jueves, 10 de septiembre de 2015

MIS LABORES (III)

Pensar en las musarañas                                                                      

El caballero, sentado como siempre en la terraza del café, sosteniéndose la barbilla con la mano, en una pose un tanto boba y azoriniana, está abstraído de lo que ocurre alrededor, desinteresado del ir y venir de parroquianos y camareros y del trajín de voces y conversaciones que brotan de aquí y de allá, como si estuviera en otro mundo. Así que cualquier observador superficial podría pensar que está perdiendo el tiempo, que no hace nada. Pero no es así: el hombre está pensando en las musarañas -y yo diría incluso que está mirándolas-, ocupación antigua, que cuenta con una larga tradición, de la que ya habla Quevedo en su crítica de los refranes.
    Se trata de una digna ocupación, muy propia de desocupados, convencidos de que lo suyo no es resolver graves asuntos ni ocuparse de trabajos ciclópeos, ni mucho menos arreglar el mundo, sino todo lo contrario: apartarse de todo lo que suponga ocupación o faena, y desocuparse en cosas que sean de tan poca importancia y utilidad como lo son esos pequeños mamíferos que viven bajo la tierra, como los topos. Así que, de la misma manera que se consideraba distraído y holgazán al campesino que se entretenía mirando las musarañas en vez de dedicarse a sus labores, así se nos ve a nosotros, como nuevos contempladores de las musarañas, simplemente por estar absortos en otras cosas que tampoco son de interés ni de utilidad para la gente ordinaria, ya sea el arriesgado vuelo de una mosca, una puesta de sol, un almendro en flor o el vano intento de apresar un pensamiento fugitivo.
   Pensemos, pues, en las musarañas y que trabajen ellos si quieren, mientras nosotros reivindicamos esta vieja y noble ocupación que nos lleva a dedicar nuestro tiempo a mirar al techo o a adormecernos discretamente mientras asistimos a una conferencia, participamos en un debate o una tertulia o desempeñamos nuestro trabajo en un despacho, en una oficina o en un almacén de plátanos, reivindicando así la importancia de una dedicación de tanto mérito y utilidad, aunque a muchos les parezca todo lo contrario y desacrediten a los que la practican.
    Y yo así lo hago, sentado en la mesa del café, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, desentendido del mundanal ruido que me atosiga, mientras pienso en compartir contigo, amigo lector, mi pensamiento sobre las musarañas, si es que estás desocupado y predispuesto tú también a dedicarte a tan loable faena, que exige, como diría el maestro Gracián, “aplicación y minerva”, es decir, esfuerzo e inteligencia, y que a nosotros nos viene que ni pintada. Aunque no nos entiendan y nos critiquen; que eso ya lo damos por descontado y no nos preocupa, ni mucho menos nos ocupa. Faltaría más.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

MIS LABORES (II)

Mirarse el ombligo                                                                                 

Lo digo por experiencia propia, que no hay ocupación de más gusto para el desocupado que mirarse el ombligo; operación que debe hacerse con rigor y dedicación, porque nunca es un suceso improvisado, como ocurre con los objetos, paisajes y personas que aparecen ante nosotros sin habernos propuesto verlos de antemano. Por el contrario, es un acto de la voluntad, que requiere, en primer lugar, la decisión de hacerlo y, a continuación, llevar a efecto tan bizarra tarea.
     Pero antes de nada, vayamos al ombligo, ojo ciclópeo simulado y, a la vez, objeto de nuestra ocupación visual, principio y epítome de nuestra existencia, justo medio del cuerpo humano y, por extensión, de cualquier cosa o asunto que imaginemos. Pero aunque hablamos de ombligo, los ombligos son casi infinitos en su variedad, desde los cóncavos, con una cavidad en la que da gana de meter el dedo como si se tratara de un blando y acogedor dedal, a los convexos que parece que quieren escapar del cuerpo con su forma de bellota de ciprés un tanto irregular. Y aunque la mayoría son pelones, también los hay bigotudos y con perilla; y no digamos nada de su higiene, que va desde los de limpieza casi niquelada hasta los que son acúmulo de pelotillas, gurullos de mugre y otros residuos inmemoriales entreverados en sus diminutos pliegues.
    Y del ombligo volvamos a la mirada: el desocupado, como es nuestro caso, procura no ocuparse de nada útil, para concentrarse en la compleja tarea de mirarse el ombligo, en un ejercicio de onanismo y autocomplacencia que lo entretiene y lo reafirma. Todos hemos visto a algún ocioso -si no ha sido a nosotros mismos- sentado en su poltrona, con el torso desnudo, mirar hacia abajo, entre sueño y sueño, disimuladamente, para conseguir su objetivo, casi siempre fracasado, pues los pliegues y redondeces de la barriga lo impiden. Y entonces querríamos disponer de una mirada cenital que cayera perpendicularmente sobre el objeto que nos ocupa; pero para ello necesitaríamos de un flexible cuello de jirafa, o de un ojo telescópico que nos acercara a la ansiada presa y nos dejara extasiados en su contemplación. Pero aunque estiremos el cuello e inclinemos la cabeza hacia delante, lo más que conseguiremos es una tortícolis, un dolor de cabeza considerable y un cansancio de espalda persistente que nos pondrá en la situación de aquella que, según el dicho popular, “se escostilló por vérselo”, y no precisamente el ombligo.
    Y ahí estamos, pasando las horas muertas entregados a nuestra labor, sin interesarnos por nada, sin dedicarnos a ninguna otra ocupación, sin hacer caso de las obligaciones familiares y sociales, mirándonos fijamente al ombligo; o lo que es lo mismo, dedicados a nuestras cosas; y, sobre todo, hablando permanentemente de ellas, que, para nosotros, son el ombligo y el centro de nuestra existencia. Y ahí, en el ombligo, nos las den todas.