viernes, 11 de diciembre de 2015

MIS LABORES (IX)

Matar moscas con el rabo                                                                    

Hay una frase hecha que, desde niño, me llamó la atención; y tanto, que la recreaba en imágenes, como si fuera espectador privilegiado de lo que decía. Cuando oía que “el diablo, cuando no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo”, al tal me lo veía con su aspecto entre negro e incandescente, adornado de unos ojos chispeantes y de dos cuernos puntiagudos, cómo cogía con ambas manos su formidable y ondulante apéndice trasero e iba golpeando por las paredes, muebles y enseres de mi propia casa en persecución de moscas reales o imaginarias, como si de la imagen más doméstica y combativa de mi abuela se tratara.
   Y es que el diablo, como muchos de nosotros, gusta de entretenerse en faenas inútiles que son muestra de su inclinación oculta e inconfesable a la desocupación y la holganza. Lo que pasa es que el Dios bíblico e inmisericorde castigó su rebeldía despojándolo de la desocupación y la molicie de estar en la gloria –y nunca mejor dicho- para que peregrinara por el mundo dedicado a la engorrosa tarea de la tentación y perdición de los mortales. Pero en cuanto tiene un rato libre, vuelve a las andadas, a la acción meramente deportiva de la persecución y ajusticiamiento del mosquerío. Y para que su faena una a lo inútil lo ridículo, lo hace con el rabo, para asombro y jolgorio de grandes y pequeños, de propios y extraños.
   Pues bien, a imitación del a veces ocioso Lucifer, tú y yo, nosotros, amable y desocupado lector, también somos adictos a la misma faena; pero no a tiempo parcial, sino con dedicación plena porque, como no tenemos nunca nada que hacer, estamos siempre prestos a hacer lo que no nos está mandado, a interferir con nuestras ocurrencias el normal funcionamiento de las cosas y el orden de las casas: estar en medio como los jueves pisando el suelo nada más fregado, metiendo el dedo en la salsa recién hecha, poniendo los pies por alto en el lugar menos adecuado, empeñados en clavar púas y clavos sin ton ni son, en desarreglar lo que está arreglado, ocupados en remover cajas y cajones sin pretexto conocido…
   Y esta ocupación de diantre trajinante y algo majareta nos merece unas veces las reconvenciones y reprimendas de pequeños y mayores, que nos acusan de entorpecer y empeorar todo lo que tocamos; y otras,  la burla y la rechifla del personal que nos invalida como personas sensatas, aplicadas y productivas. Pero una cosa te tengo que decir: que ahí nos las den todas, mientras nosotros, como el diablo, le damos inútil y caprichosamente al rabo, en la ocupación de no hacer nada, que es la que más nos gusta y ocupa.