sábado, 3 de octubre de 2015

MIS LABORES (V)

Estar a la sopa boba                                                                              

El Arcipreste de Hita, hombre rico en experiencia, constata que el mundo se afana por haber mantenencia y juntamiento con hembra placentera. Y no seré yo quien lo desmienta, sino todo lo contrario; pero dada mi condición de “varón prudente y discretísimo”, no diré nada sobre la segunda parte de su sentencia por no contrariar el mandato de la Santa Madre Iglesia; aunque sí algo sobre la primera.
    Adán ya se alimentaba a la buena de Dios, y la historia cuenta que lo hacía de pan; pero advierte que la maldición bíblica lo condenó a ganarlo “con el sudor de su frente”. Y es ahí donde los desocupados diferimos: alimentarse, gozar de la mesa y de los placeres de la vida, pero no a costa de afanes y trabajos.  Y no invento nada porque ya en la Edad Media muchos miembros de nuestra cofradía comían a la sopa boba, es decir, de gorra, aprovechándose de la caridad de conventos y casas señoriales, que los alimentaban graciosamente.
    Así nació una nueva forma de vida que fue la de “andar a la sopa boba”, de un sitio para otro, a ver dónde se agenciaba uno la dicha mantenencia. Y como todo mejora y llega a la perfección, este comer de gorra se convirtió en una filosofía del buen vivir, sustentada en la holgazanería y el mantenerse a costa de los demás. Así surgieron especies tan notables como los gorrones, chupones, aprovechados, parásitos, pegotes, sablistas y sacacuartos; pertenecientes todos a la categoría de los holgazanes, haraganes, indolentes, perezosos, vagos y ociosos, cuya única ocupación era vivir desocupados a costa de la ocupación de los demás.
   Pero yendo a lo nuestro de ahora, los modernos “soperos” no somos como los antiguos, a los que fray Juan de Pineda retrata “andando de hogar en hogar donde ven que sale humo;” porque nosotros preferimos andar en casita o, mejor que andar, estar tendidos en el sofá, despreocupados del trajín cotidiano, sin atender a encargos ni mandados, ajenos a dimes y diretes que nos distraigan de nuestro afanoso no hacer nada: leer el periódico, consultar el ordenador, mirar la televisión, manosear el teléfono o mandar mensajes a amigos y enemigos. Y luego nos pondrán a nuestros pies el reparador aperitivo de frutos del mar y de la tierra, en bandeja casi de plata, mientras nos llega el vaho de los pescados, carnes y demás viandas que se ultiman en la cocina, en un feliz estar a la sopa boba pensando que ahí nos las den todas, incluido el café y la copa, y sin perdonar, además, una buena siesta.
    Y las malas lenguas, que siempre las hubo y las habrá, hablarán y no acabarán de nuestra vida holgada a expensas de otros, ajenos a trabajo alguno, sin reconocer nuestro afanoso y sufrido estar a la sopa boba, esperando que nos caiga la breva.