sábado, 3 de octubre de 2015

MIS LABORES (IV)

Tumbarse a la bartola                                                                            

Mírenlo ahí, en un rincón del jardín o de la huerta, debajo de una parra frondosa o de la verde higuera, tumbado boca arriba cuan largo es, con la cara tapada con el sombrero de paja y el botijo de agua fresca colgado de una rama. Mírenla también a ella, tendida sobre la hamaca de rayas en lo alto de la terraza, bien ligera de ropa y protegida de cremas, tostándose al sol, como si cumpliera una ardua penitencia. Miren también al abuelo y al niño, despatarrados en el sofá, a la hora de la siesta, con cara de benditos, durmiendo a pierna suelta arrullados por el concierto de ronquidos inmisericordes que los envuelve. Aunque alguien pudiera pensar que ninguno hace nada, sí que hacen; y lo que hacen es estar tumbados a la bartola, que es mucho hacer.
    Tumbarse a la bartola es la ocupación más vieja, reconfortante y gozosa de los desocupados desde que el mundo es mundo. Si no, díganme a qué se dedicó Dios –y líbreme él mismo de tomar su santo nombre en vano- cuando la crónica de sus hazañas dice que “el séptimo día descansó”; y confiesen que adivinan en qué postura desearía estar fray Luis de León contemplando la armonía y la perfección del universo, obra del antes citado, cuando dice: “Tendido yo a la sombra esté cantando”; y añade: “A la sombra tendido, / de hiedra y lauro coronado, / puesto el atento oído / al son dulce, acordado, / del plectro sabiamente meneado”. Además, si se informan bien sabrán que tumbarse a la bartola es una expresión que procede de la antigua tradición medieval de entregarse al descanso y la holganza a partir de la fiesta de San Bartolomé, a finales de agosto, cuando se daba por concluido el ciclo anual de las faenas del campo.
   Los personajes que hemos citado arriba eran tumbados que se tendían para resarcirse de sus trabajos y fatigas; pero ustedes que me leen, y yo que les escribo, aspiramos a ser tumbados sin causa, que hacemos esto a palo seco y como una ocupación principal. Y presumimos de ella y la reivindicamos en todo momento y lugar, con la energía que nos deja ejercer la modorra y el desentendimiento que conllevan estas desocupaciones que nos ocupan buena parte de nuestro tiempo.
   Como no quiero cansarme ni cansar a nadie con mis prédicas, no me extiendo más. Aprovecho la ocasión, benditos lectores, si no están dormidos como tales, para desearles un largo descanso o una buena siesta. Y ustedes, tranquilidad y buenos alimentos: coman, duerman y no se ocupen de nada, que de lo demás ya se ocuparán los otros. Y a descansar, que esta vida son dos días. Pero tumbados a la bartola, naturalmente.