, sin que mediara provecho alguno. Pues bien, tú cifras la vida feliz del desocupado en tener una ocupación que simbolice el no va más de la inutilidad, que se agote en sí misma, sin otro fin que hacerte feliz, como lo eras con el juego. Por eso, despojado del trabajo fatigoso y monótono, olvidado de teléfonos y ordenadores y demás servidumbres tecnológicas, transmutado en el hombre invisible para amigos y familiares, huido de todo aquello que huela a esfuerzo y faena, te declaras solemnemente buscador de nidos.
   Y como el niño que fuiste peregrinaba sin rumbo por aradas y rastrojos, por lomas y vaguadas, por ribazos y montículos, subido en los árboles e inspeccionando matorrales o metido en corrales y desvanes, a la búsqueda del nido a medio hacer, del ocupado ya por la pájara clueca ahuecada sobre sus huevos o del repleto de picos abiertos reclamando ansiosos el yantar, ya fuera de tototovía, alzacola o riblanca, de colorín, alcaudón o chichipán, de gorrión o golondrina, e incluso de abubilla o abejaruco, te dedicarás a ir de un sitio a otro sin rumbo fijo, a la buena de Dios, olvidado de la agenda, dedicado a coleccionar instantes, a tomar nota de los pequeños eventos que acaecen en la rúa, sin tener que dar cuentas a nadie de tus hallazgos, embebido en tus pensamientos y sueños; o sin pensar ni soñar nada, casi siempre como encantado, con la boca abierta, distraído, mirando al infinito, como si de un momento a otro fuera a aparecer, meciéndose en una rama, obrado en un soberbio alero o metido en un tronco añoso, el nido perfecto, el mejor modelado, el que será fuente cada año del milagro de la fecundidad y la vida.
   Y tú, un día y otro sin hacer nada, continuarás con tu vida desocupada de buscador e inspector de nidos, sin que nadie te distraiga ni entretenga, para goce tuyo y envidia de vecinos, amigos y parientes; aunque estos la disimularán llamándote con cierto desprecio el buscanidos. Lo que, para ti, será más bien un cumplido.

sábado, 3 de octubre de 2015

MIS LABORES (VI)

Papar moscas                                                                                         

He de confesarte, amigo perezoso, que en el catálogo de mis desocupaciones hay una a la que me entrego con verdadera afición y gusto y que, por demás, ha sido dedicación privativa de muchos de los sabios que en el mundo han sido. Se trata, claro es, de papar moscas.
   Conviene decir de entrada que el verbo papar cuenta con un acreditado pedigrí referido a la acción de comer, sobre todo cosas blandas que no hay que masticar; aunque no es desdeñable el originalísimo sentido irónico que aprendimos cuando acompañábamos al hidalgo famélico, amo de Lázaro, que corría “a buen paso tendido” por las calles de Toledo “papando aire”, como retrato impagable del hambre viva.
   En el lenguaje popular, sin embargo, la acción de papar se realiza sobre todo con un menú de moscas; e incluso existe un verdadero profesional de la degustación mosquera, que es el papamoscas, pájaro que se domestica fácilmente para liberar a las casas de estos dípteros, inmortalizado en el desempeño de su ocupación en la catedral de Burgos, imagen que todo el mundo busca, y mira y casi nadie ve, porque aparece disfrazado de diablillo feo y juguetón.
   Pero viniendo a lo nuestro, te diré que las moscas nos proporcionan a los tocados de nuestra enfermedad actividades que en nada desmerecen nuestra acreditada fama de desocupados, como, sin ir más lejos, cazar moscas, que dice a las claras que nos ocupamos de cosas vanas e inútiles y, por tanto, sin sospecha de provecho alguno; desocupación muy distante de la fatigosa y prolija faena de atar moscas por el rabo, que dice mucho en detrimento de quien la practica.
   No obstante, el mejor oficio del mundo, para satisfacción y honra nuestra, es sin duda el de papar moscas, que viene a ser el éxtasis, el encanto y el hechizo de la desocupación, el principio y el fin del no hacer nada. Y ahí puede vérseme, durante las horas muertas, embelesado, con la mirada perdida en el infinito, persiguiendo alguna mosca que zascandilea por los cielos del salón, de la oficina o del taller mecánico, con la boca abierta, como si me dispusiera presto a paparla.
   Y como imagino que este mi embobamiento -que me coge en cualquier momento y lugar, pero especialmente donde hay mucho trabajo y ajetreo, como camuflaje camaleónico que permite el disimulo y la distracción de los trabajos que afligen al común de los mortales- no difiere mucho del tuyo, no es preciso darte pelos ni señales de este arrebato casi místico que me tiene sin hacer nada, fingiéndome una mosca muerta, aparentemente apagado de ánimo y de ingenio, aunque no pierda la ocasión de mi provecho, que es precisamente sacudirme las moscas de todo aquello que sea para mí embarazo y estorbo. Y no digo más, que en boca cerrada no entran moscas, y con todo lo dicho ya se me entiende.
MIS LABORES (V)

