lunes, 13 de abril de 2015

RECETAS PARA CULTOS

59. Enemigo de la lectura (XI): El presentador de libros                 


Entre las muchas ocupaciones del erudito de aldea está la de presentador de libros, dedicación reservada preferentemente al maestro de escuela o al profesor de instituto; aunque pueden desempeñarla también comerciantes de ultramarinos, comisarios de policía o farmacéuticos, entre otros. Pero todos ellos adornados con la pátina y la sabidutría del cronista local, que conoce todo acerca de las tradiciones y costumbres, de grandes eventos y sucesos mínimos, de las veleidades culturales y literarias de sus vecinos, plasmadas en recopilaciones de folclore y de costumbres, escritura de memorias y publicación de libros de verso, que no siempre son de poesía, manifestaciones todas de las que se nutren los libros que ha de presentar.
    La dedicación de presentador de libros exige como requisito imprescindible omitir, por demasiado prosaica, la profesión o estado verdadero del ponente, para atribuirse la etiqueta de escritor o de crítico, que dice más y que suena solemne y distinguida; nuevo título que desde ahora aparecerá en carteles, invitaciones y notas biográficas en torno al evento.
   El presentador de libros ha de gozar de mucho predicamento entre autoridades y fuerzas vivas del lugar: todo el mundo lo conoce, con todos se trata y no hay quien desconozca lo hondo de sus saberes y la facundia de su verbo. Como presume de los muchos compromisos que tiene y el ingente trabajo que le trae cada uno de estos eventos, conviene apalabrarlo con tiempo, casi con tanta antelación como las iglesias y salones para las bodasy banquetes. Además, hay que saber que ante la propuesta de actuación, se suele mostrar un tanto remiso y distante, para encarecer la importancia de su labor y la mucha dedicación que supone; aunque en el fondo arde en deseos de exhibirse y de tentar los oropeles de la fama.
   Una vez en la labor, pueden ocurrir dos cosas. Una de ellas es que no se lea el libro de marras, en cuyo caso, el discurso, no por ello menos largo ni prolijo, puede tratar de reflexiones ontológicas sobre teoría literaria, historiografía o filosofía de las artes, con fárrago de citas y de autores, vengan o no al caso; o centrarse en la apología del autor, de su familia y amigos, sin ningún reparo en engordar el repertorio de anécdotas de la vida y milagros de unos y de otros. En el caso improbable de que se lo haya leído, puede que lo cuente tan al pie de la letra que se convierta en una paráfrasis inacabable de sus secciones y capítulos, no dejando pelos ni señales sin identificar.
   Y ustedes, que podían haber acudido a una corrida de toros o haber ido a merendar a la cafetería o al chiringuito, ahí aguantando, como el que no quiere la cosa, sin ningún asomo de leer el mamotreto, aunque sí con la obligación de adquirirlo, para presentarlo a la firma del autor que certifique su asistencia al acto y, por descontado, su interés por todo aquello que está de actualidad entre las fuerzas vivas.
   En tanto, el comentarista, satisfecho de su faena, ya está pensando en el próximo compromiso mientras recibe enhorabuenas y parabienes de amas de casa, jubilados y desocupados de toda laya, que hinchan su ego y le confirman la excelencia de su tarea.

JOSÉ QUIÑONERO HERNÁNDEZ
Crítico agropecuario
y joven promesa de la presentación de libros