Estar a la sopa boba                                                                              

El Arcipreste de Hita, hombre rico en experiencia, constata que el mundo se afana por haber mantenencia y juntamiento con hembra placentera. Y no seré yo quien lo desmienta, sino todo lo contrario; pero dada mi condición de “varón prudente y discretísimo”, no diré nada sobre la segunda parte de su sentencia por no contrariar el mandato de la Santa Madre Iglesia; aunque sí algo sobre la primera.
    Adán ya se alimentaba a la buena de Dios, y la historia cuenta que lo hacía de pan; pero advierte que la maldición bíblica lo condenó a ganarlo “con el sudor de su frente”. Y es ahí donde los desocupados diferimos: alimentarse, gozar de la mesa y de los placeres de la vida, pero no a costa de afanes y trabajos.  Y no invento nada porque ya en la Edad Media muchos miembros de nuestra cofradía comían a la sopa boba, es decir, de gorra, aprovechándose de la caridad de conventos y casas señoriales, que los alimentaban graciosamente.
    Así nació una nueva forma de vida que fue la de “andar a la sopa boba”, de un sitio para otro, a ver dónde se agenciaba uno la dicha mantenencia. Y como todo mejora y llega a la perfección, este comer de gorra se convirtió en una filosofía del buen vivir, sustentada en la holgazanería y el mantenerse a costa de los demás. Así surgieron especies tan notables como los gorrones, chupones, aprovechados, parásitos, pegotes, sablistas y sacacuartos; pertenecientes todos a la categoría de los holgazanes, haraganes, indolentes, perezosos, vagos y ociosos, cuya única ocupación era vivir desocupados a costa de la ocupación de los demás.
   Pero yendo a lo nuestro de ahora, los modernos “soperos” no somos como los antiguos, a los que fray Juan de Pineda retrata “andando de hogar en hogar donde ven que sale humo;” porque nosotros preferimos andar en casita o, mejor que andar, estar tendidos en el sofá, despreocupados del trajín cotidiano, sin atender a encargos ni mandados, ajenos a dimes y diretes que nos distraigan de nuestro afanoso no hacer nada: leer el periódico, consultar el ordenador, mirar la televisión, manosear el teléfono o mandar mensajes a amigos y enemigos. Y luego nos pondrán a nuestros pies el reparador aperitivo de frutos del mar y de la tierra, en bandeja casi de plata, mientras nos llega el vaho de los pescados, carnes y demás viandas que se ultiman en la cocina, en un feliz estar a la sopa boba pensando que ahí nos las den todas, incluido el café y la copa, y sin perdonar, además, una buena siesta.
    Y las malas lenguas, que siempre las hubo y las habrá, hablarán y no acabarán de nuestra vida holgada a expensas de otros, ajenos a trabajo alguno, sin reconocer nuestro afanoso y sufrido estar a la sopa boba, esperando que nos caiga la breva.
MIS LABORES (IV)

Tumbarse a la bartola                                                                            

Mírenlo ahí, en un rincón del jardín o de la huerta, debajo de una parra frondosa o de la verde higuera, tumbado boca arriba cuan largo es, con la cara tapada con el sombrero de paja y el botijo de agua fresca colgado de una rama. Mírenla también a ella, tendida sobre la hamaca de rayas en lo alto de la terraza, bien ligera de ropa y protegida de cremas, tostándose al sol, como si cumpliera una ardua penitencia. Miren también al abuelo y al niño, despatarrados en el sofá, a la hora de la siesta, con cara de benditos, durmiendo a pierna suelta arrullados por el concierto de ronquidos inmisericordes que los envuelve. Aunque alguien pudiera pensar que ninguno hace nada, sí que hacen; y lo que hacen es estar tumbados a la bartola, que es mucho hacer.
    Tumbarse a la bartola es la ocupación más vieja, reconfortante y gozosa de los desocupados desde que el mundo es mundo. Si no, díganme a qué se dedicó Dios –y líbreme él mismo de tomar su santo nombre en vano- cuando la crónica de sus hazañas dice que “el séptimo día descansó”; y confiesen que adivinan en qué postura desearía estar fray Luis de León contemplando la armonía y la perfección del universo, obra del antes citado, cuando dice: “Tendido yo a la sombra esté cantando”; y añade: “A la sombra tendido, / de hiedra y lauro coronado, / puesto el atento oído / al son dulce, acordado, / del plectro sabiamente meneado”. Además, si se informan bien sabrán que tumbarse a la bartola es una expresión que procede de la antigua tradición medieval de entregarse al descanso y la holganza a partir de la fiesta de San Bartolomé, a finales de agosto, cuando se daba por concluido el ciclo anual de las faenas del campo.
   Los personajes que hemos citado arriba eran tumbados que se tendían para resarcirse de sus trabajos y fatigas; pero ustedes que me leen, y yo que les escribo, aspiramos a ser tumbados sin causa, que hacemos esto a palo seco y como una ocupación principal. Y presumimos de ella y la reivindicamos en todo momento y lugar, con la energía que nos deja ejercer la modorra y el desentendimiento que conllevan estas desocupaciones que nos ocupan buena parte de nuestro tiempo.
   Como no quiero cansarme ni cansar a nadie con mis prédicas, no me extiendo más. Aprovecho la ocasión, benditos lectores, si no están dormidos como tales, para desearles un largo descanso o una buena siesta. Y ustedes, tranquilidad y buenos alimentos: coman, duerman y no se ocupen de nada, que de lo demás ya se ocuparán los otros. Y a descansar, que esta vida son dos días. Pero tumbados a la bartola, naturalmente.

jueves, 10 de septiembre de 2015

MIS LABORES (III)

Pensar en las musarañas                                                                      

El caballero, sentado como siempre en la terraza del café, sosteniéndose la barbilla con la mano, en una pose un tanto boba y azoriniana, está abstraído de lo que ocurre alrededor, desinteresado del ir y venir de parroquianos y camareros y del trajín de voces y conversaciones que brotan de aquí y de allá, como si estuviera en otro mundo. Así que cualquier observador superficial podría pensar que está perdiendo el tiempo, que no hace nada. Pero no es así: el hombre está pensando en las musarañas -y yo diría incluso que está mirándolas-, ocupación antigua, que cuenta con una larga tradición, de la que ya habla Quevedo en su crítica de los refranes.
    Se trata de una digna ocupación, muy propia de desocupados, convencidos de que lo suyo no es resolver graves asuntos ni ocuparse de trabajos ciclópeos, ni mucho menos arreglar el mundo, sino todo lo contrario: apartarse de todo lo que suponga ocupación o faena, y desocuparse en cosas que sean de tan poca importancia y utilidad como lo son esos pequeños mamíferos que viven bajo la tierra, como los topos. Así que, de la misma manera que se consideraba distraído y holgazán al campesino que se entretenía mirando las musarañas en vez de dedicarse a sus labores, así se nos ve a nosotros, como nuevos contempladores de las musarañas, simplemente por estar absortos en otras cosas que tampoco son de interés ni de utilidad para la gente ordinaria, ya sea el arriesgado vuelo de una mosca, una puesta de sol, un almendro en flor o el vano intento de apresar un pensamiento fugitivo.
   Pensemos, pues, en las musarañas y que trabajen ellos si quieren, mientras nosotros reivindicamos esta vieja y noble ocupación que nos lleva a dedicar nuestro tiempo a mirar al techo o a adormecernos discretamente mientras asistimos a una conferencia, participamos en un debate o una tertulia o desempeñamos nuestro trabajo en un despacho, en una oficina o en un almacén de plátanos, reivindicando así la importancia de una dedicación de tanto mérito y utilidad, aunque a muchos les parezca todo lo contrario y desacrediten a los que la practican.
    Y yo así lo hago, sentado en la mesa del café, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, desentendido del mundanal ruido que me atosiga, mientras pienso en compartir contigo, amigo lector, mi pensamiento sobre las musarañas, si es que estás desocupado y predispuesto tú también a dedicarte a tan loable faena, que exige, como diría el maestro Gracián, “aplicación y minerva”, es decir, esfuerzo e inteligencia, y que a nosotros nos viene que ni pintada. Aunque no nos entiendan y nos critiquen; que eso ya lo damos por descontado y no nos preocupa, ni mucho menos nos ocupa. Faltaría más.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

MIS LABORES (II)

Mirarse el ombligo                                                                                 

Lo digo por experiencia propia, que no hay ocupación de más gusto para el desocupado que mirarse el ombligo; operación que debe hacerse con rigor y dedicación, porque nunca es un suceso improvisado, como ocurre con los objetos, paisajes y personas que aparecen ante nosotros sin habernos propuesto verlos de antemano. Por el contrario, es un acto de la voluntad, que requiere, en primer lugar, la decisión de hacerlo y, a continuación, llevar a efecto tan bizarra tarea.
     Pero antes de nada, vayamos al ombligo, ojo ciclópeo simulado y, a la vez, objeto de nuestra ocupación visual, principio y epítome de nuestra existencia, justo medio del cuerpo humano y, por extensión, de cualquier cosa o asunto que imaginemos. Pero aunque hablamos de ombligo, los ombligos son casi infinitos en su variedad, desde los cóncavos, con una cavidad en la que da gana de meter el dedo como si se tratara de un blando y acogedor dedal, a los convexos que parece que quieren escapar del cuerpo con su forma de bellota de ciprés un tanto irregular. Y aunque la mayoría son pelones, también los hay bigotudos y con perilla; y no digamos nada de su higiene, que va desde los de limpieza casi niquelada hasta los que son acúmulo de pelotillas, gurullos de mugre y otros residuos inmemoriales entreverados en sus diminutos pliegues.
    Y del ombligo volvamos a la mirada: el desocupado, como es nuestro caso, procura no ocuparse de nada útil, para concentrarse en la compleja tarea de mirarse el ombligo, en un ejercicio de onanismo y autocomplacencia que lo entretiene y lo reafirma. Todos hemos visto a algún ocioso -si no ha sido a nosotros mismos- sentado en su poltrona, con el torso desnudo, mirar hacia abajo, entre sueño y sueño, disimuladamente, para conseguir su objetivo, casi siempre fracasado, pues los pliegues y redondeces de la barriga lo impiden. Y entonces querríamos disponer de una mirada cenital que cayera perpendicularmente sobre el objeto que nos ocupa; pero para ello necesitaríamos de un flexible cuello de jirafa, o de un ojo telescópico que nos acercara a la ansiada presa y nos dejara extasiados en su contemplación. Pero aunque estiremos el cuello e inclinemos la cabeza hacia delante, lo más que conseguiremos es una tortícolis, un dolor de cabeza considerable y un cansancio de espalda persistente que nos pondrá en la situación de aquella que, según el dicho popular, “se escostilló por vérselo”, y no precisamente el ombligo.
    Y ahí estamos, pasando las horas muertas entregados a nuestra labor, sin interesarnos por nada, sin dedicarnos a ninguna otra ocupación, sin hacer caso de las obligaciones familiares y sociales, mirándonos fijamente al ombligo; o lo que es lo mismo, dedicados a nuestras cosas; y, sobre todo, hablando permanentemente de ellas, que, para nosotros, son el ombligo y el centro de nuestra existencia. Y ahí, en el ombligo, nos las den todas.

miércoles, 29 de julio de 2015

LA FERIA DEL MUNDO

60. Patada a seguir                                                                                


A los que nunca hemos tenido ninguna seguridad sobre la competencia y el acierto en nuestra ocupación profesional no deja de sorprendernos el polifacetismo y la versatilidad de la casta política aldeana que ocupa los sillones, especialmente en los segundos escalones, de los ayuntamientos y administraciones autonómicas, como si sus miembros se desplazaran por una especie de tubos neumáticos que, uniendo los departamentos de unas y otras administraciones, les permitieran viajar como peces en el agua a la búsqueda de concejalías de esto y aquello y de lo de más allá, direcciones y secretarías de una materia y de su contraria, para desembarcar en uno o en otro destino, sin ninguna duda ni rubor, impasible el ademán, con adhesión inquebrantable a quienes los nombran y con total voluntad de servicio a los ciudadanos. Todo esto, ay, me suena.
   Y los que son descabalgados del escalafón municipal reciben una patada para arriba que los eleva a la cima autonómica, sin otra explicación que la que nos damos los ciudadanos a nosotros mismos y seguro que se dan reservadamente los administradores del cotarro: la casta, el clan, la tribu, nunca abandona a sus adeptos en la terrible tragedia de la pérdida del cargo que les haría rebajarse a la vida y al trabajo ordinarios, sin prebendas, ni parabienes, ni exhibiciones mediáticas.
   Tras unas elecciones, el reajuste de las nuevas administraciones es la feria donde se cumplen compromisos, se adquieren cargos, se otorgan sinecuras y, sobre todo, se socorre a los damnificados en las primeras escaramuzas del reparto, de manera que cualquier vacante es, como el balón de una patada a seguir, perseguida por la jauría de los pretendientes necesitados y sus padrinos en encarnizada competencia unos con los otros.
   Así que con el paso del tiempo el currículo de alguno pasará por las secretarías o las direcciones generales de Carreteras, de Política Social, Mujer e Inmigración, del Instituto Murciano de Acción Social o de la Delegación del Gobierno, por no decir más; y alguna se acostará siendo alcaldesa de aldea, dormirá soñando con ser la regidora de la capital y despertará en el sillón de una consejería.
   A todo esto, a los ciudadanos, ya escarmentados y prevenidos, no nos extrañaría ver pasado mañana a alguno de ellos de Concejal del Ciclo de la Vida, Feminismo, Lesbianas, Gays, Transversales, Bisexuales e Intersexuales; o en su defecto, de Consejero de Juventud y Protección Animal. Lo que ellos no saben es que nosotros estamos deseandico que se cree una Concejalía o una Consejería de Protección del Género Humano. Que bien que la necesitamos, aunque solo sea para defendernos de todos estos.

lunes, 13 de abril de 2015

RECETAS PARA CULTOS

59. Enemigo de la lectura (XI): El presentador de libros                 


Entre las muchas ocupaciones del erudito de aldea está la de presentador de libros, dedicación reservada preferentemente al maestro de escuela o al profesor de instituto; aunque pueden desempeñarla también comerciantes de ultramarinos, comisarios de policía o farmacéuticos, entre otros. Pero todos ellos adornados con la pátina y la sabidutría del cronista local, que conoce todo acerca de las tradiciones y costumbres, de grandes eventos y sucesos mínimos, de las veleidades culturales y literarias de sus vecinos, plasmadas en recopilaciones de folclore y de costumbres, escritura de memorias y publicación de libros de verso, que no siempre son de poesía, manifestaciones todas de las que se nutren los libros que ha de presentar.
    La dedicación de presentador de libros exige como requisito imprescindible omitir, por demasiado prosaica, la profesión o estado verdadero del ponente, para atribuirse la etiqueta de escritor o de crítico, que dice más y que suena solemne y distinguida; nuevo título que desde ahora aparecerá en carteles, invitaciones y notas biográficas en torno al evento.
   El presentador de libros ha de gozar de mucho predicamento entre autoridades y fuerzas vivas del lugar: todo el mundo lo conoce, con todos se trata y no hay quien desconozca lo hondo de sus saberes y la facundia de su verbo. Como presume de los muchos compromisos que tiene y el ingente trabajo que le trae cada uno de estos eventos, conviene apalabrarlo con tiempo, casi con tanta antelación como las iglesias y salones para las bodasy banquetes. Además, hay que saber que ante la propuesta de actuación, se suele mostrar un tanto remiso y distante, para encarecer la importancia de su labor y la mucha dedicación que supone; aunque en el fondo arde en deseos de exhibirse y de tentar los oropeles de la fama.
   Una vez en la labor, pueden ocurrir dos cosas. Una de ellas es que no se lea el libro de marras, en cuyo caso, el discurso, no por ello menos largo ni prolijo, puede tratar de reflexiones ontológicas sobre teoría literaria, historiografía o filosofía de las artes, con fárrago de citas y de autores, vengan o no al caso; o centrarse en la apología del autor, de su familia y amigos, sin ningún reparo en engordar el repertorio de anécdotas de la vida y milagros de unos y de otros. En el caso improbable de que se lo haya leído, puede que lo cuente tan al pie de la letra que se convierta en una paráfrasis inacabable de sus secciones y capítulos, no dejando pelos ni señales sin identificar.
   Y ustedes, que podían haber acudido a una corrida de toros o haber ido a merendar a la cafetería o al chiringuito, ahí aguantando, como el que no quiere la cosa, sin ningún asomo de leer el mamotreto, aunque sí con la obligación de adquirirlo, para presentarlo a la firma del autor que certifique su asistencia al acto y, por descontado, su interés por todo aquello que está de actualidad entre las fuerzas vivas.
   En tanto, el comentarista, satisfecho de su faena, ya está pensando en el próximo compromiso mientras recibe enhorabuenas y parabienes de amas de casa, jubilados y desocupados de toda laya, que hinchan su ego y le confirman la excelencia de su tarea.

JOSÉ QUIÑONERO HERNÁNDEZ
Crítico agropecuario
y joven promesa de la presentación de libros